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El profeta de Wall Street

11/06/2018

 

Junio
11

El hombre que vendió la torre Eiffel

El conde Viktor Lustig, profeta de los genios de Wall Street, se llamó con varios nombres y varios títulos nobiliarios, residió en varias cárceles de varios países, y en varias lenguas supo mentir con toda sinceridad.
En este mediodía del año 1925, el conde estaba leyendo el diario en el hotel Crillon, en París, cuando se le ocurrió una de esas buenas ideas que le permitían matar el hambre cuando se aburría de jugar al póquer.
Y vendió la torre Eiffel.
Imprimió papeles y sobres con el emblema de la alcaldía de París, y con la complicidad de algún ingeniero amigo inventó informes técnicos que demostraban que la torre estaba cayéndose, por irreparables errores de construcción.
El conde visitó a los posibles candidatos, uno por uno, y los invitó a comprar, a precio de ganga, miles y miles de toneladas de hierro. El asunto era secreto. Por tratarse del más notorio símbolo de la nación francesa, era preciso evitar a toda costa el escándalo público. Las ventas se realizaron en silencio y con urgencia, porque el derrumbe de la torre no iba a demorar.

 

EDUARDO GALEANO, Los hijos de los días

 

La voz del mundo

20/05/2018

 

 

 

Enero
27

 

Para que escuches el mundo

Hoy nació, en 1756, Wolfgang Amadeus Mozart.
Siglos después, hasta los bebés aman la música que nos dejó.

Está comprobado, muchas veces y en muchos lugares, que el recién nacido llora menos y duerme mejor cuando escucha la música de Mozart.

Es la mejor bienvenida al mundo, la manera mejor de decirle:
—Esta es tu nueva casa. Y así suena

Los hijos de los días, Eduardo Galeano

 

 

 

Rafael Chirbes vuelve a su lengua materna

16/05/2018

 

 

Tuve el honor de conocer a Rafael Chirbes en 1996, en la antigua sede de la librería Ambra. El autor volvía a su tierra para presentar su novela La larga marcha que lo daría a conocer a nivel mundial mucho antes que en su propio país.

Rafael Chirbes inició su larga marcha desde su Tavernes natal, muy joven. Era apenas un niño cuando, tras perder a su padre, fue enviado a un orfanato en Ávila.

El niño mediterráneo que había nacido y crecido junto al mar, entre huertos y en un clima suave, propicio al contacto humano, a las comidas al aire libre y a la vida en la calle, fue arrancado de su paraíso para recalar en las frías tierras castellanas en las que viviría muchos años. “Las hoscas tierras del interior”, a las que sin embargo adoraba, fueron su paisaje cotidiano.

Como dice el poeta, Juan Gelman:

No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. 
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y
nadie nos corta la memoria, la lengua…

En esos años duros de formación lee a Blasco Ibáñez y, en sus descripciones, encuentra sus propias raíces. Así lo recuerda en Mediterráneos:

Ya no vivía en Valencia y sólo volvía a mi tierra esporádicamente. Las páginas de Blasco en una ciudad castellana me trajeron, quizá por primera vez en la vida, un sentimiento que luego me ha acompañado en tantas ocasiones: la añoranza de pertenecer a alguna parte.

Y luego vino la universidad madrileña en la que se comprometió, para nunca dejar de ser “la voz de la verdad” como lo define Jorge Herralde, lo que le costó pasar por la siniestra DGS franquista. Aunque nunca le gustara recordarlo, y sí resaltar su tarea solidaria en barrios deprimidos para alfabetizar a los más débiles. En la universidad completó su formación sentimental y política de “heredero de la derrota” y portavoz de la herencia silenciada.

Después, un seminario de crítica literaria le permitió perfeccionar su estilo:

Con Blanco Aguinaga aprendí la literatura como forma de conocimiento. (…) como ineludible sismógrafo (o policía) de su tiempo.

Porque Chirbes escribía desde los cinco años. Y a los tres, ya leía empujado por un padre obsesionado por que su hijo ascendiera por la vía de la cultura. Y el libro en el que aprendió a hacerlo lo guardó con mimo durante toda su vida.

Luego vino París y Marruecos donde encontró las huellas de su infancia mediterránea:

Viví en Marruecos durante algún tiempo y allí, en un país de hombres que escriben de derecha a izquierda, los naranjos de Sidi Silimán me devolvían reflejos de los de Tavernes y Alzira. Luego me enteré de que si se parecían tanto era porque habían sido plantados precisamente por gente de esa tierra que es la mía: gente que escribe de izquierda a derecha.

Y, al fin, llega en los ochenta la oportunidad de publicar. Su novela Mimoun queda finalista del prestigioso premio Herralde y se gana a los críticos y lectores más alternativos.

Se instala entonces en Extremadura, en un pequeño pueblo en el que escribe, lee y piensa lejos de fastos y conspiraciones de la corte madrileña de escritores y críticos domesticados. Necesitaba aislarse y vivir en pueblos minúsculos para descontaminarse de un lenguaje y pensamiento únicos, según sus propias palabras.

Chirbes siempre fue un novelista sin dueño con todo lo que ello comporta, incluido el aislamiento.

Tiene que ser un prestigioso crítico alemán quien descubra a los españoles a uno de sus mejores escritores. Precisamente fue la novela La larga marcha la que deslumbró a Marcel Reich-Ranicki  quien no dudó en decir que ese libro era el que necesitaba Europa.

En Alemania, el arte literario cobra sentido público y no es sólo un ansiolítico de mesilla de noche, dijo Chirbes al ser preguntado por la razón de su éxito en ese país y no en el suyo.

Y es que en España Chirbes era una voz incómoda, un aguafiestas que ponía en duda los fastos de unos años noventa del siglo pasado que envolvían en oropeles unos pretendidos logros económicos. Que escondían dentro el embrión de la corrupción y de la podredumbre y que nos estallarían en la cara a todos años más tarde.

La vida le dio la razón al aguafiestas y, tras siete libros lúcidos y magníficos de lectores minoritarios, llegó el éxito con Crematorio y En la orilla.

El éxito no es porque ahora me escuchen más, dijo, sino porque con la crisis todos sin excepción sienten en carne propia la decepción, la derrota y la traición y empiezan a soportar el insoportable peso del vertedero sobre sus espaldas.

Porque sin ideales es posible vivir y cerrar los ojos a la realidad, pero es casi imposible hacerlo sin dinero.

“Mi generación vendió sus ideales por un BMW” dijo Chirbes en Gandia, en la presentación ya citada.

“Hoy el escritor vuelve a tener dueño, a vivir en un palacio, a ser como el escritor de antes del Renacimiento. Escritores y críticos están presos de los grupos multimedia” dijo también entonces. Y es inquietante escuchar estas sabias y proféticas palabras dichas en 1996 y comprobar que hoy, muchos años después, se empiezan a repetir tímidamente cuando el desastre se ha consumado. Él lo tenía ya muy claro entonces.

La larga marcha era su quinta novela. Cuatro años antes, Chirbes había publicado la que presentamos hoy traducida a su lengua materna: La buena letra.

En ella vuelve a las raíces de su infancia, a aquel paisaje perdido en las nieblas de la memoria y recuperado a fogonazos en países hermanos.

Y lo hace en una época de dinero fácil, en un país que preparaba los fastos del 92. Donde el altivo ministro de economía proclamaba que España era el país en el que se puede ganar más dinero en menos tiempo.

Un tiempo en el que se olvidaba la sangre derramada en el pasado de una guerra reciente, tras un golpe de estado que quebró la legalidad republicana.

El autor pretende fabricar con este libro un antídoto contra los dos grandes males que nos infectaban: la codicia y la desmemoria. Dos males que, aliados, nos han traído a esta situación de derribo moral, político y social que padecemos. Y que Chirbes no sólo vio, sino que escribió y denunció sin descanso para los que  quisieron escucharlo.

Quiso con esta novela salvarse a sí mismo, si no podía salvar a otros.

Almacenar en algún lugar las briznas de esa energía del pasado que desactivaban, guardar trazas de la página de historia que arrancaban, salvar la parte de mí mismo que naufragaba en aquel confuso vórtice.

Dice en el prólogo a la reedición de esta novela en el año 2000.

No encontraba mi lugar en el nuevo mundo que estaba naciendo. (…) Por aquellos días en los que los valores se invirtieron bruscamente, tenía la impresión de que no sabía quién era yo.

Porque para Chirbes la novela es un modo de conocimiento. Sirve para organizar el pesimismo. Para gestionar la realidad sin concesiones, aunque duela. Y por eso eliminó de La buena letra el último episodio. Porque era engañoso, daba falsas esperanzas, traicionaba al lector: “No soy cura, ni psicólogo, ni político, no doy esperanzas, no engaño. No hago editoriales, sino novelas”, nos dice tajante.

Aquel final de la edición de 1992 concedía que “el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia (…), acaba poniendo las cosas en su sitio”. Diez años después el autor considera semejante idea “una filosofía inaceptable, por engañosa”, habida cuenta de que el tiempo agranda las injusticias.

A Chirbes, escribir lo salva. Lo ayuda a desembarrarse y a soportar la verdad desnuda. No le gustaba lo que pasaba, y denunciarlo lo ayudaba a sobrevivir.

No es casualidad que, en estos años de traiciones en los que los de su generación vendieron su alma por dinero, y en los que sentía que se incubaba el huevo de la serpiente, Chirbes vuelva los ojos a su infancia, a su hábitat mediterráneo y escriba La buena letra.

Tiene poco más de cuarenta años y mira al pasado para hablarle a sus contemporáneos. Esos que han renunciado a la memoria en brazos de la codicia del presente y que los dejará sin futuro.

Y lo hace a través de una voz femenina. Dulce y dura a la vez. Lúcida y confusa por la pena que la ahoga. Encerrada en un mundo de sombras en el que pierde el contacto con el mundo que iba a ser mejor y resultó falso. Un mundo en el que ella quiere apuntalar recuerdos para que remuevan el alma de los que no saben ni quieren saber de dónde vienen. De los que, ciegos por el brillo del dinero, han perdido la capacidad de apreciar el verdadero valor de lo que importa.

Decía Balzac que la novela es la vida privada de las naciones, y Chirbes relata la historia de los años noventa a través de una historia privada que denuncia, más que mil proclamas, las contradicciones de una época.

Para la anciana protagonista, Ana, la memoria es imprescindible, aunque duela. Necesita hacer hablar a los muertos para que le ayuden a recuperar su pasado. Porque olvidar el pasado es una traición. La España del 92 traicionó ese pasado y silenció a muertos y vivos. Los lujos de una economía engañosa enterraron de nuevo en cunetas y muros de cementerio a los que lucharon por la legalidad y sellaron también la boca de sus herederos.

La humilde costurera Ana denuncia el hundimiento moral, social y humano y se pregunta para qué tanto sufrimiento si los que tenían ideales han perdido la guerra, la posguerra y hasta la Transición. ¿De qué sirve ser leal a unos principios, cuando hasta tu misma familia los traiciona?

Ana reprocha a los suyos que acepten humillaciones. Chirbes parece hacerlo con los que en el 92 no quieren recordar. Los que humillan y desprecian los padecimientos de sus padres a cambio de poder.

Ana es traicionada por Antonio, que olvida las penalidades que por él han pasado para aliarse con sus verdugos. Por su marido, que renuncia a luchar por ella y por su familia y se deja morir. Por Isabel, la altiva arribista que los usa para medrar. Y hasta por su propio hijo. Seducido por la conveniencia, el ascenso sin escrúpulos, la codicia, la hipocresía de los que tienen buena letra y mejor palabrería para ocultar sus maldades. Imposible no relacionar estas traiciones con el pacto de olvido en nombre de un futuro engañoso en la Transición.

Ana sufre más en la posguerra que en la propia guerra. Llega a añorar las bombas y el miedo que le parecen amables al lado de la sospecha, la extorsión y la traición de los que ama. Una Transición imperfecta pisoteó los ideales de muchos y quienes debieron defenderlos no lo hicieron. Y la idea de que nada queda es más dura que la derrota del 39. La guerra trajo miseria y dolor, la Transición ha traído la indignidad del olvido.

Me acordaba de que tu padre me contó en cierta ocasión que los marineros se niegan a aprender a nadar porque así, en caso de naufragio, se ahogan enseguida y no tienen tiempo de sufrir.

Le dice Ana a su hijo al final de la novela. Y se lo dice a sí misma esperando el final piadoso de la muerte.

Mientras, calienta su vida con recuerdos. Recuerdos vivos que se sustentan en la honestidad y en la lealtad. Porque vivir rodeada de traiciones es duro, y ya hasta el sufrimiento es inútil. No tiene sentido. Sólo el recuerdo del pasado puede paliar el desastre del futuro.

La protagonista cose recuerdos como escudo con puntadas de dolor, de angustia y de humillación. Se protege contra la buena letra que es el disfraz de las mentiras. Las que ocultan la hipocresía y la maldad de la traición, que en la vida privada vienen de ella, la que no tiene nombre hasta muchas páginas después. La Isabel de las bes y las eles como velas de barco que esconde en su falsa cultura su intolerable falta de escrúpulos.

Chirbes, de modo significativo, dedica La buena letra “a mis sombras”.  Esta novela es una de las que lleva más carga biográfica del autor. Una de sus novelas preferidas y la más encriptada, quizá por lo que implicaba en lo personal.

Es una novela de sombras, de susurros al modo de la extraordinaria Pedro Páramo de Juan Rulfo. De fotografías borrosas como la de la boda de Ana, de paisajes de niebla, de signos crípticos de nieve sobre cuerpos agonizantes…

Mientras la escribía, la madre de Rafael Chirbes padecía demencia y él había perdido a dos amigos íntimos. La muerte y el dolor lo cercaban.

Recuerdo a mis amigos muertos (…) se me va imponiendo la necesidad de contarlos a ellos, de rescatar pedazos de ellos. Me asalta el recuerdo de nuestra infancia y juventud, de nuestras ilusiones rotas y, de repente, necesito emprender el esfuerzo de reparar en la medida de lo posible la injusticia que los ha arrebatado.

Confiesa que lloró leyéndo este libro durante tres años y luego lo apartó, hasta que restauró su confianza en el al eliminar el capítulo final ya citado y reconciliarlo y reconciliarse con la semántica literaria.

En Alemania, se vendieron en una semana más de 50.000 ejemplares y desde entonces no ha dejado de hacerse.

La buena letra está incrustada en su autor como una víscera, dice el editor Jorge Herralde.

Ana se ata a los recuerdos para salvarlos, como Chirbes hace lo propio para no perder la memoria de lo que fue y de lo que fuimos. Para no olvidar lo que decide olvidar la historia oficial.

La “historia oficial” no designa el conjunto de la producción de  historiadores sino  las políticas de la memoria. Chirbes pensaba que carecíamos de tradición memorialística en España por falta de una sociedad civil fuerte y culta. El año 2000 se constituyó la primera Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Y La buena letra y Los disparos del cazador, unidas en ese mismo año en el volumen titulado Pecados originales, conceden un lugar principal a los testigos y a su experiencia como forma de conocer el pasado.

Chirbes no tenía recuerdos de la guerra, pero sí los conocía a través de su madre y abuela como nos cuenta en Mediterráneos:

Los habitantes de las orillas de este mar, aparcan la razón cada cierto tiempo. Las noches de Venecia se tiñen con las luces de los bombardeos del otro lado del Adriático. En esas noches volvía a recordar las bombas que caían medio siglo antes entre las viñas de moscatel de Denia y de las que tantas veces y con tanto dolor me hablaron mi madre y mi abuela.

Y escuchamos la voz de Ana y de la abuelas María y Luisa en La buena letra con la mirada puesta en el horizonte iluminado por los bombardeos.

Todo el libro tiene una estructura fragmentaria, como un rompecabezas cosido con la voluntad del recuerdo. Y que parece ahogar a la protagonista.

Y desde la dura y triste historia de la anciana, perdedora de una guerra y vapuleada por la vida, se narra la historia de un país entero. Porque Ana se define y afirma frente a la figura de su cuñada Isabel que aplasta a quienes considera inferiores tras aprovecharse de ellos. Al igual que una clase vencedora pacta el olvido para seguir aplastando a los vencidos, una vez más, en la Transición.

Pero a Ana la traición que más le duele es la de su hijo. Porque ha olvidado sus orígenes y se vende a los viejos tópicos franquistas: poder, arribismo, falta de escrúpulos. Como a Chirbes le duele la traición de sus antiguos compañeros de lucha que cambiaron la verdad por dinero.

Ana no perdona a su hijo que hable de bienestar para justificar la venta de la casa familiar. Que hable de bien para justificar el mal definitivo que es vender los recuerdos.

Que necesite olvidar el pasado familiar para poder relacionarse con los vencedores y medrar a su amparo, de ahí que no entienda la vinculación de su madre con la vieja vivienda, el valor de la casa como símbolo de su identidad y memoria.

Que su madre no le importe, ni el sufrimiento, ni el pasado, ni las ilusiones, ni los recuerdos. Sólo el buen pellizco, el solar, la especulación…

La sombra de la traición es alargada y deja vacía a Ana.

Por eso habla, para que el sufrimiento no se esfume con ella.

Cuando Chirbes se siente derrotado y vencido como Ana, también se salva contándolo:

Se apodera de mí, dice, la urgencia de levantar algo contra todo eso, aunque no sea más que un frágil dique de folios. Algo que me salve, que salve retazos de cuanto he vivido, pedazos de quienes se fueron sin posibilidad de contar parte de la historia que compartieron conmigo, de quienes aún están pero ya han perdido toda esperanza (…) Y esa necesidad se hace más imperiosa cuando veo la televisión, escucho la radio, leo periódicos, oigo todos los lenguajes que nos envuelven (…) me llegan las palabras cínicas de los políticos, enseñándonos el forro de la historia como si fuera su superficie, escamoteando, mintiendo, y veo la íntima desesperación de quienes se cruzan conmigo por la calle.

La misma desesperación que siente Ana ante las sucesivas traiciones que la aplastan.

Ambos comparten la rebeldía como último recurso contra el mal. Ana se niega a plegarse a los deseos de su hijo. Chirbes nunca calló la verdad aunque le hiciera daño.

La buena letra es un monodiálogo de la narradora que implica fuertemente al lector desde la primera línea. Está formado por 56 brevísimos capítulos que a partir del 19 van adelgazándose como si la voz de Ana se quebrara. Su aspecto es el de una confesión laica, el de un testimonio que adopta la forma de un balance vital.

La susurrante voz de Ana nos llega muy dentro. Y con ella, la voz del propio Chirbes. Su fuerte y dura denuncia, su dolor, su lucidez, su desaliento quedan paliados por una dulzura intrínseca que surge de las sensaciones y los sentimientos: el olor a madreselva, el del mar, los colores de los huertos, la magia del cine que hace olvidar las miserias cotidianas, la sencillez de ser feliz con lo mínimo, la capacidad de amar para salvarse y para seguir luchando.

El estilo de Chirbes, siempre ajustado y certero, en este libro es de una rara perfección. Cada palabra, cada metáfora, cada anécdota encajan con precisión. Nada falta ni sobra, y al leer sentimos la caricia de una voz dulce que desgrana amargas desgracias, sucias traiciones y bellos recuerdos. Sentimos el miedo de fusilamientos y bombardeos, el hambre, el frío, la miseria de los trenes atestados, la pegajosa baba de la sospecha, pero también la ternura de una madre con sus hijos, la alegría de comidas familiares, la satisfacción de los domingos antes de la llegada de la intrusa, antes del desastre final. Apenas una pausa entre dos desastres, pero que sirve a Ana para defender la dignidad perdida y soportar la verdad.

Creo que ha sido un acierto elegir precisamente esta novela para ser traducida a la lengua materna del autor, el valenciano.

Decía Rafael Chirbes que “el idioma es un almacén en el que se recoge la experiencia de cada pueblo”. En su magnífico estudio De lugares y lenguas donde analiza la obra de Max Aub y de Blasco Ibáñez, Chirbes afirma que estos novelistas se enfrentaban como lo hacía él, a la dificultad de querer novelar en una lengua una realidad que, al menos en buena parte, se desarrolla en otra:

La lengua nace de la historia y colorea la visión que cada individuo tiene del mundo. La añoranza de una lengua (…) no es sólo la melancolía por un timbre de voz, por unos ecos que provienen de las oscuras habitaciones de la infancia y que por eso nos calientan el corazón cuando los oímos después de cierto tiempo de ausencia del lugar original. (…) La lengua es seguramente el rasgo más sólido que define al hombre como miembro de una tribu.

Al leer en su lengua materna El Tirant confiesa Chirbes sentir la añoranza de haber perdido el valenciano para su escritura:

Martorell me está hablando en un código familiar del que participo, en el que nadie me enseñó nunca a leer (…) Los azares de la vida me han llevado a escribir en una lengua que no fue la mis abuelos y padres, ni es la de mis hermanos y sobrinos (…) No sé lo que eso quiere decir. Sé que significa algo que me desazona. (…) Me hace sentirme a disgusto como si tuvieran que luchar el niño que aprendió a decir cuanto necesitaba en una lengua y el hombre que aprendió a escribir en otra.

Y confesaba en una de sus últimas entrevistas, en 2015:

Cuando escucho a políticos valencianos infames hablando un castellano chulesco me arrodillo y  rezo a san Juan de la Cruz, a Machado, a Max Aub, a Galdós y me digo que el castellano no es propiedad de los herederos ideológicos de la Falange, sino que se trata de una lengua maravillosa que hablan millones de personas a las dos orillas del Atlántico y con una historia de escritores de España y de fuera que admiro (…). Igual cuando oigo a estos mismos políticos hablar un valenciano chulesco, sé que la lengua que hablan no es la mía, ni la de March y Martorell, que eran vecinos míos de la Safor. (…)

España no es la que corrompió el franquismo hasta el punto de manchar hasta su nombre, es la que defendió fusil en mano mi padre y los que debieron abandonarla para no morir como Max Aub o Cernuda. Madrid no es Cospedal o Rajoy, es la ciudad martirizada tres años en la guerra y que admiró al mundo,

concluye.

Porque las lenguas son inocentes de todo pecado y sólo las manchan algunos miserables que las usan de modo perverso.

Le dolía no poder escribir en valenciano pero también reconocía las ventajas de hacerlo en castellano. Porque hacerlo le permitía enfriar la mirada y distanciarse sentimentalmente en la lengua aprendida, ser más preciso, porque en castellano nunca daba por supuestos los significados de las palabras. De ahí su precisión estilística y su rara habilidad para describir y narrar.

Esta magnífica traducción de Carles Mulet, La bona lletra, viene a diluir la desazón de la que hablaba Chirbes y también a reparar una injusticia: la de aquellos que fueron obligados a leer y escribir en una lengua impuesta. Condenados a ser analfabetos en su lengua materna.

La confesión laica de Ana en La buena letra merece ser leída en la lengua en la que su protagonista sentía y sufría. Este drama rural de resonancias universales que cuenta la historia de una época ve la luz de nuevo traducida a su código propio, el que latía en el corazón de su autor y que, debido a la intransigencia de los que mancharon el nombre de tantas cosas, fue borrado de un plumazo.

Dice Juan Villoro que la escritura es el desafío que alguien acepta para encontrarse consigo mismo. Y precisa:

Al traducir, la situación cambia en cierto sentido. El traductor está y no está solo; es algo más que un lector y algo menos que un autor. El aislamiento del lector es invadido por el del autor. El intercambio de soledades define el acto de trasvasar idiomas. Aunque sólo haya un hombre en el cuarto, en realidad hay dos. El traductor se imagina como una especie de fantasma de ese otro hombre, que simultáneamente está y no está ahí, y cuyo libro es y no es el mismo que él está traduciendo.

También hay algo de esa dualidad en los lectores de una buena traducción. Porque al ver las palabras ya conocidas en una lengua diferente, al sentir los significados codificados en otro sistema, el lector revive sentimientos  experimentados ya y algunos nuevos. Porque la poesía de la magnífica prosa de Chirbes permanece por encima de las palabras. Es más, cobra sentido nuevo la oralidad de la novela, porque la protagonista pensaba y sentía en valenciano.

He perdido la cuenta de las veces que he leído esta obra en castellano. Confieso que me inquietaba hacerlo ahora en valenciano y tenía curiosidad por saber lo que sentiría. Me preguntaba si es posible que el lenguaje literario pase sin pérdida a otro idioma.

Al leerla ahora en un código aprendido por mí y que no es el mío materno, he sentido de nuevo en toda su extensión su rara belleza y la perfección de su estilo. He oído hablar a sus protagonistas en su lengua y muchas cosas han encontrado el lugar exacto que necesitaban. Y pienso que para los hablantes valencianos se multiplicará ese efecto. Porque la lengua materna siempre multiplica los ecos de cada sentido, y las palabras llevan consigo una carga sentimental suplementaria. Toda lengua tiene peculiaridades imborrables, semejantes al sabor de los primeros frutos y a las voces dispersas de la infancia.

Y por ello quiero felicitar al traductor, Carles Mulet por haberlo logrado,  a la editorial Lletra Impresa por abordar el reto y a la Fundació Rafael Chirbes por impulsarla.

La obra ya era perfecta en castellano, pero ahora tiene un valor añadido para mí. He sentido fluir, natural y poéticamente, la belleza de este libro en valenciano. Esta musical y hermosa lengua que escucho cada día y que admiro, respeto y amo aunque no sea la mía.

Y creo que se ha hecho al fin justicia. Justicia poética.

 

 

 

Texto leído en la presentación de La bona lletra, en la librería Ambra 

Gandia, 26 de abril de 2018

 

Andar

14/05/2018

 

 

Andando según se anda

Yo me invento:

Y ante el inmenso silencio,

 hago real lo que creo.

Gabriel Celaya

 

Le resultaba difícil caminar. Sentía el alma cansada por la lucha constante.

Ansiaba ser otro sin perder la perspectiva.

Lograr la mutación.

Andar seguro, sin escuchar halagos, sin lamentar errores.

Sólo siguiendo la estela de la esperanza.

La denostada y difícil esperanza en la que, sin embargo, creía.

Día nuevo

08/05/2018

 

Olor a café.

Aromas de azahar en la ventana.

Este sol de primavera tímida

que rompe un cielo brumoso.

Es la vida que vuelve.

Un nuevo día.

Hay esperanza.

Desgarro

06/04/2018

 

Cogió el alma y la deshizo en palabras torpes. Buscó en manos expertas apoyo y guía.

Pero el alma se impuso y dictó sus leyes.

Se expuso demasiado. Abrió ventanas que debieron permanecer cerradas.

El aire a veces hace daño.

 

Imagen: “Regard intérieur”, Anne-Marie Zilberman

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