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Ahora eres mi sombra

24/02/2017

 

 

El feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos, ya que a medias lo pueblan, y que en perfecta colaboración procuren su felicidad propia y mutua y el perfeccionamiento de la especie humana. Pretende que lleven ellas y ellos una vida serena, fundada en la mutua tolerancia que cabe entre iguales, no en la rencorosa y degradante sumisión del que es menos, opuesta a la egoísta tiranía del que cree ser más.

 (De feminismo. Conferencia escrita por María Lejárraga y firmada y leída por Gregorio Martínez Sierra en el Teatro Eslava, 2 de febrero de 1917)

 

 

A punto de cumplir cien años, exiliada de mi tierra desde hace más de cuarenta, recuerdo estas mis palabras en tu voz.

No me quejo. Estoy serena y tranquila porque he puesto en orden mi vida y mis recuerdos.

No te juzgo, me escondí tras tu nombre y te regalé la autoría de mis obras. No sé si libremente, no tenía opción.

Aprendí pronto en mi familia a amar la cultura, la libertad, la creación, el teatro, la independencia personal. Pero vivía en una España patriarcal en la que las mujeres creadoras eran locas peligrosas. Ponían en riesgo la tranquilidad de la familia. La mujer debía ser sumisa, silenciosa e invisible.

El magisterio me dio las alas necesarias para volar a solas. A mis veinte años era feliz enseñando. Fueron los años más felices de mi vida. Era el camino para alcanzar mi meta.

No deseaba firmar mis libros. Lo perdí al comprobar la indiferencia de los míos ante mi primera publicación. Al fin, las ideas no son propiedad de nadie.

Escribía porque quería transmitir esa idea de libertad, que tú proclamaste en el Eslava, y que permite a las mujeres una vida plena.

Sabía que, firmando con mi nombre, nunca alcanzaría cotas sólo permitidas al varón. Era contradictorio. Sí, pero ¿qué no lo es?

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Además, tú eras para mí todo. Eras débil, enfermizo, dudabas, vacilabas, necesitabas mi fuerza, y no me importó cedértela.

Al fin, eras un instrumento para que mi voz llegara lejos, para que mis obras se representaran, para que las conferencias llegaran al público que necesitaba escucharlas.

Mi sueldo nos permitió empezar a abrirnos camino. Eras, según dicen, un buen empresario, un fabricante de éxitos, pero necesitabas que yo escribiera tus textos, que redactara hasta las necrológicas de las revistas. Y yo resistía jornadas maratonianas de clases, de labores domésticas y de escritura a destajo de las obras que tú firmabas.

Casada, joven y feliz, me acometió el orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre.

Tú firmabas, y yo creaba. Tú recibías felicitaciones, y yo trabajaba. Tú vivías en la luz, y yo en la sombra. Como te escribí un día ya lejano, fui tu compañera y tú solo triunfaste. No hubo colaboración, como decías, porque no compartimos la felicidad. Tú me la arrebataste.

Lo supe en Bruselas. Te había arrancado de las garras de la enfermedad y había logrado que saliéramos de España. Mi vocación de aprender fue la excusa. Pero volviste a Madrid para estar con tu joven amante, mientras yo recorría Europa en busca de nuevos modos de enseñanza.

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No quería creerlo, pero amigos me alertaban de lo que sólo yo ignoraba. Mi Juanramoncito ( así llamaba yo siempre cariñosamente a Juan Ramón Jiménez) me escribió.

Juntos los dos hemos callado tanto.

Sin saberlo, firmaste mi venganza. La novela que escribí en París, y tú firmaste -y que tanto dinero nos dio- era la historia de una mujer fuerte frente a la debilidad de un varón desorientado. La crítica a toda una generación de escritores que dibujaban mujeres pasivas y delicadas en manos de la muerte y el destino. Ella lo salvaba, como yo siempre hice contigo. Y tú me habías traicionado.

Caminé por la vida tras mi máscara teatral de mujer sumisa. Detrás estaba la persona decidida a romper estereotipos, deseosa de acción, convencida de que el mundo negaba sus derechos a la mitad de la humanidad. Y esa mujer estaba en mis escritos. Poco importaba que tú los firmases. Llegaban donde yo quería.

Sólo una vez perdí la cordura. Habías conseguido que dejara mi vida de docente. Me necesitabas a tiempo completo a tu servicio. Triunfabas en el teatro, fundamos dos revistas en las que colaboraba lo mejor de la cultura de ese tiempo. Y yo escribía artículos, obras de teatro, novelas. No sé de dónde sacaba aún tiempo para cenas en casa. “La casa de la alegría” la llamaban los amigos.

Fue en Barcelona, una sensación extraña de abandono me llenó el alma. Empecé a caminar mar adentro y una persona me salvó. En su boca escuché la palabra suicidio. No caí al mar, como se dijo, me entregaba al mar.

Pero sólo fue un momento de debilidad. Siempre tuve los pies en el suelo y aún tenía la esperanza de que tú volvieras a ser mi compañero. Ese ser débil, taciturno, por el que sentía una ternura enfermiza.

Y volví a trabajar para que tú triunfaras, ahora en la edición. La editorial Renacimiento fue el despegue de la edición moderna en España.

Y después llegó el delirio con Canción de cuna, novelas, películas en el extranjero.

Yo escribía, tú triunfabas, y tu amante representaba mis obras. Eras, sí, una factoría de éxito.

Negabas mi tarea de autora, aunque el rumor crecía cada día. Tu traición era conocida. Pero nunca pude abandonarte hasta que nació tu hija.

Fue como si se me rompiera el alma, como despertar de una pesadilla. Sólo amigos como Manuel de Falla me aliviaban de tanta humillación en los ensayos con tu amante.

Me fui sin pedirte nada. Sobreviví sin ti, sin mis derechos de autora. Sola, pero libre para empezar mi etapa de activista. Cayó mi máscara de mujer sumisa.

Colaboraba en asociaciones femeninas, pero no me llenaban. Acababan por ser elitistas.

Y el triunfo de la II República me abrió los ojos a otras perspectivas. Fundé La Cívica para ayudar a mujeres trabajadoras a despertar y a defender sus derechos. Fui la primera mujer diputada socialista por Granada en 1933.

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Cambié la escritura por la acción. Dicté conferencias, empujada por el deseo de tantos de extender la cultura. Del teatro y el magisterio pasé a la Universidad Femenina de Estudios Sociales, porque la mujer debe ser electora y gobernadora y también debe aprender economía. Y por ello di clases de economía política.

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Era tiempo de esperanza, pero lo peor acechaba.

Nunca entenderé el viento terrible de la guerra que segó mis sueños. Me recuerdo ahora, refugiada en casa de mi doncella en Francia, con mi casa requisada por los nazis. Sola, casi ciega por catarata doble, sin dinero, sin noticias. ¿Dónde estabas entonces? Me dijeron que en Argentina.

Pasé las dos guerras entre Bélgica y Suiza. Nunca volví. Y tú dejaste de enviar dinero. Pero nunca dejé de escribirte.

Supe de tu muerte en Suiza. No escribía, estaba casi ciega. Triste y a punto de arrojar la toalla.

Pero me levanté de nuevo. Supe que debía volar, vendí la casa y me fui a Nueva York. Escribía guiones, artículos, traducía. Mi formación empezaba a dar sus frutos. La libertad me había costado demasiado, pero no me arrepentía.

Y sí, Gregorio, volvieron a engañarme. Entregué a Disney un guión que me rechazaron y más tarde lo reconocí en la famosa película La dama y el vagabundo.

No pude evitar pensar que esta traición era mezquina.

Ahora vivo en Buenos Aires y he pasado los últimos años ordenando mis recuerdos.

Al recorrer las horas pasadas, siento rabia contra mí misma por las muchísimas horas que he desperdiciado en sufrir por amor. Ahora que lo veo a la clara luz de la ancianidad, creo que no valía la pena.

Mi mayor tortura al escribir ha sido procurar hacerlo sin claudicaciones y, al mismo tiempo, sin comprometer a quien más quería en el mundo, que es el que había de firmarlo.

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Anciana y sola, me veo obligada a reclamar la maternidad de mis obras para cobrar derechos.

Nunca he buscado la gloria. Para mí, el encanto está en producir. La exhibición personal me molesta.

Hay ya investigadoras que escriben sobre mí, me llaman, me entrevistan. Soy ya María Lejárraga aunque firmé alguna obra con tus apellidos. En mi memoria, nuestra colaboración seguirá viva.

He sido amiga entrañable de hombres difíciles y débiles como Juan Ramón y Falla, he mantenido viva la idea que tú leíste aquel día en el Eslava.

Yo curaba, con mi fuerza y mi optimismo, sus melancolías. No era una mujer era un amigo, decían. También a ellos los salvaba.

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Logré el capital cultural que me ha permitido defender a las mujeres sojuzgadas. Poco importa el camino, si se llega a la meta buscada.

Nunca te traicioné, sólo me produce nostalgia recordarte y recordarme. Fui libre porque nunca tuve alma de esclava. Quizá tú sí necesitaste siempre mi apoyo. No hubieras sobrevivido sin él, y te quería demasiado para abandonarte a tu suerte. Yo sí he gobernado mi vida.

Ahora eres mi sombra, y a ti dedico mi último libro. Esa sombra que acaso ha venido, como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos, a mirar por encima de mi hombro lo que yo escribía.

 

 

Este texto se publicó, traducido al valenciano, en el libro Silenciades, editado en 2016 por el CEIC Alfons el Vell.

De palabras, ejemplos vitales y épocas oscuras

14/02/2017

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Me crié entre palabras. Se caían de la mesa de la cocina al suelo, donde yo estaba sentado: abuelos, tíos y refugiados se las lanzaban unos a otros en ruso, polaco, hebreo, francés y lo que pretendía ser inglés en una competitiva cascada de aseveraciones e interrogaciones. Como sentenciosos residuos del Partido Socialista de Gran Bretaña en la época eduardiana, vagaban por nuestra cocina promoviendo la Verdadera Causa. Pasé largas y felices horas escuchando a aquellos autodidactas de Centroeuropa discutiendo hasta altas horas de la noche: marxismo, sionismo, socialismo. Me parecía que hablar era lo que daba su pleno sentido a la existencia adulta. Nunca he dejado de percibirlo así.

Así comienza el hermoso capítulo XVII del libro de Tony Judt El refugio de la memoria. Su autor estaba ya muy enfermo, y la terrible ELA  (esclerosis lateral amiotrófica) mermaba sus capacidades físicas, pero no las mentales que funcionaban a pleno rendimiento en un cerebro encarcelado literalmente en su cuerpo. Durante sus últimos meses de vida, escribir estas piezas le permitió volar libre a través de las palabras.

Y, más adelante escribe:

img_0073En un mundo de Facebook, MySpace y Twitter (por no hablar de los mensajes de SMS) la concisa alusión sustituye a la exposición. Donde parecía que Internet era una oportunidad para la comunicación sin límites, el sesgo cada vez más comercial del medio -“soy lo que compro”- trae consigo su empobrecimiento. En la generación de mis hijos, la taquigrafía comunicativa propiciada por su ‘hardware’ ha comenzado a calar en la comunicación misma: la gente habla como los mensajes.

Eso debiera preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan.

 

El libro se publicó en 2011 y hoy, seis años después, tendríamos que agradecerle a Judt su lucidez tristemente profética. El presidente de EE UU gobierna, amenaza y critica por Twitter, las campañas electorales emiten sus mensajes en 140 caracteres, y los partidos que se dicen nuevos airean en las redes sus discrepancias y sus acuerdos, cuando no sus ataques inmisericordes. Sólo habría que sustituir en sus palabras el ya obsoleto SMS por WhatsApp, lo que demostraría la velocidad del cambio y la volatilidad de los medios actuales.

Como afirmaba Zygmunt Bauman:

La “sociedad moderna líquida” es aquella en la que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinada.

Lo que más estremece del capítulo citado, titulado “Palabras”, es su conclusión. Primero, por venir de un ser humano privado de la capacidad de hablar, privado de la posibilidad de transmitir su pensamiento porque la enfermedad ha roto la conexión entre su cerebro y su aquel. Pero sobre todo, por definir tan clara y acertadamente la situación que vivimos en estos tiempos oscuros.

Más que padecer la aparición de la neolengua, nos amenaza el auge de la no-lengua.

Soy más consciente de estas consideraciones ahora que en cualquier tiempo pasado. Víctima de un trastorno neurológico, estoy perdiendo rápidamente el control de las palabras a pesar de que mi relación con el mundo se ha reducido a ellas. Aún se ordenan en amplio despliegue y con impecable disciplina en el silencio de mis pensamientos -la vista desde el interior es tan rica como siempre- , pero ya no puedo transmitirlas con facilidad. (…) Mi músculo vocal, que ha sido durante sesenta años mi fiable alter ego, está fallando.

Aunque ahora soy más comprensivo con quienes se ven obligados al silencio, sigo mirando con despreció el lenguaje confuso. (…) aprecio más que nunca lo vital que es la comunicación para el bien común: no sólo el medio mediante el cual vivimos juntos, sino parte de lo que significa vivir juntos. (…)

Si las palabras se deterioran, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.

Las palabras de Judt son emocionantes por todo lo que tienen de fuerza de un ser humano excepcional en momentos difíciles y dramáticos en los que es consciente de su final.

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Su mensaje es ejemplar para todos aquellos que se resignan sin lucha ante la desaparición del diálogo, el compromiso, la solidaridad, la resistencia, la dignidad, la  pelea por aquello en lo que se cree.

El libro entero es el testamento vital de un hombre íntegro, que devuelve la esperanza en el ser humano y en la humanidad perdida.

Palabras que unen, palabras que comunican, palabras que nos permiten transmitir nuestro pensamiento para hacerlo llegar al otro y convivir. Palabras que nos humanizan, palabras que nos definen, que nos presentan, que nos ayudan a llegar al otro.

¿Qué las sustituirá si nos las arrebatan, si nos las pervierten, si las privan de su capacidad de representar la realidad que nos rodea y sirven para crear una nueva realidad a la medida de quienes las retuercen en favor de sus deseos?

¿Qué quedará de la convivencia, de la comunicación, de la argumentación, del contraste civilizado de opiniones, del debate que enriquece y del ensayo clarificador? Estamos rodeados de palabras, ahogados en palabras, agobiados por palabras… Pero, ¿qué o quién domina esas palabras? ¿Significan lo que dicen o crean nuevas realidades? ¿Estamos, como dice Judt, en la época de la no-lengua, que es la época del no-pensamiento, de la no-reflexión y de la no-comunicación?

No permitamos que nos roben también las palabras. Porque nos robarán con ellas nuestra humanidad. Nos arrebatarán la capacidad de poder vivir juntos.

 

 

Vilanos

07/02/2017

 

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Tudo vale a pena

Si a alma nao é pequena.

Fernando Pessoa

 

Allí estaba. Su mesa solitaria. Frente al mar. En un café pequeño.

El recuerdo del poeta sirve ahora de reclamo para turistas.

¡Cuántas horas, días, meses, años! Escribiendo en soledad, sin esperanza. Pero valió la pena.

Todo vale la pena…

Sentada frente al elevador modernista de santa Justa, siento paz en el alma.

Vía Áurea. Entre Lisboa y el Tajo que se abraza al mar. Tarde increíble de primavera.

Como quizá otra tarde en la que Pessoa escribía y miraba al mar salado.

Salado con lágrimas de Portugal.

Alrededor, ligeros, juguetones, revolotean al viento los vilanos. Siempre aquí y allá. Como las vidas, como las lágrimas y como las alegrías.

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Pasan los días, los meses, los años.

Permanecen las palabras. Y los sentimientos.

Fotografía: mesa de Pessoa en el Café Martinho da Arcada. Lisboa.

Paz y árboles

03/02/2017

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La casualidad de las celebraciones ha unido la paz a los árboles.

El 30 de enero se celebró el Día Mundial Escolar por la Paz. Fue propuesto  en 1964 por el educador, poeta y pacifista mallorquín Llorenç Vidal, y la ONU lo refrendó en los 90. Recuerda la muerte violenta de Gandhi, el líder del pacifismo. Y pretende sembrar

una semilla de no-violencia y paz depositada en la mente y en el corazón subconsciente de los educandos y, a través de éstos, en la sociedad.

Nunca como ahora ha estado tan gastada y borrosa la palabra paz. Un hermoso término en su sonoridad y su significado que parece tener efectos balsámicos en quien la escucha. Pero, como afirmaba el corrosivo Ambrose Bierce:

La paz es sólo un engaño entre dos guerras.

La especie humana parece mancharlo todo con un polvo de odio. Periódicos y televisiones escupen imágenes de niños destrozados, hambrientos, moribundos, que nos enfrentan cada día con la sangrienta realidad de la guerra, las desigualdades y el hambre.

Y las playas del Mediterráneo arrojan pequeños cadáveres que sólo golpean nuestra adormecida sensibilidad de modo puntual y que se olvidan rápidamente. Pequeños cuerpos que mueren huyendo del horror que mentes enfermas, como los actuales gobernantes de EE UU, les achaca.

Porque la primera víctima de la guerra es la infancia. Su futuro salta dinamitado por la maldad de los adultos. La guerra sólo es buena para la economía de algunos que suelen estar siempre lejos del lugar de la violencia.

Y los que huyen de ellas están amparados por leyes internacionales que les dan derecho a refugio. El decreto infame de Trump es otra vuelta de tuerca de la actitud pacata de una UE que mira a otro lado y vende en un vergonzoso pacto con Turquía las vidas humanas de los refugiados. El ser humano parece haber perdido todo rastro de humanidad y debería hasta cambiar de nombre para no manchar la palabra Humanidad.

Guerras lejanas y otras más cercanas. Violencia en las calles, hijos contra padres, padres contra hijos, maridos contra mujeres, alumnos contra profesores, terror frente a cordura. Insultos contra el diálogo.

Ahora más que nunca la escuela debe servir de crisol de culturas. Sembrar la paz y la convivencia frente a la guerra y la agresión. Ayudar a resolver conflictos, abrir mentes con el saber y acercar a las personas. Formar soñadores que piensen y pensadores que sueñen, como dice Ignacio Ramonet.

La palabra contra las balas. La razón contra las bombas. La cultura frente a la ignorancia. Los derechos humanos frente al racismo y la xenofobia.

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Además, el 31 de enero  se celebra en el País Valenciano el Día del Árbol. A nivel mundial, se celebra en diferentes fechas. Según el país, se elige un día que sea propicio para que los árboles arraiguen según sus condiciones naturales.

Y hoy, cielo y tierra parecen enfermos. Árboles y ríos en peligro. Las guerras económicas están acabando con estos guardianes del planeta.

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También la paz natural está amenazada. Agotar los recursos naturales es la vía para acabar con los derechos humanos. Talar árboles es talar vida. La Tierra puede convertirse en un desierto superpoblado en el que las guerras serán por el agua potable y no por el petróleo.

La Tierra es de nuestros hijos, que la habitarán mañana. Nosotros sólo la tenemos en usufructo. No podemos condenarlos a un mundo inhóspito, destruyéndola.

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Paz y árboles, dos hermosas palabras que es necesario sembrar en los escolares de hoy, futuros ciudadanos del siglo XXI, en los días finales de este desapacible enero.

En un enero aciago en el que parece que la cordura más elemental ha desaparecido y el caos de derechos, medioambiental, humanitario, de igualdad y simplemente de justicia amenaza con arrasarnos.

No lo permitamos. Sembremos la semilla de la paz, la tolerancia, la igualdad y la solidaridad en nuestro alumnado.

 

La catapulta

30/01/2017

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Enero

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La catapulta

En 1933, Adolfo Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Poco después, celebró un acto inmenso, como correspondía al nuevo dueño y señor de la nación.
Modestamente, gritó:
—¡Yo estoy fundando la Era de la Verdad! ¡Despierta, Alemania! ¡Despierta!,
y los cohetes, los fuegos artificiales, las campanas de las iglesias, los cánticos y las ovaciones multiplicaron los ecos.
Cinco años antes, el partido nazi había obtenido menos del tres por ciento de los votos.
El salto olímpico de Hitler hacia la cumbre fue tan espectacular como la simultánea caída hacia el abismo de los salarios, los empleos, la moneda y todo lo demás.
Alemania, enloquecida por el derrumbamiento general, desató la cacería contra los culpables: los judíos, los rojos, los homosexuales, los gitanos, los débiles mentales y los que tenían la manía de pensar demasiado.

EDUARDO GALEANO, “Los hijos de los días”

De discursos y patatas

30/01/2017

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Mientras veía borbotear el agua en la cazuela, escuchaba en la radio el discurso del que decían que sería el nuevo presidente del país.

Prometía no sé qué sobre economía y confianza. Hablaba de la necesidad de sacrificios y reajustes duros.

Ella no entendía la letra, pero la canción y la música le sonaban. Había escuchado cosas parecidas desde que empezó a trabajar muy joven hasta ahora, cuando su exigua pensión servía de colchón a su familia. Ya no se creía nada de nada.

Triste canción la de comer sólo patatas y dar las gracias a un señor circunspecto que discurseaba entre aplausos, prometiendo dolor y confianza.

Ella había recorrido temprano la ciudad para comprar en la tienda más barata aquella oferta estrella y ahora, como hacía muchos días, intentaba echar mano de la imaginación para cambiar el plato habitual a base de productos baratos.

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Foto: Julio Carbó

Eran muchas ya las semanas en las que veía peligrar la comida. Hoy inventaría otro plato nuevo. La imaginación cambiaría las monótonas patatas.

El señor circunspecto seguía hablando de excelencia y confianza. Ella confiaba solo en su pericia para sorprender a los suyos. Lo demás, ya poco le importaba.

La radio seguía con el discurso en el que se turnaban promesas, amenazas y aplausos. El fuego del gas seguía, por suerte todavía, cociendo sus patatas. No sabía si podría pagar otra bombona de gas ahora que el mes se acababa.

Escuchaba no sé qué de flexibilidad de empleo juvenil. De recuperación, de aumento del empleo… Sonrió levemente. Todos sus hijos, en paro a pesar de los estudios que tanto trabajo costó darles, vendrían a comer a su casa con sus nietos. Hace tiempo que es así. Hace tiempo que su escasa pensión logra el milagro de sacarlos adelante. Este año, como hace tantos años, le han comunicado por carta personal que subirá apenas unos céntimos. “Menos de lo que ha costado esta carta”, piensa enfadada.

Para colmo, en el colegio cercano sonaba una canción en una lengua extraña. “Ya ni siquiera entiendo las canciones…”

¿Cómo será una Nochebuena a base sólo de patatas?

No le dio tiempo a buscar una respuesta. Llegaban sus hijos y nietos. El señor serio seguía con su discurso. Hablaba de nubes y de cielos despejados. Casi como el hombre del tiempo, pensó. Apagó la radio y besó al pequeño. “Abuela -oyó que le decía- ya no me gustan tanto las patatas”.

El miedo como arma de sumisión

15/01/2017

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Todos los años, en invierno, en un pequeño pueblo de la opaca y rica Suiza, los grandes grupos financieros se reúnen en el Foro de Davos para ejercer su liturgia de millones. Allí dictan las leyes del mercado que gobierna el mundo. Dicen que es para mejorar la situación de la economía mundial, pero en realidad sanean sus bolsillos a costa nuestra.

Mientras, luchamos por sobrevivir y soñamos con ser felices engañados por la publicidad. Mientras los políticos se enzarzan en batallas crueles alejadas de los problemas reales, y los partidos engrasan sus maquinarias de cara a las elecciones para asegurar el sillón de los respectivos aparatos, unos cuantos sacerdotes del capital marcan, sigilosamente, las líneas de nuestra existencia en su retiro invernal.

Un retiro que se celebra en el mismo escenario donde transcurre la novela La montaña mágica de Thomas Mann. Novela donde se exploran las ideas de una Europa nueva. Y allí también dio conferencias Einstein en una cumbre filosófica. El lugar, aislado del mundo, tiene un halo de cultura indudable. Un marco prestigioso.

Pero allí, los líderes económicos mundiales aplican rebajas a los derechos humanos y dan consejos que no son científicos, sino letales para los más débiles. Sólo dicen lo que conviene a los ricos, fuera de todo control democrático. La mitad de la riqueza mundial está en sus manos,  y la otra mitad se reparte entre el 99% restante.

El individuo desaparece aplastado por este sistema perverso que amenaza acabar con la política y la democracia porque le estorban. El mercado gobierna, los gobiernos sólo gestionan.

 

Este año, su lema es Liderazgo responsable y receptivo. Para responder, como explica su fundador y presidente ejecutivo a los retos actuales de descontento global con sus políticas de desigualdad:

El mundo que nos rodea está cambiando a una velocidad sin precedentes. En este punto de inflexión, nuestros conceptos tradicionales acerca de la sociedad, el empleo de calidad y el Estado-nación son desafiados, y muchos ciudadanos se sienten inseguros o incluso amenazados 

Entre sus cuatro desafíos está reformar el capitalismo y prepararse para la Cuarta Revolución Industrial, un gran salto impulsado por la era digital, que está transformando nuestra forma de vivir y trabajar.

Este año, la reunión incluirá a Shaping Davos,una iniciativa para conectar con jóvenes líderes de 20 ciudades de todo el mundo para abordar las preocupaciones de la generación de millenials,así como una serie de sesiones de empresarios sociales- personas que emplean los negocios para el bien social-.

Se habla de Derechos Humanos y la reunión la inaugura el presidente de China. Y parece que la juventud y el liderazgo social y humanitario estará representado por la cantante Shakira, a la que se otorgará un premio Cristal por su “trabajo en educación infantil”.

Ni una palabra para la tremenda tragedia de los refugiados sin refugio que mueren congelados a las puertas de Europa. Ni una palabra para un mundo que se cierra a recibir a los que legalmente tienen derecho a ello por parte de quienes sólo piensan en cómo mejorar sus ganancias. El miedo al otro ha calado perversamente en esta Europa desnortada.

Parece que van consiguiendo “rediseñar el mundo” como rezaba el lema de hace tres años, porque esta mal llamada crisis sólo es un cambio total del mundo que conocíamos.

No parece transitoria y no es probable que volvamos al punto de partida, porque las fuerzas del dinero han decidido acabar con el débil Estado de Bienestar para entrar en una época en la que el miedo lo dirija todo.

El miedo a no trabajar se convierte en motor del mercado laboral. Y se acepta la precariedad, la inseguridad, incluso la esclavitud que dicta el empresario.

Porque las recetas del recorte  han  aumentado las desigualdades, y los de abajo ni siquiera pueden salir de la pobreza aun trabajando. “Los salarios no han bajado lo suficiente” dicen a coro nuestros empresarios y el siniestro FMI. Y nuestros salarios están ya muy por debajo de nuestras necesidades.

España ya es la campeona de la desigualdad en Europa. Quizá por eso nos felicitan, en un ejercicio cruel de cinismo que sólo contenta a nuestros inútiles gobernantes. Quizá les premien con una silla en Davos un año de estos. Aunque su curriculum esté en blanco, como el del ministro Soria o la alcaldesa Ana Botella hace algún tiempo. Ambos hoy han abandonado ya sus puestos y no precisamente de modo honorable.

Este año los agentes del poder, en un ejercicio de marketing, han decidido denunciar desigualdades y el miedo al futuro. No por solidaridad, sino por egoísmo. Ahora se dan cuenta de que los trabajadores pobres no pueden consumir sus productos, de que la desigualdad es mala incluso para sus negocios.

Hay miedo a perder las casas. Los desahucios se disparan, el empleo cada vez es más precario, cuando existe, y miles de personas se ven en la calle a pesar de las palabras engañosas de nuestros gobernantes y las mentiras de su prensa amiga. Crecen cada día los trabajadores pobres que no llegan a fin de mes.

La burbuja inmobiliaria que crearon ellos para enriquecerse sin freno, ha destruido  ilusiones de los de abajo que creyeron sus falsas promesas de progreso. Y aún pretenden seguir inflándola repitiendo el mantra de la recuperación que nadie nota.

Hay miedo al futuro que nos pintan oscuro y sin salida. La derecha ha conseguido con el bombardeo de sus medios afines, hacernos ver el futuro como amenaza. Así nos replegamos, cerramos los ojos, nos agarramos a clavos ardiendo y hasta permitimos que nos gobiernen quienes nos han traído hasta aquí. Parece que hay una ola de resignación creciente que arrasará con los logros de años.

El futuro no existe más que en el presente. Se hace ahora con nuestros miedos y nuestras ilusiones. Y es ahora cuando hay que construirlo. Es la hora de revertir el miedo que nos imponen, el castigo que no nos merecemos y que pagamos de manera injusta.

Como ha demostrado la ejemplar lucha de la “Marea blanca” en Madrid por la Sanidad pública. La de todos. Y que sigue en la brecha denunciando abusos intolerables. Porque la salud no es un negocio sino un derecho universal.

Porque se puede y se debe luchar por otro mundo. Nunca hay que resignarse. Si nosotros no defendemos lo que es nuestro, nadie lo hará.

La conciencia cívica puede obrar el milagro de recuperar los derechos humanos. Cambiar la sociedad del despilfarro por la del reparto, donde la ética y la honestidad sustituyan a la usura y la desvergüenza del  dinero. La utopía es la verdad del mañana. Pero debemos abrir los ojos.

Esta situación de emergencia ha hecho despertar ya conciencias dormidas, nos ha sacudido de modo tan terrible que la sociedad ya no se cree más patrañas. Somos muchos y juntos podemos luchar por más democracia, más igualdad y más justicia contra los sumos sacerdotes de Davos.

Aunque cada vez se difunda más la especie de que nada puede cambiar. De que hay que replegarse y resignarse.

 

Como dice Ignacio Ramonet:

Basta de aceptar la globalización liberal como una fatalidad, basta de ver el mundo transformado en mercancía. Basta de aguantar.

Imagen 1: Pintura de Costa Dvorezky

Imagen 3: Fotografía de Michal Macku, Gellages

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