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Un duro recorte de libertades y derechos

02/07/2015

Ayer empezamos a ser menos libres.

En España, ha entrado en vigor la siniestra Ley Mordaza. Una ley que lesiona derechos fundamentales como ha señalado la ONU.

Y también arranca el Código Penal más duro de la democracia, que nos devuelve a los años más tristes del franquismo.

Tenemos una pena de cárcel perpetua que no refuerza derechos de las víctimas, como repite el Gobierno del Partido Popular, sino que incide en la venganza por encima de la justicia. Aunque digan que es “revisable”.

La reforma del Código Penal no ayuda tampoco a luchar contra la corrupción, porque acorta el tiempo de instrucción de modo que casos como la Gurtel no estarían hoy en los juzgados.

La Ley Mordaza recorta derechos fundamentales como el de manifestación y libre expresión y sólo busca criminalizar y amordazar al ciudadano como afirma Jueces para la Democracia.

Da poderes, que sólo estaban en manos de los jueces, a policías sin formación legal, que podrán imponer sanciones siendo juez y parte.

No protege a los ciudadanos ni busca su seguridad, protege al Gobierno contra la crítica de sus ciudadanos. Blinda, de modo antidemocrático, las sedes de la soberanía popular e impide hasta los intentos de paralización de desahucios. Desahucios que considera ilegales hasta la tibia UE.

Los periodistas serán aún menos libres. No podrán informar de manifestaciones no autorizadas ni publicar fotos de la policía. Los policías sí pueden hacerlas de los manifestantes. Y sin identificarse ante ellos.

El profesor Fontana decía recientemente que la novela 1984 de Orwell acertaba en todo, pero que se equivocó de fecha en 30 años. Tenía razón.

El mismo Gobierno que aprueba esta ley dice por boca de su Ministra de Agricultura, respecto al referéndum griego, que las urnas son un problema para la democracia. Así lo verbalizó ayer, demostrando que está en su cargo sin saber qué es democracia. La democracia sólo es peligrosa para gobernantes nefastos como ella y su presidente Rajoy que la usan sin escrúpulos, la retuercen y adelgazan para que las urnas no los echen de la poltrona.

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD, decía el lema escrito en el siniestro Ministerio de la Verdad de la novela de Orwell.

Las políticas de austeridad impuestas por el dios Dinero y sus fieles deudócratas han esclavizado a los pueblos. Incautan riquezas sin necesidad de guerras convencionales. Invaden y desmembran países sin utilizar tropas.

A Grecia ya le han recordado que no tiene dinero, pero sí muchas islas.

Ningún gran medio de comunicación informa de la auditoría griega que demuestra que parte de su deuda es ilegítima. Sí lo hacen algunos independientes y minoritarios. Sólo se difunde el bulo del despilfarro y  de la irresponsabilidad de los griegos, que el Nobel de Economía, Paul Krugman ha señalado como falso.

El 85% del dinero prestado a sus bancos ha vuelto a los bancos alemanes y franceses sin tocar siquiera a la población griega. Le prestan para cobrar más caro y pronto, y no admiten demora ni condiciones. Son acreedores buitres y vampiros sin escrúpulos.

Nadie dice nada del sufrimiento intolerable de la población. Que sus impuestos han subido un 300%. Que los ingresos de los más débiles han bajado un 82%. Que salarios y funcionarios se han reducido más del 30%. O lo que es más grave, que los más ricos armadores no pagan impuestos.

El dinero omnipotente ha quebrado la empatía y la piedad. Europa sigue sus dictados y da una patada a la democracia y un aviso a navegantes españoles en la cara de Grecia. No es verdad que quieran sólo que pague, que también, quieren que se vaya Syriza, opción política elegida democráticamente. Un golpe de estado financiero desde los despachos del FMI.

Los que Kurgman llama fantaseadores, que han ignorado todos los principios de la macroeconomía y que se han equivocado siempre, tienen miedo de que se acabe su reinado.

La neolengua orweliana difunde desde los medios lacayos la mentira de que Grecia se va sola al abismo sin señalar quién la empuja.

Pero nadie puede obligarnos a adorar el dinero ni a callar ante la injustia. Ayer, las calles y las redes se llenaron de gente valiente llamando a resistir, también en Gandia. Gente que clamaba contra este mundo cruel y este estado policial que pretende regular hasta nuestras conciencias.

Albert Camus lo expresa a la perfección:

Una de las pocas posiciones filosóficas coherentes es la rebelión.

La bandera de la democracia, la libertad y los derechos civiles sigue viva y ondeando. No podrán callarnos. Resistiremos.

Porque a veces dos y dos son cinco.

La memoria es el perro más tonto

28/06/2015

La memoria es el perro más tonto. Le tiras un palo y te trae cualquier cosa.

Ray Loriga

Subía a aquel desván, el “sobrado” en las tierras castellanas de mi infancia, esperando siempre encontrar un tesoro entre sus trastos polvorientos.

En aquella cómoda antigua, de cajones desvencijados, había papeles, revistas antiguas, postales, fotografías de personas desconocidas que me miraban desde sus ojos vivos como si quisieran entablar conversación con la niña curiosa que perturbaba su reposo de años.

Mi abuela nunca me regañaba y permitía, con aquella paciencia sabia que la caracterizaba, que buceara en sus recuerdos sin descanso.

En una caja, perfectamente ordenadas, encontré una colección de postales que hablaban de un tren, de una muchacha rubia y hermosa y de una historia triste escrita por un autor que entonces desconocía, Ramón de Campoamor.

Ya no las conservo, ni sé de su paradero, pero Internet siempre te permite el milagro de encontrar los recuerdos en alguna de sus páginas.

Me llamaron la atención los dibujos primero, pero más tarde comprobé que los versos que los acompañaban se correspondían con las ilustraciones y no eran sólo postales al uso sino un largo poema narrativo. Aunque estaban preparadas en el reverso para ser enviadas por correo.

No tardé mucho en leer aquella historia entera. Y ahora recuerdo que me paraba muchas veces a mirar la cara de aquella muchacha triste y hermosa a la que cobijaba un ángel.

El poema se titulaba El tren expreso. El tren era entonces para mí el recuerdo de mi primer viaje, a la temprana edad de tres años, con mis padres a Valencia.

Fue el primer contacto con el mar, con las naranjas en los barcos atracados en el puerto, con la playa de arena fina. Un recuerdo imborrable que llevo siempre asociado al larguísimo viaje en tren que me pasé dormitando en el regazo de mi madre.

Y en aquellas postales se hablaba también de un tren que para mí era el camino al mar, a lo desconocido y a la belleza de una tierra tan diferente de la mía.

Poco podía sospechar que sería mi tierra de acogida años después.

Estos días he encontrado los recuerdos de infancia del poeta García Montero. En ellos cuenta que el poema de Campoamor era el favorito de su padre. No lo leía en postales sino en un viejo libro de poemas y sus recuerdos coinciden con los míos:

Aquel poema, con planteamiento, nudo y desenlace, tuvo para mí la fuerza de una novela de aventuras, que no ocurría en ninguna isla, ni siquiera en un tren, sino en los paisajes interiores de unos seres humanos. La poesía tiene mucho de novela radical de aventuras, deseos y pensamientos sucedidos en la intimidad. Cansado de que en cada lectura muriese ella, tan rubia, tan hermosa, escribí un final distinto para El tren expreso, con un amor lleno de felicidad. Fueron los primeros versos que escribí, con apenas 10 años. Había aprendido que la literatura es un ajuste de cuentas, un modo de situarse ante la costumbre de las ilusiones fracasadas.

Yo no escribí ningún poema. Sólo repasaba las postales, una y otra vez, hasta llegar al triste final. Y aquel tren humeante me parecía el camino a un final trágico y tan diferente de mi experiencia que sentía una especie de culpa ante la desgracia ajena.

Aquel tren era para Campoamor un enemigo de la paz idílica de la naturaleza. Un instrumento diabólico que rompía la armonía de las aldeas con su ruido infernal y sus humeante máquina invasora:

¡Calor de fragua a un lado; al otro frío!

¡Lamentos de la máquina, espantosos,

que agregan el terror y el desvarío

a todos estos limbos misteriosos!…

¡Las rocas, que parecen esqueletos!…

¡Las nubes, con entrañas abrasadas!…

¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!…

No conocía todavía la grandilocuente retórica heredada del Romanticismo y aplicada al miedo a la modernidad que desplegaba el autor.

Aquellos versos tenían para mí más de historia novelesca que de retrato sociológico.

El tren permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y las conversaciones. Y la relación entre un autor y un lector se parece mucho a la complicidad de dos extraños sentados en el mismo vagón.

dice García Montero.

Esa era mi relación con los protagonistas del poema.

Porque he sentido la misma impresión que describe Campoamor siempre que viajo en tren. Un medio que me atrae de modo irremisible desde mi infancia. Trenes y estaciones que recorrí de la mano de mi padre tantas veces…

Las cosas que miramos

se vuelven hacia atrás en el instante

que nosotros pasamos,

y conforme va el tren hacia adelante,

parece que desandan lo que andamos;

y a sus puestos volviéndose, huyen

y huyen en raudo movimiento

los postes del telégrafo clavados

en fila a los costados del camino…

Supongo que mi abuela guardaba aquel poema por el homenaje que a Zamora y a sus mantas se hace en él. Ella era una mujer amante de su tierra y, en su centenario, -porque llegó a los 106 años de vida- nos regaló a todos sus nietos una manta zamorana en miniatura como recuerdo. Manta que reproduce los colores de la bandera  de Zamora y de su historia.

Y creyendo invadidos por el hielo

aquellos pies tan lindos,

desdoblando mi manta zamorana,

que tenía más borlas verde y grana

que todos los cerezos y los guindos

que en Zamora se crían,

cual si fuese una madre cuidadosa,

con la cabeza ya vertiginosa,

le tapé aquellos pies, que bien podrían

ocultarse en el cáliz de una rosa.

La bandera de la ciudad de Zamora, conocida como la «Seña Bermeja», se compone de ocho tiras rojas,

que representan las ocho victorias obtenidas por Viriato sobre diversos pretores y cónsules romanos, y una banda verde esmeralda. Banda que Fernando V de Castilla colgaba sobre su hombro y que colocó coronando la Seña Bermeja, en recompensa y reconocimiento de los auxilios prestados en la batalla de Toro.

Los versos llenos de ripios de Campoamor eran entonces mis primeros pasos por una poesía narrativa que sólo tenía de poético el nombre y las sílabas contadas. Además de las rimas disonantes.

Es curioso que no recordara este poema cuando estudiaba la escasa calidad literaria de su autor. Tampoco, cuando explicaba a mis alumnos que sus humoradas servían como regalo escrito en los abanicos de algunas de sus amigas.

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira

todo es según el color

del cristal con que se mira.

Aquel mundo, entre lo romántico y lo costumbrista, era la lectura preferida de las mujeres que, como mi abuela, sin apenas formación literaria, eran lectoras empedernidas que como decía Cervantes, “leían hasta los papeles que encontraban en el suelo”.

Siempre he pensado que mi afición lectora vino de su mano. Desde los cuentos troquelados, hermosísimos, que compraba a unas monjas viajeras que llamaban a nuestra puerta, hasta los hallazgos impagables de aquel “sobrado” en el que encontré tesoros que he ido guardando en los archivos de mi memoria y han vuelto a mí, como en un milagro, años después.

Hoy, los viajes en tren han perdido un poco el halo romántico de las conversaciones entre compañeros de viaje. El móvil aísla a los viajeros y, a la vez, los hace partícipes involuntarios de las intimidades del vecino.

Algunas veces, pocas, alguna mujer mayor se sienta a nuestro lado y nos cuenta la causa de su viaje, la enfermedad que la obliga a viajar a la ciudad para una revisión médica. Nos habla del tiempo, de cómo ha cambiado todo, de sus nietos y de sus estudios…

Y entonces vuelve la magia del tren que tan bien describen las palabras de García Montero

Los viajes en tren son propicios a las conversaciones, crean la intimidad movediza de las historias de amor o de los conjurados que se ponen de acuerdo por unas horas para ajustarle las cuentas a las precariedades de la vida. Eso repiten las narraciones y los versos del tren.

Yo también, como él, debo mucho de lo que he escrito y leído a mis viajes en tren.

No sé por qué, en él encuentro la dosis justa de soledad y de compañía que me permite reflexionar, contemplar, escuchar la vida que pasa a mi alrededor mientras me escondo tras un libro, un bolígrafo o un cuaderno.

Porque la literatura puede seguir más allá de la muerte, como la triste y hermosa carta que llega a las manos del protagonista de El tren expreso, un año después, en la cita con la hermosa desconocida

«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,

cuenta os dará de la memoria mía.

Aquel fantasma soy que, por gustaros,

jugó a estar viva a vuestro lado un día.

Cuando lleve esta carta a vuestro oído

el eco de mi amor y mis dolores,

el cuerpo en que mi espíritu ha vivido

ya durmiendo estará bajo unas flores.

Pero la vida sigue inexorable. Y la literatura nos consuela de la muerte, como también nos consuela de la vida y nos ayuda a soportarla, a entenderla y a vivirla.

El perro tonto de la memoria me ha traído este día un recuerdo imborrable que guardaba en los archivos del cerebro entre postales, trenes, días de infancia y poemas románticos.

No ha sido cualquier cosa.

Dejen de hacerse notar y pónganse a cambiar el mundo

11/06/2015

Alguien decía ayer

Unos, como Pedro Zerolo, cambian el mundo sin que se note que lo hacen ellos, otros se hacen notar tanto que no dejan que el mundo cambie.

Palabras que reflejan la situación que padecemos en este país, en esta Comunidad y  en esta ciudad.

Las últimas elecciones fueron un soplo de esperanza para desprotegidos y olvidados. Pero llevan demasiado tiempo los elegidos derrochando ilusiones, sirviendo a egoísmos indecentes, y ofendiéndolos.

Ya basta. Sobra espectáculo y falta discreción y silencio. Sobran protagonismos  y falta responsabilidad. Falta empatía con los necesitados, la gente a la que prometieron cambio, y sobran actitudes de divo. Estamos hartos de egos y de falta de compromiso.

La sociedad española, y la valenciana en particular, viven una situación de emergencia económica, social, cultural y ética que no admite demoras ni juegos de poder.

El nivel de pobreza de los valencianos sube tres puntos respecto al año pasado. Un millón de personas vive en condiciones extremas. De ellos 150.000 son niños. La pobreza infantil se incrementa un 55% y se ha cronificado. Lo que supone que no es algo coyuntural sino estructural. Que forma parte de nuestra identidad. Es la más elevada de la UE detrás de Rumanía. Una vergüenza.

Estos niños padecen graves deficiencias alimenticias que arrastrarán de por vida y habitacionales, porque los desahucios han seguido aumentando a pesar de las mentiras de los gobiernos de turno. Y miles de personas no pueden pagar tampoco la luz y el agua.

Los que se hacen notar tanto deberían tener lo primero en su agenda, a la hora de sentarse a negociar, que demasiadas familias malviven con apenas 400€ al mes.

Los que se creen mesías redentores deberían contemplar la situación insostenible de personas dependientes arrojadas a la miseria por un copago injusto que ha sido revocado por la Justicia y que el Gobierno Fabra impuso.

Cientos de personas dependientes han quedado sin protección tras modificar el gobierno valenciano de modo perverso plazos y evaluaciones que sólo perseguían dejarlas fuera de las prestaciones.

También en Educación los profesores viven recortes insostenibles, se suprimen unidades públicas y se beneficia a la concertada. Los interinos han sido injustamente tratados y, tras el varapalo judicial a la Conselleria, se ven enfrentados y divididos.

Por no hablar de una Sanidad que cada día ve aumentar los copagos, disminuir las pruebas médicas necesarias, crecer las listas de espera, sufrir colapsos en urgencias. Mientras se sigue desviando pacientes a hospitales de gestión privada que nos cuestan mucho más caros. Desvío que se premia con puestos en esos hospitales, como ha ocurrido recientemente en Gandia. También hay puertas giratorias en la Sanidad valenciana.

Los que hablaban de cambio en su campaña deberían tener la decencia de mirar a las personas a los ojos antes de negociar poniendo condiciones previas. Meditar cuando ponen su persona por encima de las personas, porque juegan en el tablero del poder con vidas humanas.

Cuando hacen chascarrillos indecentes sobre cambios y recambios, cuando sus filias y fobias no les dejan ver la necesidad urgente de gobernar para todos.

La sociedad percibe que podrían tirar a la basura, sin piedad, la ilusión de muchos y permitir que siguiera la injusticia de un gobierno indigno sólo por una lucha de egolatrías.

No hay patente de autoridad democrática. Todos los votos valen lo mismo.

La sociedad les ha pedido que trabajen para ella y no por sus propios intereses. Que busquen lo que une, no lo que separa, que sea la izquiera inclusiva quien dé soluciones. Que se vaya esta derecha rancia, corrupta, xenófoba e insolidaria.

Basta ya de dirimir diferencias y lanzar amenazas a través de los medios de comunicación. Siéntense a solucionar los problemas. No creen más, que ya tenemos bastantes.

Háganlo por decencia, háganlo porque no pueden defraudar tanta esperanza. Háganlo porque, si ahora nos fallan, nunca habrá perdón. Porque si ahora burlan las ilusiones entenderemos que sus palabras estaban vacías y que nada ha cambiado en la política.

El tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Pero lo más triste es que los niños seguirán siendo pobres, los dependientes y sus familias seguirán en un infierno, la enseñanza y la sanidad pública agonizarán mientras ustedes cambian cromos y  burlan algo tan serio como la vida de las personas. Una verdadera pena.

Dejen de hacerse notar y pónganse a cambiar el mundo desde la izquierda. Para eso los eligieron.

Imagen 2: Fotografía de Rodrigo García

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