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De libros, librerías y libertad

19/04/2017

Livraria Ler Devagar. Lisboa (Portugal)

Vuelven los libros por primavera para sacarnos unos días de la bronca política, las amenazas de elecciones francesas y tanta penosa sobreactuación vacía de contenido. No son buenos tiempos para los sentimientos amables y la honestidad. La vida es una bruma que, a veces, no se puede navegar, dice el poeta Juan Gelman.

Para ayudarnos en la travesía están los libros que no nos apartan de la realidad, sino que nos ayudan a entenderla y a tomar distancia.

Porque el enemigo del libro no es la tecnología, sino el ser humano que parece haber perdido su humanidad.

Los libros se queman cuando estorban, como hicieron jóvenes falangistas en la madrugada del 19 de agosto de 1936 en A Coruña, a la misma hora en que se fusilaba a Lorca. O como hicieron los nazis en la noche de los cristales rotos. O la Iglesia, vía Inquisición.

Quemar libros y censurar autores es intentar destruir lo que cuentan porque no gusta.

Auto de fe organizado por Falange el 30 de abril de 1939 en la Universidad Central de Madrid. Forma fascista de celebrar el Día del libro.

Pero los libros arden mal y dejan rastro siempre en sus cenizas, como dice maravillosamente Manuel Rivas.

Los libros germinan en la mente de los lectores y llegan al futuro, como en la ficción distópica de Fahrenheit 451, para demostrar a los tiranos que la resistencia existe.

Son objetos eternos que nunca traicionan. Resistentes y fieles, perdurarán, mal que les pese a los autócratas, porque la libertad no puede encarcelarse.

La literatura es hoy mucho más que un lujo diletante. Es una necesidad vital de agitación en este mundo apático en el que nos hacen conformistas.

La literatura nos enseña a ser inconformistas con  las palabras para aprender a serlo con los hechos. Puede ayudarnos a salir del fuego interesado y adormecedor. Ayudarnos a aprender valores privados forjados en la duda, el deseo y el sentimiento que nos lleven a entender mejor los derechos públicos.

Llenar calles de libros y flores cada 23 de abril, cuando la primavera triunfa sobre el invierno, es una hermosa metáfora del valor de la lectura. Porque ésta es, en palabras de Alberto Manguel, una de las formas más alegres, generosas y eficaces de estar vivo.

Leemos para comprender el mundo en un acto de libertad total. Nadie puede leer por nosotros como nadie puede enseñarnos a vivir. Uno es lo que ha leído, decía Borges. Y los seres que forman esa unión de lectores caminan orgullosos con un libro bajo el brazo en el que se encuentran y reconocen.

Pero, vivimos tiempos en los que el consumo dicta su ley inexorable. Hasta los libros sucumben al poder del mercado e intereses editoriales mancillan la verdad literaria al imponer superventas precocinados que arrasan en las librerías. Leen por nosotros y dirigen nuestros gustos…

Librería Ateneo Grand Splendid, Buenos Aires (Argentina)

Para mantener viva la comunidad de lectores libres están las heroicas librerías. Un espacio en el que el librero (en esta ciudad, libreras) ha organizado con mimo los libros, autores y editoriales de una cierta manera que permite al lector buscar un libro, descubrir otros e interesarse por algunos más que no conocía.

El espacio físico que representa la librería debería ser uno de los puntos culturales de referencia en todas las ciudades, un espacio para el dialogo y la cultura. Lugares para estimular la lectura en la gente que se acerca a ellas.

La librería es en sí misma un centro cultural. En muchos lugares son los únicos centros que canalizan las inquietudes de la sociedad. Pero las administraciones públicas han dejado de apoyarlas por la fuerte caída de las compras institucionales (bibliotecas, centros de enseñanza, Ayuntamientos).

Hay que tomarse en serio las librerías como centros de agitación cultural, como otra forma de bibliotecas.

La salud de las ciudades, de los barrios, de los pueblos de un país se debería estimar por el número de librerías que alberga y por la calidad de éstas. Librería y biblioteca, formando un núcleo común de actividad, deberían estar siempre en el horizonte de los gestores culturales públicos.

Un buen apoyo sería en primer lugar reconocer su importancia en el tejido social. Casi siempre son puestas en marcha por gente joven, bien formada, que ha crecido y se ha curtido en antiguas librerías y que deciden lanzarse a la aventura con una idea personal y con una esperanza  heroica. Como sucede con las entrañables Ambra y Gavina en Gandia.

Librería AMBRA, Gandia

Librería GAVINA, Gandia 

Después, valorar el oficio de librero. Esa persona que sabe escoger y seleccionar títulos y ordenarlos por temas o tópicos o autores, y recomendarlos, y hablar apasionadamente de ellos. Son seres indispensables para un mundo confuso y mercantilizado. Insustituibles por una página web o una campaña de publicidad.

Hoy, las librerías padecen angustias económicas.  Deberán transformarse y convertirse en lugares lúdicos en donde se combinen actividades teatrales, musicales, literarias, gastronómicas y de convivencia. Un lugar en el que fomentar la tertulia y la tan olvidada conversación sobre libros y entre libros. Un lugar donde la comunidad de lectores libres encuentre su sitio  en un mundo uniformizado.

Porque el libro nunca va a morir. Son muchos los agoreros que lo anuncian, pero nunca aciertan.  Porque nuestra sociedad aún no ha encontrado mejor forma de preservar su esencia que en la literatura. Y si la literatura existe, tienen que existir también los libros. Su formato y su modo de venta puedan cambiar. El medio, digital o analógico, no importa mientras sigan siendo literatura.

En la última década también han irrumpido en el mercado nuevos editores, jóvenes, haciendo apuestas por literatura de calidad, haciendo objetos bellos y apetecibles.

Librería El Péndulo. Ciudad de México (México)

Visitar una librería, cada semana o cada mes, puede ser una maravillosa experiencia. Caminar entre sus estanterías, un modo de aprendizaje. Conversar con la librera, encontrar otra vez la atención personalizada que va más allá del intercambio comercial.

Si no se puede comprar un libro al menos ir a ojearlos y a hablar de ellos nos hará más libres, nos permitirá abrir nuestras mentes.

La literatura es un modo de conocimiento. Empezamos a leer para comprendernos y entender el mundo. A través de los libros tocamos vidas que siempre tienen un poco de nosotros mismos, y crecemos con los sueños de otros.

Ese carácter interactivo es el milagro de la lectura. Leer tiene mucho de contagio. Es vivir la vida que otros soñaron por nosotros.

Un libro no existe hasta que un lector, en silencio, acaricia sus páginas y le da nueva vida a sus palabras. Si llegan a su alma, se produce el milagro y allí echan raíces.

Los libros esperan pacientes en los estantes de la librería que un lector curioso les dé vida. Esperan pacientes que un librero atento recomiende su lectura. Esperan pacientes que, al abrirlos, autor y lector se unan a través del milagro de la palabra escrita.

¡Larga vida al libro, a los libreros y a sus librerías!

Take this waltz es una adaptación del “Pequeño vals vienés” , perteneciente al poemario Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.

Débiles e incapaces, no sólo corruptos

12/04/2017

 

 

Dice el profesor Daniel Innerarity que hay algo peor que la corrupción y el escándalo que produce. Y ese algo es la debilidad e impotencia de la política:

El verdadero problema de la política, el más habitual, el que no se explica cómodamente por la conducta inapropiada de unos cuantos (o muchos), sino que tiene un carácter estructural, es su debilidad, la impotencia pública a la hora de organizar nuestras sociedades de manera equilibrada y justa.

Países de larga tradición democrática, como Francia, ven amenazada su democracia con líderes neofascistas que agitan un populismo peligroso que prende fácilmente en personas decepcionadas, abandonadas y convencidas de que la política al uso y los partidos clásicos no pueden o no quieren dar respuesta a sus problemas. Los seguidores de Marine Le Pen se confiesan hartos de que los políticos no solucionen sus problemas y están dispuestos a “probar” hasta con el neofascismo.

El resentimiento y el falso y popular “todos son iguales” son peligrosos virus que infectan el tejido social.

En EE UU esa ha sido una de las causas del triunfo de un Trump agresivo y vociferante, sin respeto a nada ni a nadie, pero que se autoproclama el salvador de los ciudadanos contra la política de Washington. Sus votantes reconocen sus excesos, pero afirman que volverían a votarle.

Quizá nuestros males, sigue afirmando el profesor Innerarity, no vengan tanto del poder de la política y los políticos como de su debilidad extrema para defender los intereses de los ciudadanos.

Y ello ocurre porque hay intereses fortísimos para desprestigiar la acción política. Poderes no democráticos que se mueven como pez en el agua sin regulación, sin transparencia, sin reparto de la riqueza. La política es para ellos un obstáculo.

Poderes que están al acecho de una caída estrepitosa de la cosa pública para extender sus garras y llevarse un buen mordisco a sus lares privados. El saqueo de lo público es más fácil con un sistema débil y con políticos inútiles e incapaces de plantarle cara.

 

Recientemente se han presentado los Presupuestos Generales del Estado. Marcan las líneas de nuestro destino en este año. Y vemos, a pesar del triunfalismo del Gobierno en minoría de Mariano Rajoy, que aumentan el dinero dedicado a Defensa como exige Trump y disminuyen el dedicado a prestaciones sociales, como exige Europa. Mienten, tanto Partido Popular como Ciudadanos, cuando dicen que lo aumentan. Disminuyen becas, Sanidad, Investigación, Cultura, Dependencia, atención a mujeres maltratadas, Cooperación… La previsión es que el PIB nominal crezca un 4,1% cuando el gasto social se queda en apenas un 1,7%. El gasto público será el menor en un lustro.

El sueldo de los funcionarios, el IPREM, las pensiones o las becas perderán poder adquisitivo. Más de lo que lo han hecho ya, un 10,7%. Y tanto los empleados recién contratados, como los temporales y los jóvenes cobran bastante menos por hora trabajada que antes de la crisis.

Hacienda ha hecho varios enjuagues a las cuentas públicas de este año para disimular lo que es en realidad un año más de recortes y de abrocharse el cinturón. Los recortes sociales de la crisis se mantienen, mientras presumen cínicamente de recuperación económica.

Por no hablar del agravio infligido a los valencianos. Ninguneados otra vez por un Mariano Rajoy que mira a otro lado, aunque su Delegado de Gobierno se empeñe en defender lo contrario. Somos los últimos en financiación e inversiones.

Como decía Tony Judt, cuando se imponen recortes en las prestaciones sociales y los legisladores se enorgullecen de haber sido capaces de tomar “decisiones difíciles”, nos están crucificando. Están matando la ética en nombre del economicismo y sacrificando las personas al dinero.

Nuestros gobernantes sacrifican las personas al dinero y nos engañan también.

Los que nos gobiernan son incapaces, además de estar enfangados por la corrupción, de organizar de modo justo y equilibrado nuestra sociedad. Son débiles e incapaces. Y ya no sé cuál de las dos opciones es peor.

Políticos débiles e incapaces de dar una salida al problema sangriento de los refugiados y la inmigración.

Débiles e incapaces de instaurar sistemas justos en los que puedan vivir dignamente sus gobernados.

Débiles e incapaces de dimitir cuando se demuestra su falta de ética y su implicación en asuntos delictivos.

Débiles e incapaces de demostrar la mínima empatía con la ciudadanía que sufre los recortes.

Débiles e incapaces de ser servidores públicos y atender las demandas de quienes les pagan su sueldo y les votaron.

Su insoportable incapacidad de hacer política real para solucionar problemas sólo es comparable a su cinismo a la hora de negar la evidencia de sus faltas.

Asistimos al progresivo distanciamiento entre política y ciudadanía, a un conflicto entre lo individual y lo colectivo y, también, a generalizaciones interesadas que desprestigian frívola y peligrosamente la tarea política.

La política es la manera más ordenada de enfrentarnos a los desacuerdos de la vida social y no convertirlos en conflictos que impidan la convivencia. Es el camino de la concordia y la voluntad de vivir juntos y no contra el otro.

Por eso debemos desconfiar de los que dicen no hacer política. O bien son dogmáticos o abominan de la convivencia.

Es cierto que algunos, que viven de ella y no para ella, la han convertido en trinchera sectaria y han carcomido sus bases hasta poner en peligro la misma democracia. Su política sin entrañas, “de malas tripas” en palabras de Machado, está dividiendo a la sociedad y envenenando la convivencia.

Su sectarismo y corrupción han acabado por cansar a la ciudadanía. Pero no son todos. Y debemos decirlo, sin descanso. No todos son iguales.

No es ético callar, aunque sea cómodo. El silencio ha sido cómplice de los mayores horrores de la humanidad. Las palabras no dichas equivalen a omisiones culpables  que contribuyen al interés de unos pocos.

Los ciudadanos somos responsables supremos de la conservación y perfección de la democracia y no debemos callar cuando lo sentimos amenazado. La mayor amenaza para la democracia es que la política sea inútil y prescindible.

No debemos criticar la tarea política, confundiéndola con algunos políticos. Los intelectuales de la Generación del 98 cometieron ese error. Y su crítica indiscriminada a todos los políticos trajo una dictadura.

Como decía el poeta León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Insultan nuestra inteligencia. Somos más de los que creen y no somos menores de edad, exigimos que nos digan la verdad. Que será más precariedad. Y que nosotros seremos las víctimas.

No queremos ser náufragos agarrados a las olas de una tormenta que no hemos provocado. Ni siervos de señores que venden felicidad envuelta en mentiras. El momento es muy grave y no se puede jugar a disimular.

Deberían reflexionar, también, aquellos políticos que tienen aún decencia y capacidad de demostrar que la política sirve para mejorar la vida de todos, no sólo unos pocos. Los procedimientos democráticos son un bien mejorable, pero absolutamente necesario, si no queremos caer en regímenes totalitarios que son su única alternativa conocida.

Si falla la política, ya sólo nos queda el fascismo.

 

El poeta Leonard Cohen, en su canción Everybody Knows dijo muy claro cuál era el juego amañado:

Todo el mundo sabe que los dados están cargados
Todo el mundo lanza con los dedos cruzados
Todo el mundo sabe que la guerra ha terminado
Todo el mundo sabe que los buenos perdieron
Todo el mundo sabe que la pelea estaba amañada
Los pobres se quedan pobres, los ricos se hacen más ricos
Eso es lo que pasa
Todo el mundo sabe

 

 

 

 

Imágenes: Imagen 1 Stefano Bonazzi, The boy

Imágenes 2, 3  Deborath ScottMagician, 2010; Balance, 2010

 

De ignorancias, manipulaciones y convivencia

05/04/2017

En nuestro mundo convulso es vital el saber y el conocimiento. La cultura es la base de la civilización, y a ella se llega por la información. Nunca como ahora, sabiendo tanto, se ha procurado que se sepa menos. Internet permite manipular a nivel planetario.

En Oriente y Occidente, algunos andan empeñados en agitar el fantasma del miedo que, como decía don Quijote:

Turba los sentidos y hace que las cosas parezcan lo que no son.

Mentes perversas  hablan de choque de civilizaciones. La expresión es ofensiva. Evoca violencia unida a un instrumento pacificador. Convierte la cultura en arma de enfrentamiento.

Los racistas posmodernos  desprecian al musulmán, al que consideran un peligro en nombre de una falsa superioridad de la cultura cristiana. No hay culturas superiores. Todas suponen un esfuerzo para superar la animalidad y lograr una convivencia pacífica. El peligro viene de su identificación fanática con las religiones y la política.

Parece impropio dar lecciones mientras se bombardea con armas químicas a población civil indefensa en Siria, se abandona a niños refugiados en manos de mafias, o se torturan prisioneros en cárceles clandestinas. No se pueden cometer crímenes en nombre de una presunta defensa de los derechos humanos.

Más de 200 personas muertas, la mayoría civiles, en un ataque aéreo de EEUU sobre el oeste de Mosul hace unos días y los bombardeos de hospitales en Siria prueban la hipocresía de quienes se rasgan las vestiduras sólo por unas muertes, las de Occidente, como si hubiera muertes de segunda. Alegan hipócritamente que fue “por error”. Se estima que la cifra real de muertos civiles puede ser mucho mayor. Pero no ocupan cabeceras de prensa ni portadas de telediarios. Tampoco tertulias de expertos. Cuando son crímenes de lesa humanidad.

Tampoco parece coherente hablar de la dominación masculina en el islam, mientras se tolera, cuando no se justifica, la violencia machista. O condenar la ideología de género en hojas parroquiales y discursos misóginos de la jerarquía católica. El fanatismo es una degeneración de la religión. También de la católica.

Si religión o pensamiento se convierten en pura ideología fanática, sólo son fundamentalismos. Y fundamentalistas hay en ambos lados.

O hablar de libertad de expresión, de libertad religiosa y no soportar una mezquita en nuestro vecindario. No es ni humano ni coherente discriminar a las personas por su religión.

La realidad es que se teme lo que se desconoce y que nos falta información.

Ignoramos que el Islam es una religión de paz como lo es el cristianismo. Y que ambas han sido traicionadas por quienes matan en nombre de Dios o de Alá.

Ignoramos que Jesús es un profeta respetado en el Corán. Que la civilización musulmana fue muy superior a la cristiana en la Edad Media. Que Toledo fue un crisol de cultura oriental y grecolatina que permitió nuestro Renacimiento. O que Averroes ya intentó trazar los límites entre fe y pensamiento. Algo que Occidente hizo con Voltaire nada menos que cinco siglos más tarde. Y que aún en nuestro país no se ha logrado.

En Occidente, el fanatismo católico ha quemado herejes, torturado intelectuales y prohibido el pensamiento libre. Aún hoy, la jerarquía es intolerante con leyes civiles, que ataca sin piedad e intenta derogar como sea. Como si su poder fuera de este mundo.

Entre 1.600 millones de musulmanes también hay fanáticos que incitan al odio. No contribuye al entendimiento degollar rehenes, ni matar inocentes con mochilas bomba y vehículos asesinos de peatones. O llamar a descuartizar al infiel como los cruzados medievales. Ni usar escudos humanos en la guerra. Ni llamar al exterminio del diferente.

Ellos tampoco nos conocen. Y se sienten humillados por la visión interesada  de un Occidente arrogante que los desprecia, y que sus fanáticos fundamentalistas les inculcan.  Sus predicadores también azuzan el odio al otro basado en la ignorancia del diferente.

Recientemente, en EE UU, la estudiante Heraa Hashmi ha elaborado un documento de 712 páginas en el que se reflejan cientos de condenas de actos terroristas por parte de figuras musulmanas. Hashmi ha realizado este proyecto para demostrar lo ridículo que es esperar que los musulmanes se disculpen constantemente por actos terroristas.

Heraa Hashmi, con el velo azul, durante las protestas contra el veto migratorio de Trump.

Empezó su trabajo tras la discusión en clase sobre las cruzadas con el compañero que se sentaba a su lado. En tan solo unos minutos, comprobó que el chico no hablaba de la Edad Media sino que estaba en una cruzada contra el islam.

Con los musulmanes, señala Hashmi:

Se aplica un rasero diferente que con otras minorías: se espera que 1.600 millones de personas se disculpen y condenen (el terrorismo) en nombre de unos cuantos lunáticos.

Y añade, con una sensatez envidiable en una chica tan joven:

No veo al KKK, la Iglesia Bautista de Westboro o al Ejército de Resistencia del Señor como una representación rigurosa del cristianismo. Sé que son marginales. Por eso es bastante frustrante para mí tener que defenderme y pedir disculpas en nombre de algunos locos.

El mensaje que prevalece no es el más verdadero sino el más fuerte. Mensajes  simples e infantilizados sustituyen a la verdad que sólo está en la reflexión madura. Nos manipulan.

El terrorismo yihadista está comprobado que se alimenta de combatientes locales que atacan objetivos locales. Los expertos occidentales todavía debaten si las motivaciones de estos lobos solitarios son 10% ideología y 90% contexto local, o exactamente al revés. Sentirse rechazado y excluido produce monstruos.

El tan denostado fundamentalismo fue acuñado ideológicamente en los EE.UU. a comienzos del siglo XX como respuesta moral reaccionaria al liberalismo progresista social y político. Hoy, en una clara regresión, es la religión del presidente Trump y de sus asesores.

Esta nueva ultraderecha estadounidense considera incluso débil a la vieja Europa. Una Europa que ha renegado de sus valores y que ha celebrado recientemente el aniversario del Tratado de Roma marcada por el Brexit, una década de crisis brutal y el auge de la extrema derecha neonazi.

Europa debió aprender, tras siglos de colonialismo, que los pueblos no pueden doblegarse. Que empujados por la humillación del opresor, se repliegan en valores religiosos y fanatismo defensivo. Pero no lo hizo.

Hay planes estratégicos en ambos lados para enfrentarnos. El miedo alimenta a la extrema derecha y a su xenofobia en Occidente. Y también el miedo alimenta el terrorismo y el odio en el mundo islámico. Ambas perversiones se retroalimentan.

En ambos lados se cultiva el odio al diferente, un calculado temor al otro, cuando no un odio irracional a lo que no se conoce.

Ante esta amenaza, surge la exacerbación de lo particular, nacionalismos excluyentes, xenofobia y fanatismo que impiden todo intento de diálogo.

Se adormece también nuestra capacidad intelectual. Las televisiones escupen imágenes dirigidas a la emoción, no al cerebro. Estamos consumiendo ira y miedo.

Ejemplo de ello es el reciente exabrupto de Marhuenda, el servil director de La Razón sobre los musulmanes. Un vocero del poder revestido de un halo de “intelectual” gracias precisamente a La Sexta, que lo ha catapultado al Olimpo de los opinadores sin fundamento. Según este “fino intelectual”, los musulmanes nacieron matando.

Sus palabras, fruto más de la maldad que de la ignorancia (y hay mucha ignorancia en su afirmación), deberían ser consideradas incitación al odio por todos los celosos fiscales y rigurosos jueces que condenan a tuiteros y encarcelan titiriteros.

Contra eso es necesaria una ciudadanía pensante y serena, capaz de hacer frente a los nuevos retos. Que no se deje engañar y afronte los hechos con libertad.

Porque la base del odio es la ignorancia. El conocimiento puede salvarnos. Ni los musulmanes son todos fanáticos terroristas, ni los occidentales somos todos intolerantes  fundamentalistas cristianos.

Como dice Amin Maalouf:

El papel de la cultura es proporcionar a nuestros contemporáneos las herramientas intelectuales y morales que les permitan nada menos que sobrevivir.

Maalouf reivindica la cultura, no como bien de consumo, sino como herramienta moral e intelectual.

Siendo libres, sin manipulaciones, nos entenderíamos. Los pueblos son más sensatos que sus líderes y patriarcas.

Todos debemos respetar los valores democráticos y la irrenunciable igualdad de las personas.

Porque la Carta Internacional de Derechos Humanos no tiene diferentes interpretaciones según la raza o la religión. Los derechos son iguales para todos.

Imagen 1: Stefano Bonazzi To live home

Imagen 2: Collages y retratos de Michael Mapes. 

Imagen 3: Arte en la calle Borondo

Miguel Hernández, el poeta del triste destino

29/03/2017

Afirma Francisco Ayala que la biografía de un poeta está contenida en sus obras más que en las peripecias de su vida. La prueba de que la vida se une tan estrechamente con la obra que es imposible separarlas lo demuestra el hecho de que en el caso de Miguel Hernández sea imposible no acudir a los versos para explicar al hombre.

Un poeta no tiene biografía, tiene destino

decía León Felipe.

Y este fue el de Miguel Hernández en sus palabras:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Vida dura, pero abrazada con ansias. Amor esquivo, doloroso a veces, pero perseguido con tenacidad. Muerte que lo cercaba con fuerza, que lo perseguía tenaz. Y a la que burló siempre hasta que fanatismo, crueldad, venganza e intransigencia se aliaron con ella para dejarlo morir.

Miguel tenía un rostro de niño ingenuo, marcado de cicatrices por una explosión de carburo que sufrió en la infancia.

Y un pálpito de tragedia que lo sobrevolaba y que lo cercaba a veces hasta dejarlo sin respiración:

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Su espíritu encarna el ideal republicano de formación liberadora de las personas. Una función que Miguel ejerce sin descanso para permitir a un pueblo analfabeto ser capaz de conocer y tener conciencia libre para decidir. Una herencia de la España krausista de la Institución Libre de Enseñanza. Lograr una España libre al fin, como lo fue él, de la prisión de la religión que siempre dirigió los destinos del pueblo:

Sonreídme, que voy

a donde estáis vosotros los de siempre.

Los que cubrís de espigas y racimos la boca del que nos escupe.

Los que conmigo en surcos, andamios, fraguas, hornos,

os arrancáis la corona del sudor a diario.

Me libré de los templos, sonreídme.

Porque Miguel Hernández había sentido caer sobre sí, inexorablemente, todo el aparato religioso de Orihuela, el “tufo satánico-sotánico” sobre el que le previno Neruda. Y que tanto contribuiría al alargamiento de su prisión y a su muerte injusta.

El canónigo Luis Almarcha nunca le perdonó que cambiara de ideología y se convirtiera, según sus palabras, en un degenerado y ,sobre todo, que renegara de las sacristías y los templos que en sus inicios lo habían sostenido. No sólo no lo perdonó, sino que lo condenó  a una muerte lenta en la cárcel, tras el indulto de Franco. Además se permitió atormentarlo por medio de su vicario –auténtico comisario político- hasta su agonía, exigiéndole el matrimonio canónico con Josefina. Son estremecedores los documentos que lo demuestran y el cinismo del obispo en sus memorias atribuyéndose –amparado por el silencio de un muerto- hechos a todas luces falsos.

Siempre fue amigo de sus amigos, dolido por la ausencia y atento a la humanidad de los sentimientos, incluido el arrepentimiento por la distancia con Sijé:

A las aladas almas de las rosas

de almendro de nata te requiero

que tenemos que hablar de muchas cosas

compañero del alma,compañero.

A nadie con un mínimo de sensibilidad deja indiferente su obra ni su biografía. En ellas se hacen carne las palabras de Brecht sobre el arte: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Sus primeros poemas son un contacto con el mundo para entenderlo y entenderse. Y la naturaleza que le rodea es  un marco, una vivencia y la expresión de sus sentimientos con una voz aún indecisa y fruto de sus lecturas autodidactas.

Un ciprés: a él junto, leo.

(El sol se va acortando poco

a poco su fulgor loco.

Preludia un ave un gorjeo).

Me acuesto en la hierba. Leo.

(Es el poniente de hoguera:

contra él una palmera

tiene un débil cabeceo).

Echo el ojo al hato. Leo.

(Da el sol un golpe mayúsculo

a una montaña… Crepúsculo.

Se oye de un agua el chorreo).

Me pongo sentado. Leo.

(La muriente luz se enjambra

fingiendo una gran Alhambra

de mármol cristaloideo).

(Trunca el ave su gorgeo.

Por el oriente descuella

la noche. ¿Nace una estrella?)

No quedan luces… No leo.

El niño crece y pasa de la amistad  al amor. Amor, sentimiento crucial en su vida, motor y esencia de todos sus pasos, donde se encuentra y se reconoce y donde también sufre y agoniza.

Estoy perdidamente enamorado

de una mujer tan bella como ingrata;

mi corazón otra pasión no acata
y mis ojos su imagen han plasmado.
(…)
Y desde entonces sufro lo indecible…
¿Por qué, amada mujer, crees imposible
en un cuerpo de niño un alma de hombre?

Pero su yo le parece estrecho en Orihuela. Vuela a la capital, Madrid, y descubre el nosotros. El mundo social de las personas que conviven con él, que lo limitan, que lo ensanchan y que lo enriquecen. Descubre las desigualdades, el clasismo, los rechazos, las desilusiones que lo acercan a una clase oprimida  que se levanta del suelo con el triunfo de la II República.

El poeta se implica entonces en las Misiones Pedagógicas y se lanza a los caminos para extender la cultura. El contacto con campesinos de Salamanca y Extremadura lo confirma en la necesidad de que el pueblo acceda al conocimiento y hace cambiar su ideología.

Así lo retrató su gran amigo, el más fiel, Vicente Aleixandre:

Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera, a veces una sola, haría el clima fraterno, el aura entendedora, sobre la que la cabeza dolorosa podría reposar, respirar. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso con la Naturaleza. Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos.

Porque no todos, Alberti, Neruda, Lorca lo consideraron su igual, y muchas veces su clasismo los hizo sentirse lejanos del joven de alpargatas y pantalón de rayas. No miraban al hombre, miraban su vestimenta.

Hay testimonios que nos presentan a un Lorca señorito, irracional en sus afectos, duro y cruel con el poeta hasta el punto de vetarlo en reuniones comunes, por razones tan poderosas como su “alergia” física hacia el aspecto del mozo que vino de Orihuela.

También Alberti: amigo superficial, ambiguo y altivo en los años difíciles de la guerra –no lo recomendó para alojarse en la embajada de Chile y ni siquiera le ofreció un sitio en su exilio de Elda- parece envidiarlo por haberle arrebatado su título de poeta del pueblo.

No aceptaron, en su exquisitez aristocrática, al joven de la pana y las alpargatas. Quizá temieron su mirada limpia y el torrente libre de su poesía porque les recordaba demasiado al pueblo.

Además de Bergamín y Altolaguirre, sólo Aleixandre y Cossio lo ayudaron a sobrevivir, aunque él nunca supo hasta qué extremo lo hicieron los dos últimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ilusión del cambio republicano dura poco, y el viento cruel de un golpe de estado lo lanza junto a los que defendían la República a una guerra civil inmisericorde. Y no se esconde, lucha, escribe, alienta, agoniza con los que defienden la legalidad frente al golpismo.

Que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

(…)

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.

La  amarga derrota del orden establecido lo despierta de modo cruel. Cárcel, intransigencia y fanatismo caen sobre un joven al que quieren cortar las alas de la libertad y su lucha por la justicia y la legalidad.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Pero nunca pierde la esperanza. Como expresa maravillosamente en su “Canción última”:

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

El odio y la intransigencia vengativa lo persiguen, lo encierran y lo condenan a muerte, como a tantos otros. Sin más culpa que haber luchado para que el orden establecido y votado por el pueblo no desapareciera a causa del golpe de estado franquista.

Nunca se atrevieron a fusilarlo. Ya había sido suficiente la muerte alevosa de un gran poeta, Federico García Lorca.

Había otro modo de matarlo sin mancharse las manos: dejarlo morir encarcelado, enfermo y solo, torturado por la pena. Una muerte lenta e infame en la que no faltaron presiones para que renegara de sus ideales, incluso de su propia esposa.

Conoció trece prisiones en toda la geografía peninsular. Y, a consecuencia de sus penalidades, contrajo una grave enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte, sin atención médica apenas, el 28 de marzo de 1942.

En la plenitud de la vida, en la plenitud creadora y aplastado por la infamia que había impuesto una victoria inmisericorde con los derrotados. Lo “murieron” a la temprana edad de 31 años.

Su padre, que nunca lo apoyó ni lo entendió, ni siquiera asistió a su entierro y dijo cruel: “Él se lo ha buscado”.

Se prohibió hacerle una máscara funeraria y alguno de sus compañeros de cárcel, de modo clandestino, realizó unos dibujos a lápiz en los que se aprecia su tremendo deterioro físico. Nada apenas quedaba del joven fuerte y animoso que dibujó su compañero de cárcel el dramaturgo Buero Vallejo. Sólo habían pasado dos años:

El caso es que esos grandes ojos “como dos piedras límpidas” al decir de Aleixandre, que todos sus amigos recuerdan, y que inmortalizó Buero en su dibujo carcelario eran, además de la puerta de su alma, un síntoma de su dolencia: la exoftalmia. Detalle que al parecer ofendía terriblemente a Lorca y que lo había apartado de su primer amor , Carmen Samper.

En el encierro peligraba el hombre, peligraba su entereza, pero Miguel renace y lucha por la esperanza de nuevo. Y lo hace escribiendo. No lograron doblegarlo.

Porque se refugió de nuevo en su alma: un espacio rico en amor, en deseos, en seres amados, en futuros soñados, en solidaridad con los débiles.

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

Los poemas dedicados al hijo muerto antes de cumplir un año rompen el alma:

El sol, la rosa y el niño
flores de un día nacieron.
Los de cada día son
soles, flores, niños nuevos.
Mañana no seré yo:
otro será el verdadero.
Y no seré más allá
de quien quiera su recuerdo.

Flor de un día es lo más grande
al pie de lo más pequeño.
Flor de la luz del relámpago,

y flor del instante el tiempo.
Entre las flores te fuiste.
Entre las flores me quedo.

Por su delicadeza, por su sinceridad y por todo el dolor que encierran en su belleza:

Cuerpo del amanecer:

flor de la carne florida.
siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.

corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
la flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.

Queda la duda de si su primer hijo murió de la misma enfermedad que él, a tenor de los testimonios de su dolencia y del recuerdo estremecido del padre tras haberse perdido su muerte, como ya se había perdido su nacimiento por estar encarcelado.

 Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío

abiertos ante el cielo como dos golondrinas.

De su calidad humana y poética nos quedan un cuaderno manuscrito, poemas al hijo muerto, cuentos para el nuevo hijo escritos en papel higiénico y una inmensa esperanza, aun en los peores momentos.

Hermoso y estremecedor es también el poema dedicado a este segundo hijo, Manuel Miguel, hambriento y condenado a la precariedad desde su nacimiento:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.

(…)

Desperté de ser niño.

Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

(…)

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Cancionero y romancero de ausencias es uno de los libros más emocionantes, humanos y poéticos que conozco.

Escrito con tinta de alma, del color de la esperanza, con el consuelo de dar aunque no se reciba. Con la vista en los suyos, sin importarle su dolor, con la fuerza de quien está seguro de hacer lo correcto. Viendo pasar la vida y la muerte de su hijo sin poder abrazarlo. Soportando la separación, y a veces la incomprensión de su esposa.

Pocas veces estalló Miguel, pero hizo sentir su dolor ante algunos silencios de Josefina. Así le escribía cuando eran novios:

Dices que no tienes tiempo y te pasas hasta las cuatro de la mañana rezando a san Serenín del monte. No seas tan devota, que no están los tiempos para rezos y sí para querer mucho.

Sospechando desde la oscuridad de la prisión que fuera hay un mundo aún más oscuro. Una oscuridad que sólo es capaz de iluminar el amor, una de sus tres heridas, quizá la más fuerte y la más dolorosa. La única capaz de devolverle las alas que el fanatismo le cortó.

No, no hay cárcel para el hombre.

No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.

Miguel Hernández ocupa un lugar estelar entre los poetas españoles mejor considerados entre los jóvenes de todas las edades.

Es el poeta que más ha sido musicado en el ámbito hispano en todos los estilos: desde Reincidentes o Los Primates, de estética punck, hasta el rock de Ann Alley RNR Club.

Desde el pop clásico de Serrat y Silvio Rodríguez hasta el flamenco de Camarón de la Isla, Manuel Gerena o Barbería del Sur hasta los más cercanos como Red House, Quique González, Los Giuseppes, Ramón Arroyo (Secretos), Eva Amaral, Nacho Campillo (Tam tam go)… o la ópera.

Pasando por Olga Manzano y Miguel Picón o el mismísimo Manolo Escobar que canta la versión de Jarcha del poema Andaluces de Jaén que hoy es el himno de la provincia.

También el rapero Nach, uniendo versos de distintos poemas, compuso una canción con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández.

Miguel Hernández fue un hombre apasionado, emprendedor e idealista. Y lo que más atrae de él es que emociona y llega hondo, sea con sus poemas intimistas, sea con sus poemas sociales. Lo intentó todo armado de palabras bellas y con un lema por bandera: “Sólo por amor”.

Siempre fue un hombre valiente y tenaz en defensa de la justicia y la solidaridad. Un poeta que apela a la juventud como esperanza de futuro y sobre todo como fuerza de presente.

Como dejó escrito Juan Ramón Jiménez, un poeta puro que envidiaba la humanidad y la calidez y calidad poética del poeta de Orihuela:

Todos los amigos de la poesía pura deben buscar y leer estos poemas vivos. Tienen su empaque quevedesco, su herencia castiza. Pero la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado rompe el paquete y se desborda, como elemental naturaleza desnuda, esto es lo excepcional poético.

El oriolano fue un hombre íntegro que vivió una etapa de nuestra historia difícil y atormentada y  estoy segura de que quien se acerque a sus versos comprenderá que fueron sin duda para él el descargo de su alma.

Nada mejor que las palabras de Aleixandre para recordarlo:

Tenía un corazón enorme… que se le trasparecía en los ojos como en la poesía… y era comprensivo para todo. Era un alma libre que miraba con clara mirada a los hombres. Era el poeta del triste destino.

Por ello he sentido mucho su ausencia en el Poefesta de 2017 que se celebró en Oliva hace unos días.

La Comisión de Cultura del Congreso  aprobó, por unanimidad, en diciembre del año pasado la propuesta de Compromís de declarar 2017 «Año Miguel Hernández», con motivo del 75 aniversario de su muerte.

Miguel Hernández es un poeta valenciano, aunque su lengua poética sea el castellano, y su ausencia en un encuentro poético y musical duele más en el aniversario de su infame muerte, abandonado por todos por el delito de mantener sus ideas. Quiero pensar que la ausencia no es un abandono. Serían ya demasiados.

 

Nota: recién publicada la entrada leo que el Gobierno valenciano ha escogido el 28 de marzo, día en que murió el poeta, para recordar cada año a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo.

Para oficializar esta conmemoración, el Consell impulsa el proyecto de la Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia (ahora en fase parlamentaria en Les Corts Valencianes), donde se establece que cada 28 de marzo sea el día de homenaje a las víctimas de la Guerra Civil y del régimen posterior.

El Presidente ha declarado que “Miguel Hernández merece todo el reconocimiento y más difusión porque es el símbolo de unos valores que hoy son absolutamente presentes y que queremos implementar en la acción de gobierno”.

Y la consellera de Justicia ha dicho que Miguel Hernández fue víctima de “un verdadero quebranto de cualquier derecho fundamental, empezando por la dignidad, la libertad y la seguridad, ya que no tuvo ni derecho de defensa”. Y que el Gobierno valenciano sí quiere promover el reconocimiento de Miguel Hernández como víctima de “una grave injusticia” y como “parte de lo mejor del pueblo valenciano”.

Perseguir la verdad no hace amigos

22/03/2017

 

 

 

 

Todo pe­rio­dis­ta que no sea de­ma­sia­do es­tú­pi­do o de­ma­sia­do en­greí­do para no ad­ver­tir lo que en­tra­ña su ac­ti­vi­dad sabe que lo que hace es mo­ral­men­te in­de­fen­di­ble. El pe­rio­dis­ta es una es­pe­cie de hom­bre de con­fian­za,que ex­plo­ta la va­ni­dad, la ig­no­ran­cia o la so­le­dad de las per­so­nas, que se gana la con­fian­za de éstas para luego trai­cio­nar­las sin re­mor­di­mien­to al­guno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprobar que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los periodistas justician su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablando de libertad de expresión y dicen que “el público tiene derecho a saber”. Los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida.

 

Así comienza el libro de de Janet Malcolm, El periodista y el asesino, publicado en 1990 y que todavía hoy genera polémica y debateLa autora es colaboradora de  The New Yorker desde hace más de cuarenta años.

Malcolm, periodista y crítica literaria checa nacionalizada estadounidense, lanza esta provocación en el comienzo de su libro más conocido, considerado uno de los cien mejores del siglo XX en lengua inglesa por The Modern Library.

Se basa en la historia del médico de la Armada norteamericana Jeffrey Mac Donald, cuya mujer y dos hijas fueron brutalmente asesinadas en febrero de 1970. Luego de un primer proceso militar, en que fue absuelto, Mac Donald resultó acusado en un posterior juicio civil de ser el autor de los crímenes.  Todavía cumple las tres cadenas perpetuas de su condena, que finalizarán en el 2071.

En el libro, se analiza el proceso judicial que enfrentó a McDonald, protagonista del libro Fatal Vision, con su autor, Joe McGinniss. Durante las seis semanas que duró el juicio se puso de manifiesto cómo McGinniss había engañado a McDonald, haciéndole creer que iba a escribir una obra que defendiera su inocencia, para luego sacar a la luz un libro que dejaba al condenado como un monstruo sanguinario e inhumano.

MacDonald se enteró de todo esto en vivo, durante la primera entrevista que dio en la televisión por la aparición del libro, y que fue un éxito. Traicionado en su confianza, llevó entonces a juicio a McGinnis en 1984, proceso en el que el periodista fue públicamente humillado hasta que aceptó pagar un resarcimiento de más de 300 mil dólares.

Esta situación de engaño fue defendida durante el juicio tanto por McGinnis como por otros nombres de peso como Buckley o Wambaugh, que se basaron en la diferenciación de conceptos como “mentira” y “falsedad”, intentando justificar el uso de una ética circunstancial, que permitiría modificar los principios periodísticos fundamentales en función del contexto concreto.

Jeffrey MacDonald, en el centro, entrando a la Corte Federal para ser juzgado. Fotografía: Corbis

 

Janet Malcolm se pone en contacto y habla durante meses con todos los implicados en el proceso, se pregunta sobre los límites éticos del trabajo de investigación periodística, sobre cómo debe tratarse a los entrevistados y acerca de si es lícito ocultarles información, o directamente mentir, con la finalidad de obtener una mejor historia o una nueva revelación que la haga más completa y verdadera.

Escribe Malcolm:

A diferencia de otras relaciones que tienen un fin determinado y están claramente delineadas como tales (dentista-paciente, abogado-cliente, profesor-alumno), la relación de autor y persona a la que entrevista parece depender, para perdurar, de una especie de oscuridad, de encubrimiento de sus fines. Si todo el mundo pone sus cartas sobre la mesa la partida se acabará. El periodista debe realizar su trabajo en un estado de anarquía moral deliberadamente producido.

Se cuenta que esa especie de obsesión por el trabajo realizado y esa licencia moral del autor fue la que llevó al propio Truman Capote a confesar que deseaba ver la ejecución en la horca de los dos asesinos de su libro para poder escribir el final, y verlo publicado de una vez por todas.

En el epílogo del libro, Malcolm cuenta cómo ella también fue demandada por el personaje de uno de sus libros al que no le gustó la manera en que lo retrató.

Y afirma que sí, que el del periodista es un oficio que tiene sus normas:

El autor de una obra de no ficción está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen sus réplicas en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes. La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra.

Un libro memorable, El periodista y el asesino, que casi la enfrentó con toda la profesión periodística y también con los autores de biografías de aparente exactitud. Porque la biografía un género en el que el autor toma siempre e inevitablemente partido, según ella.

Como afirma Soledad Gallego Díaz,

El malestar y  la obsesión de Janet Malcolm, la columna de todo su trabajo y de todos sus libros es que la verdad se escapa, es imposible alcanzarla porque “vamos por la vida oyendo mal, viendo mal e interpretando mal para dar sentido a la historia que nos contamos a nosotros mismos”. El propio relato de la historia hace que sea poco fiable.

Malcolm es honrada y ejerce también una vigilancia implacable sobre sí misma y sobre su trabajo. Por eso es tan injusto acusarla de arrogante.

A Malcolm no le gustan los periodistas, es fácil comprobarlo en su descripción de los colegas que asisten al juicio, pero sabe que es uno de ellos. Y desea ejercer el periodismo con honestidad. Sin corporativismos que defiendan lo indefendible. Y lo escribe con una crudeza que espanta:

Los periodistas se quieren unos a los otros como miembros de una familia, en su caso de una especie de familia criminal, La posición social y el nivel educativo de los periodistas ha ido mejorando con el paso de los años y algunos periodistas escriben maravillosamente bien. (…) Sin embargo, la fragilidad humana sigue siendo moneda de cambio; y la maldad, el impulso que anima al periodista. Un juicio proporciona oportunidades únicas a un periodista despiadado (…) sus artículos se escriben solos; basta con tirar de la fruta madura que cuelga de los atroces relatos de los letrados.

Malcolm aboga por elevar la vigilancia del propio trabajo haciendo partícipe al lector del proceso y de las intenciones, desterrando las engañifas sobre una imparcialidad que es pura ficción. Y así lo hace en todos sus reportajes y libros, donde no enmascara nunca sus simpatías para advertir que ella también tiene un papel en la historia.

El libro es un ajuste de cuentas a tres niveles: el judicial, el periodístico y el personal, con ella misma.

Una visión honesta sobre un oficio contradictorio y difícil, como todo lo humano.

Lo que da al periodismo su autenticidad y su vitalidad es la tensión que hay entre la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. De esta manera no pretende sino arrojar un poco de luz sobre la frecuente imposibilidad de saber la verdad sobre los demás o sobre nosotros mismos.

La autora mira con recelo a los periodistas porque se mira con recelo a sí misma de manera inmisericorde. Es adicta a las largas citas y a las  referencias intelectuales sin pedir disculpas. No impone sus argumentos, sino que los desgrana con el ojo de un crítico y el golpe de efecto de los buenos novelistas,  sin caer en la vanidad del escritor encantado consigo mismo.

Janet Malcolm tiene fama de ser amable, atenta con las personas que trata, divertida, aguda, pero no cruel.

Hoy, en tiempos de desprestigio de una profesión tan necesaria para la democracia como denostada, manipulada y castigada por la precariedad, el libro de Janet Malcolm debería ser de obligada lectura para toda persona que se dedique al oficio o que se prepare para ejercerlo.

Pero también debería serlo para toda persona que considere que la información veraz es imprescindible para tener una opinión formada y ejercer una ciudadanía responsable en democracia.

Porque, como afirma Philip Roth:

La primera obligación de un buen ciudadano es enterarse de las noticias del día.

Pero, los medios  hoy son sólo un negocio, el poder del dinero manda y es imposible hablar de periodismo en estos tiempos. El dinero se convierte en un sistema de corrupción perfecto. Uno de los pequeños males olvidados que sirven para empedrar el camino del infierno, según Hannah Arendt.

En su nombre se aceptan intolerables presiones del poder político y económico, se eliminan noticias, se manipulan titulares y se ofrece una versión amañada de la realidad que impide a la sociedad pensar por sí misma en libertad.

El trabajo de investigación periodística es casi residual.

Hace tiempo que siento desazón al escuchar radios, al leer periódicos y no digamos al ver televisiones. Desazón y frustración al comprobar que no se contrastan noticias, que se da voz a sólo una parte, que se falta a la verdad con verdades a medias.

Coincido con Janet Malcolm en que lo imprescindible es seguir persiguiendo la verdad. Aunque sea difícil, aunque hacerlo suponga enfrentarnos con nuestras propias contradicciones y crearnos enemigos, incluso en nuestro propio ámbito.

Pero pocos en el oficio están dispuestos a ello. Pocos.

Deberían mirarse en el espejo estadounidense y comprobar cómo se enfrentan allí los periodistas a la dictadura del nuevo presidente. Aquí es impensable. Recordemos la aceptación del “plasma” y el silencio cómplice ante la negativa a contestar preguntas.

El periodismo de verdad debe ser vigilante, incómodo para el poder. Y hoy, para nuestra desgracia y la suya, es cómplice y lacayo de los poderosos. Porque parece haber una ofensiva mundial contra el periodismo de calidad. Que es una ofensiva, en realidad, contra la democracia.

El periodismo debe contar la realidad, no fabricarla, ni falsificarla. Debe verificar y comprobar datos, no aceptar calladamente las imposiciones del poder empresarial y político. De su responsabilidad y honestidad dependen muchas personas. Traicionar las libertades públicas supone hundirse en un fango de mentira.

Y, como se pregunta la periodista Mariola Cubels:

¿Si nuestros medios de siempre, en los que confiábamos, dejan de interesarnos, dónde vamos? ¿De verdad los jóvenes periodistas llegan a las redacciones con ganas de contarle al mundo historias que el poder no quiere que se sepan?

Los medios parecen estar capturados, ¿se dejarán capturar los periodistas o decidirán salvar el periodismo? Están en juego muchas cosas. Sobre todo su credibilidad y su independencia.

 

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