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No es libertad, es clasismo

17/05/2017

 

La escuela ya no es el lugar natural de la igualdad de oportunidades, como pide la Constitución y soñábamos algunos. El sistema educativo reproduce de modo cruel las desigualdades económicas. La escuela concertada se ha convertido en una burbuja clasista donde se refugia la clase media para blindarse ante la realidad. Elige alumnos, elimina a los problemáticos y se nutre de fondos públicos.

Mientras todos no partan de las mismas condiciones, no se puede hablar de igualdad ni de libertad de elección.

Dice Daniel Pennac que estadísticamente todo se explica, pero personalmente todo se complica. Los números del informe PISA se han manipulado siempre y se han ocultado datos significativos.

Se ha ocultado, por ejemplo, que esos informes dicen que nuestro sistema es de los más equitativos de la OCDE. Y también que, si eliminamos el factor sociocultural de la estadística, la escuela pública tiene resultados similares, e incluso más altos en muchos aspectos, que los de la concertada y privada.

Se empieza a estar ya muy harta de escuchar eso del fracaso de lo público cuando vemos a nuestro alrededor el derrumbe estrepitoso de lo privado en todos los ámbitos, empezando por el económico. Los buenos resultados de algunos centros no son garantía de eficiencia, sino muchas veces de falta de exigencia. Cuando no, de selección del alumnado.

Lo que ocurre es que nuestro sistema escolar es clasista. El gasto de la Administración valenciana en la  escuela concertada es muy superior a los países de nuestro entorno. Sólo en Valencia su subvención, incluida la del Opus Dei, supera el gasto en infantil y, claro, no hay guarderías públicas suficientes y faltan medios en colegios e institutos públicos, los de todos, los que no discriminan a nadie por causas económico-sociales o de cualquier otro tipo.

Ese gasto en concertada se disparó en la larga y funesta etapa de gobiernos del Partido Popular, sobre todo en la época de Francisco Camps. Mientras, los alumnos de la pública recibían la enseñanza en indignos barracones que se perpetuaron durante años.

Por eso es hoy tan necesaria la decisión valiente de la Consellería d’Educació del Gobierno valenciano de retirar el concierto a determinadas unidades de Bachillerato en centros concertados.

Por primera vez se cumple escrupulosamente la norma, aprobada por el Partido Popular (parece que para no cumplirla). El bachillerato no es enseñanza obligatoria. Por tanto, no entra en los conciertos al uso. Es necesario repetir, ante manipulaciones burdas, que se eliminan aulas de enseñanza no obligatoria concertadas y se aumentan en infantil y primaria  allá donde son necesarias.

Además,  los conciertos no son necesarios allá donde hay centros públicos que cubren las necesidades de todos. Si acaso, cumplen una función subsidiaria de la escuela pública y no al revés, como siempre ocurrió en épocas de infausto recuerdo en las que gobernaba el Partido Popular de Camps. La anomalía que supone la subvención pública de enseñanzas privadas, vía concierto, es sólo propia de este país. Con la excepción de Bélgica, esta clase de conciertos son inexistentes en Europa.

Otra cosa es la enseñanza privada. Legítima y defendible, siempre que sea sufragada por aquellos que la eligen. Pero eso no ocurre en la privada concertada que se nutre con los impuestos de todos, y que sólo es accesible a unos pocos. Los recursos que se dedican a ella se detraen de los que, según la ley, son de la pública.

Si algún padre o madre no quiere que sus hijos asistan a escuelas públicas, sea por la razón que sea, deben pagarse de su bolsillo la privada. En ningún caso reclamar, como hacían hace días en una manifestación, que se les pague a la carta su propia enseñanza.

La decisión de apostar por una escuela pública, fuerte, plural y de todos, debieron tomarla hace tiempo nuestros gobernantes. Desde los inicios de la etapa democrática, se debió apostar por fortalecer la escuela pública e ir disminuyendo progresivamente el peso de la privada concertada. Pero eso, por desgracia, nunca ocurrió.

Prefirieron apostar, derecha e izquierda, por una convivencia de ambas que nunca fue equitativa. Sin igualdad, no hay libertad.

Representantes de la escuela privada sufragada con fondos públicos, que eso es la concertada, reclamaban el otro día los mismos derechos que la pública.

Olvidaban reclamar los mismos deberes: admisión de inmigrantes, de alumnos con dificultades, no discriminación por sexo, raza o religión, enseñanza aconfesional, sin ideología religiosa impuesta. Ratios dentro de la ley, aulas ajustadas a la norma. 

En la pública se da cabida a todo tipo de ideologías y sólo hay dos condicionantes: la Constitución y los Derechos Humanos irrenunciables. La escuela pública no promueve campañas homófobas ni imparte educación sexista, como sí hacen algunos colegios concertados.

Y la libertad de cátedra en ella es sagrada. Nadie puede imponer un ideario propio a los centros. A eso se refiere la libertad de enseñanza, no a elegir a la carta contenidos e ideario, como sí hace la concertada.

Estudios sociológicos demuestran que el fracaso escolar afecta más a las rentas bajas. Los hijos de padres sin estudios tienen un 20% más de riesgo de fracasar. Sólo un tercio cursará bachillerato y apenas la mitad de ellos llegará a la Universidad. Y no los quieren en ciertos colegios concertados que saben muy bien evitar alumnos “molestos”, concediendo puntos a quienes no plantearán problemas ni necesitarán ayuda suplementaria. Los acoge la red pública, que no segrega a nadie. Como sí hace la concertada.

La escuela, por desgracia, es el reflejo de una sociedad que prima al dinero y los privilegios de clase sobre la  justicia equitativa. Hay padres que no dudan en pagar una cuota, por otra parte ilegal según la norma, a su escuela concertada para blindarse ante gente “que no le gusta” sea por raza, religión o clase social.

Los 9 colegios concertados de València a los que la Conselleria de Educación ha reducido aulas de Bachillerato apenas escolarizan a alumnos con necesidades de compensación educativa. Aquellos que presentan dificultades de inserción escolar al encontrarse en situación desfavorable. Es decir, niños de familias con pocos recursos, pertenecientes a una minoría étnica o inmigrantes.

La educación pública ofrece una salida y un futuro a todos nuestros jóvenes. La concertada elige alumnos por su clase social o por su rendimiento académico, mientras se nutre de fondos públicos de todos. La pública no segrega , como sí hace la concertada.

A nadie se le ocurriría exigir que se pagara con dinero público un hospital privado a un paciente que quisiera una habitación de lujo y prestaciones especiales. Si quiere privacidad, atenciones especiales y privilegios, que se los pague.

Nunca oí una voz de padres de la concertada apelando a la libertad de enseñanza cuando se suprimían aulas en la pública, al concertar el Partido Popular (ya dijimos que de modo irregular) bachilleratos en la privada concertada. Tampoco, a los representantes de escuelas católicas reclamar justicia para los desprotegidos, alumnos con necesidades especiales e inmigrantes a los que no admitían en sus aulas.

Nadie desde la patronal religiosa habló nunca de los profesores de la pública despedidos o desplazados. Ni de las tensiones en los institutos ante recortes brutales y supresión de aulas de bachillerato. Tampoco protestaron cuando los barracones en la pública proliferaban, mientras se reconstruían sus centros concertados con el dinero de todos. Ni una voz denunció los favoritismos del Partido Popular. Claro, les beneficiaban siempre. Y mucho.

Por no hablar del desvío de fondos para pagar de modo ilegal al profesorado concertado de más de ochenta años que no trabajaba. Todo un ejemplo de honestidad.

Ni de conciertos, que vulneran la Constitución, con centros del Opus Dei en Valencia que segregan por sexo. El Tribunal Supremo ha dicho de los que segregan: “Se excluye a esos centros de la posibilidad de concertar con la Administración competente su sostenimiento con fondos públicos”. Pero el Partido Popular blindó por ley a los centros segregadores. Muy significativo y “legal” todo.

Tampoco se les oye exigir que el profesorado de la concertada pase por las mismas pruebas de oposición que pasa el de la pública.

Es difícil mantener la ecuanimidad necesaria en medio de una situación tan injusta en la que se da la paradoja de que los privilegiados de la enseñanza concertada se rebelan contra la devolución de derechos arrebatados a sus legítimos propietarios de la escuela pública.

Y se siente rabia al ver cómo el Partido Popular, que lesionó siempre los derechos de enseñanza pública, sale entusiasta a manifestarse cuando simplemente se le devuelven. El mundo al revés. Y el cinismo, a raudales.

Estos políticos son los mismos que ordenaron a la policía apalear estudiantes en la “primavera valenciana” cuando reclamaban sus derechos. Y ahora se visten de blanco para intentar lavar sus pecados cuando gobernaban.

No eran “el enemigo” los estudiantes. Eran víctimas inocentes de un saqueo sistemático, desde la Generalitat del Partido Popular, del dinero de nuestros impuestos. Sometidos a condiciones indignas en sus centros de enseñanza. Viendo cercenado su futuro por recortes brutales y leyes laborales esclavistas que aprobaron los mismos que ahora se ríen y se manifiestan y que saquearon las arcas de este triste país.

Los mismos que suprimieron 606 unidades en la escuela pública mientras regalaban aulas a la concertada. ¿De qué protestan y de qué se ríen tan alegremente? ¿Se han apuntado a la pancarta que denostaban?

Una cosa está clara: esta aplicación rigurosa de la ley, que ya dijimos que es del Partido Popular,  es el principio del fin de la injusticia que suponía gastar dinero público en enseñanza concertada no obligatoria. Volver a la senda legal que supone no concertar aulas allá donde haya oferta pública y acabar con el distrito único que sólo buscaba facilitar la matrícula en centros concertados. Falta camino, pero hay que empezar a andarlo.

La Comunidad Valenciana es la única en España que mantiene “conciertos plenos” para el bachillerato con los centros educativos. Una excepción que hay que corregir por justicia.

Es esta una decisión valiente que levanta ampollas sólo en quienes estaban acostumbrados a recibir sin dar, a seleccionar y a no incluir, a ganar dinero a costa de la cosa pública.

Quien quiera hacer negocio de la enseñanza, que se convierta en empresario y arriesgue. Eso es, me parece,  libertad de mercado y libertad de enseñanza. El resto, como siempre, es jugar con la palabra libertad para seguir manteniendo privilegios. Tienen todo el derecho a elegir educación a la carta, pero no a que se la paguemos con nuestros impuestos.

Porque eso no es libertad, es clasismo. Las cosas por su nombre.

El sigiloso ladrón de las palabras

10/05/2017

 

 

Hoy se entrega al poeta Francisco Brines el Premio Levante-EMV/Prensa ibérica 2017 en el apartado de Cultura.

Y es un buen momento para recordar su obra y rendir el homenaje que merece al único poeta vivo de la Generación de los 50 y maestro imprescindible de la poesía.

En este tiempo hostil, propicio a la bronca y al odio, alivia encontrar el oasis de paz y sabiduría  que representa el poeta de Oliva.

Francisco Brines recoge la antorcha del humanismo machadiano y aprende del maestro Cernuda, al que dedicó su discurso de entrada en la Academia Española de la Lengua, a buscar la verdad sin concesiones.

Poesía y vida van juntas en los dos poetas sevillanos, Antonio Machado y Luis Cernuda,  y también en Francisco Brines.

Quienes nos hemos acercado a su poesía somos conscientes de la deuda de gratitud que hemos contraído con el poeta. Bien puede afirmar con su admirado Machado,

 al cabo nada os debo, debeisme cuanto he escrito.

Francisco Brines es un hombre cercano, personal y poéticamente. Y más, para los que vivimos en la comarca de su Oliva natal. Porque de su paraíso, Elca, emana el mismo olor a azahar de los naranjos que nosotros respiramos en primavera.

Y, a través de sus versos, nuestro mar Mediterráneo une deseos y pasiones, recuerdos y olvidos, conduciendo serenamente a las personas a su destino, a su última costa.

Porque hemos aprendido en sus poemas a entender desde el sentimiento, que es la mejor manera de hacerlo, los enigmas de la existencia: la vida, el amor, la muerte, el tiempo.

Comprometido consigo mismo y con los demás, este clásico vivo se define como sigiloso ladrón de las palabras y considera la poesía no un espejo, sino un desvelamiento.

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna
del hombre.

(…)

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

 

El hermoso paisaje de la comarca de la Safor, suyo y nuestro, sale fortalecido de sus versos. Porque el poeta es un ser privilegiado capaz de ver el mundo con ojos nuevos. Capaz de recrearlo y mejorarlo y devolvérnoslo diferente.

Francisco Brines, con una fe inquebrantable en el poema y su valor redentor, inició su camino poético al sentirse arrojado del paraíso de la infancia. Lo hizo con la pretensión de conocerse y de conocer el mundo. Se enfrentó con el dolor y la pérdida a pecho descubierto y encontró en la poesía su salvación y su camino.

Como decía su maestro Luis Cernuda:

Escribir consuela de la vida.

Escribimos por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo.

Escribir poesía es enfrentarse a la vida mirándola de frente. La poesía puede recuperar el pasado haciéndolo presente vivo, puede hacer de la muerte una piadosa compañera. Y hacer del amor un fiel aliado contra la dureza de vivir.

Porque la poesía es la religión de quien tiene fe en el ser humano y el coraje de amar la vida, aunque duela. Cantar desde la pérdida, como él hace, y aceptarla supone gozar del presente que es efímero.

Eso hizo un joven Brines en su primer libro, Las brasas, premio Adonais 1959. Un joven clarividente que contempla el paso del tiempo desde la desolación de un ser arrojado del paraíso:

El poeta inventa un hombre que es su espejo y que va a dar lugar a poemas tan hermosos como este:

El visitante me abrazó, de nuevo

era la juventud que regresaba,

y se sentó conmigo. Un cansancio

venía de su boca, sus cabellos

traían polvo del camino, débil

luz en los ojos.

El hombre joven se va y él queda solo, Brines habla del paso del tiempo desde la mirada de un poeta de poco más de veinte años que sabe que será viejo y que lo acepta, dispuesto a beber la vida:

Vela el sillón la luna, y en la sala

se ven brillar los astros.

Es un hombre

cansado de esperar, que tiene viejo

su torpe corazón, y que a los ojos

no le suben las lágrimas que siente.

Toda su poesía posterior está ya ahí, en ese libro de extraña madurez en un joven poeta.  Están el valor redentor de la poesía, la ética machadiana, el color del paisaje en los escondidos rincones del alma y, sobre todo, un sereno y amable vitalismo. Vivir es hermoso, nos dice. Porque conocer y aceptar la finitud nos hace amar la vida. Así define su encuentro con la palabra:

Un muchacho que mira el mundo con emoción y asombro y que, por determinadas circunstancias, está ya cobijado en la soledad. Siente, ante ese mundo, deseos de natural unión y empieza a recibir como respuesta su hostilidad. Descubre entonces la palabra, las exaltadas y las heridas, y con ellas el desvelamiento de su ser.

Siguen después, Palabras a la oscuridad, Premio de la Crítica 1967,  Aún no e Insistencias en Luzbel.

En ellos, surge una nueva voz que, desde el distanciamiento irónico, reflexiona sobre los temas de la existencia. El verso se hace duro, a veces, como lo es también la tarea de vivir. Pero no hay dolor ni queja. Sólo serenidad ante el paso del tiempo.

Al fin, la muerte acabará con poco: la vida se habrá ido encargando de arrebatarnos día a día, lo que amamos.

En un mundo de exigencias imposibles que nos conduce hoy a la frustración frecuente, su voz serena afirma que el camino de la felicidad es exigir poco a la vida y agradecerle lo que nos da. Gozar lo que tenemos, aceptando que el tiempo pasa inexorable y que lo más sensato es aceptarlo. Un canto agradecido a la vida, sin negar su finitud.

Esa vida que canta de modo maravilloso en su libro más vital, El otoño de las rosas. Premio Nacional de Poesía 1986.

El poeta mira ahora la existencia desde la madurez y canta al hedonismo y a la sensualidad.

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

Fotografía: Pura Escrivá

Mundos sensuales donde se hace carne y palabra el milagro de la belleza. La palabra devuelve al hombre a su paraíso. La poesía lo salva de la nostalgia y del tiempo en versos serenos, claros, luminosos que llegan hondo al corazón del lector.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,

y era la tierra cálida y violenta,

ingratos con el sueño transcurríamos.

El ritmo tan oscuro de las olas

nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.

Se borraban los astros en el amanecer

y, con la luz que regresaba,

furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices

al modo inmerecido de los dioses.

¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Una sensualidad que no le impide entender que la vida tiene fecha de caducidad. Que nos acercamos, a medida que vivimos, a La última costa, título de su último libro poético en 1995. Premio Fastenrath de la Real Academia Española.

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Sin embargo, este libro no es un libro triste, sino de recuperación de la vida. El recuerdo, ante la costa final de la muerte, recupera también la ilusión de vivir y la conciencia de haber vivido plenamente. Y el hombre maduro se encuentra con su infancia:

¿Por qué las cosas de la infancia guardan

las estancias secretas de la Realidad?

(…) Vuelve a latir mi corazón de niño.

Después de una carrera sofocada

me he tendido debajo del ciruelo

y olvidado de todos, contemplo el llano abajo,

y los naranjos quietos que llegan hasta el mar.

La mar está calmada y la tarde en silencio.

¿Quién me llama?

El tiempo pasa, pero lo bello permanece. Y el amor no muere. De nuevo recupera al niño que fue y la felicidad perdida  a través del recuerdo. Como hacía su maestro Machado a través de las Galerías del alma.

El tiempo no podrá nunca con la esperanza. Aunque la amenace:

Ahora miro este cielo

y veo que su luz también ha envejecido.

Porque, hay que vivir, carpe diem:

La juventud es una inmerecida gracia y la vida es un don. Aprovechémosla.

No es el poeta Brines un ser aislado y egoísta, sino sabio y generoso. Siempre dispuesto a conversar y a ayudar a quienes se lo piden.

Desde su obra y con su palabra, sirve de faro a los que buscan luz para comprender el mundo. Su moral es la tolerancia y su tarea el humanismo solidario.

La sólida moral colectiva, que tanta falta nos hace hoy, sólo será posible desde la ética individual de hombres como él que nos enseña, en tiempos confusos, a sentir el tiempo como amigo y a encarar la vida y la muerte con valentía:

Los penúltimos días están llenos de luz

aún, y quiero retornar, de los ojos del niño

que murió, los pájaros aquellos:

los que siguen cantando en estos pájaros.

(…) Me queda un tiempo breve

desde el que amar aún lo que no he comprendido:

lo eterno, revelado por la felicidad,

o la estéril razón de la existencia.

Además, Francisco Brines logra el milagro de la belleza con recuerdos hechos carne y palabra, que nos devuelven renovados el paisaje y los aromas de su Oliva natal. La mítica Elca, que recoge todo el perfume del recuerdo del pasado y a la que ha vuelto para vivir en el presente.

Si ahora pudiera ver las desnudas montañas de Oliva,

la exangüe luz cayendo de entre sus piedras,

a sus pies los naranjos sombríos,

el aire azul en torno a la casa

y al frente el mar, muy pálido.

Estar mi cuerpo allí, sabiéndome vivo

y, por ello, feliz…

La palabra vence al tiempo y recrea el mundo. Es hermoso vivir feliz en la casa de la memoria, esperando el fin serenamente.

Un poeta puede hacer volar las palabras por encima de la lógica de los significados al uso.  Es capaz de enseñar al lenguaje a huir de los tópicos y de la rutina mental. Y Brines siempre lo hace. Ensancha el mundo con su palabra.

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas.

[…]

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.

 En tiempos difíciles y confusos de individualismos egoístas y frustraciones varias, poetas como Francisco Brines pueden enseñarnos el camino para empezar a entendernos. Ayudarnos a aprender cómo ser personas solidarias desde nuestra ética individual para llegar a una esperanza colectiva.
Porque, como le gusta repetir, la poesía serena y explica la vida.

Francisco Brines es el mejor poeta vivo en castellano. Y el reconocimiento de hoy se añade a los más prestigioso como el Premio Nacional de las Letras, el Premio Nacional de Literatura, el Premio de las Letras Valencianas, el Premio Nacional de la Crítica y tantos otros.

Felicitemos al maestro y sobre todo agradezcámosle sus versos. Sus enseñanzas poéticas y también, su magisterio vital. El de un hombre generoso, siempre elegante y sabio, que ha sabido vivir plenamente, mirando al tiempo a los ojos y venciendo la nostalgia a fuerza de sabiduría. Una magnífica ayuda para caminar tiempos duros.

También el lector puede ayudar, salvar al poeta. Uno no existe sin el otro. Se necesitan:

Y a mí, quién podría salvarme?

¿tus ojos, que ahora crean mi tarde inexistente?

Lector, esfuérzate y enciéndela:

está donde un olor de rosas te llega del camino.

Si existo es porque existes.

Tú repites mi vida y no la reconozco.

La poesía puede ser David contra el Goliat del egoísmo, de la frustración, del desánimo y de la intolerancia.

El oficio de vivir puede ser duro. El viaje, quizá tempestuoso, pero hay que navegarlo. Los poemas de Francisco Brines nos ayudarán en la travesía.

 

 

A la altura de las circunstancias

03/05/2017

Este país, al compás del mundo, parece encontrarse hoy en una difícil encrucijada, plagada de dudas y amenazas. Como decía Gramsci:

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Y en estas ocasiones estar a la altura de las circunstancias no sólo es aconsejable, sino prioritario, casi un imperativo ético.

Ante tanta incertidumbre, tanta podredumbre, tanta indecisión, tanta levedad de la política de verdad, tanta división y tanta manipulación también, vuelvo a mirar a quienes supieron caminar en tiempos difíciles. Aquellos que lo hicieron, siendo consecuentes. Aquellos que lo dejaron todo y alzaron la voz con valentía, cuando vieron amenazadas democracia y legalidad. Aquellos que no dudaron en actuar sin miedo.

Antonio Machado, el hombre bueno y magnífico poeta, supo hacerlo como pocos. Son las circunstancias, en el sentido orteguiano del término, las que lo llevan a tomar conciencia política en el advenimiento de la II República y en los duros años de la Guerra Civil que vivió intensamente.

Convencido demócrata, defendió siempre el poder establecido de la República frente al golpe de estado franquista que intentó derrocarla. En su madurez, se da cuenta de que los problemas sociales, tema de sus meditaciones juveniles, son inseparables de los problemas políticos. Del republicanismo burgués, heredado de su familia, camina a una posición socialista. Entendiendo por socialismo la postura ideológica, no partidista. Él nunca perteneció a ningún partido.

Y repetía siempre:

Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que “au dessus de la melée”.

Sus escritos son su forma de acción. Actúa con la palabra. Ya había tratado profundamente el tema por boca de su alter ego, Juan de Mairena en escritos de los años 20. Delimitando que el liberalismo no significa libertad. Una clase concisa y certera del profesor Mairena sobre la manipulación de la palabra libertad:

La libertad, señores, (habla Mairena a sus alumnos), es un problema metafísico. Hay, además, el liberalismo, una invención de los ingleses, gran pueblo de marinos, boxeadores e ironistas.

O aquel discurso en el que habla de optimismo y desesperación como motores de la acción o de la pasividad en momentos críticos:

Si algún día España tuviera que jugarse la última carta –habla Juan de Mairena- no la pondría en manos de los llamados optimistas, sino en manos de los desesperados por el mero hecho de haber nacido. Porque estos la jugarían valientemente, quiero decir desesperadamente, y podrían ganarla. Cuando menos, salvarían el honor, lo que equivaldría a salvar una España futura. Los otros la perderían sin jugarla, indefectiblemente, para salvar sus míseros pellejos. Habrían perdido la última carta de su baraja y no tendrían carta alguna que jugar en la nueva baraja que apareciese, más tarde, en manos del destino.

Define también perfectamente la ideología conservadora que hoy se llama neoliberal. Con argumentos, rebate los tópicos que vemos que siguen vivos y convertidos en argumentario simplista y machacón en boca de nuestros políticos, pero sin su inteligencia, me temo.

A los tradicionalistas convendría recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos:

Primero. Que si la historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.

Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.

Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Quinto Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Jacobo Rousseau.

Pero también la de los que se oponen a ellos:

Y a los arbitristas y reformadores de oficio convendría advertirles:

Primero. Que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro.

Segundo. Que lo contrario es también frecuente.

Tercero. Que no basta mover para renovar.

Cuarto. Que no basta renovar para mejorar.

Quinto. Que no hay nada que sea absolutamente “impeorable”.

Recuerdo sus palabras cuando veo cómo las opciones actuales de la llamada nueva política reproducen errores y tácticas de la vieja. Y la vieja se desangra de modo cruel e irrevocable. Siento que nada ha cambiado demasiado, porque las palabras de Machado por boca de Mairena, en los años 30 del siglo pasado, se ajustan como un guante a lo que sucede hoy, en 2017.

En política, como en el arte, los “novedosos” apedrean a los originales.

Y siento pena por la táctica que consiste en arrasar al contrario, cuando ese contrario se nos parece, olvidando que el adversario es el partido conservador que hoy se ha ennegrecido aún más con las tintas neoliberales.

Errar el tiro producirá muchas víctimas. Y no precisamente en las filas conservadoras. En ellas se frotan las manos. No han tenido que dividir al adversario para vencer. Ya lo hace, sola y sin piedad, la izquierda y la socialdemocracia. Sólo queda sentarse a esperar pasar el cadáver.

La agresividad a veces es necesaria en política, siempre que se tengan claros su beneficios y se ponga al servicio del bien de todos, no de la propia soberbia o de los intereses partidistas.

Las cabezas que embisten, cabezas de choque, en la batalla política, pueden ser útiles, a condición de que no actúen por iniciativa propia; porque en este caso peligran las cabezas que piensan, que son las más necesarias. En política como en todo lo demás.

Pocas veces he visto una lucidez como la del poeta para definir los peligros de una acción atolondrada, no meditada, solitaria y suicida que puede ocasionar más retroceso que avance. La retórica vacía también es peligrosa, y mucho:

En España –no lo olvidemos- la acción política de tendencia progresista suele ser débil, porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa de simple excitante de la reacción. Se diría que sólo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos –digámoslo de pasada-, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro.

Y veo que “el retroceso de las culatas” se llama hoy manipulación vergonzosa de la justicia, utilización partidista de todos los mecanismos del Estado para ocultar la corrupción del Partido Popular. Desfachatez cínica a la hora de hacer chistes por parte del Presidente del Gobierno, hasta de la situación tan seria que atravesamos. Es como si Rajoy y los suyos se sintieran a salvo no por sus propios méritos, que son inexistentes, sino por la debilidad del contrario. Y cobra más fuerza el dramático aviso de Machado-Mairena.

Quien avanza hacia atrás, huye hacia adelante. Que las espantadas de los reaccionarios no nos cojan desprevenidos, dijo Juan de Mairena hace mucho tiempo.

Entonces era una guerra cruel y real, hoy es una guerra solapada que está arrasando con vidas y derechos que se lograron con tanto trabajo e incluso con vidas humanas.

Para no estar desprevenidos, Machado aconsejaba a los jóvenes interesarse por la política para que otros no la hicieran por ellos. Ese interés volvió a esta sociedad, hay que reconocerlo sin paliativos, con el 15-M y la primera andadura ilusionante de Podemos. Por eso sería dramático que se perdiera debido a luchas intestinas, a un mal cálculo de posibilidades, a una concepción soberbia de la propia valía y a un desprecio suicida de los más cercanos en beneficio del conservadurismo.

La política señores es una actividad importantísima… Yo no aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros.

Una política alejada de las “malas tripas” decía. El maquiavelismo es una táctica política al uso, pero ir más allá de las enseñanzas de Maquiavelo puede ser peligroso, además de inútil. Duele comprobar que el adversario es considerado el enemigo, y que a éste no hay que concederle tregua. Y vuelvo a las palabras de Machado:

Consejo de Maquiavelo: No conviene irritar al enemigo.

Consejo que olvidó Maquiavelo: Procura que tu enemigo nunca tenga razón.

Tristemente veo de nuevo la pintura negra de Goya  que nos define de manera inmisericorde en el Duelo a garrotazos. No me gusta pensar que no hemos avanzado, pero ¡nos falta tanto rodaje democrático!

Ceder y dialogar no sólo es necesario, sino imprescindible en democracia, si no queremos que sigan siendo vencedores quienes no piensan en el bien de todos y sí, en el suyo.

Si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamenrte los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se tratara de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho una retórica con espolones.

La debilidad actual de los conservadores del Partido Popular, ganada a pulso con sus trapacerías y corruptelas durante años, es tan flagrante que sería un gran error  darles oxígeno, alentar sus esperanzas muertas, revivir al enfermo terminal sólo por no intentar unir fuerzas de todos aquellos dispuestos a luchar contra la desigualdad. El desencanto de los votantes de izquierdas en Francia debería hacer saltar las alarmas.

Porque su decepción es una respuesta a lo que consideran una burla y el abandono de los ideales de igualdad, dignidad y bienestar de la ciudadanía que debe siempre defender todo partido que se considere socialista. Para asumir desigualdades e injusticias ya está la derecha, que las asume como normales y sin complejos. A sus votantes no les preocupan demasiado.

Las desigualdades sociales y económicas son el peor enemigo de la izquierda. Su fortaleza vendrá de la claridad y fuerza que muestre para combatirlas. Si no lo hace, si lo olvida, si es tibia, está muerta.

Escucho a políticos gritar mucho en sus discursos. Levantan la voz quizá porque no creen en la fuerza de sus razones y argumentos y creen que hablando alto taparán sus vacíos. Representan la peor izquierda de los últimos años y su error perpetuará en el poder a la derecha si no lo enmiendan. Y lo que es peor, el neofascismo acecha.

Ya lo decía el poeta Caballero Bonald:

Hay que defender la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón.

Pero no por mucho gritar se tiene más razón. Estar a la altura de las circunstancias supone ser valiente, comprometido, generoso y sentir como propias las demandas de los más débiles. La razón de la justicia y los derechos de todos deben estar muy por encima de intereses partidistas.

No hay caminos trazados de antemano. Reconocer errores es el principio de la recuperación. Después, sólo se trata de ser coherente, recuperar los principios y no entrar nunca en el juego de los poderosos. Para entrar en ese juego ya está la derecha sin complejos.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Imagen 1: pintura de Grant Haffner

Imagen 3: Duelo a garrotazos, Francisco de Goya

Imágenes 4 y 5: Arte en la calle, Borondo

Mañana será lo que los ellos quieran, si no se lo impedimos

26/04/2017

 

 

Un lejano día de los años 30 del siglo pasado, fueron escritas estas palabras por una mujer excepcional, María Lejárraga. Y hoy no podrían ser más actuales:

La situación de España, como la situación de todo el mundo, es realmente temerosa. El sistema capitalista, la economía del siglo, se derrumba (…) hay en el mundo millones de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades más importantes de su vida. Y esto ¿tal vez es porque la humanidad se ha multiplicado más que los medios de la vida? De ningún modo.

La humanidad tiene medios de producir tan eficientes que existe una superabundancia de productos. Hay demasiado de todo, pero lo producido se halla acumulado, cerrado en un solo almacén, del que se ha perdido la llave. El que abre este almacén es el dinero. El dinero se gana trabajando. Pero como hay más productos que necesidades no hace falta que todos trabajen. Hay parados. Y el que está parado no compra ni consume.

El que tiene dinero, el privilegiado, puede usar de todos los bienes necesarios. El resto de la humanidad, la mayoría, carece absolutamente de lo necesario para poder vivir (…)

Como se ve, no es nueva esta situación. Y nuestro país sufre las consecuencias de políticas neoliberales aplicadas durante años y acentuadas dramáticamente para los débiles con la crisis.

Incluso Bruselas ha alertado a España del aumento de la desigualdad y de la exclusión social. Y su recomendación es hacer más recortes.

Nuestros gobernantes se esfuerzan en repetir como un mantra eso de la recuperación económica -la de unos pocos- para que ahogue la realidad -la de la mayoría-.  El sentimiento de desolación y derrota que parece cubrir con un manto turbio vidas y esperanzas.

Porque el miedo paraliza. Impide pensar y, sin pensamiento, somos juguetes rotos en manos de malvados especuladores capaces de destruir países enteros a cambio de sucio dinero. Fríos números que arrastran vidas humanas. Véase la situación desesperada de Grecia.

En este tiempo de niebla, en el que parece que las ilusiones mueren y en el que triunfan populismos y neofascismos, vuelvo a atarme al ancla de la poesía y lo hago a una de las figuras más lúcidas, inteligentes y sabias del siglo XX, el poeta Ángel Gonzalez. De él, un crítico escribió:

Canta el dolor o la desesperanza, la gris manquedad de la frustración o la tristeza irremediable del fracaso de los sueños.

Y siento que en esas palabras, dolor, desesperanza, frustración,tristeza del fracaso de los sueños, están contenidas gran parte de la sensaciones que sentimos hoy, en pleno y terrorífico siglo XXI.

 

En este tiempo hostil, propicio al odio no conviene llenar el alma de indiferencia, sino de pensamiento. Para pensar no son necesarios títulos, ni estudios especiales. Sólo se necesita tener proyectos, deseos y pasión por el ser humano.

Pero es imposible pensar sin calma, y nos la quitan cada día en perfecta sincronía de desastre medios de comunicación, gobernantes mentirosos, corrupción generalizada en el partido gobernante, complicidad escandalosa entre gobierno y Fiscal General del Estado, conversaciones que indignan y abochornan… Por no hablar de los medios de comunicación lacayos al servicio del gobierno podrido y pagados con fondos públicos por todos nosotros.

Sufrimos una brutal intoxicación informativa que nubla el pensamiento y que produce lo que el filósofo Emilio Lledó llama seres alienados, cosificados y vacíos de criterio propio. La mayoría ya no se identifica más que con lo poco que posee, un espejismo que nos hace conservadores de las migajas que nos dejan los poderosos. No sólo se escribe al dictado del poder sino que se fabrican noticias para presionarar y evitar que se descubran redes de corrupción.

Es penoso el espectáculo de una democracia débil en la que no funciona la división de poderes, donde los fiscales son presionados por el Fiscal Anticorrupción que parece servir al corrupto y no a la justicia. Donde los partidos funcionan hacia dentro, en favor de sus privilegios y olvidan el fuera: la gente a la que se deben, la que necesita de políticas valientes y no de seguidismo calculado según presuntos votos y poder personal.

Mientras la corrupción ahoga al Partido Popular, Podemos opta por la política espectáculo y Ciudadanos se pone de perfil no vaya a ser que se le vean las costuras. Y el Partido Socialista se debate agónicamente en luchas intestinas que regalan camino libre a los corruptos para sacar pecho y seguir en el poder. Con todo lo que vemos que conlleva.

No hablan en nombre de sus votantes, aunque siempre se escuden en ellos, sino en el suyo propio y con falsedades flagrantes. La unión no es laminar la discrepancia. La fuerza no es usar el aparato partidista para forzar el triunfo personal. La cohesión no pasa por callar las voces discrepantes y propiciar que sólo haya una mansa aceptación de un líderazgo impuesto.

También se peca por “abstención”. Y permitir que un gobierno del Partido Popular podrido, carcomido hasta la médula por la corrupción sistémica, imputado por un juez y que ha llevado a este país a una situación de emergencia social,  siga gobernando no tiene excusa. Por mucho que intenten que miremos a otro lado, ayudados por una prensa amiga que censura voces críticas. Rajoy no puede seguir gobernando. Y los partidos en la oposición tienen en sus manos lograrlo.

Deberían reflexionar quienes exigen adhesiones inquebrantables al líder, sea de izquierdas o de derechas, aunque sólo sea por los tristes recuerdos que nos retrotraen a tiempos nefastos de brazo en alto. Deberían pensar en la necesidad imperiosa de este país de encontrar respiro en esta cloaca infecta. Deberían hacerlo y actuar, para no ser cómplices de la infamia.

El fracaso generalizado de la acción política, como decíamos hace dos semanas, sólo puede llevar a los neofascismos. Ahí está el ejemplo terrorífico de Francia, donde ha pasado a segunda vuelta Marine Le Pen, con el fascismo como bandera y proclamando que es “el pueblo”. Donde los partidos tradicionales han sido laminados. El republicano, ahogado en las irregularidades de su líder; el socialista, tan escorado a la derecha que se ha confundido con ella y ha hecho huir espantados a sus votantes.

Ante este panorama, debemos huir del conformismo y optar por la acción del pensamiento libre. Acción y resistencia, no exentas de crítica, para no caer en maximalismos peligrosos.

Porque, parafraseando al poeta, mañana no será lo que los neoliberales o neofascistas, y quienes los apoyan, quieran. Mañana será un día como hoy: un miércoles en el que nosotros escribiremos nuestras vidas, si no dejamos que nos las escriban otros.

Nada es aún definitivo. Debemos ir adelante y avanzar contra tanta desolación inducida, contra tanta rabia acumulada.

Porque lo importante, lo triste, lo patético es la rígida firmeza en el error de los que nos llevan al abismo. Ver cómo todos los que dirigen este triste país, por acción u omisión, convierten las viejas mentiras en dogma de fe resulta insultante. Y más, comprobar que aquellos en quienes confiábamos se han plegado al pragmatismo de la mentira, a la tolerancia de la infamia y a la dejación de ideales.

Frente a esa manipulación nos queda la palabra que surge del pensamiento honesto. Frente a la mentira, la reflexión y la honradez que se manifiestan en la dialéctica limpia que no toca nunca la piel del contrario.

Frente al cinismo de tantos, la verdad sin tapujos, la defensa de derechos y la aceptación de errores con el propósito de enmendarlos. Frente a insultos y ofensas, la elegancia de la ironía inteligente.

Frente al fin que justifica los medios, los derechos de todos como meta inexcusable.

Habrá palabras nuevas para la nueva historia y habrá que encontrarlas antes de que sea demasiado tarde. Porque no podemos tolerar que los de siempre la hagan por nosotros.

No podemos permitir que nos escriban el futuro. Debemos luchar siempre por la igualdad y la justicia más allá de los manejos seculares de los señores del poder y la mentira. Más allá del desánimo y el enfado, con la fuerza de la acción ciudadana.

Nunca podrán arrebatárnosla.  A no ser que nosotros se lo permitamos. Y eso sería lo más lamentable. Porque los perjudicados siempre serán los mismos: los débiles, los desprotegidos.

Lo decía maravillosamente Eduardo Galeano:

Aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

 

 

 

 

Imagen 1: Stefano BonazziThe girl, part I

Imagen 2:  Eka Sharashidze. Collage de fotografías de perfiles de transeúntes, a modo de pentagrama. Wall people

Imagen 3: pintura de Grant Haffner

Nota. La cursiva señala los versos de Ángel González que se utilizan en el texto.

De libros, librerías y libertad

19/04/2017

Livraria Ler Devagar. Lisboa (Portugal)

Vuelven los libros por primavera para sacarnos unos días de la bronca política, las amenazas de elecciones francesas y tanta penosa sobreactuación vacía de contenido. No son buenos tiempos para los sentimientos amables y la honestidad. La vida es una bruma que, a veces, no se puede navegar, dice el poeta Juan Gelman.

Para ayudarnos en la travesía están los libros que no nos apartan de la realidad, sino que nos ayudan a entenderla y a tomar distancia.

Porque el enemigo del libro no es la tecnología, sino el ser humano que parece haber perdido su humanidad.

Los libros se queman cuando estorban, como hicieron jóvenes falangistas en la madrugada del 19 de agosto de 1936 en A Coruña, a la misma hora en que se fusilaba a Lorca. O como hicieron los nazis en la noche de los cristales rotos. O la Iglesia, vía Inquisición.

Quemar libros y censurar autores es intentar destruir lo que cuentan porque no gusta.

Auto de fe organizado por Falange el 30 de abril de 1939 en la Universidad Central de Madrid. Forma fascista de celebrar el Día del libro.

Pero los libros arden mal y dejan rastro siempre en sus cenizas, como dice maravillosamente Manuel Rivas.

Los libros germinan en la mente de los lectores y llegan al futuro, como en la ficción distópica de Fahrenheit 451, para demostrar a los tiranos que la resistencia existe.

Son objetos eternos que nunca traicionan. Resistentes y fieles, perdurarán, mal que les pese a los autócratas, porque la libertad no puede encarcelarse.

La literatura es hoy mucho más que un lujo diletante. Es una necesidad vital de agitación en este mundo apático en el que nos hacen conformistas.

La literatura nos enseña a ser inconformistas con  las palabras para aprender a serlo con los hechos. Puede ayudarnos a salir del fuego interesado y adormecedor. Ayudarnos a aprender valores privados forjados en la duda, el deseo y el sentimiento que nos lleven a entender mejor los derechos públicos.

Llenar calles de libros y flores cada 23 de abril, cuando la primavera triunfa sobre el invierno, es una hermosa metáfora del valor de la lectura. Porque ésta es, en palabras de Alberto Manguel, una de las formas más alegres, generosas y eficaces de estar vivo.

Leemos para comprender el mundo en un acto de libertad total. Nadie puede leer por nosotros como nadie puede enseñarnos a vivir. Uno es lo que ha leído, decía Borges. Y los seres que forman esa unión de lectores caminan orgullosos con un libro bajo el brazo en el que se encuentran y reconocen.

Pero, vivimos tiempos en los que el consumo dicta su ley inexorable. Hasta los libros sucumben al poder del mercado e intereses editoriales mancillan la verdad literaria al imponer superventas precocinados que arrasan en las librerías. Leen por nosotros y dirigen nuestros gustos…

Librería Ateneo Grand Splendid, Buenos Aires (Argentina)

Para mantener viva la comunidad de lectores libres están las heroicas librerías. Un espacio en el que el librero (en esta ciudad, libreras) ha organizado con mimo los libros, autores y editoriales de una cierta manera que permite al lector buscar un libro, descubrir otros e interesarse por algunos más que no conocía.

El espacio físico que representa la librería debería ser uno de los puntos culturales de referencia en todas las ciudades, un espacio para el dialogo y la cultura. Lugares para estimular la lectura en la gente que se acerca a ellas.

La librería es en sí misma un centro cultural. En muchos lugares son los únicos centros que canalizan las inquietudes de la sociedad. Pero las administraciones públicas han dejado de apoyarlas por la fuerte caída de las compras institucionales (bibliotecas, centros de enseñanza, Ayuntamientos).

Hay que tomarse en serio las librerías como centros de agitación cultural, como otra forma de bibliotecas.

La salud de las ciudades, de los barrios, de los pueblos de un país se debería estimar por el número de librerías que alberga y por la calidad de éstas. Librería y biblioteca, formando un núcleo común de actividad, deberían estar siempre en el horizonte de los gestores culturales públicos.

Un buen apoyo sería en primer lugar reconocer su importancia en el tejido social. Casi siempre son puestas en marcha por gente joven, bien formada, que ha crecido y se ha curtido en antiguas librerías y que deciden lanzarse a la aventura con una idea personal y con una esperanza  heroica. Como sucede con las entrañables Ambra y Gavina en Gandia.

Librería AMBRA, Gandia

Librería GAVINA, Gandia 

Después, valorar el oficio de librero. Esa persona que sabe escoger y seleccionar títulos y ordenarlos por temas o tópicos o autores, y recomendarlos, y hablar apasionadamente de ellos. Son seres indispensables para un mundo confuso y mercantilizado. Insustituibles por una página web o una campaña de publicidad.

Hoy, las librerías padecen angustias económicas.  Deberán transformarse y convertirse en lugares lúdicos en donde se combinen actividades teatrales, musicales, literarias, gastronómicas y de convivencia. Un lugar en el que fomentar la tertulia y la tan olvidada conversación sobre libros y entre libros. Un lugar donde la comunidad de lectores libres encuentre su sitio  en un mundo uniformizado.

Porque el libro nunca va a morir. Son muchos los agoreros que lo anuncian, pero nunca aciertan.  Porque nuestra sociedad aún no ha encontrado mejor forma de preservar su esencia que en la literatura. Y si la literatura existe, tienen que existir también los libros. Su formato y su modo de venta puedan cambiar. El medio, digital o analógico, no importa mientras sigan siendo literatura.

En la última década también han irrumpido en el mercado nuevos editores, jóvenes, haciendo apuestas por literatura de calidad, haciendo objetos bellos y apetecibles.

Librería El Péndulo. Ciudad de México (México)

Visitar una librería, cada semana o cada mes, puede ser una maravillosa experiencia. Caminar entre sus estanterías, un modo de aprendizaje. Conversar con la librera, encontrar otra vez la atención personalizada que va más allá del intercambio comercial.

Si no se puede comprar un libro al menos ir a ojearlos y a hablar de ellos nos hará más libres, nos permitirá abrir nuestras mentes.

La literatura es un modo de conocimiento. Empezamos a leer para comprendernos y entender el mundo. A través de los libros tocamos vidas que siempre tienen un poco de nosotros mismos, y crecemos con los sueños de otros.

Ese carácter interactivo es el milagro de la lectura. Leer tiene mucho de contagio. Es vivir la vida que otros soñaron por nosotros.

Un libro no existe hasta que un lector, en silencio, acaricia sus páginas y le da nueva vida a sus palabras. Si llegan a su alma, se produce el milagro y allí echan raíces.

Los libros esperan pacientes en los estantes de la librería que un lector curioso les dé vida. Esperan pacientes que un librero atento recomiende su lectura. Esperan pacientes que, al abrirlos, autor y lector se unan a través del milagro de la palabra escrita.

¡Larga vida al libro, a los libreros y a sus librerías!

Take this waltz es una adaptación del “Pequeño vals vienés” , perteneciente al poemario Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.

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