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La relectura de Galeano duele

10/12/2016

 

Sólo hay que cambiar Bush por Trump. La guerra de Afganistán se ha demostrado que no sólo no fue un éxito, sino que es el origen de muchos de los males que ahora nos aplastan. El ninguneo de amenaza del calentamiento global no sólo hará toser a los pájaros, nos matará lentamente.

El Estado de Bienestar agoniza envuelto en mentiras que le atribuyen el origen de la crisis, cuando esta se debe a la codicia de los insaciables que más tienen y quieren aún más. Los mismos que ahora siguen gobernando el mundo.

Las fronteras se cierran a los que huyen del horror y tienen derecho al asilo. Y la ultraderecha xenófoba crece cada día en la vieja y desnortada Europa

Nada que celebrar en este 10 de diciembre, Día Mundial de los Derechos Humanos. “La declaración proclama, la realidad traiciona.”

 

NI DERECHOS, NI HUMANOS, como decía el lúcido Galeano.

Si la maquinaria militar no mata, se oxida. El presidente del planeta anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán las próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán, que castigó a los castigados y mató a los muertos; y ya se necesitan enemigos nuevos.

Pero nada tienen de nuevo las banderas: la voluntad de Dios, la amenaza terrorista y los derechos humanos. Tengo la impresión de que George W Bush no es exactamente el tipo de traductor que Dios elegiría, si tuviera algo que decirnos; y el peligro terrorista resulta cada vez menos convincente como coartada del terrorismo militar. ¿Y los derechos humanos? ¿Seguirán siendo pretextos útiles para quienes los hacen puré?

Hace más de medio siglo que las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no hay documento internacional más citado y elogiado.

No es por criticar, pero a esta altura me parece evidente que a la declaración le falta mucho más que lo que tiene. Por ejemplo, allí no figura el más elemental de los derechos, el derecho a respirar, que se ha hecho impracticable en este mundo donde los pájaros tosen. Ni figura el derecho a caminar, que ya ha pasado a la categoría de hazaña ahora que sólo quedan dos clases de peatones, los rápidos y los muertos. Y tampoco figura el derecho a la indignación, que es lo menos que la dignidad humana puede exigir cuando se la condena a ser indigna, ni el derecho a luchar por otro mundo posible cuando se ha hecho imposible el mundo tal cual es.

En los 30 artículos de la declaración, la palabra libertad es la que más se repite. La libertad de trabajar, ganar un salario justo y fundar sindicatos, pongamos por caso, está garantizada en el artículo 23. Pero son cada vez más los trabajadores que no tienen, hoy por hoy, ni siquiera la libertad de elegir la salsa con la que serán comidos. Los empleos duran menos que un suspiro, y el miedo obliga a callar y obedecer: salarios más bajos, horarios más largos, y a olvidarse de las vacaciones pagas, la jubilación y la asistencia social y demás derechos que todos tenemos, según aseguran los artículos 22, 24 y 25. Las instituciones financieras internacionales, las Chicas Superpoderosas del mundo contemporáneo, imponen la “flexibilidad laboral”, eufemismo que designa el entierro de dos siglos de conquistas obreras. Y las grandes empresas multinacionales exigen acuerdos “union free”, libres de sindicatos, en los países que entre sí compiten ofreciendo mano de obra más sumisa y barata. “Nadie será sometido a esclavitud ni a servidumbre en cualquier forma”, advierte el artículo 4. Menos mal.

No figura en la lista el derecho humano a disfrutar de los bienes naturales, tierra, agua, aire, y a defenderlos ante cualquier amenaza. Tampoco figura el suicida derecho al exterminio de la naturaleza, que por cierto ejercitan, y con entusiasmo, los países que se han comprado el planeta y lo están devorando. Los demás países pagan la cuenta. Los años noventa fueron bautizados por las Naciones Unidas con un nombre dictado por el humor negro: Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Nunca el mundo ha sufrido tantas calamidades, inundaciones, sequías, huracanes, clima enloquecido, en tan poco tiempo. ¿Desastres “naturales”? En un mundo que tiene la costumbre de condenar a las víctimas, la naturaleza tiene la culpa de los crímenes que contra ella se cometen.

“Todos tenemos derecho a transitar libremente”, afirma el artículo 13. Entrar, es otra cosa. Las puertas de los países ricos se cierran en las narices de los millones de fugitivos que peregrinan del sur al norte, y del este al oeste, huyendo de los cultivos aniquilados, los ríos envenenados, los bosques arrasados, los precios arruinados, los salarios enanizados. Unos cuantos mueren en el intento, pero otros consiguen colarse por debajo de la puerta. Una vez adentro, en el paraíso prometido, ellos son los menos libres y los menos iguales.

“Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, dice el artículo 1. Que nacen, puede ser; pero a los pocos minutos se hace el aparte. El artículo 28 establece que “todos tenemos derecho a un justo orden social e internacional”. Las mismas Naciones Unidas nos informan, en sus estadísticas, que cuanto más progresa el progreso, menos justo resulta. El reparto de los panes y los peces es mucho más injusto en Estados Unidos o en Gran Bretaña que en Bangladesh o Rwanda. Y en el orden internacional, también los numeritos de las Naciones Unidas revelan que diez personas poseen más riqueza que toda la riqueza que producen 54 países sumados. Las dos terceras partes de la humanidad sobreviven con menos de dos dólares diarios, y la brecha entre los que tienen y los que necesitan se ha triplicado desde que se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Crece la desigualdad, y para salvaguardarla crecen los gastos militares. Obscenas fortunas alimentan la fiebre guerrera y promueven la invención de demonios destinados a justificarla. El artículo 11 nos cuenta que “toda persona es inocente mientras no se pruebe lo contrario”. Tal como marchan las cosas, de aquí a poco será culpable de terrorismo toda persona que no camine de rodillas, aunque se pruebe lo contrario.

La economía de guerra multiplica la prosperidad de los prósperos y cumple funciones de intimidación y castigo. Y a la vez irradia sobre el mundo una cultura militar que sacraliza la violencia ejercida contra la gente “diferente”, que el racismo reduce a la categoría de subgente. “Nadie podrá ser discriminado por su sexo, raza, religión o cualquier otra condición”, advierte el artículo 2, pero las nuevas superproducciones de Hollywood, dictadas por el Pentágono para glorificar las aventuras imperiales, predican un racismo clamoroso que hereda las peores tradiciones del cine. Y no sólo del cine. En estos días, por pura casualidad, cayó en mis manos una revista de las Naciones Unidas de noviembre del 86, edición en inglés del Correo de la Unesco. Allí me enteré de que un antiguo cosmógrafo había escrito que los indígenas de las Américas tenían la piel azul y la cabeza cuadrada. Se llamaba, créase o no, John of Hollywood.

La declaración proclama, la realidad traiciona. “Nadie podrá suprimir ninguno de estos derechos”, asegura el artículo 30, pero hay alguien que bien podría comentar: “¿No ve que puedo?”. Alguien, o sea: el sistema universal de poder, siempre acompañado por el miedo que difunde y la resignación que impone.

Según el presidente Bush, los enemigos de la humanidad son Irak, Irán y Corea del Norte, principales candidatos para sus próximos ejercicios de tiro al blanco. Supongo que él ha llegado a esa conclusión al cabo de profundas meditaciones, pero su certeza absoluta me parece, por lo menos, digna de duda. Y el derecho a la duda es también un derecho humano, al fin y al cabo, aunque no lo mencione la declaración de las Naciones Unidas.

EDUARDO GALEANO


Se llama mentira, no “posverdad”

07/12/2016

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No es nada fácil ser libre en estos tiempos manipuladores y confusos del siglo XXI. Sesudos analistas afirman que la gente “vota mal”, las encuestas fracasan estrepitosamente y el mundo parece tambalearse.

Conceptos como “masa” o “gente” vuelven a estar en boca de muchos para disolver las discrepancias y obviar la diferencia individualizadora. Cuando no, para justificar sus acciones. Y muchas veces no hay diferencia, en la utilización de los mismos, entre la derecha y la izquierda. El “sentido común”  se encuentra con el “lo que quiera la gente”. ¿Quién es la gente y qué es el sentido común?

Lo cierto es que cada vez es más difícil separar la realidad de lo mediático. Los hechos se esconden tras las consignas interesadas y se nos oculta la verdad. Hasta la mentira se dulcifica y se hace más tolerable, incluso teñida de una aureola de dignidad, llamándola perversamente “posverdad” Como si la verdad tuviera un tiempo y este hubiera pasado. Parece que ya no está de moda ser honrado. Decir la verdad está anticuado, y los votantes parecen premiar al mentiroso. O nada les importa ya si les mienten. Lo que que es mucho peor.

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Negar los hechos y sustituirlos por una realidad fabricada a la medida de sus intereses es la doctrina de los ultraderechistas desde Trump a Le Pen, pasando por los neonazis del NPD o el Amanecer Dorado griego. Y no parece ser consigna exclusiva de ultras sino que se ha extendido también -¡ y de qué manera!- a la derecha de nuestro país.

Deberíamos sentirnos ofendidos porque insultan nuestra inteligencia. En su delirio pretenden que confundamos su realidad fabricada con  la realidad que vivimos y sufrimos en nuestras carnes. Deterioro galopante de la calidad del empleo, de la asistencia sanitaria, de la igualdad educativa, de la atención a los débiles. Pobreza alarmante, corrupción que enriquece a los de siempre… Fraude fiscal que detrae dinero de nuestros impuestos y hace más difícil aún la redistribución de la riqueza. Derechos conculcados y leyes al servicio del poder.

Un partido conservador que desafía las leyes de la democracia y las normas más elementales de la ética no es bueno ni siquiera para sus votantes. Crear núcleos duros de opinión que los justifique, vía emisoras episcopales, medios afines y no tan afines como La Sexta que dan voz y engrandecen a pseudoperiodistas que ofenden la decencia, nos lleva a una política de agresión, sin alternativa ni consenso que empieza, por desgracia, a afectarnos. En el barro, sólo ganan los que están acostumbrados a él.

Sembrar también el miedo apocalíptico a cualquier tipo de cambio, en nombre de una pretendida recuperación que sólo parecen notar ellos, sólo lleva al extremismo irracional y al individualismo defensivo. El sálvese quien pueda que destierra la compasión y la solidaridad. Y que conduce a conservar lo poco que se tiene, conformándose con un gobierno corrupto antes que intentar un cambio.

El carácter, dice Goethe, se forma en las oleadas impetuosas del mundo. Y esas oleadas pretenden ahora que no pensemos. Porque “pensar debilita” como afirma el franciscano de la patriótica y nada inocente película Los últimos de Filipinas. Película auspiciada por los medios afines al poder conservador y nacionalcatólico: RTVE, 13TV, Telemadrid y en la que se desgranan todos los tópicos de un patriotismo, rancio hasta lo ridículo y peligroso hasta lo inimaginable.

El espectador es conducido irremediablemente hacia una linea de pensamiento impuesta, como si no fuera lo suficientemente adulto como para poder discernir entre justicia, honor, imperio, error, violencia, valor y otros valores implícitos en esta heroica historia. 

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Una adaptación al S. XXI de la película propagandística del franquismo de los años 40 del siglo pasado. Parece que no sólo no avanzamos sino que retrocedemos.

El mensaje que prevalece hoy en nuestra sociedad no es el más verdadero sino el más fuerte. La política se ha convertido en espectáculo y la ideología deja paso al marketing. Consignas simples e infantilizadas sustituyen a la verdad que sólo está en la reflexión madura. Pero poco se puede reflexionar en 140 caracteres de Twitter donde parece ser que se desarrolla ahora la política. Las mentiras en las redes marcaron de forma decisiva la campaña electoral de Trump en EE UU. Y nadie parece preocuparse de que eso decida, cada vez más, quién sea el que nos gobierne.

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Se adormece nuestra capacidad intelectual. Las televisiones escupen imágenes dirigidas al sentimiento, no al cerebro. Consumimos propaganda dirigida a las tripas, no al cerebro. Consumimos lo que ellos quieren, se nos vende ideología disfrazada de falso debate.

Se nos lleva dócilmente al campo del instinto de masa donde es más fácil manipularnos. “Votad con las tripas”, decía Beppe Grillo antes del referéndum italiano. “No votéis con la razón” porque eso podría ser peligroso.

Nunca las emociones han sido buenas consejeras en las decisiones. Pero sí son buenas aliadas del populismo de uno y otro signo para llevar al votante a su terreno. Y más, en épocas de crisis y de desesperación.

 Por eso es necesaria una ciudadanía tolerante y culta, pensante, capaz de hacer frente a los nuevos retos. Que no se deje engañar y afronte los hechos con libertad.

La crítica es sana y necesaria, pero no lo es la mentira fabricada y difundida sin pudor, ni la dentellada desleal, ni la agresión. Democracia y palabra son indisolubles. El lenguaje nos convierte en humanos y nos separa de los animales. La reflexión exige serenidad. El pensamiento requiere calma y tiempo. La argumentación necesita espacio y huye del eslogan fácil y del titular efectista.

Las opiniones siempre deben someterse a crítica, pero nunca las personas. Atacarlas, como se hace hoy, cada vez con más frecuencia, sólo descalifica a quien lo hace.

La moderación es la conquista más ardua del espíritu y a la vez el arma más certera.

, afirma Manuel Vicent.

La única arma me atrevería a decir. El fanatismo emocional puede hacernos víctimas a todos. El discurso del odio mancha a todos, sin excepción, y sólo beneficia a los oportunistas que saben encauzarlo hacia sus intereses. Sólo hay que mirar alrededor y ver por dónde caminan los últimos resultados electorales.

Si no reaccionamos pronto, quizá mañana sea ya demasiado tarde. Pensar no debilita, sólo es molesto para los que mandan. Por eso no quieren que pensemos sólo que sintamos rabia y, con ella en la mano, les votemos.

Imágenes: fotografías de Chema Madoz

Belleza y muerte

05/12/2016

Presenciar la muerte pacífica de un ser humano recuerda una estrella fugaz antes de desaparecer para siempre en la noche interminable.

dice la psiquiatra Elisabeth Küller.

Pero no es esta buena época para hablar de la muerte. Nuestra sociedad la evita y silencia cobardemente. No entiende que aceptar nuestra condición mortal es el modo de sentirnos libres y aprender a vivir sin miedo. Al sistema no le interesan personas con conciencia de su finitud. Todo debe ser predecible,  y la muerte no lo es aunque sea lo único seguro.

Hemos olvidado el protocolo del duelo y el consuelo al moribundo. Todo es aséptico, en modernos hospitales y tanatorios, sin humanidad.

La muerte persigue al ser humano que superó la animalidad y sufrió al comprender que era mortal. Esa conciencia de finitud lo hizo persona. Nada sería igual sin ese conocimiento que nos lleva a crear  inmortalidad más allá del fin seguro por medio de la Belleza y  el Arte.

Y Arte es Lacrimosa dies illa, una hermosa y emocionante meditación sobre la finitud. Una de las partes más bellas y sublimes del Requiem de Mozart.

Según la leyenda, Mozart, obsesionado con la idea de la muerte desde la de su padre, debilitado por la fatiga y la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por una supuesta vinculación con la francmasonería en esa época de su vida e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer que este era un mensajero del destino y que el réquiem que iba a componer sería para su propio funeral.

El Requiem se compuso por encargo de un conde frívolo, pero enamorado de su joven mujer muerta. Amor y Muerte provocan una vez más lo sublime. El compositor temía la muerte, pero buscaba con ansia la esperanza en sus creencias masónicas. Un moribundo escribe, pues, una obra maestra en memoria de una muerta inolvidable para un vivo.

Asistimos a la lucha con el dolor, las dudas, el miedo a la soledad, la ansiedad, pero también al consuelo, la compañía, la asistencia al moribundo y la delicada ayuda en el momento final de la agonía.

Todo un canto a la esperanza en el que la luz final (Lux Aeterna) es preludio de un nuevo nacimiento.

Cultura con mayúsculas es la que nos hace más libres enfrentándonos con  temas esenciales. Sea a través de la palabra, de la música o de la danza. Algo que trasciende las  batallas cotidianas de algunos, empeñados en apellidar  la cultura con adjetivos que sólo la empobrecen.

Pretender elevar el espíritu popular con cucharadas de cultura como el hígado de bacalao en mi infancia es un remedio insuficiente. La culturización debe ser una actitud seria, constante, desinteresada y total.

decía Miguel Delibes

Seria y desinteresada supone trascender ideologías y no vincularla al éxito personal, sino colectivo. Total, que sea ambiciosa y diversa sin ser vulgar ni superficial.

El pueblo, no el público, decía Lorca, puede sentirla sin conocer siquiera el alfabeto.

 

 

Un 5 de diciembre de 1791, murió en Viena Wolfgang Amadeus Mozart. El Réquiem en Re menor K.626, inacabado, fue finalizado por su discípulo F.X. Süssmayr.

Lacrimosa Dies Illa (coro) fue compuesto en los ocho primeros compases por Mozart. El resto, por Süssmayr.

Al menos ella no envejece

04/12/2016

 

BOHÈME EN EL GARDA

 

Hoy casi se diría

que si cierras los ojos para oír a la soave fanciulla,

crujen dentro de ti todas las escaleras,

y hay una estación de moho verdecido,

que, de repente, vibra a la llamada

              de un tren.

 

   Pájaro el recuerdo, que nos viste

de absurdos la memoria.

Se levanta de pronto los domingos

y hace suya la luz

cuando trepa ventanas conmovidas,

versos, llanuras.

 

   El agua se ha arañado con un grito de nubes.

Precipita la noche faroles tristecientes

que nos abren de otoño el corazón. Y nos florece

un aire de mimosas quién sabe de qué puerto,

bajo cuántas banderas angelado este deseo de ser otro,

de existir con nombre diferente y amar otros lugares.

 

   Pues nadie nos espera

y no supimos regresar,

conjure tanta luz

los dedos del verano aquel.

Y no nos pesen las premoniciones.

 

   El Garda es un azogue

donde el otoño desliza sus patines

de niño intemporal.

 

   Il primo bacio dell´aprile è mío.

Silencio. Bohème está cantando.

 

Al menos ella no envejece.

Teresa Núñez ( Del libro La canción del agua, Premio Tardor 2000)

 

 

 

Criticar deleitando

12/09/2016

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En el Rey Lear de Shakespeare, el bufón es el único capaz de decirle la verdad al rey. Y el teatro, como ese bufón, es capaz de poner sobre el escenario lo que otros no se atreven a expresar.

Una pieza corta, con trazas de sainete costumbrista, puede denunciar el acoso dictatorial a la cultura en la ciudad. Y hacerlo con un lenguaje natural, cercano y aparentemente inofensivo que esconde dentro una bomba de relojería crítica no sólo con el poder. Porque, como decía Goldoni:

El arte oculta el estudio bajo apariencia de naturalidad.

Ya conocíamos a Àngels Moreno como experta narradora de novela negra, su pericia para dosificar sabiamente la intriga, para construir personajes redondos y creíbles, para elaborar diálogos alejados de lo libresco, frescos y naturales.

Ahora se nos muestra como una autora teatral madura, que maneja con soltura los resortes del género.

Cinco personajes en una habitación cerrada, dos espacios sin tiempo, pero actuales, y un clímax inteligentemente dosificado sumergen al espectador en una acción de intriga policiaca que esconde muchas sorpresas.

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La carta trobada es una pieza dividida en cinco escenas. La primera y la cuarta son las más extensas y marcan los hitos fundamentales de la trama. Presentan acción y personajes y perfilan motivos secundarios. La segunda se desarrolla en el espacio secundario y conecta con la quinta en su lenguaje exclusivamente musical y el cambio de escenario marcado por la iluminación. La tercera marca el desarrollo de la acción, profundiza en el personaje protagonista, ausente y omnipresente siempre, y desarrolla motivos cómico-críticos que enriquecen la trama principal.

El tema es un clásico: la protagonista ha desaparecido y se contrata a un detective para encontrarla.

Pero el interés radica en los motivos secundarios que lo enriquecen y amplían, que dirigen y hacen cómplice al espectador a través de claves reconocibles de su tiempo y espacio: la Gandia de 2014, gobernada por la mayoría absoluta del Partido Popular.

Desde la recurrente desestacionalización de la playa al tristemente famoso “coste cero” y las obras faraónicas, pasando por la polémica pueblo- ciudad ducal, las señas de identidad o la subida del IVA cultural.

Los personajes tipo simbolizan hasta en sus nombres los tópicos de la ciudad: Pixaví, Delicà, Flordegesmil.

La autora los perfila a través del vestuario, de las acotaciones gestuales y sobre todo del lenguaje, que dibuja perfectamente la eterna diglosia empobrecedora de la sociedad valenciana.

Pero es el personaje de Desapareguda quien reina en el escenario desde la escena primera hasta la última.

Durante toda la obra se mantiene el equívoco de su identidad: etérea, sensible, imprevisible, indefinible, imprescindible. Deseada y temida a partes iguales.

A su misterio contribuyen los dobles significados y juegos de palabras del resto de los personajes, que parecen conocerla y desconocerla a la vez para perplejidad del detective.

El espectador va encajando piezas entre frases costumbristas críticas con la diglosia pedestre de Delicà, los culturalismos del detective Colmes, que reproducen latiguillos reconocibles del mítico Holmes, y la pedantería pretenciosa y barroca del atildado Pixaví.

Atención aparte merece Flordegesmil: insolente, sincera hasta la crueldad y dispuesta a todo, que marca el contrapunto perfecto a la fragilidad cursi de Delicà. Sólo un habitante de Gandia puede entender del todo el guiño culturalista del duro enfrentamiento entre ambas, que remite a la más famosa leyenda de la ciudad.

Los diálogos son ágiles, dinámicos, casi veloces y no dan nunca ocasión al espectador de perder interés en la trama.

El tono es humorístico. No faltan recursos cómicos propios del sainete y la comedia que sirven para dosificar la intriga y marcar la intención crítica: salidas extemporáneas, errores de comprensión debidos a la ignorancia, sorpresas, apartes, equívocos. Ritmo ágil, actitudes cambiantes y ambigüedades.

El desenlace llega envuelto en referencias culturales que hacen encajar las piezas sueltas: una carta y un libro de Poe, La carta robada,  al que remite la paráfrasis que da título a la obra.

Àngels Moreno introduce ahora un tono nuevo, más serio, para lanzar una carga de profundidad crítica con conceptos culturales opuestos. No falta la denuncia de responsabilidades compartidas, pero domina la idea de la reconciliación en nombre de la unidad cultural.

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Natxo Francés

La magnífica interpretación que puso sobre el escenario el grupo Pluja, la música de Llevant Ensemble e Intrèpid Sould y la dirección de Ximo Vidal lograron levantar la palabra del libro sin traicionar el espíritu de la obra y hacerla humana para que gritara verdades, como afirmaba Lorca. Y los espectadores reían, mientras entre líneas leían verdades más cercanas al drama.

Según Brecht, el teatro debe hacer de cada espectador un crítico. Y, tras asistir a la representación de la obra de Àngels Moreno, se sale del teatro más convencido de que sólo desde una actitud de crítica activa avanzaremos.

Porque todo pueblo debe asumir su idiosincrasia con sus defectos y virtudes, con su historia y sus leyendas, con sus gritos y sus silencios. Reconocerse y estimarse para poder seguir adelante. Para poder construir un futuro que sólo será posible si se hace entre todos, sin enfrentamientos, sin  arrogancias, sin recelos ni patentes exclusivistas.

Sólo se hará si es en libertad, con respeto a la cultura y a la palabra. Porque ellas son el alma y el pensamiento de los pueblos.

Dice el crítico y escritor John Berger que el arte, a veces, es sólo cuestión de tacto. Y Àngels Moreno lo tiene, y mucho, en sus novelas y también en su teatro.

Sabe tocar sin hacer daño, con suavidad y firmeza, los resortes necesarios para criticar deleitando.

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Esta reseña se publicó en Revista de la Safor. Anuari CEIC Alfons el Vell (nº 7)

Ni trenes, ni campos

24/07/2016

 

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Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan

como un escalofrío recorriendo el paisaje.

B. PRADO

 

No queremos admitir con indiferencia  imágenes inaceptables para una sociedad civilizada. Vallas, alambradas, ancianos, mujeres y niños abandonados, personas tratadas como ganado, ninguneadas, amontonadas, deshumanizadas, reducidas a números.

 

No queremos verlos ahora hacinados en campos militarizados, sin apenas comida, solos, sin ONG ni voluntarios independientes que alivien su dolor, sin saber cuál será su destino.

No queremos que su futuro esté en manos de un ser sin escrúpulos como Erdogan que, tras un oscuro golpe de estado, somete a su propio pueblo y que se salta todas las normas democráticas sin que Europa mueva un músculo.

No queremos que se les culpe del horror del Daesh cuando ellos lo han padecido a diario y huyen de él, poniendo en riesgo sus vidas.

No queremos que haya muertos de primera y de segunda. Ochenta muertos ayer a causa de un atentado terrorista en Kabul no han recibido el mismo tratamiento ni son objeto de la misma repulsa que las muertes de europeos a manos de un desequilibrado violento en Baviera.

Sobre todo no queremos que se permitan declaraciones ni manifestaciones que destilan odio y discriminación hacia los otros, que son los migrantes y los refugiados.

La ultraderecha revienta una manifestación pacífica contra atentados de Bruselas. Yves Herman / Reuters

No queremos, sobre todo, esos dos iconos del horror que recuerdan la vileza más sombría de la peor Europa: los trenes y los campos.

No queremos ser cómplices de esta vergüenza. Porque es necesaria una respuesta común y humana  que devuelva la dignidad a este viejo continente y atienda los derechos de las personas.

Lo dice maravillosamente Ernesto Sábato en su libro y a la vez testamento ideológico, Antes del fin:

Miles de personas, a pesar de las derrotas y los fracasos, continúan manifestándose, llenado las plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas partes hay señales de que la gente comienza a gritar: “¡Basta!”.

(…)

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:

“Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría, y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra”

 

 

 

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