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De la venganza política al negocio. Bebés robados

15/02/2018

Antonio Vallejo-Nájera

 

Febrero
15

Otros niños robados

—El marxismo es la máxima forma de la patología mental —había sentenciado el coronel Antonio Vallejo Nájera, psiquiatra supremo en la España del generalísimo Francisco Franco.
Él había estudiado, en las cárceles, a las madres republicanas, y había comprobado que tenían “instintos criminales”.
Para defender la pureza de la raza ibérica, amenazada por la “degeneración marxista” y la “criminalidad materna”, miles de niños recién nacidos o de muy corta edad, hijos de padres republicanos, fueron secuestrados y arrojados a los brazos de las familias devotas de la cruz y de la espada.
¿Quiénes fueron esos niños? ¿Quiénes son, tantos años después?
No se sabe.
La dictadura franquista inventó documentos falsos, que les borraron las huellas, y dictó orden de olvidar: robó los niños y robó la memoria.

Eduardo Galeano, Los hijos de los días.

 

Después de la guerra, la represión fue brutal. Miles de personas fueron encarceladas e incluso se habilitaron conventos como prisiones. A ellas fueron a parar muchas mujeres.

La cárcel de Ventas, concebida como un edificio moderno por Victoria Kent, se convirtió en un lugar infame. Tomasa Cuevas lo describe como un gigantesco almacén de mujeres. Antonia García dice: “Sólo recuerdo la locura de mi primer día en la sala de prisión: un sitio para 500 personas albergaba a 11.000. Las mujeres se tiraban al suelo a la vez, no había más sitio”.

En los años 40 se abrió una prisión para madres lactantes en Madrid. Las presas pensaron que las condiciones mejorarían. Mercedes Núñez, presa política, dice en Mujeres caídas de Mirta Núñez: “Ninguna madre podía cuidar de su hijo. Los niños vivían separados en un patio aparte y ellas trabajaban en talleres más de diez horas diarias”. En Santurrán (País Vasco) las monjas mandaron salir a las presas al patio. Cuando volvieron, sus hijos habían desaparecido. Ya no existían, no habían sido inscritos en el registro de entrada.

El rapto se convirtió en ‘legal’ por la Orden de 30 de marzo de 1940 que da la patria potestad al Estado. En España durante el franquismo hubo una “expropiación” de niños. Ya que fue un robo avalado por leyes.

El coronel y médico Vallejo Nájera, formado en Alemania e ideólogo del régimen, afirmaba que era necesario “extirpar el gen marxista” y recomendaba el traslado de los niños a hospicios para “la eliminación de los factores ambientales que conducen a la degeneración”. Para ello, aplicó descargas eléctricas a los presos y otros experimentos. Se le conoce como el Mengele de Franco.

80 años después no se saben todos los datos. Los tiene la Iglesia en sus archivos y ninguna ley la obliga a abrirlos.

Cerca de 30.000 niños fueron robados y cambiados de identidad en las cárceles y hospitales españoles durante la guerra y la posguerra.

“La maternidad asignaba a mujeres y niños expósitos un número que iba cambiando para no seguirles la pista. Falsificaban las partidas, apellidos. Y todo tejido por monjas, curas, secretarios, alcaldes y hasta médicos que se forraban. Era un negocio”, afirma Mari Cruz Martínez.

Avanzada la dictadura el secuestro de bebés continúa. El boom del robo de niños y niñas se produjo entre los años 1976 y 1983. Ahí, la compra y venta de bebés se dispara. Todo valía. En esos años, el tráfico de bebés robados adquiere unas dimensiones enormes y aún no se sabe muy bien todavía por qué.  Se señala a la Iglesia como principal inductora.

El robo continuó hasta los años 90, en la democracia, pudiendo  haber llegado a una cifra de 300.000 niños.

Lo que comienza siendo una venganza política, acaba convirtiéndose en un lucrativo negocio, que se lleva a cabo hasta los años 90, bajo gobiernos “democráticos”.

Serían cuatro las generaciones afectadas: los que eran niños en el momento que acabó la Guerra Civil, los que nacieron en los años inmediatos a la posguerra, los que lo hicieron en los años cincuenta, y la herencia de la impunidad llegó a afectar a niños robados en plena democracia.

El Gobierno de Mariano Rajoy no sabe, no contesta, y los juzgados archivan las denuncias.

A raíz de la visita de información realizada en España del 22 al 23 de mayo de 2017, la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo ha elaborado una serie de 31 recomendaciones a las autoridades españolas en relación a la trama de bebés robados durante el franquismo.

La Comisión 

lamenta el abandono, la indefensión y la falta de investigación satisfactoria por parte de las autoridades públicas que los peticionarios, víctimas y asociaciones de víctimas afirman haber sufrido hasta ahora; pide a las autoridades españolas que se comprometan a entablar de manera oportuna un diálogo reforzado y continuado con los peticionarios y las asociaciones de afectados.

 

Vidas robadas

14/02/2018

 

 

 

Febrero
14
Niños robados

Los hijos de los enemigos fueron botín de guerra de la dictadura militar argentina, que robó más de quinientos niños en años recientes.
Pero muchos más niños robó, durante mucho más tiempo, la democracia australiana, con permiso de la ley y aplausos del público.
En el año 2008, el primer ministro de Australia, Kevin Rudd, pidió perdón a los indígenas, que habían sido despojados de sus hijos durante más de un siglo.
Las agencias estatales y las iglesias cristianas habían secuestrado a los niños y los habían distribuido entre las familias blancas, para salvarlos de la pobreza y de la delincuencia y para civilizarlos y alejarlos de las costumbres salvajes.
Para blanquear a los negros, decían.

Eduardo Galeano, Los hijos de los días

 

 

Cada año, Australia conmemora el Día Nacional del Perdón, en recuerdo de las decenas de miles de niños indígenas que, entre las décadas de 1890 y 1970, fueron retirados por la fuerza de sus hogares por el Estado y puestos al cuidado de familias o instituciones blancas para que se asimilaran a la sociedad de colonos.

El Día del Perdón, el 26 de mayo, se instituyó en 1998 tras la publicación en 1997 del informe Trayéndolos a casa, el resultado de la primera consulta nacional que recogió testimonios de niños y niñas indígenas “robados” y criticó las políticas racistas que permitieron la sistemática separación de sus familias.

A pesar de la disculpa, los activistas indígenas sostienen que el capítulo de las “generaciones robadas” no es un hecho aislado ni está cerrado.

 

La lúcida mirada de dos genios revolucionarios

12/02/2018

 

 

El pasado sábado se cumplieron 120 años del nacimiento de Bertolt Brecht (Augsburgo, 10 de febrero de 1898 – Berlín Este, 14 de agosto de 1956).

Comunista sin partido, fue perseguido por Hitler y se exilió a los países nórdicos donde alcanza su madurez y escribe sus mejores obras.

Una de sus obras menos conocidas es la que tiene como protagonista a un hombre peculiar, en parte  un alter ego del autor.

El señor Keuner, mezcla de rabino, pedagogo zen y diligente aforista bolchevique, creado por Bertolt Brecht, es una conciencia aguda, irónica y vigilante. Sus reflexiones son siempre estimulantes y no dejan nunca indiferente.  Brecht las fue escribiendo desde 1926 hasta su muerte. Y pretenden ser  un modelo de prosa cercano a las prosas didácticas. Su brevedad las acerca al aforismo y su profundidad a la filosofía.

Estas fábulas se publicaron en el libro  Historias del señor K. en 1930. Y en 1949 formaron parte de las Historias de Calendario. Recientemente, se encontró una carpeta olvidada por Brecht en Suiza y salieron a la luz quince nuevas andanzas de esta criatura astuta y cortés, que sólo palidecía cuando le decían que no había cambiado:

 

El reencuentro

Un conocido al que el señor K. no había visto desde hacía tiempo le saludó con estas palabras: – ¡Caramba, señor Keuner, no ha cambiado usted nada!  – ¡Oh! – exclamó éste palideciendo.

 

Partidario siempre del pensamiento libre y de la crítica constructiva:

 

Al señor Keuner se le va un alumno

Al señor Keuner se le fue un alumno. Le gustaba tratar con él: refutaba sus opiniones con mayor placer que las de cualquier otro. Sin embargo, el señor Keuner no estaba deprimido. “Era un buen alumno –decía–. ¡Uno de los mejores! Es una lástima que se haya ido, pero no es grave. Lo grave sería que ustedes dos se fueran –y señaló desinhibidamente a dos por los que no sentía demasiada estima–. ¡Ustedes no han aprendido nada!

Y también de la humildad y el reconocimiento de los errores. Siempre muy lejos del dogmatismo y la vanidad:

Elogio
Cuando el señor K. oyó decir que había recibido elogios de sus antiguos alumnos, dijo:
—Cuando los discípulos han echado al olvido hace ya tiempo los errores de su maestro, este aún los sigue recordando.

 

Enemigo del egocentrismo y de la falta de perspectiva en las relaciones humanas, contaminadas por el sentimentalismo:

 

El señor Keuner y la expresión

Al señor Keuner lo irritaba de tal forma cuando la gente se ocupaba de sí misma que llegó a proponer que se reprimiera en lo posible cualquier expresión de tristeza o de alegría, de modo que no se diera la impresión de que la persona en cuestión se ocupaba indecorosamente de sí misma. “¿Cómo podría contarle a cada uno la misma historia? ¿Cómo ser el mismo para todos?”, decía él. “No estoy triste o alegre para todo el mundo.”
Cuando estoy de acuerdo con las cosas –dijo el señor Keuner–, no es que entiendo a las cosas, es que las cosas me entienden a mí.

 

En el verano de 1941, Bertolt Brecht viajó en barco a California, asentándose en Santa Mónica, cerca de Hollywood. Allí intentó escribir para la industria de Hollywood, pero sus guiones no fueron aceptados por las grandes productoras cinematográficas.

En Estados Unidos organizó algunas representaciones teatrales, en la mayoría de los casos en escenarios de emigrantes, pero Brecht volvió a ser perseguido por sus ideas políticas.  El 30 de octubre de 1947 es interrogado por el Comité de Actividades Antiamericanas, y tuvo que escapar al día siguiente otra vez a Suiza, sin esperar el estreno de su drama La vida de Galileo en Nueva York. Como explicó con ironía el escritor al cineasta Erwin Leiser: “Cuando a uno lo acusan de querer robarse la Estatua de la Libertad, es hora de largarse”.

 

Patriotismo: odiar las patrias

El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
-En cualquier parte puedo morirme de hambre.
Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto que deseaba que un terremoto lo borrase de las superficie de la tierra. “¿Por qué razón -se preguntó el señor K.- me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella. “

Antidogmático furibundo, era consciente de que se aprende equivocándose:

Esfuerzo de los mejores

“¿En qué trabaja?”, le preguntaron al señor K. El señor K. respondió:  “Me está costando gran esfuerzo preparar mi próximo error.”

 

Brecht hizo siempre gala de antisentimentalismo, así como de su atención para con los pobres y su sufrimiento. A la vez que atacaba la falsa respetabilidad de los burgueses.

El famoso ‘efecto de distanciamiento’ creado por Brecht es un arma contra el romanticismo y el sentimentalismo. El arte como comprensión total y activa de la historia. Un estilo creativo que involucra la moral en la escritura, lejos de la subjetividad.

La crítica social, la compasión por los seres humanos y el consiguiente cambio de la sociedad debían desempeñar un papel esencial en la obra literaria.

 

 

Años antes del señor Keuner, Valle- Inclán ya había predicado el distanciamiento en el arte como único modo de juzgar sin condicionantes la realidad. Para demostrarlo, creó el Esperpento. Un teatro que supere el sentimiento para comprender sin interferencias que nublen el juicio: “Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos”, dice Valle por boca de don Estrafalario en Los cuernos de don Friolera.

 

Mirar al mundo desde un plano superior, y considerar a los personajes de la trama como seres inferiores al autor, con un punto de ironía. Los dioses se convierten en personajes de sainete. Ésta es una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro que sus muñecos. Quevedo tiene esta manera. Cervantes, también. A pesar de la grandeza de don Quijote, Cervantes se cree más cabal y más cuerdo que él, y jamás se emociona con él.
Esta manera es ya definitiva en Goya. Y esta consideración es la que me movió a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpentos.
El mundo de los esperpentos —explica uno de los personajes en Luces de bohemia— es como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco, pero rigurosamente geométrico.

“Hablando con Valle-Inclán de él y su obra”. Entrevista de Gregorio Martínez Sierra a Valle-Inclán publicada en el periódico ABC el 7 de diciembre de 1928.

 

Valle- Inclán anticipa lo que en la segunda mitad del siglo XX se ha llamado «teatro en libertad». Y sus esperpentos reflejan como ninguna otra obra teatral la tragedia de un país.

MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento.

[…]

MAX: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

DON LATINO: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.

MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

 

Valle-Inclán, Luces de bohemia, escena XII.

 

Revertir el hechizo

19/01/2018

Es necesario
revertir el hechizo.
Ese,
que borra a las mujeres
de los libros de historia,
de las esferas de poder,
de las antologías.
Ese,
que las encierra
entre cuatro paredes,
con solo
colocarles un anillo.
GUISELA LÓPEZ

Imagen: Chema Madoz
Guisela López. Escritora Guatemalteca. Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Especialista en Estudios de Género por la Universidad Nacional Autónoma de México y Fundación Guatemala. Participa actualmente en el proyecto de investigación regional “Identidad y utopía en la literatura de mujeres indígenas y afrocaribeñas de Centroamérica” de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México, y en el proyecto “Historia de la poesía escrita por mujeres en México”, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Fundadora de la Colectiva de Mujeres en las Artes, Coordinadora del Seminario de Literatura Feminista y la Cátedra Alaíde Foppa en coordinación con el Centro de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Despertar duele

06/01/2018

 

Aquí, aquí, estos zapatos diarios,
los de la ventana del seis de enero.

[…]

Y nos quitarán todo
menos estas botas de siete leguas.
Aquí, aquí bien calzadas
en nuestros sosos pies de paso corto.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

(“Oda a la niñez” en Alianza y condena)

 

Cerró el cajón con rabia y miedo. Y sintió que toda su niñez quedaba atrás, encerrada en la ilusión de un sueño.

Habían sido días de ajetreo. Todos los años, por esas fechas, viajaban cargados de paquetes y maletas al pequeño pueblo donde nacieron sus padres y vivían sus abuelos.

Era Navidad y la familia se reunía como todos los años. Atrás quedaba la ciudad, el colegio, los libros y los horarios.

Volvían las luces del belén, la cuidadosa preparación del musgo fresco arrancado de la tierra helada, las pequeñas figuras que aumentaban cada año. El papel de plata que simulaba los ríos, los molinos, el castillo de Herodes, las lavanderas…

Y también las excursiones al monte con el padre para asar patatas, enfundados hasta las cejas en abrigos y bufandas. Las batallas de nieve, las manos y los pies helados y los largos paseos sin relojes ni obligaciones.

Pero, sobre todo, volvía la ilusión de los Reyes Magos.

No sabía explicarlo, pero toda la Navidad era un camino programado que encontraba su sentido la mañana del seis de enero.

Cada día, como un rito, en el desayuno, hacían avanzar las figuras de reyes y pajes en el camino al portal. Esperaban ansiosos su llegada y calculaban con mimo la distancia para no equivocarse y hacer coincidir la llegada con el seis de enero soñado.

El cinco de enero cenaban pronto y, a diferencia de los demás días, los niños se iban a dormir temprano, sin protestas. Dóciles e ilusionados.

Aun recuerda cómo cerraba fuerte los ojos para dormirse deprisa y cómo temía estar despierta y provocar con ello la huida de los pajes con sus regalos.

A veces, creyó ver sombras, oír ruidos… Pero apartó espantada la idea y se dijo que seguramente sólo era un sueño.

Ese año sentía en su interior una inquietud nueva. Había pedido un regalo largamente soñado y, por ello, casi inalcanzable en aquella familia numerosa. El padre siempre les recomendaba no ser demasiado ambiciosos en las peticiones para no enfadar a los Magos.

Sabía de rumores malintencionados de amigas que negaban la existencia de los Reyes Magos. Conversaciones en voz baja que los reducían a regalos de los padres. Pero se resistía a perder la magia igualitaria que ponía fronteras económicas a sus sueños. Tenía que haber una justicia poética que permitiera a todos cumplir sus deseos.

Aquel 2 de enero, entró en la habitación que servía de comedor en días importantes para leer a solas. Sin saber muy bien por qué empezó a rebuscar en los cajones. Siempre le había gustado encontrar sorpresas en su fondo. Abrió el cajón inferior del aparador y allí estaba. Leyó incrédula, una y mil veces las palabras que ponían nombre a su sueño y sus piernas temblaron. Apenas tuvo fuerzas para cerrarlo apresurada y sentarse nerviosa con el libro en las manos.

Cuando, la mañana del seis de enero abrió la caja envuelta en papel de regalo aún deseaba, firmemente,  encontrar algo diferente al regalo soñado que había encontrado hacía días en el cajón.

Pero las letras acusadoras destrozaron de un plumazo la última chispa de ilusión infantil.  Y también, la terca esperanza de no despertar todavía a la realidad adulta.

Esa mañana, al acercar como cada año al portal las figuras de los Magos, sintió una punzada de nostalgia. La punzada de cerrar la puerta de un mundo amable.

Era hora de entrar en un mundo nuevo. Un lugar desconocido en el que su único patrimonio era la ilusión de la infancia. Y a ella se aferró con fuerza.

 

Vuelve este destino de niñez que estalla

por todas partes: en la calle,

en esta voraz respiración del día,

en la mirada, en cada laboreo.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

 

 

 

Descubrimiento

01/01/2018

 

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Se recompuso como cada mañana. Miró a su alrededor esperanzado.

Una ligera punzada le avisó demasiado tarde. Descubrió entonces que ya no había tiempo.

Su corazón estalló en mil pedazos.

El mundo, de repente, se le había quedado pequeño.

 

 

Imagen: Kafka, David Cerny (Praga)

Recordar para dar la palabra al silencio

19/12/2017

 

 

 

Todos los recuerdos son el mismo recuerdo

Fernando Pessoa

 

Para mantener viva la comunidad de lectores libres están las heroicas librerías.  El espacio físico que representa la librería debería ser uno de los puntos culturales de referencia en todas las ciudades, un espacio para el diálogo y la cultura. Lugares para estimular la lectura en la gente que se acerca a ellas. Y hoy estamos aquí unos cuantos.

El libro que nos ocupa recoge una ventena de textos ya leídos o publicados por el autor en diferentes ámbitos: congresos, conferencias, prólogos de libros, homenajes de autores amigos…

Van precedidos de un apasionado y vehemente prólogo del historiador Francisco Espinosa que deja abiertas preguntas y reflexiones interesantes para el debate y que resume en su título el estilo de Cervera: Llamar a las cosas por su nombre. Una costumbre peligrosa en los tiempos que corren.

El libro está dedicado a Vicente Muñiz que recuperó la memoria de sus padres fusilados en 1941 y a todos los que siguen incansables en la lucha por la recuperación de la memoria.

Las líneas maestras de todos los textos son la memoria, la historia y la ficción. El libro es como una composición musical en la que se repiten tres líneas melódicas que avanzan, retroceden, se unen, se separan y se complementan.

Pertenecen a textos escritos durante más de una década: desde 2003 a 20016. Con una media aproximada de dos por año. Comprenden pues desde los finales del aznarismo al vacío de gobierno tras las últimas elecciones que se solucionó con la indeseable vuelta al poder de Rajoy. Aún no podemos calibrar las consecuencias de que le permitieran gobernar y ya sufrimos muchas. Entre ellas la mayor crisis de la democracia. En medio, los ocho años de luces y sombras de Zapatero.

Este libro, de título contundente y rebelde: Yo no voy a olvidar porque otros quieran y de portada estremecedora, no es un libro cómodo.

Ningún libro de Alfons lo es. Y no se trata de dificultad expresiva, porque su prosa es diáfana y poética como pocas, y las palabras fluyen  y se ordenan en frases capaces de expresar lo más duro con una belleza insospechada siempre.

No es cómodo porque rezuma verdad. Y la verdad duele. Alfons es inmisericorde. No dora ninguna píldora y administra la medicina a palo seco, sin aditivos que la endulcen.

En sus novelas, Alfons Cervera siempre escribe a la intemperie. Hermosa, expresiva y certera palabra que le gusta repetir.

Y también en sus ensayos habla sin escudo protector, a tumba abierta. Sin miedo a hacerse daño, si hace falta.

Porque para él escribir es tomar partido. Partido hasta mancharse como decía el poeta.

Escribe para mejorar la visión del mundo en el lector y en sí mismo, aunque duela.

Pues amarga la verdad

quiero echarla de la boca

y si al alma su hiel toca

esconderla es necedad.

,decía Quevedo y canta Paco Ibáñez.

Porque no soporta la escritura complaciente que suaviza la realidad. La trampa sentimental que impide juzgar y entender y que se limita a servir emociones. Un campo en el que es fácil manipular.

Por eso admira a autores como Juan Eduardo Zúñiga, Marsé, Llamazares, Chirbes o Vázquez Montalbán. Porque comparte con ellos el hambre de verdad, aunque desasosiegue. La batalla por el conocimiento, aunque haya que dejarse la piel en su busca.

Y por eso mismo desprecia a Cercas, a Muñoz Molina o a Trapiello tanto como a películas sentimentaloides que banalizan el horror.

Porque estas ficciones tramposas pueden tergiversar mejor la historia envuelta en papel de celofán. Él se define como escritor de fricciones (una errata casual que supone un hallazgo enorme) no de complacencias.

Y es que parece que estamos en lo que Alberto Santamaría llama “capitalismo afectivo”. El que produce y gestiona emociones que sustituyen a la vieja idea, ya pasada de moda, de la emancipación y la crítica.

Ya lo decía la sagaz y perniciosa Margaret Thatcher:

La economía sólo es el medio; el objetivo es cambiar el corazón y el alma.

Y así nos va…

Alfons Cervera es un hombre que quiso ser futbolista y acabó escribiendo ficciones, que son fricciones, para ser él mismo.

Es un escritor atípico, sin concesiones a la galería. Que escribe lo que le da la gana, como le gusta decir. Sin mirar de reojo al mercado y a la galería. Como Rafael Chirbes y unos poquitos más.

Un escritor al que le gusta “escribir en el viento helado de la calle, como si siempre fuera invierno”.

Porque un día aprendió de su padre lo que era importante. Y no me resisto a leer la cita aunque sea larga  Pertenece a un texto escrito para el Congreso “Historia y poéticas de la memoria” celebrado en noviembre de 2014 en Alicante.

“…desde los nueve años hasta casi la treintena ejercí de hornero con mi padre. Me gustaba el oficio. Y siempre recordaré una anécdota que tiene que ver con ese oficio maravilloso. Una noche se fue la luz y la masa ya estaba trabada en la máquina amasadora. Como ya estaba añadida la levadura, no podíamos dejarla reposar porque acabaría pudriéndose. Así que tuvimos que acabar de trabarla a mano, metiendo los puños hasta el fondo, quemándonos mi hermano, mi padre y yo mismo, los nudillos de los dedos. En un momento ya no pude más y le pregunté a mi padre que por qué no parábamos. Piensen, en disculpa de mi cobardía, que yo sólo tenía nueve años. No se me olvidará nunca la respuesta de mi padre. Nunca. Se me quedó mirando y sin rabia y sin estar enfadado ni nada, me contestó con otra pregunta: “Y qué va a comer la gente mañana, mierda? […] aquella noche supe que la vida es algo que vives con los otros, echando una mano aquí y allá, pidiendo ayuda cuando la necesitas, sacándole las tripas a los sueños para que la realidad no los acabe convirtiendo en una impostura”.

Ese es Alfons Cervera. Duro y tierno a la vez, soñador y con los pies en tierra. Capaz de llenar de poesía un recuerdo y hacer estremecer al lector con la dureza de una realidad áspera.

Autodidacta, culto, fiel a sus poetas y maestros favoritos: Machado, León Felipe, Max Aub, Vinyoli… Junto a Ángel González, Neruda, Llamazares, Chirbes, siempre Chirbes, o Vázquez Montalbán.

Arropado por ellos, se siente capaz de desafiar al mundo y se define “como un escritor orgullosamente vestido de civil y siempre insatisfecho”. Insatisfacción que lo protege contra la complacencia.

Porque la escritura es para él un conflicto. Un acto de insolencia contra el miedo y el silencio.

Por eso le gusta tanto la memoria. Por eso no tolera el olvido.

Una memoria que no es nostalgia. Porque la nostalgia mata. Una memoria que impulsa hacia delante, no hacia atrás. Porque recordar es un deber, en palabras de Primo Levi.

Y ese deber lo siente porque en este país se diseñó en el franquismo y se continuó en democracia una ceremonia del olvido. Por eso la derrota no tiene relato, sólo tiene recuerdos. Y deber del escritor es darle uno, porque se lo debemos. Porque es suyo.

La primera cacería que organizan las dictaduras es la de la palabra, nos dice. En el franquismo la única palabra que sonaba era la de los vencedores. Y en la mente de los vencidos sólo sonaba la palabra “culpa”. Esa culpa que se imprimía en las paredes y ante la que se pasaba con la cabeza gacha. Esa infamia ante la que los niños de la portada levantan el inocente brazo.

Lo expresa muy bien el historiador Francisco Espinosa:

El franquismo no sólo se apropió de la historia y de la memoria, sino que también corrompió las palabras. Existe una fortísima tendencia interior que nos mueve a hablar de asesinatos cuando nos referimos a víctimas de derechas y de fusilamientos cuando se trata de víctimas de izquierdas. Incluso pasa entre gente consciente. Es la interiorización colectiva de la ideología franquista.

Y es que el franquismo nos dejó la mente llena de hielo y frío, escribe Cervera con una de sus certeras frases poéticas.

Y el deshielo viene con la necesidad de contar. Esa misión casi evangélica es la del autor. Contar la anomalía que consiste en aceptar sin cuestionar. En callar por miedo. En temer las palabras y en perder la curiosidad.

Y como dice la poeta Julia Enciso:

Es bueno el recuerdo

para dar la palabra al silencio.

En esa tarea de devolver la palabra al silencio, Alfons se arma con tres instrumentos esenciales que decíamos navegan en mayor o menor medida en todos los textos del libro: historia, memoria y ficción. Y no van por separado, sino que se ayudan, se interpelan, se complementan y discrepan en una tarea ingente de recuperación azarosa. No faltan dudas, errores, vacilaciones, traiciones y vacíos… Pero sobran honestidad, decencia y coraje ético para buscar la verdad.

Las tres juntas tejen en la escritura de Cervera una tela de insubordinación crítica al modo de Vázquez Montalbán y de esperanza irrenunciable al modo de Ángel González.

Y esa tela ya ha dado varias novelas de la memoria recogidas en el volumen, Las voces fugitivas. A ellas se añade la reciente y emotiva Otro mundo, donde se pregunta qué nos queda de la revolución que dio sentido a vidas como la de su padre. Y a las que el miedo y la dictadura obligaron a morir en silencio.

Y también textos ensayísticos, como los que aquí aparecen, donde se reflexiona sobre por qué en ellas está la historia con minúscula. Por qué es una obligación rescatar vidas que había ocultado la historia con mayúscula. En ellas se hace intrahistoria, se da voz a los silenciados y se construye un relato que redima del olvido. La historia con mayúscula la hicieron los vencedores mintiendo, y Cervera será la voz de quienes denuncien la  mentira de esa historia impuesta.

Una mentira que trasciende los límites de la dictadura. Ésta prohibió recordar, pero la Transición y la democracia recomendaron no recordar. Un matiz muy poco edificante.

Lo explica muy bien Vázquez Montalbán en La literatura y la construcción de la realidad democrática:

Se habían creado las condiciones materiales para que el supuesto milagro político de la Transición consistiera simplemente en la adecuación a lo que en base material ya se había dado: la conformación de una sociedad fundamentalmente burguesa, cuya vanguardia militara en la socialdemocracia. […] Lo literariamente correcto en los años setenta y buena parte de los ochenta fue lo ensimismado, prohibida por decreto implícito una literatura como propuesta de conocimiento. […] y es que con la democracia llegó a España la ofensiva cultural neoliberal, desacreditadora de la dialéctica y la crítica, legitimadora de la internacionalización capitalista de la historia y la cultura.

Fue un cambio de ideología por bienestar; es decir, un trueque de verdad por dinero. Y el país lo aceptó, como dice tajante Chirbes. En nombre de una presunta reconciliación se borra el pasado del mapa y se instaura el presentismo.

Ya Max Aub se había desesperado al volver a la España de finales de los sesenta desde su exilio y vuelca su rabia en uno de los libros más citados por Cervera en estos textos, La gallina ciega:

No era lo malo la falta de libertad, sino que a los españoles les importaba un pito.

Y los que se dejaron la vida en las montañas o en el exilio, interior y exterior, se sintieron otra vez derrotados: primero en el 39, luego con el olvido de los aliados que abrieron los brazos a Franco tras derrotar al nazismo y ahora con esa reconciliación vergonzosa tras la muerte del dictador.

Porque la izquierda ensimismada del felipismo ni siquiera desmontó en sus años de gobierno el aparato represor de la dictadura y hasta colocó a torturadores en el Ministerio del Interior.

Y claro, a fines de los noventa volvió la derecha al poder. Y el aznarismo los puso ante el espejo del renacer de un franquismo que ellos habían permitido que se mantuviera agazapado.

Y empezó con Aznar la ofensiva de los pseudohistoriadores a sueldo. De siniestros exgrapo que pontificaban en radios episcopales y en televisiones públicas. La historia rigurosa se convierte en apestada y se vende la tesis de que la República fue la causa de todos los males y la Guerra Civil, inevitable y necesaria. Como si nunca hubiera habido un golpe de estado.

Domesticada la cultura, como decía V. Montalbán, el problema era la historia llena de disensos y grietas. Y se domesticó también.

En palabras de Alberto Santamaría:

Historia y memoria pueden llegar a ser algo de lo que el neoliberalismo aparta la cara como si de allí proviniese un fuerte olor a amoniaco.

Sin historia rigorosa y crítica y sin memoria decente era fácil envolverse en patriotismos y banderas que ocultaran la realidad del saqueo neoliberal.

Patria, qué palabra tan fea, como aspirina o ascensor decía Neruda, y repite Cervera.

Zapatero intentó reparar el daño con la Ley, mal llamada de Memoria Histórica. Porque la una casa mal con la otra y más si se convierte la historia rigurosa y colectiva en mero adjetivo de la memoria individual, y la memoria se reduce a nostalgia y olvida lo que tiene de fuente documental.

Alfons Cervera tiene palabras muy duras para esta ley escasa y de miras cortas a la que reprocha que sólo reduzca los agravios a las fosas y muertos en las cunetas. Eso está muy bien si va acompañado de otro memorial de agravios extenso: tortura, expolio patrimonial y sentimental, exilio, humillaciones, censura, miedo y silencios.

¿Por qué no se anuló la burda comedia trágica de los juicios sumarísimos? Incluso se pregunta si es un punto de arranque hacia la justicia o un punto ciego que cierra la puerta para insistir en la verdad.

Una de las muchas preguntas y reflexiones que deja el libro que nos ocupa.

Los textos de Alfons son para nosotros lo que él escribe sobre los libros de Dulce Chacón:

Ocupan ese lugar inviolable donde vive la lealtad absoluta y una obstinada voluntad de que nada se extravíe en la maraña marrullera del olvido.

No son como esos otros libros que igualan recuerdos y bandos. Como si no hubiera habido unos que defendían la legalidad establecida (esa de la que se llenan ahora la boca tantos) y otros que la subvirtieron con un golpe de estado ilegal. Sólo había un bando, el fascista, afirma tajante Cervera.

Tampoco son como los de quienes mezclan interesadamente muertos de la guerra y la posguerra y que se enredan en un recuento infame de quién mató más sin importar por qué.

Porque la abundancia de libros sobre la memoria, nos dice, no es garantía de verdad sino más bien de confusión.

La memoria honesta, aun con lagunas, pretende devolver a los hechos a su realidad más o menos exacta. Y es menos dañina, si se hace con ética y decencia, que la historia en manos de aficionados o historiadores a sueldo cuya misión es manipularla a golpe de talonario y de marketing.

Aquella guerra no fue una guerra entre hermanos, afirma, sino un conflicto político, económico e ideológico complejo que no se puede simplificar sin caer en la mentira.

Mentira es decir que su causa no fue un golpe de estado sino que surgió de la necesidad de acabar con la amenaza y el caos que significaba el orden republicano. Necesidad y amenaza, las palabras pervertidas como armas manipuladoras y justificadoras. Volvemos a la infamia franquista de llamar rebeldes y rebelión a los que defendían la legalidad y llamar Alzamiento, legítimo se entiende, al golpe. ¡Qué poco avanzamos…!

Vivimos tiempos de falsificación histórica que Alfons ilustra con los certeros versos de Gil de Biedma:

De todas las historias de la historia

la más triste sin duda es la de España

porque acaba mal.

Y les confieso que hubo un tiempo en el que creí que el poeta exageraba. Ahora ya no, por desgracia.

En este país de todos los demonios hay tres clases de escritores: los de derecha, los de izquierda y los de la tercera España, añadida por la posmodernidad a las dos clásicas de las que hablaba Machado.

Y esta última, nutrida de escritores mercenarios de historia y de ficción, amenaza con la congelación de la decencia y la fulminación de la verdad al buscar el lado humano del monstruo o la justificación comprensiva del horror.

Escritores laureados se dedican a poner de nuevo la presunta reconciliación por encima de la verdad. Y les ayudan grupos de historiadores a sueldo de la FAES, falsificando la historia.

Es verdad que tampoco ayudan quienes santifican exageradamente los años republicanos y no admiten sus luces y sombras. Lo que trae consigo que sus muchos logros se entierren en lo que parece una falsa hagiografía.

En esta débil democracia nuestra hay todavía sombras del pasado que amenazan nuestro presente y nos cierran el futuro. Hay que iluminarlas con rigor y valentía. Llamando a las cosas por su nombre. Sólo con rigor documental y sin miedos nos entenderemos.

Quisiera terminar con la alusión a dos figuras señeras en el universo ideológico, personal y literario de Alfons Cervera: Manuel Vázquez Montalbán y Rafael Chirbes.

A ellos dedica tres piezas memorables en el libro que les recomiendo leer, releer y paladear con calma.

Una es la magnífica crítica de la que Alfons considera la mejor novela de Vázquez Montalbán, El pianista. La titula, con esa rara habilidad que posee como Un aguijón en el estercolero de nuestra conciencia acomodada.

En el texto, se desgrana con una perspicacia inteligente y certera la oposición entre los dos tonos morales que definen nuestra sociedad: por un lado la posmodernidad y el olvido como estrategia cínica de supervivencia. La izquierda contradictoria y a la deriva que monta y acepta un consenso a cambio de dignidad. La del éxito.

Por otro, la de la gente que hizo la guerra y sufrió la posguerra. Que fue capaz de sacrificar su vida por defender la legalidad y por ello sufrió exilio, precariedad y olvido. La de los vencidos y humillados.

Ambas están representadas por dos músicos: el cínico triunfador que siempre flota y el derrotado sin paliativos. Porque ni siquiera la victoria moral sirve. En palabras de Hobsbawm que cita Cervera:

Las victorias morales son el eufemismo que se usa para definir las derrotas.

Las otras piezas son los dos epílogos que dedica a Rafael Chirbes, recientemente desaparecido.

Un amigo y maestro lúcido y profético que siempre vio esta crisis, que nos ha derrumbado hasta abismos insospechados, y que avisó de ella en sus novelas. Un escritor que desde su primer libro, quizá porque la lucidez viene de la honestidad y el coraje, supo entender las señales que los otros no vieron hasta que leyeron Crematorio. Cuando ya no había remedio, y el destrozo era tan importante que incluso los menos atentos lo entendieron.

Un autor que siempre supo que la traición era el pecado original del ser humano. Esa traición que En la buena letra planea sobre la protagonista como una losa.

Un hombre que, como Alfons, no temió nunca escribir a la intemperie. Que nunca miró a la galería, que se escondía del mundo porque veía tan claro el horror que le hacía daño. Pero que siempre siguió escribiendo porque, aun en la derrota, hay que seguir contándolo.

A Chirbes no le gustaba el mundo que lo rodeaba. Tampoco le gusta a Alfons Cervera. Y ambos escriben para entender ese mundo y entenderse. Lo hacen a pecho descubierto y dejan al lector desnudo de prejuicios y lleno de preguntas, de dudas, de reflexiones. Preparado para cuestionar, no para aceptar.

Es verdad que nos inquietan, que nos ponen ante un precipicio. El que ellos ven y temen. Pero lo llenan de belleza. Porque la belleza tiene también su lado oscuro, “el dorso oscuro” lo llamaba Chirbes.

No hay nada seguro en ningún sitio.

Hablábamos antes de presentismo. Hoy  parece que no queda ni eso.

Porque, como afirma la filósofa Marina Garcés, el futuro se cayó cuando se rompió el presente con la crisis duradera e insoportable de 2008.

Se volvió entonces a mirar al pasado y el peligro es que ese pasado para unos significa libertad, justicia, derechos humanos. Y para otros, y cada día son más por desgracia: blanquitud, cristiandad y nacionalismo exacerbado y excluyente.

Habrá que decidir, y pronto. Y todo es tan confuso que da miedo. Necesitamos luz.

La literatura de Alfons Cervera busca iluminar, no brillar como dice la poeta rumana Ana Blandiana de la buena escritura.

Nunca se mueve por el arrogante deseo de buscar el éxito. Eso se lo deja a los farsantes que se dejan engalanar con laureles.

En literatura no hay progreso ni cambio. Sólo repetición, porque el arte es transmisión.

Alfons lo sabe y transmite la ética que aprendió en sus maestros. Los cita, les agradece su magisterio y nos permite a sus lectores encontrarnos y encontrarlos en tantas frases, tantos versos queridos que nos han acompañado, como a él, en momentos duros para iluminar el camino. Y se siente calor en su compañía. Calor que deshace el hielo de la infamia que nos rodea.

Gracias, Alfons, por tu tenacidad y tu coherencia. Gracias por seguir escribiendo.

Gracias por soportar a la intemperie la injusticia y el olvido y por seguir contándolo.

Gracias por dar cobijo en tus palabras a quienes también nos sentimos a la intemperie.

 

Texto leído el 10 de noviembre de 2017, Día De Las Librerías, en la librería Ambra de Gandia, para presentar el libro de Alfons Cervera.

 

 

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