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La plácida inexorabilidad del tiempo

10/12/2017

 

A veces, las lecturas nos tocan el alma de manera especial.

Ocurre que las palabras que leemos parecen obedecer a nuestros pensamientos.

Ocurre que ponen nombre a lo que sentimos y no sabemos expresar, por ignorancia o por miedo a entender el dolor que nos ahoga.

Entonces sentimos un agradecimiento infinito por esa persona que fue capaz de verbalizar el sentimiento y tuvo la valentía de escribirlo. Porque hace falta ser muy valiente para hacerlo.

Nunca podremos agradecérselo lo suficiente.

Porque exteriorizar el dolor es empezar a dominarlo.

Porque hablar del dolor es empezar a perderle el miedo.

 

El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos, quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio o en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano, o temblando en un balcón donde fumas toda la noche. Miras al vacío, sentada en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo Belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo.

Cuando alguien padece una enfermedad terminal, esa reconfortante inercia queda aniquilada. Demasiado rápido, no hay tiempo […], tengo que acabar esto, decirle aquello. ¡Espera un momento! […] Cada día te vas despidiendo un poco.

“Espera un momento” LUCIA BERLIN

 

 

Y seguimos leyendo, asombrados por la certera descripción de los sentimientos universales que expresa una escritora nacida en Alaska, de origen texano y ciudadana del mundo. Sentimientos que tanto se parecen a los que sentía Cernuda a miles de kilómetros de distancia. Y a los que sienten cuantos intentan entender el duro oficio de vivir.  Porque la muerte nos iguala:

La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.

“Luto”, LUCIA BERLIN

 

Sólo sabemos esculpir biografías
En músicas hostiles;
Sólo sabemos contar afirmaciones
O negaciones, cabellera de noche;
Sólo sabemos invocar como niños al frío
Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo.

LUIS CERNUDA

Y entonces comprendes que los que se van permanecen en el recuerdo.

Que  ayudan a seguir en el camino y quizá permanecen ahí para ayudar a los que siguen en él.

Que escribimos y leemos para sentirnos acompañados y para no llegar solos a la sombra del tiempo:

 

 

Y la escritora vuelve a ponerle palabras a lo que piensas:

Muchos otros se han ido […] A veces pasan meses sin que piense en nadie salvo en los vivos, y de pronto… apareces tú, evocada por un tango o un agua de sandía. Ojalá pudieras hablarme. Eres casi peor que mi gato sordo. La última vez llegaste unos días después de la ventisca. […] Hubo un día de calor […] Abrí todas las puertas y las cortinas. Tomé el té en la mesa de la cocina, sintiendo la caricia del sol en la espalda.[…]

Una iluminación perezosa, como una tarde mexicana en tu habitación. Pude ver el sol en tu cara.

“Espera un momento”, LUCIA BERLIN

Los recuerdos son traicioneros y te esperan a la vuelta de cualquier esquina. No puedes defenderte de su intensidad y a veces de su implacable crueldad. Te devuelven inmisericordes a unos años de infancia de lecturas compartidas, a la juventud de tantos descubrimientos en la ciudad vecina, a tantos encuentros y desencuentros…

Y no vale la pena hacerse preguntas inútiles.

La escritora lo dejó escrito con una lucidez que sólo da la verdadera honestidad consigo misma y la certeza de que la autocompasión sólo nos destruye. Lo escribió así, sin comas. No le gustaban porque entorpecían, según ella, la línea de su trepidante pensamiento. Con una prosa certera que llega dentro, directa y clara, trascendiendo las palabras:

Cierro la puerta a la pena al pesar al remordimiento  Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramada y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que un estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada puerta. Y recoja los pedazos una vez más.

“Volver al hogar”, LUCIA BERLIN

Y te quedas meditando sobre esa enigmática frase que escribió esa mujer tan lejana en el espacio y sin embargo tan cercana en el sentimiento:

Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte.

“Apuntes de la sala de urgencias 1977”, LUCIA BERLIN

Porque no acabas de comprender muy bien su sentido. Pero estás segura de que tiene razón. Algún día quizá lo comprenderás.

 

 

La ciudad del alma

13/11/2017

 

 

Todos llevamos una ciudad dentro,
ciudad que nos alienta y nos acusa,
La ciudad del alma.
Calles, sonidos de campanas y de pasos,
y la luz,
sobre todo el aire,
el temple del Duero,
las piedras que nos fecundan.
Ahí en cada puerta oigo,
el baile de las avellanas,
de Vigo de Sanabria,
y el ábside de la contemplación,
y las esquinas,
y la lágrima eterna del parteluz,
de Santiago del Burgo.

 

Claudio Rodríguez (Poema a Zamora)

 

Adoctrinamientos

30/10/2017

 

 

Madre, no me mandes más a coger miedo
y frío ante un pupitre con estampas. 

BLAS DE OTERO

 

Mis maestros

Aquellos hombres
predicaban miedo.
Miedo convulso
en la lección diaria;
oscuro miedo
por los corredores
entre esperma y latín
en la espantosa
composición exacta
de lugar: un niño
solo; mentido
y solo; amordazado
y frío buceando
en el pozo:
arriba; arriba;
sin aire casi;
arriba; más aún
hasta alcanzar
el borde de la vida.

José Agustín Goytisolo

De: Claridad 1961 – 1968 – I “El ayer”

 

 

Y tú me preguntaste,
¿qué hay en el centro de la tierra?
¿Hay casas diminutas rodeadas de fuego
donde arden los niños no obedientes,
traviesos en la escuela?

Seis años, dulces, seis años dulces,
poblados ya de pútrida enseñanza.

Alfonso Costafreda

De Suicidios y otras muertes –  1974

 

Aquellos hombres me abrasaron, hablo
del hielo aquel de luto atormentado,
la derrota del niño y su caligrafía
triste, trémula flor desfigurada.

Blas de Otero

De “Biotz-Begietan”, en Pido la paz y la palabra, 1955.

 

El mandar los niños a los jesuitas debió de ser para muchas familias burguesas e incluso de la menestralía uno de los ritos expiatorios con los que inconscientemente pretendían saldar la culpa colectiva. muchas familias, por otra parte,  debieron de pensar que la tradicional disciplina de los educadores ignacianos volvería a la razón a sus crías maleducadas, disipadas en el libertinaje de los años de guerra.

Carlos Barral

De “La calle redimidaen Años de penitencia, 1990

 

 

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!

25/10/2017

 

La muerte espera siempre entre los años

como un árbol secreto que ensombrece

de pronto la blancura de un sendero

y vamos caminando y nos sorprende.

José Luis Hidalgo

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

JAIME SABINES

 

 

Knock out

04/09/2017

 

 

Las cicatrices no duelen ya.

Pero, cómo dolieron las heridas.

 

Teresa F. Mardones, 1990

 

Imagen:  Ellen de Meijer, Que Sera Sera

Como a esa ciudad lejana

01/09/2017

 

… La vida no es reflejo
pero, ¿cual es su imagen?…”

CLAUDIO RODRÍGUEZ

 

Arrodillado sobre
tantos días perdidos
contemplo hoy mi trabajo como a esa
ciudad lejana, a campo
abierto.
Y tú me culpas de ello,
corazón, duro amo.
Que recuerde y olvide,
que aligere y que cante
para pasar el tiempo,
para perder el miedo

 

Aquellas
mañanas con su fuerte
luz de meseta, tan consoladora.
Aquellas niñas que iban al colegio
de ojos castaños casi todas ellas,
aún no lejos del sueño y ya muy cerca
de la alegría. Sí, y aquellos hombres
en los que confié, tan sólo ávidos
de municiones y de víveres…
A veces, sin embargo, en esas tierras
floreció la amistad. Y muchas veces
hasta el amor. Doy gracias.

 

Erguido sobre
tantos días alegres,
sigo la marcha. No podré habitarte,
ciudad cercana. Siempre seré huésped,
nunca vecino.

 

Sí, sí, la vieja historia.
Como en la vieja historia oí aquellas
palabras a alta noche

 

Oí que eran dolorosas las campanas
a las claras del alba.
Es hora muy tardía
mas quiero entrar en la ciudad. Y sigo.
Va a amanecer. ¿Dónde hallaré vivienda?

CLAUDIO RODRÍGUEZ, “Alianza y condena” – I 1965.

 

 

 

 

Analfabeto

31/08/2017

 

 

 

Analfabeto

Alcé la cara al cielo,
Inmensa piedra de gastadas letras:
Nada me revelaron las estrellas.

OCTAVIO PAZ

 

 

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