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Despertar duele

06/01/2018

 

Aquí, aquí, estos zapatos diarios,
los de la ventana del seis de enero.

[…]

Y nos quitarán todo
menos estas botas de siete leguas.
Aquí, aquí bien calzadas
en nuestros sosos pies de paso corto.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

(“Oda a la niñez” en Alianza y condena)

 

Cerró el cajón con rabia y miedo. Y sintió que toda su niñez quedaba atrás, encerrada en la ilusión de un sueño.

Habían sido días de ajetreo. Todos los años, por esas fechas, viajaban cargados de paquetes y maletas al pequeño pueblo donde nacieron sus padres y vivían sus abuelos.

Era Navidad y la familia se reunía como todos los años. Atrás quedaba la ciudad, el colegio, los libros y los horarios.

Volvían las luces del belén, la cuidadosa preparación del musgo fresco arrancado de la tierra helada, las pequeñas figuras que aumentaban cada año. El papel de plata que simulaba los ríos, los molinos, el castillo de Herodes, las lavanderas…

Y también las excursiones al monte con el padre para asar patatas, enfundados hasta las cejas en abrigos y bufandas. Las batallas de nieve, las manos y los pies helados y los largos paseos sin relojes ni obligaciones.

Pero, sobre todo, volvía la ilusión de los Reyes Magos.

No sabía explicarlo, pero toda la Navidad era un camino programado que encontraba su sentido la mañana del seis de enero.

Cada día, como un rito, en el desayuno, hacían avanzar las figuras de reyes y pajes en el camino al portal. Esperaban ansiosos su llegada y calculaban con mimo la distancia para no equivocarse y hacer coincidir la llegada con el seis de enero soñado.

El cinco de enero cenaban pronto y, a diferencia de los demás días, los niños se iban a dormir temprano, sin protestas. Dóciles e ilusionados.

Aun recuerda cómo cerraba fuerte los ojos para dormirse deprisa y cómo temía estar despierta y provocar con ello la huida de los pajes con sus regalos.

A veces, creyó ver sombras, oír ruidos… Pero apartó espantada la idea y se dijo que seguramente sólo era un sueño.

Ese año sentía en su interior una inquietud nueva. Había pedido un regalo largamente soñado y, por ello, casi inalcanzable en aquella familia numerosa. El padre siempre les recomendaba no ser demasiado ambiciosos en las peticiones para no enfadar a los Magos.

Sabía de rumores malintencionados de amigas que negaban la existencia de los Reyes Magos. Conversaciones en voz baja que los reducían a regalos de los padres. Pero se resistía a perder la magia igualitaria que ponía fronteras económicas a sus sueños. Tenía que haber una justicia poética que permitiera a todos cumplir sus deseos.

Aquel 2 de enero, entró en la habitación que servía de comedor en días importantes para leer a solas. Sin saber muy bien por qué empezó a rebuscar en los cajones. Siempre le había gustado encontrar sorpresas en su fondo. Abrió el cajón inferior del aparador y allí estaba. Leyó incrédula, una y mil veces las palabras que ponían nombre a su sueño y sus piernas temblaron. Apenas tuvo fuerzas para cerrarlo apresurada y sentarse nerviosa con el libro en las manos.

Cuando, la mañana del seis de enero abrió la caja envuelta en papel de regalo aún deseaba, firmemente,  encontrar algo diferente al regalo soñado que había encontrado hacía días en el cajón.

Pero las letras acusadoras destrozaron de un plumazo la última chispa de ilusión infantil.  Y también, la terca esperanza de no despertar todavía a la realidad adulta.

Esa mañana, al acercar como cada año al portal las figuras de los Magos, sintió una punzada de nostalgia. La punzada de cerrar la puerta de un mundo amable.

Era hora de entrar en un mundo nuevo. Un lugar desconocido en el que su único patrimonio era la ilusión de la infancia. Y a ella se aferró con fuerza.

 

Vuelve este destino de niñez que estalla

por todas partes: en la calle,

en esta voraz respiración del día,

en la mirada, en cada laboreo.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

 

 

 

Descubrimiento

01/01/2018

 

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Se recompuso como cada mañana. Miró a su alrededor esperanzado.

Una ligera punzada le avisó demasiado tarde. Descubrió entonces que ya no había tiempo.

Su corazón estalló en mil pedazos.

El mundo, de repente, se le había quedado pequeño.

 

 

Imagen: Kafka, David Cerny (Praga)

Recordar para dar la palabra al silencio

19/12/2017

 

 

 

Todos los recuerdos son el mismo recuerdo

Fernando Pessoa

 

Para mantener viva la comunidad de lectores libres están las heroicas librerías.  El espacio físico que representa la librería debería ser uno de los puntos culturales de referencia en todas las ciudades, un espacio para el diálogo y la cultura. Lugares para estimular la lectura en la gente que se acerca a ellas. Y hoy estamos aquí unos cuantos.

El libro que nos ocupa recoge una ventena de textos ya leídos o publicados por el autor en diferentes ámbitos: congresos, conferencias, prólogos de libros, homenajes de autores amigos…

Van precedidos de un apasionado y vehemente prólogo del historiador Francisco Espinosa que deja abiertas preguntas y reflexiones interesantes para el debate y que resume en su título el estilo de Cervera: Llamar a las cosas por su nombre. Una costumbre peligrosa en los tiempos que corren.

El libro está dedicado a Vicente Muñiz que recuperó la memoria de sus padres fusilados en 1941 y a todos los que siguen incansables en la lucha por la recuperación de la memoria.

Las líneas maestras de todos los textos son la memoria, la historia y la ficción. El libro es como una composición musical en la que se repiten tres líneas melódicas que avanzan, retroceden, se unen, se separan y se complementan.

Pertenecen a textos escritos durante más de una década: desde 2003 a 20016. Con una media aproximada de dos por año. Comprenden pues desde los finales del aznarismo al vacío de gobierno tras las últimas elecciones que se solucionó con la indeseable vuelta al poder de Rajoy. Aún no podemos calibrar las consecuencias de que le permitieran gobernar y ya sufrimos muchas. Entre ellas la mayor crisis de la democracia. En medio, los ocho años de luces y sombras de Zapatero.

Este libro, de título contundente y rebelde: Yo no voy a olvidar porque otros quieran y de portada estremecedora, no es un libro cómodo.

Ningún libro de Alfons lo es. Y no se trata de dificultad expresiva, porque su prosa es diáfana y poética como pocas, y las palabras fluyen  y se ordenan en frases capaces de expresar lo más duro con una belleza insospechada siempre.

No es cómodo porque rezuma verdad. Y la verdad duele. Alfons es inmisericorde. No dora ninguna píldora y administra la medicina a palo seco, sin aditivos que la endulcen.

En sus novelas, Alfons Cervera siempre escribe a la intemperie. Hermosa, expresiva y certera palabra que le gusta repetir.

Y también en sus ensayos habla sin escudo protector, a tumba abierta. Sin miedo a hacerse daño, si hace falta.

Porque para él escribir es tomar partido. Partido hasta mancharse como decía el poeta.

Escribe para mejorar la visión del mundo en el lector y en sí mismo, aunque duela.

Pues amarga la verdad

quiero echarla de la boca

y si al alma su hiel toca

esconderla es necedad.

,decía Quevedo y canta Paco Ibáñez.

Porque no soporta la escritura complaciente que suaviza la realidad. La trampa sentimental que impide juzgar y entender y que se limita a servir emociones. Un campo en el que es fácil manipular.

Por eso admira a autores como Juan Eduardo Zúñiga, Marsé, Llamazares, Chirbes o Vázquez Montalbán. Porque comparte con ellos el hambre de verdad, aunque desasosiegue. La batalla por el conocimiento, aunque haya que dejarse la piel en su busca.

Y por eso mismo desprecia a Cercas, a Muñoz Molina o a Trapiello tanto como a películas sentimentaloides que banalizan el horror.

Porque estas ficciones tramposas pueden tergiversar mejor la historia envuelta en papel de celofán. Él se define como escritor de fricciones (una errata casual que supone un hallazgo enorme) no de complacencias.

Y es que parece que estamos en lo que Alberto Santamaría llama “capitalismo afectivo”. El que produce y gestiona emociones que sustituyen a la vieja idea, ya pasada de moda, de la emancipación y la crítica.

Ya lo decía la sagaz y perniciosa Margaret Thatcher:

La economía sólo es el medio; el objetivo es cambiar el corazón y el alma.

Y así nos va…

Alfons Cervera es un hombre que quiso ser futbolista y acabó escribiendo ficciones, que son fricciones, para ser él mismo.

Es un escritor atípico, sin concesiones a la galería. Que escribe lo que le da la gana, como le gusta decir. Sin mirar de reojo al mercado y a la galería. Como Rafael Chirbes y unos poquitos más.

Un escritor al que le gusta “escribir en el viento helado de la calle, como si siempre fuera invierno”.

Porque un día aprendió de su padre lo que era importante. Y no me resisto a leer la cita aunque sea larga  Pertenece a un texto escrito para el Congreso “Historia y poéticas de la memoria” celebrado en noviembre de 2014 en Alicante.

“…desde los nueve años hasta casi la treintena ejercí de hornero con mi padre. Me gustaba el oficio. Y siempre recordaré una anécdota que tiene que ver con ese oficio maravilloso. Una noche se fue la luz y la masa ya estaba trabada en la máquina amasadora. Como ya estaba añadida la levadura, no podíamos dejarla reposar porque acabaría pudriéndose. Así que tuvimos que acabar de trabarla a mano, metiendo los puños hasta el fondo, quemándonos mi hermano, mi padre y yo mismo, los nudillos de los dedos. En un momento ya no pude más y le pregunté a mi padre que por qué no parábamos. Piensen, en disculpa de mi cobardía, que yo sólo tenía nueve años. No se me olvidará nunca la respuesta de mi padre. Nunca. Se me quedó mirando y sin rabia y sin estar enfadado ni nada, me contestó con otra pregunta: “Y qué va a comer la gente mañana, mierda? […] aquella noche supe que la vida es algo que vives con los otros, echando una mano aquí y allá, pidiendo ayuda cuando la necesitas, sacándole las tripas a los sueños para que la realidad no los acabe convirtiendo en una impostura”.

Ese es Alfons Cervera. Duro y tierno a la vez, soñador y con los pies en tierra. Capaz de llenar de poesía un recuerdo y hacer estremecer al lector con la dureza de una realidad áspera.

Autodidacta, culto, fiel a sus poetas y maestros favoritos: Machado, León Felipe, Max Aub, Vinyoli… Junto a Ángel González, Neruda, Llamazares, Chirbes, siempre Chirbes, o Vázquez Montalbán.

Arropado por ellos, se siente capaz de desafiar al mundo y se define “como un escritor orgullosamente vestido de civil y siempre insatisfecho”. Insatisfacción que lo protege contra la complacencia.

Porque la escritura es para él un conflicto. Un acto de insolencia contra el miedo y el silencio.

Por eso le gusta tanto la memoria. Por eso no tolera el olvido.

Una memoria que no es nostalgia. Porque la nostalgia mata. Una memoria que impulsa hacia delante, no hacia atrás. Porque recordar es un deber, en palabras de Primo Levi.

Y ese deber lo siente porque en este país se diseñó en el franquismo y se continuó en democracia una ceremonia del olvido. Por eso la derrota no tiene relato, sólo tiene recuerdos. Y deber del escritor es darle uno, porque se lo debemos. Porque es suyo.

La primera cacería que organizan las dictaduras es la de la palabra, nos dice. En el franquismo la única palabra que sonaba era la de los vencedores. Y en la mente de los vencidos sólo sonaba la palabra “culpa”. Esa culpa que se imprimía en las paredes y ante la que se pasaba con la cabeza gacha. Esa infamia ante la que los niños de la portada levantan el inocente brazo.

Lo expresa muy bien el historiador Francisco Espinosa:

El franquismo no sólo se apropió de la historia y de la memoria, sino que también corrompió las palabras. Existe una fortísima tendencia interior que nos mueve a hablar de asesinatos cuando nos referimos a víctimas de derechas y de fusilamientos cuando se trata de víctimas de izquierdas. Incluso pasa entre gente consciente. Es la interiorización colectiva de la ideología franquista.

Y es que el franquismo nos dejó la mente llena de hielo y frío, escribe Cervera con una de sus certeras frases poéticas.

Y el deshielo viene con la necesidad de contar. Esa misión casi evangélica es la del autor. Contar la anomalía que consiste en aceptar sin cuestionar. En callar por miedo. En temer las palabras y en perder la curiosidad.

Y como dice la poeta Julia Enciso:

Es bueno el recuerdo

para dar la palabra al silencio.

En esa tarea de devolver la palabra al silencio, Alfons se arma con tres instrumentos esenciales que decíamos navegan en mayor o menor medida en todos los textos del libro: historia, memoria y ficción. Y no van por separado, sino que se ayudan, se interpelan, se complementan y discrepan en una tarea ingente de recuperación azarosa. No faltan dudas, errores, vacilaciones, traiciones y vacíos… Pero sobran honestidad, decencia y coraje ético para buscar la verdad.

Las tres juntas tejen en la escritura de Cervera una tela de insubordinación crítica al modo de Vázquez Montalbán y de esperanza irrenunciable al modo de Ángel González.

Y esa tela ya ha dado varias novelas de la memoria recogidas en el volumen, Las voces fugitivas. A ellas se añade la reciente y emotiva Otro mundo, donde se pregunta qué nos queda de la revolución que dio sentido a vidas como la de su padre. Y a las que el miedo y la dictadura obligaron a morir en silencio.

Y también textos ensayísticos, como los que aquí aparecen, donde se reflexiona sobre por qué en ellas está la historia con minúscula. Por qué es una obligación rescatar vidas que había ocultado la historia con mayúscula. En ellas se hace intrahistoria, se da voz a los silenciados y se construye un relato que redima del olvido. La historia con mayúscula la hicieron los vencedores mintiendo, y Cervera será la voz de quienes denuncien la  mentira de esa historia impuesta.

Una mentira que trasciende los límites de la dictadura. Ésta prohibió recordar, pero la Transición y la democracia recomendaron no recordar. Un matiz muy poco edificante.

Lo explica muy bien Vázquez Montalbán en La literatura y la construcción de la realidad democrática:

Se habían creado las condiciones materiales para que el supuesto milagro político de la Transición consistiera simplemente en la adecuación a lo que en base material ya se había dado: la conformación de una sociedad fundamentalmente burguesa, cuya vanguardia militara en la socialdemocracia. […] Lo literariamente correcto en los años setenta y buena parte de los ochenta fue lo ensimismado, prohibida por decreto implícito una literatura como propuesta de conocimiento. […] y es que con la democracia llegó a España la ofensiva cultural neoliberal, desacreditadora de la dialéctica y la crítica, legitimadora de la internacionalización capitalista de la historia y la cultura.

Fue un cambio de ideología por bienestar; es decir, un trueque de verdad por dinero. Y el país lo aceptó, como dice tajante Chirbes. En nombre de una presunta reconciliación se borra el pasado del mapa y se instaura el presentismo.

Ya Max Aub se había desesperado al volver a la España de finales de los sesenta desde su exilio y vuelca su rabia en uno de los libros más citados por Cervera en estos textos, La gallina ciega:

No era lo malo la falta de libertad, sino que a los españoles les importaba un pito.

Y los que se dejaron la vida en las montañas o en el exilio, interior y exterior, se sintieron otra vez derrotados: primero en el 39, luego con el olvido de los aliados que abrieron los brazos a Franco tras derrotar al nazismo y ahora con esa reconciliación vergonzosa tras la muerte del dictador.

Porque la izquierda ensimismada del felipismo ni siquiera desmontó en sus años de gobierno el aparato represor de la dictadura y hasta colocó a torturadores en el Ministerio del Interior.

Y claro, a fines de los noventa volvió la derecha al poder. Y el aznarismo los puso ante el espejo del renacer de un franquismo que ellos habían permitido que se mantuviera agazapado.

Y empezó con Aznar la ofensiva de los pseudohistoriadores a sueldo. De siniestros exgrapo que pontificaban en radios episcopales y en televisiones públicas. La historia rigurosa se convierte en apestada y se vende la tesis de que la República fue la causa de todos los males y la Guerra Civil, inevitable y necesaria. Como si nunca hubiera habido un golpe de estado.

Domesticada la cultura, como decía V. Montalbán, el problema era la historia llena de disensos y grietas. Y se domesticó también.

En palabras de Alberto Santamaría:

Historia y memoria pueden llegar a ser algo de lo que el neoliberalismo aparta la cara como si de allí proviniese un fuerte olor a amoniaco.

Sin historia rigorosa y crítica y sin memoria decente era fácil envolverse en patriotismos y banderas que ocultaran la realidad del saqueo neoliberal.

Patria, qué palabra tan fea, como aspirina o ascensor decía Neruda, y repite Cervera.

Zapatero intentó reparar el daño con la Ley, mal llamada de Memoria Histórica. Porque la una casa mal con la otra y más si se convierte la historia rigurosa y colectiva en mero adjetivo de la memoria individual, y la memoria se reduce a nostalgia y olvida lo que tiene de fuente documental.

Alfons Cervera tiene palabras muy duras para esta ley escasa y de miras cortas a la que reprocha que sólo reduzca los agravios a las fosas y muertos en las cunetas. Eso está muy bien si va acompañado de otro memorial de agravios extenso: tortura, expolio patrimonial y sentimental, exilio, humillaciones, censura, miedo y silencios.

¿Por qué no se anuló la burda comedia trágica de los juicios sumarísimos? Incluso se pregunta si es un punto de arranque hacia la justicia o un punto ciego que cierra la puerta para insistir en la verdad.

Una de las muchas preguntas y reflexiones que deja el libro que nos ocupa.

Los textos de Alfons son para nosotros lo que él escribe sobre los libros de Dulce Chacón:

Ocupan ese lugar inviolable donde vive la lealtad absoluta y una obstinada voluntad de que nada se extravíe en la maraña marrullera del olvido.

No son como esos otros libros que igualan recuerdos y bandos. Como si no hubiera habido unos que defendían la legalidad establecida (esa de la que se llenan ahora la boca tantos) y otros que la subvirtieron con un golpe de estado ilegal. Sólo había un bando, el fascista, afirma tajante Cervera.

Tampoco son como los de quienes mezclan interesadamente muertos de la guerra y la posguerra y que se enredan en un recuento infame de quién mató más sin importar por qué.

Porque la abundancia de libros sobre la memoria, nos dice, no es garantía de verdad sino más bien de confusión.

La memoria honesta, aun con lagunas, pretende devolver a los hechos a su realidad más o menos exacta. Y es menos dañina, si se hace con ética y decencia, que la historia en manos de aficionados o historiadores a sueldo cuya misión es manipularla a golpe de talonario y de marketing.

Aquella guerra no fue una guerra entre hermanos, afirma, sino un conflicto político, económico e ideológico complejo que no se puede simplificar sin caer en la mentira.

Mentira es decir que su causa no fue un golpe de estado sino que surgió de la necesidad de acabar con la amenaza y el caos que significaba el orden republicano. Necesidad y amenaza, las palabras pervertidas como armas manipuladoras y justificadoras. Volvemos a la infamia franquista de llamar rebeldes y rebelión a los que defendían la legalidad y llamar Alzamiento, legítimo se entiende, al golpe. ¡Qué poco avanzamos…!

Vivimos tiempos de falsificación histórica que Alfons ilustra con los certeros versos de Gil de Biedma:

De todas las historias de la historia

la más triste sin duda es la de España

porque acaba mal.

Y les confieso que hubo un tiempo en el que creí que el poeta exageraba. Ahora ya no, por desgracia.

En este país de todos los demonios hay tres clases de escritores: los de derecha, los de izquierda y los de la tercera España, añadida por la posmodernidad a las dos clásicas de las que hablaba Machado.

Y esta última, nutrida de escritores mercenarios de historia y de ficción, amenaza con la congelación de la decencia y la fulminación de la verdad al buscar el lado humano del monstruo o la justificación comprensiva del horror.

Escritores laureados se dedican a poner de nuevo la presunta reconciliación por encima de la verdad. Y les ayudan grupos de historiadores a sueldo de la FAES, falsificando la historia.

Es verdad que tampoco ayudan quienes santifican exageradamente los años republicanos y no admiten sus luces y sombras. Lo que trae consigo que sus muchos logros se entierren en lo que parece una falsa hagiografía.

En esta débil democracia nuestra hay todavía sombras del pasado que amenazan nuestro presente y nos cierran el futuro. Hay que iluminarlas con rigor y valentía. Llamando a las cosas por su nombre. Sólo con rigor documental y sin miedos nos entenderemos.

Quisiera terminar con la alusión a dos figuras señeras en el universo ideológico, personal y literario de Alfons Cervera: Manuel Vázquez Montalbán y Rafael Chirbes.

A ellos dedica tres piezas memorables en el libro que les recomiendo leer, releer y paladear con calma.

Una es la magnífica crítica de la que Alfons considera la mejor novela de Vázquez Montalbán, El pianista. La titula, con esa rara habilidad que posee como Un aguijón en el estercolero de nuestra conciencia acomodada.

En el texto, se desgrana con una perspicacia inteligente y certera la oposición entre los dos tonos morales que definen nuestra sociedad: por un lado la posmodernidad y el olvido como estrategia cínica de supervivencia. La izquierda contradictoria y a la deriva que monta y acepta un consenso a cambio de dignidad. La del éxito.

Por otro, la de la gente que hizo la guerra y sufrió la posguerra. Que fue capaz de sacrificar su vida por defender la legalidad y por ello sufrió exilio, precariedad y olvido. La de los vencidos y humillados.

Ambas están representadas por dos músicos: el cínico triunfador que siempre flota y el derrotado sin paliativos. Porque ni siquiera la victoria moral sirve. En palabras de Hobsbawm que cita Cervera:

Las victorias morales son el eufemismo que se usa para definir las derrotas.

Las otras piezas son los dos epílogos que dedica a Rafael Chirbes, recientemente desaparecido.

Un amigo y maestro lúcido y profético que siempre vio esta crisis, que nos ha derrumbado hasta abismos insospechados, y que avisó de ella en sus novelas. Un escritor que desde su primer libro, quizá porque la lucidez viene de la honestidad y el coraje, supo entender las señales que los otros no vieron hasta que leyeron Crematorio. Cuando ya no había remedio, y el destrozo era tan importante que incluso los menos atentos lo entendieron.

Un autor que siempre supo que la traición era el pecado original del ser humano. Esa traición que En la buena letra planea sobre la protagonista como una losa.

Un hombre que, como Alfons, no temió nunca escribir a la intemperie. Que nunca miró a la galería, que se escondía del mundo porque veía tan claro el horror que le hacía daño. Pero que siempre siguió escribiendo porque, aun en la derrota, hay que seguir contándolo.

A Chirbes no le gustaba el mundo que lo rodeaba. Tampoco le gusta a Alfons Cervera. Y ambos escriben para entender ese mundo y entenderse. Lo hacen a pecho descubierto y dejan al lector desnudo de prejuicios y lleno de preguntas, de dudas, de reflexiones. Preparado para cuestionar, no para aceptar.

Es verdad que nos inquietan, que nos ponen ante un precipicio. El que ellos ven y temen. Pero lo llenan de belleza. Porque la belleza tiene también su lado oscuro, “el dorso oscuro” lo llamaba Chirbes.

No hay nada seguro en ningún sitio.

Hablábamos antes de presentismo. Hoy  parece que no queda ni eso.

Porque, como afirma la filósofa Marina Garcés, el futuro se cayó cuando se rompió el presente con la crisis duradera e insoportable de 2008.

Se volvió entonces a mirar al pasado y el peligro es que ese pasado para unos significa libertad, justicia, derechos humanos. Y para otros, y cada día son más por desgracia: blanquitud, cristiandad y nacionalismo exacerbado y excluyente.

Habrá que decidir, y pronto. Y todo es tan confuso que da miedo. Necesitamos luz.

La literatura de Alfons Cervera busca iluminar, no brillar como dice la poeta rumana Ana Blandiana de la buena escritura.

Nunca se mueve por el arrogante deseo de buscar el éxito. Eso se lo deja a los farsantes que se dejan engalanar con laureles.

En literatura no hay progreso ni cambio. Sólo repetición, porque el arte es transmisión.

Alfons lo sabe y transmite la ética que aprendió en sus maestros. Los cita, les agradece su magisterio y nos permite a sus lectores encontrarnos y encontrarlos en tantas frases, tantos versos queridos que nos han acompañado, como a él, en momentos duros para iluminar el camino. Y se siente calor en su compañía. Calor que deshace el hielo de la infamia que nos rodea.

Gracias, Alfons, por tu tenacidad y tu coherencia. Gracias por seguir escribiendo.

Gracias por soportar a la intemperie la injusticia y el olvido y por seguir contándolo.

Gracias por dar cobijo en tus palabras a quienes también nos sentimos a la intemperie.

 

Texto leído el 10 de noviembre de 2017, Día De Las Librerías, en la librería Ambra de Gandia, para presentar el libro de Alfons Cervera.

 

 

La plácida inexorabilidad del tiempo

10/12/2017

 

A veces, las lecturas nos tocan el alma de manera especial.

Ocurre que las palabras que leemos parecen obedecer a nuestros pensamientos.

Ocurre que ponen nombre a lo que sentimos y no sabemos expresar, por ignorancia o por miedo a entender el dolor que nos ahoga.

Entonces sentimos un agradecimiento infinito por esa persona que fue capaz de verbalizar el sentimiento y tuvo la valentía de escribirlo. Porque hace falta ser muy valiente para hacerlo.

Nunca podremos agradecérselo lo suficiente.

Porque exteriorizar el dolor es empezar a dominarlo.

Porque hablar del dolor es empezar a perderle el miedo.

 

El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos, quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio o en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano, o temblando en un balcón donde fumas toda la noche. Miras al vacío, sentada en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo Belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo.

Cuando alguien padece una enfermedad terminal, esa reconfortante inercia queda aniquilada. Demasiado rápido, no hay tiempo […], tengo que acabar esto, decirle aquello. ¡Espera un momento! […] Cada día te vas despidiendo un poco.

“Espera un momento” LUCIA BERLIN

 

 

Y seguimos leyendo, asombrados por la certera descripción de los sentimientos universales que expresa una escritora nacida en Alaska, de origen texano y ciudadana del mundo. Sentimientos que tanto se parecen a los que sentía Cernuda a miles de kilómetros de distancia. Y a los que sienten cuantos intentan entender el duro oficio de vivir.  Porque la muerte nos iguala:

La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.

“Luto”, LUCIA BERLIN

 

Sólo sabemos esculpir biografías
En músicas hostiles;
Sólo sabemos contar afirmaciones
O negaciones, cabellera de noche;
Sólo sabemos invocar como niños al frío
Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo.

LUIS CERNUDA

Y entonces comprendes que los que se van permanecen en el recuerdo.

Que  ayudan a seguir en el camino y quizá permanecen ahí para ayudar a los que siguen en él.

Que escribimos y leemos para sentirnos acompañados y para no llegar solos a la sombra del tiempo:

 

 

Y la escritora vuelve a ponerle palabras a lo que piensas:

Muchos otros se han ido […] A veces pasan meses sin que piense en nadie salvo en los vivos, y de pronto… apareces tú, evocada por un tango o un agua de sandía. Ojalá pudieras hablarme. Eres casi peor que mi gato sordo. La última vez llegaste unos días después de la ventisca. […] Hubo un día de calor […] Abrí todas las puertas y las cortinas. Tomé el té en la mesa de la cocina, sintiendo la caricia del sol en la espalda.[…]

Una iluminación perezosa, como una tarde mexicana en tu habitación. Pude ver el sol en tu cara.

“Espera un momento”, LUCIA BERLIN

Los recuerdos son traicioneros y te esperan a la vuelta de cualquier esquina. No puedes defenderte de su intensidad y a veces de su implacable crueldad. Te devuelven inmisericordes a unos años de infancia de lecturas compartidas, a la juventud de tantos descubrimientos en la ciudad vecina, a tantos encuentros y desencuentros…

Y no vale la pena hacerse preguntas inútiles.

La escritora lo dejó escrito con una lucidez que sólo da la verdadera honestidad consigo misma y la certeza de que la autocompasión sólo nos destruye. Lo escribió así, sin comas. No le gustaban porque entorpecían, según ella, la línea de su trepidante pensamiento. Con una prosa certera que llega dentro, directa y clara, trascendiendo las palabras:

Cierro la puerta a la pena al pesar al remordimiento  Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramada y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que un estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada puerta. Y recoja los pedazos una vez más.

“Volver al hogar”, LUCIA BERLIN

Y te quedas meditando sobre esa enigmática frase que escribió esa mujer tan lejana en el espacio y sin embargo tan cercana en el sentimiento:

Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte.

“Apuntes de la sala de urgencias 1977”, LUCIA BERLIN

Porque no acabas de comprender muy bien su sentido. Pero estás segura de que tiene razón. Algún día quizá lo comprenderás.

 

 

La ciudad del alma

13/11/2017

 

 

Todos llevamos una ciudad dentro,
ciudad que nos alienta y nos acusa,
La ciudad del alma.
Calles, sonidos de campanas y de pasos,
y la luz,
sobre todo el aire,
el temple del Duero,
las piedras que nos fecundan.
Ahí en cada puerta oigo,
el baile de las avellanas,
de Vigo de Sanabria,
y el ábside de la contemplación,
y las esquinas,
y la lágrima eterna del parteluz,
de Santiago del Burgo.

 

Claudio Rodríguez (Poema a Zamora)

 

Adoctrinamientos

30/10/2017

 

 

Madre, no me mandes más a coger miedo
y frío ante un pupitre con estampas. 

BLAS DE OTERO

 

Mis maestros

Aquellos hombres
predicaban miedo.
Miedo convulso
en la lección diaria;
oscuro miedo
por los corredores
entre esperma y latín
en la espantosa
composición exacta
de lugar: un niño
solo; mentido
y solo; amordazado
y frío buceando
en el pozo:
arriba; arriba;
sin aire casi;
arriba; más aún
hasta alcanzar
el borde de la vida.

José Agustín Goytisolo

De: Claridad 1961 – 1968 – I “El ayer”

 

 

Y tú me preguntaste,
¿qué hay en el centro de la tierra?
¿Hay casas diminutas rodeadas de fuego
donde arden los niños no obedientes,
traviesos en la escuela?

Seis años, dulces, seis años dulces,
poblados ya de pútrida enseñanza.

Alfonso Costafreda

De Suicidios y otras muertes –  1974

 

Aquellos hombres me abrasaron, hablo
del hielo aquel de luto atormentado,
la derrota del niño y su caligrafía
triste, trémula flor desfigurada.

Blas de Otero

De “Biotz-Begietan”, en Pido la paz y la palabra, 1955.

 

El mandar los niños a los jesuitas debió de ser para muchas familias burguesas e incluso de la menestralía uno de los ritos expiatorios con los que inconscientemente pretendían saldar la culpa colectiva. muchas familias, por otra parte,  debieron de pensar que la tradicional disciplina de los educadores ignacianos volvería a la razón a sus crías maleducadas, disipadas en el libertinaje de los años de guerra.

Carlos Barral

De “La calle redimidaen Años de penitencia, 1990

 

 

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!

25/10/2017

 

La muerte espera siempre entre los años

como un árbol secreto que ensombrece

de pronto la blancura de un sendero

y vamos caminando y nos sorprende.

José Luis Hidalgo

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

JAIME SABINES

 

 

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