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La memoria es mortal

02/08/2015

Pero volvemos a las voces de la infancia…

La memoria es mortal.  Algunas tardes, Billie Holiday pone su rosa enferma en mis oídos.

Algunas tardes me sorprendo

lejos de mí, llorando.

ANTONIO GAMONEDA

Complicidad

02/08/2015

Me parece que la mañana (…)

ha entrado suavemente en mi vida

A. Gamoneda.

Siempre la veía sentarse sola, después del desayuno, con un libro en la mano. Era una anciana menuda y enérgica que no aparentaba los ochenta años que tenía.

Todavía recordaba su llegada a la residencia. Fue un invierno frío como pocos y las calles estaban blancas tras una nevada persistente. Paula observaba la calle desde la sala de enfermeras y sentía la misma nostalgia que otras veces. Otro año más. La Navidad. Los recuerdos…

Vio, a través de la ventana, el coche de lujo del que bajó un hombre maduro y elegante. Una mujer, con paso firme para su edad, caminaba a su lado. No se miraban. Era como si no quisieran que sus ojos se encontrasen.

Antes de llegar a la puerta, la anciana levantó la vista y su mirada se cruzó con la de Paula a través del cristal. Fue un segundo, pero no puede olvidarlo.

Todo sucedió después según el protocolo habitual. Tras el papeleo, dejó instalada a la mujer en su habitación. Al salir, no logró evitar observarla de reojo. Parecía serena, pero su labio inferior temblaba de modo imperceptible.

Se acercó a ella, tras observarla durante meses, un día de verano en el que la vio leyendo en el patio. “¡Qué casualidad! Estamos leyendo el mismo libro”.

Desde ese día, las conversaciones se hicieron cotidianas y encontró en esa mujer el apoyo que andaba buscando desde niña.

Su madre había muerto cuando ella apenas tenía ocho años. Aquella noche la despertó la voz alarmada de su padre hablando por teléfono. Al día siguiente, la llevaron a casa de sus tíos. Era Navidad y alguien le explicó que mamá estaba en el cielo.

Desde entonces, cuando la dejaban en la cama, se levantaba y hablaba con su madre a través de las estrellas que veía brillar en la oscuridad. Después, empezó a emborronar papeles con historias en las que le contaba sus miedos, sus sueños… ¡Cuánto la echaba de menos!

Decidió hacerse enfermera. Se sentía bien ayudando a los demás. Pero nunca abandonó la costumbre de escribir. Era como seguir hablando con su madre.

El trabajo en la residencia era cansado. Demasiado sufrimiento. Demasiada soledad.

Procuraba no implicarse demasiado en los afectos. Era una especie de defensa. No quería sufrir de nuevo al perder algo querido.

Pero aquella anciana era diferente. Se sentía atraída por sus ojos vivos,  su interés por la lectura, su palabra fácil, su experiencia. Cuando la escuchaba, sentía que el vacío que le dejó la muerte de su madre aquella Nochebuena se iba llenando poco a poco.

Se llamaba Elena. Le contó que había dado clases de Literatura en los Estados Unidos. El exilio tras la guerra. La muerte de su marido. “Mi hijo, el que me acompañaba el primer día, creció en el exilio. No entiende que quiera volver a este país que nos hizo sufrir tanto. Tampoco que quiera vivir sola cuando puedo seguir en su casa. Aún no ha comprendido que la soledad no es mala si se elige” .

Tardó tiempo en atreverse a enseñarle sus papeles. Paula escribía por entonces una historia en la que iba trenzando los recuerdos de su madre viva.

“Aquí hay un buen relato. Puedo ayudarte a corregirlo si quieres”.

Siguieron días frenéticos en los que juntas discutían palabras, inventaban nombres, hacían volar la imaginación. La biblioteca de la residencia las vio robar horas al sueño en conversaciones interminables. Vibrar de emoción cada día con la corrección del manuscrito.

Paula se atrevió a enviar la novela a aquel concurso porque quería agradecer a Elena su ayuda. Soñaba con poder dedicarle el premio. Nunca la hubiera escrito sin ella. Había hecho desaparecer todas sus dudas.

Sintió alivio cuando envió el original. Y, después, en parte por la inseguridad que aún la acompañaba, en parte por miedo a fracasar, olvidó hasta la fecha del fallo del jurado.

La carta la sorprendió en los días frenéticos previos a la Navidad. El personal de la residencia intentaba paliar la soledad de los residentes sin familia.

Tuvo que leerla varias veces. Era como entrar la primera en la meta tras una dura carrera. Después, corrió hasta la habitación de Elena.

“¿Querrás acompañarme a recoger el premio?”

Aquel día, sola ante el atril, frente a la sala llena de caras expectantes, sólo veía a aquella anciana menuda y elegante de pelo blanco.

Buscó sus ojos vivos. Y su mirada cómplice le dio fuerzas para iniciar unas palabras de agradecimiento.

Imagen: fotogafía de Chema Madoz

Cuando es la luz del alba

22/07/2015

 

Estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí.

Ángel González

 

 

 

 

No sé muy bien por qué te escribo. Nunca había sentido la necesidad de poner en un papel lo que siento. Tampoco sé de dónde sale esta angustia que me llena el alma hasta llegar a ahogarme casi.

No ha ocurrido nada nuevo. La rutina es la dueña de mi vida. Y me lleva y me trae como hoja al viento.

Quizá ocurre porque nunca dejo que mi pensamiento fluya. Me da miedo. Es más fácil dejarse llevar por el tiempo. Suavemente. Sin pensar en nada.

¡Cuánto tiempo ya! Porque tres años son muchos, si no puedes ver a los que quieres. Demasiados, para intentar no olvidar los ojos de mis niños. Tan pequeños. Tan lejos.

Esta tarde húmeda y fría se me ha metido en el corazón y amenaza con romperlo.

Yo no quería esto. Por eso espantaba el pensamiento. Pero ha sido más fuerte que yo. Y aquí está. Ya no hay remedio.

Creí que era más valiente. El mundo me parecía pequeño cuando decidí dar el salto a este país lejano.

Era joven y tenía ilusiones. Todo iba a cambiar para nosotros. Tenía prisa, porque la vida es corta, y no deja muchas veces que se cumplan los sueños.

Por eso, no lo pensé cuando Elena me llamó. “Hay trabajo. Y dinero. Yo te ayudaré. Vente”

No podía imaginar lo caro que me saldría perseguir mi sueño.

Y no puedo quejarme. Ahora tengo trabajo, como, duermo… Sobrevivo. Pero sufro por ello. A veces pienso que no quiero pensar para no verlo. Para no ver la realidad que me rodea.

Sólo soy feliz cuando os envío el dinero. Cuando me decís que la casa se va construyendo. Que tú la levantas cada día. Que mis niños ya no dormirán en el suelo. Que también ellos ayudan lo que pueden… Que se han hecho mayores sin saberlo.

Pero necesito veros. No puedo más con esta ausencia que me mata. Con esta culpa que arrastro cada día.

Vuelven los recuerdos y amenazan con hacer estallar mi alma. Y, a veces, pienso para qué una casa grande cuando no puedo teneros, ni a ti, ni a mis pequeños.

Sólo se lo digo al papel. No temas. Tengo que seguir aquí. Os lo debo… Y también a ella. A Elena. Que se me fue de repente. Y eso me atormentará siempre, porque su ausencia ha permitido que yo cumpliera mi sueño.

Pero, hay días en que es duro este silencio. Comprendo que no debo quejarme. Pero añoro tu voz, tu sonrisa… Añoro ver crecer a mis pequeños… Y me rebelo.

Sólo quiero dejar de escuchar este silencio. Este terrible silencio.

Porque, en mi cabeza, cuando ahogo los recuerdos y el pensamiento, sólo escucho el silencio. El mismo silencio de  Elena aquella noche triste. El que me espera cada día en este cuarto… Su cuarto.

Y siento el mismo frío que sentí en su cara pálida… Cuando la besé tras reconocerla en aquel frío depósito.

Y yo lo intento. Pero no puedo. Te juro que lo intento. No quiero ni puedo pensar. Me hace daño.

Esta humedad me está enmoheciendo el alma.  Siempre tengo frío en el alma y en el cuerpo. Añoro nuestro sol, nuestro calor, el viento seco…

Y vuelvo a pensar en cosas locas.  Pienso que vuelo a veros sin necesidad de pagar un avión que no puedo.

Que ya soy libre.

Que lo dejo todo.

Que somos felices otra vez los cuatro juntos. Que Elena llama por Navidad para reírnos juntas. Que no ha pasado nada. Que ella no ha muerto.

Somos felices durmiendo en el suelo… Sin casa. Juntos.

Abro la ventana y entra un aire húmedo y frío. Os siento cerca…

Sé que me perdonarás. Porque no puedo más. Hoy, cuando es la luz del alba, siento que ya no soporto más este silencio.

A veces la nostalgia atrae más que la propia vida. En este papel está todo mi afecto. Vuelo a veros.

 

Miró el folio arrugado por las lágrimas y sintió una tristeza honda. Hacía años que era policía. Había visto casi de todo, o eso creía. Pensaba que tenía una coraza protectora y que nada podría ya afectarla.

Pero su corazón se había ido encogiendo a medida que leía las palabras, borrosas por las lágrimas, que aquella mujer había escrito. Encontraron el papel entre sus brazos. Como si estuviera abrazada a él.

Levantó la vista y vio parpadear las luces de la ambulancia. El sonido de la sirena ahogó por un momento el ruido de las voces que sonaban cerca.

Escucho cómo alguien de su equipo preguntaba por la mujer a sus compañeras de piso.

“Apenas hablaba con nosotras. Era amiga de Elena, que murió en un accidente. Vive aquí desde entonces, porque ocupó su lugar en el almacén. Antes no trabajaba. Había llegado buscando una vida mejor para los suyos. Últimamente se la veía triste. Apenas comía para enviarlo todo a su familia.

“Hoy, nos extrañó que no saliera del cuarto. Era muy puntual y nunca faltaba al trabajo. No respondió a nuestras llamadas.

“Por eso llamamos a la policía. Además, la puerta del cuarto estaba cerrada por dentro”.

Un final de esperanza para una historia infame

09/07/2015

Aquel 3 de julio fue lunes, y el papa llegaba unos días después. El descarrilamiento de un tren de la línea 1 de Metrovalencia causó la muerte de 43 personas y dejó 47 heridos. El más grave accidente de metro ocurrido en nuestro país.

Nueve años después, en las Cortes valencianas, con un nuevo gobierno, se ha pedido perdón a las víctimas por parte de todos los partidos. Todos menos el Partido Popular que ha gobernado estos nueve años.

En medio, una historia de infamia y vergüenza. Para escribir en los anales de la crueldad.

Rita Barberá era la alcaldesa de una ciudad herida aquella mañana de verano. E intentó ocultar la tragedia para no ensuciar la visita del papa. Una visita que costó cara a los valencianos, no sólo económicamente.

Ella, la que ha ninguneado a los familiares con soberbia cruel, también se ha ido de la alcaldía por la puerta de atrás.

Duele recordar cómo se cerró una investigación parlamentaria amañada en la que se ocultó datos, se aleccionó a los comparecientes, se sobornó a los fieles y se amenazó a los disidentes.

Una jueza cerró después la investigación judicial, en la que se negó a escuchar todo testimonio discrepante. Fue en Fallas, días antes de las elecciones autonómicas para no perjudicar al partido responsable. Nada importaba el dolor de familias enteras.

La misma jueza la reabrió tras la mayoría absoluta del Partido Popular, para cerrarla de nuevo de modo exculpatorio. Se trataba, al parecer, de enterrar la memoria del desastre cuanto antes. Y sin responsables. Toda la culpa, al conductor muerto que no puede defenderse.

Pero no todos aceptaron la infamia. Una periodista del diario Levante, Laura Ballester, continuó investigando, mediando, ayudando a la verdad a salir a flote, escribiendo, apoyando a las víctimas. Demostró que se puede ser comprometido y honesto hasta en situaciones extremas de manipulación. Y luchó por la dignidad de su oficio dando voz a los silenciados y esquivando las presiones del poder. Un ejemplo para los periodistas lacayos de Canal 9 que aceptaron sumisos la orden de ignorar la tragedia. Y para tantos otros.

Pero la verdad se escondía entre las líneas del periódico. Y apenas unas cuantas personas acompañaban en la Plaza de la Virgen a los familiares, cada día 3 de demasiados meses. Nueve largos años.

La mayoría de los valencianos parecíamos anestesiados.

Un programa de televisión de ámbito nacional consiguió lo que parecía imposible: que la sociedad valenciana se viera de una vez en el espejo. Su altavoz desveló nuevos datos estremecedores. Como que Cotino presionó e intentó sobornar a las víctimas.

Supimos que la tragedia pudo haberse evitado con un gasto ridículo en balizas de 3.000 euros. Que se intentó comprar el silencio de familiares con chantajes viles, casi mafiosos. Que desaparecieron pruebas.

Que se mintió respecto a accidentes previos, que se prohibió decir en la televisión pública la palabra “tragedia”, que nos engañaron una vez más, que ofendieron el dolor de las familias. Familias que cinco meses después del accidente seguían recibiendo restos de seres queridos mientras el gobierno valenciano vendía en la televisión de todos una rápida identificación.

El expresidente Camps ni tuvo la decencia de recibirlos,  y Alberto Fabra, su sucesor, los engañó. Hasta 19 veces se intentó abrir una investigación que el PP rechazó, usando su mayoría absolutista más que absoluta.

Por fin los causantes de la infamia han desaparecido del gobierno. El pueblo valenciano ha marcado la puerta de salida a los seres indignos que compraron el silencio, que pusieron su cargo por encima de sus ciudadanos. Que primaron el dinero y los eventos que pagaban las mismas familias a las que ofendían cada día.

El nuevo gobierno valenciano ha devuelto a las víctimas la esperanza en la justicia. Les ha devuelto la posibilidad de reparar su dolor. En las Cortes valencianas se ha escuchado por fin la palabra “perdón” en boca de los gobernantes.

Pero no habría sido posible sin una periodista valiente y honesta que luchó contra el olvido, que saltó vallas de censura, porque sabía que la obligación de un buen periodista es incomodar al poder y dar voz a los silenciados.

Porque la valía se demuestra en situaciones difíciles. Y es entonces cuando las personas como ella son gigantes, frente a la pequeñez y la miseria de quienes usan el poder para callarlas.

Y tampoco lo habría sido, sin esos familiares que han mantenido su dignidad contra la prepotencia y la crueldad de unos gobernantes que deberían haberlos servido, apoyado y paliado su dolor y que, por el contrario, se convirtieron en sus verdugos.

Hoy, todos los valencianos somos un poco más dignos. Y los días 3 de cada mes una plaza, vacía ya de dolor, nos lo recordará. Hoy hace inexplicablemente alegría porque se ha cumplido con el duelo.

Porque nuestros gobernantes están al servicio ciudadano y sufren con nosotros. Porque se han abierto puertas y ventanas.

Y el aire fresco corre, al fin, por los despachos oficiales, limpiando el rastro infame de la crueldad.

Un duro recorte de libertades y derechos

02/07/2015

Ayer empezamos a ser menos libres.

En España, ha entrado en vigor la siniestra Ley Mordaza. Una ley que lesiona derechos fundamentales como ha señalado la ONU.

Y también arranca el Código Penal más duro de la democracia, que nos devuelve a los años más tristes del franquismo.

Tenemos una pena de cárcel perpetua que no refuerza derechos de las víctimas, como repite el Gobierno del Partido Popular, sino que incide en la venganza por encima de la justicia. Aunque digan que es “revisable”.

La reforma del Código Penal no ayuda tampoco a luchar contra la corrupción, porque acorta el tiempo de instrucción de modo que casos como la Gurtel no estarían hoy en los juzgados.

La Ley Mordaza recorta derechos fundamentales como el de manifestación y libre expresión y sólo busca criminalizar y amordazar al ciudadano como afirma Jueces para la Democracia.

Da poderes, que sólo estaban en manos de los jueces, a policías sin formación legal, que podrán imponer sanciones siendo juez y parte.

No protege a los ciudadanos ni busca su seguridad, protege al Gobierno contra la crítica de sus ciudadanos. Blinda, de modo antidemocrático, las sedes de la soberanía popular e impide hasta los intentos de paralización de desahucios. Desahucios que considera ilegales hasta la tibia UE.

Los periodistas serán aún menos libres. No podrán informar de manifestaciones no autorizadas ni publicar fotos de la policía. Los policías sí pueden hacerlas de los manifestantes. Y sin identificarse ante ellos.

El profesor Fontana decía recientemente que la novela 1984 de Orwell acertaba en todo, pero que se equivocó de fecha en 30 años. Tenía razón.

El mismo Gobierno que aprueba esta ley dice por boca de su Ministra de Agricultura, respecto al referéndum griego, que las urnas son un problema para la democracia. Así lo verbalizó ayer, demostrando que está en su cargo sin saber qué es democracia. La democracia sólo es peligrosa para gobernantes nefastos como ella y su presidente Rajoy que la usan sin escrúpulos, la retuercen y adelgazan para que las urnas no los echen de la poltrona.

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD, decía el lema escrito en el siniestro Ministerio de la Verdad de la novela de Orwell.

Las políticas de austeridad impuestas por el dios Dinero y sus fieles deudócratas han esclavizado a los pueblos. Incautan riquezas sin necesidad de guerras convencionales. Invaden y desmembran países sin utilizar tropas.

A Grecia ya le han recordado que no tiene dinero, pero sí muchas islas.

Ningún gran medio de comunicación informa de la auditoría griega que demuestra que parte de su deuda es ilegítima. Sí lo hacen algunos independientes y minoritarios. Sólo se difunde el bulo del despilfarro y  de la irresponsabilidad de los griegos, que el Nobel de Economía, Paul Krugman ha señalado como falso.

El 85% del dinero prestado a sus bancos ha vuelto a los bancos alemanes y franceses sin tocar siquiera a la población griega. Le prestan para cobrar más caro y pronto, y no admiten demora ni condiciones. Son acreedores buitres y vampiros sin escrúpulos.

Nadie dice nada del sufrimiento intolerable de la población. Que sus impuestos han subido un 300%. Que los ingresos de los más débiles han bajado un 82%. Que salarios y funcionarios se han reducido más del 30%. O lo que es más grave, que los más ricos armadores no pagan impuestos.

El dinero omnipotente ha quebrado la empatía y la piedad. Europa sigue sus dictados y da una patada a la democracia y un aviso a navegantes españoles en la cara de Grecia. No es verdad que quieran sólo que pague, que también, quieren que se vaya Syriza, opción política elegida democráticamente. Un golpe de estado financiero desde los despachos del FMI.

Los que Kurgman llama fantaseadores, que han ignorado todos los principios de la macroeconomía y que se han equivocado siempre, tienen miedo de que se acabe su reinado.

La neolengua orweliana difunde desde los medios lacayos la mentira de que Grecia se va sola al abismo sin señalar quién la empuja.

Pero nadie puede obligarnos a adorar el dinero ni a callar ante la injustia. Ayer, las calles y las redes se llenaron de gente valiente llamando a resistir, también en Gandia. Gente que clamaba contra este mundo cruel y este estado policial que pretende regular hasta nuestras conciencias.

Albert Camus lo expresa a la perfección:

Una de las pocas posiciones filosóficas coherentes es la rebelión.

La bandera de la democracia, la libertad y los derechos civiles sigue viva y ondeando. No podrán callarnos. Resistiremos.

Porque a veces dos y dos son cinco.

La memoria es el perro más tonto

28/06/2015

La memoria es el perro más tonto. Le tiras un palo y te trae cualquier cosa.

Ray Loriga

Subía a aquel desván, el “sobrado” en las tierras castellanas de mi infancia, esperando siempre encontrar un tesoro entre sus trastos polvorientos.

En aquella cómoda antigua, de cajones desvencijados, había papeles, revistas antiguas, postales, fotografías de personas desconocidas que me miraban desde sus ojos vivos como si quisieran entablar conversación con la niña curiosa que perturbaba su reposo de años.

Mi abuela nunca me regañaba y permitía, con aquella paciencia sabia que la caracterizaba, que buceara en sus recuerdos sin descanso.

En una caja, perfectamente ordenadas, encontré una colección de postales que hablaban de un tren, de una muchacha rubia y hermosa y de una historia triste escrita por un autor que entonces desconocía, Ramón de Campoamor.

Ya no las conservo, ni sé de su paradero, pero Internet siempre te permite el milagro de encontrar los recuerdos en alguna de sus páginas.

Me llamaron la atención los dibujos primero, pero más tarde comprobé que los versos que los acompañaban se correspondían con las ilustraciones, y no eran sólo postales al uso sino un largo poema narrativo. Aunque estaban preparadas en el reverso para ser enviadas por correo.

No tardé mucho en leer aquella historia entera. Y ahora recuerdo que me paraba muchas veces a mirar la cara de aquella muchacha triste y hermosa a la que cobijaba un ángel.

El poema se titulaba El tren expreso. El tren era entonces para mí el recuerdo de mi primer viaje, a la temprana edad de tres años, con mis padres a Valencia.

Fue el primer contacto con el mar, con las naranjas en los barcos atracados en el puerto, con la playa de arena fina. Un recuerdo imborrable que llevo siempre asociado al larguísimo viaje en tren que me pasé dormitando en el regazo de mi madre.

Y en aquellas postales se hablaba también de un tren que para mí era el camino al mar, a lo desconocido y a la belleza de una tierra tan diferente de la mía.

Poco podía sospechar que sería mi tierra de acogida años después.

Estos días he encontrado los recuerdos de infancia del poeta García Montero. En ellos cuenta que el poema de Campoamor era el favorito de su padre. No lo leía en postales sino en un viejo libro de poemas, y sus recuerdos coinciden con los míos:

Aquel poema, con planteamiento, nudo y desenlace, tuvo para mí la fuerza de una novela de aventuras, que no ocurría en ninguna isla, ni siquiera en un tren, sino en los paisajes interiores de unos seres humanos. La poesía tiene mucho de novela radical de aventuras, deseos y pensamientos sucedidos en la intimidad. Cansado de que en cada lectura muriese ella, tan rubia, tan hermosa, escribí un final distinto para El tren expreso, con un amor lleno de felicidad. Fueron los primeros versos que escribí, con apenas 10 años. Había aprendido que la literatura es un ajuste de cuentas, un modo de situarse ante la costumbre de las ilusiones fracasadas.

Yo no escribí ningún poema. Sólo repasaba las postales, una y otra vez, hasta llegar al triste final. Y aquel tren humeante me parecía el camino a un final trágico y tan diferente de mi experiencia que sentía una especie de culpa ante la desgracia ajena.

Aquel tren era para Campoamor un enemigo de la paz idílica de la naturaleza. Un instrumento diabólico que rompía la armonía de las aldeas con su ruido infernal y sus humeante máquina invasora:

¡Calor de fragua a un lado; al otro frío!

¡Lamentos de la máquina, espantosos,

que agregan el terror y el desvarío

a todos estos limbos misteriosos!…

¡Las rocas, que parecen esqueletos!…

¡Las nubes, con entrañas abrasadas!…

¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!…

No conocía todavía la grandilocuente retórica heredada del Romanticismo y aplicada al miedo a la modernidad que desplegaba el autor.

Aquellos versos tenían para mí más de historia novelesca que de retrato sociológico.

El tren permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y las conversaciones. Y la relación entre un autor y un lector se parece mucho a la complicidad de dos extraños sentados en el mismo vagón.

dice García Montero.

Esa era mi relación con los protagonistas del poema.

Porque he sentido la misma impresión que describe Campoamor siempre que viajo en tren. Un medio que me atrae de modo irremisible desde mi infancia. Trenes y estaciones que recorrí de la mano de mi padre tantas veces…

Las cosas que miramos

se vuelven hacia atrás en el instante

que nosotros pasamos,

y conforme va el tren hacia adelante,

parece que desandan lo que andamos;

y a sus puestos volviéndose, huyen

y huyen en raudo movimiento

los postes del telégrafo clavados

en fila a los costados del camino…

Supongo que mi abuela guardaba aquel poema por el homenaje que a Zamora y a sus mantas se hace en él. Ella era una mujer amante de su tierra y, en su centenario, -porque llegó a los 106 años de vida- nos regaló a todos sus nietos una manta zamorana en miniatura como recuerdo. Manta que reproduce los colores de la bandera  de Zamora y de su historia.

Y creyendo invadidos por el hielo

aquellos pies tan lindos,

desdoblando mi manta zamorana,

que tenía más borlas verde y grana

que todos los cerezos y los guindos

que en Zamora se crían,

cual si fuese una madre cuidadosa,

con la cabeza ya vertiginosa,

le tapé aquellos pies, que bien podrían

ocultarse en el cáliz de una rosa.

La bandera de la ciudad de Zamora, conocida como la «Seña Bermeja», se compone de ocho tiras rojas,

que representan las ocho victorias obtenidas por Viriato sobre diversos pretores y cónsules romanos, y una banda verde esmeralda. Banda que Fernando V de Castilla colgaba sobre su hombro y que colocó coronando la Seña Bermeja, en recompensa y reconocimiento de los auxilios prestados en la batalla de Toro.

Los versos llenos de ripios de Campoamor eran entonces mis primeros pasos por una poesía narrativa que sólo tenía de poético el nombre y las sílabas contadas. Además de las rimas disonantes.

Es curioso que no recordara este poema cuando estudiaba la escasa calidad literaria de su autor. Tampoco, cuando explicaba a mis alumnos que sus humoradas servían como regalo escrito en los abanicos de algunas de sus amigas.

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira

todo es según el color

del cristal con que se mira.

Aquel mundo, entre lo romántico y lo costumbrista, era la lectura preferida de las mujeres que, como mi abuela, sin apenas formación literaria, eran lectoras empedernidas que como decía Cervantes, “leían hasta los papeles que encontraban en el suelo”.

Siempre he pensado que mi afición lectora vino de su mano. Desde los cuentos troquelados, hermosísimos, que compraba a unas monjas viajeras que llamaban a nuestra puerta, hasta los hallazgos impagables de aquel “sobrado” en el que encontré tesoros que he ido guardando en los archivos de mi memoria y han vuelto a mí, como en un milagro, años después.

Hoy, los viajes en tren han perdido un poco el halo romántico de las conversaciones entre compañeros de viaje. El móvil aísla a los viajeros y, a la vez, los hace partícipes involuntarios de las intimidades del vecino.

Algunas veces, pocas, alguna mujer mayor se sienta a nuestro lado y nos cuenta la causa de su viaje, la enfermedad que la obliga a viajar a la ciudad para una revisión médica. Nos habla del tiempo, de cómo ha cambiado todo, de sus nietos y de sus estudios…

Y entonces vuelve la magia del tren que tan bien describen las palabras de García Montero

Los viajes en tren son propicios a las conversaciones, crean la intimidad movediza de las historias de amor o de los conjurados que se ponen de acuerdo por unas horas para ajustarle las cuentas a las precariedades de la vida. Eso repiten las narraciones y los versos del tren.

Yo también, como él, debo mucho de lo que he escrito y leído a mis viajes en tren.

No sé por qué, en él encuentro la dosis justa de soledad y de compañía que me permite reflexionar, contemplar, escuchar la vida que pasa a mi alrededor mientras me escondo tras un libro, un bolígrafo o un cuaderno.

Porque la literatura puede seguir más allá de la muerte, como la triste y hermosa carta que llega a las manos del protagonista de El tren expreso, un año después, en la cita con la hermosa desconocida

«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,

cuenta os dará de la memoria mía.

Aquel fantasma soy que, por gustaros,

jugó a estar viva a vuestro lado un día.

Cuando lleve esta carta a vuestro oído

el eco de mi amor y mis dolores,

el cuerpo en que mi espíritu ha vivido

ya durmiendo estará bajo unas flores.

Pero la vida sigue inexorable. Y la literatura nos consuela de la muerte, como también nos consuela de la vida y nos ayuda a soportarla, a entenderla y a vivirla.

El perro tonto de la memoria me ha traído este día un recuerdo imborrable que guardaba en los archivos del cerebro entre postales, trenes, días de infancia y poemas románticos.

No ha sido cualquier cosa.

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