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Medio ambiente, ciudades y futuro

07/06/2017

 

 

Sin un medio ambiente saludable, no podremos acabar con la pobreza ni fomentar la prosperidad. Todos tenemos una función en la protección de nuestro único hogar. Podemos utilizar menos plástico, manejar menos, desperdiciar menos alimentos y enseñarnos unos a otros a cuidarlo.

António Guterres, Secretario General de la ONU

 

El pasado día 5 de junio se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente.

Cada año, se organiza en torno a un tema y sirve para centrar la atención en una cuestión particular apremiante. El tema de este 2017 se centra en la conexión de las personas con la naturaleza, y nos anima a que salgamos al aire libre y nos adentremos en ella para apreciar su belleza y reflexionar acerca de que formamos parte de ella y de ella dependemos.

Lo que no se conoce no se aprecia, y los habitantes de las ciudades del siglo XXI hemos roto, desgraciadamente, nuestro vínculo con Gaia.

Según la teoría del científico Lovelock , Gaia -la diosa Tierra de los griegos- es un organismo vivo capaz de regular su temperatura y los procesos físico-químicos que en ella se producen. Si se siente agredida -caso de los gases de efecto invernadero- puede reaccionar de manera inconveniente para los humanos.

Hoy, sequías, huracanes, tsunamis, desastres ecológicos y desertización le han dado, por desgracia, la razón. La venganza de Gaia está en marcha y afecta siempre a los más débiles.

Fue un error que el ser humano dejara de adorar la Tierra para pensar en dioses remotos,

nos dice.

El desarrollo se ha convertido en una máquina de destrucción y la vida en el planeta está en peligro.

La economía capitalista beneficia a 1500 millones de personas y perjudica a 4500 millones de seres humanos. Una situación insostenible. Los países desarrollados producen millones de toneladas de residuos tóxicos que se vierten a ríos y mares. Escasea el agua potable y decenas de especies desaparecen cada día.

La Tierra es un organismo vivo que hemos heredado. Pero, como decía el historiador Toynbee:

Destruirla ya no es un privilegio de Dios.

Trump, personaje ególatra que se cree dios, y su decisión irresponsable de abandonar el Pacto de París, que daba algo de esperanza en la lucha por un Medio Ambiente más amable, parece decidido a hacerlo.

El presidente norteamericano hace que su país, el segundo más contaminador, abandone los compromisos para frenar el calentamiento global

Justifica su decisión “en el interés de la economía norteamericana” y dice que buscará reincorporarse a otro acuerdo que “tenga en cuenta a los norteamericanos”

El abandono de EEUU tendrá consecuencias en el intento por frenar las causas y efectos del cambio climático.

Miles de millones de habitantes de zonas rurales en todo el mundo pasan su jornada diaria en la naturaleza y dependen del suministro de agua natural y de que la naturaleza les suministre su modo de subsistencia gracias a la fertilidad del suelo. Estas personas son quienes sufren primero las amenazas que los ecosistemas afrontan, ya se trate de la contaminación, del cambio climático o de la sobreexplotación.

Amenazas que provocamos los urbanitas desconectados del medio y los dirigentes irresponsables que toman decisiones catastróficas para la mayoría.

La Agenda 2030 pretende paliar en lo posible los efectos del veloz cambio climático:

Objetivo 14. Conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible

Objetivo 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad.

Porque la verdad es que el desarrollo sostenible ha fracasado hasta ahora. En 2017 el naufragio del proyecto se ha hecho patente en el hecho de que ni un solo indicador socioecológico importante ha conocido mejora alguna tras 25 años de acción institucional impulsada bajo este marco. Al contrario: en términos globales, todos han empeorado.

Queda claro que el deterioro ecológico corre paralelo a  la indiferencia política.

En nuestro país, este 2017, el Gobierno Rajoy destinará a la lucha contra el cambio climático lo que cuesta un kilómetro de AVE.

El agua de nuestros ríos no alcanza en muchos puntos la calidad necesaria, debido a la falta de depuración. Contaminamos el agua por encima de nuestras posibilidades en un país árido con escasez hídrica. El 80% del agua va destinada a regadíos, y estos siguen aumentando, de forma legal o ilegal, a pesar de la creciente escasez de agua.

 Por no hablar del modelo energético. En el país del sol y el viento, las energías renovables sufren una marginación política sin parangón. En unos años se ha desmantelado por parte del Partido Popular un tejido industrial puntero que llevó a nuestro país a un liderazgo hoy desaparecido. Se prefiere apostar por mantener la dependencia de los hidrocarburos, con lo que conlleva en niveles de contaminación del aire y efectos perniciosos para nuestra salud.

Y se mantienen las centrales nucleares que van alcanzando la edad de los 40 años, y son por tanto, cada vez más peligrosas para la ciudadanía y para el medioambiente.

Las ciudades y sus habitantes también sufren el deterioro ecológico causado fundamentalmente por el absoluto dominio del vehículo privado en el  transporte. Según datos de Ecologistas en Acción, nueve de cada diez españoles viven en una zona donde los niveles de contaminación atmosférica son superiores a los que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El cemento ha destruido los pulmones de las ciudades. Hemos aprendido urbanismo a golpe de corrupción y los inconscientes gobernantes anteriores a la crisis han permitido, al servicio de oscuros intereses, que todo valga en esta locura colectiva.

En nuestro país, parece que el vendaval de ladrillo y dinero fácil ha acabado con las ideologías y el sentido común. La política va detrás del dinero. Y en nuestras ciudades nadie se salvó en esa loca espiral que destruyó el territorio.

Se ha gobernado contra el medio ambiente y contra la ciudadanía. Se priorizan los espacios que generan negocio, se busca sólo la rentabilidad del suelo. El concepto de bienestar se ha mercantilizado. Se olvida que las personas dependemos de la naturaleza, que esta es finita y que está en verdadero riesgo para la humanidad.

La vida buena no es tener millones, sino agua potable, árboles y aire limpio. Crecer a costa de envenenar la vida es un suicidio muy poco inteligente.

No somos dueños de la naturaleza. Sólo gestores. Se la debemos al futuro. El enriquecimiento de unos pocos traerá la pobreza de muchos. El mal es ya irreversible en muchos casos. La herencia recibida es difícil de gestionar, como ocurre en la playa de Gandia.

Un mal urbanismo, afirma el paisajista Steinitz, además de problemas con el turismo puede generar problemas sociales que derivarán en más problemas económicos.

La ciudad es como un gran organismo viviente. Y su sostenibilidad involucra lo social, lo natural y lo económico. Las políticas municipales deben tener en cuenta los tres aspectos y su interrelacion.

Hay que volver a hacer de las ciudades un espacio civilizado y no simples lugares de paso de mercancías o personas.

Sólo existe ciudad cuando se dan juntas dos premisas: reunión de personas y espacio público. Sin el segundo, sólo hay urbanización, no ciudad. La reunión y contacto entre personas se realiza en el espacio público donde confluyen  democracia y política, afirma Elena Cabrera.

Colectivos de urbanistas reivindican la necesidad de planificar las ciudades priorizando las tareas de cuidado, asociadas a las mujeres, frente a la supremacía de la movilidad lineal, es decir, en camino del trabajo a casa.

También apuestan por fomentar las zonas de encuentro y de socialización y desterrar la concepción única de las ciudades como lugares de tránsito.

Para eso es necesario devolver el espacio de la ciudad a sus habitantes lo que no se logra fomentando el automóvil o invadiendo espacio público.

Es necesaria una gran coalición de fuerzas éticas y conciencia colectiva.

Los poderes públicos no van a tomar la iniciativa. Hay muchos intereses. Pero los ciudadanos son cada vez menos cómplices de estas agresiones.

Proponen un cambio de timón necesario que nos acostumbre a un nuevo modo de vida. Será difícil, pero no imposible. Nos ayudarán, además, las dificultades económicas que hemos provocado. Menos consumismo, menos productivismo, menos avaricia, más poder vivir, más humanidad, más trabajo manual, más creatividad, más reparto.

Más amigos en vez de más coches, decía un poeta.

Hemos dado la espalda a la naturaleza. Habría que reinventar la agricultura, que se ha hecho insostenible y ha eliminado a la vez calidad y mano de obra. Nos envenenan con pesticidas y nos roban oxígeno, espacio público y árboles.

El teólogo y ecologista brasileño Leonardo Boff fue sometido, en los 80 del siglo pasado, por el papa Juan Pablo II a un proceso inquisitorial y obligado al silencio. No ceedió y abandonó la orden franciscana para seguir diciendo la verdad sin imposiciones.

Y su verdad era la denuncia de que la misma lógica que explota a las personas abusa de la Tierra. Sólo una ecología social que supere la injusticia y evite la pobreza puede evitar la destrucción de la vida. La injusticia global provoca hambre y migraciones. El grito de la Tierra es el grito de los pobres. Nuestro desaforado consumismo mata su posibilidad de vida y desarrollo.

El reto es tan necesario como sugerente. Y el cambio deberá empezar desde abajo, porque gobernantes y empresarios no están por la labor. Prefieren remendar el viejo sistema roto. Lo cual puede resultar peligroso. Las costuras pueden saltar de nuevo y el frío lo sentirán siempre  los mismos.

La solución depende de todos nosotros.

Se trata de dejar a nuestros hijos un lugar habitable.

Se trata de respetar lo que recibimos porque se trata de la vida. Ni más ni menos, que de la supervivencia.

Se trata de poner a las personas por delante del crecimiento.

Se trata de proteger el futuro.

 

Imágenes: collages Danai Gkoni

 

Enmiendas

05/06/2017

 

 

No hay casualidades, hay encuentros.

No hay suerte, hay trabajo y constancia.

No hay perdedores, hay gente que abandona.

No hay vencedores, hay gente que lucha.

No hay muerte, hay vidas que terminan.

 

 

Imagen: Eka Sharashidze. Collage de fotografías de perfiles de transeúntes, a modo de pentagrama. Wall people, 2007/2008)

 

Más igualdad y menos machismo institucional. Menos conmoción y más cumplir las leyes.

31/05/2017

 

 

Tres mujeres más han sido asesinadas por sus parejas, en menos de 24 horas.

Otra vez un fin de semana trágico.

Otra vez más las alarmas. Otra vez más. ¿Cuántas mujeres deben ser asesinadas para que, de una vez, se considere la violencia machista un tema prioritario?

Cuántas más, para que los que nos gobiernan abandonen las frases vacías y aborden el problema del machismo que las asesina?

No sabemos sus nombres, son sólo números fríos que se unen a la cifra vergonzosa de asesinadas este año. Un 47% más que hasta mayo de 2016.

Además, Según el Ministerio de Sanidad y Asuntos Sociales, la violencia machista ha dejado a 11 menores huérfanos hasta el 16 de mayo.

Han pasado muchos meses, demasiados, desde la histórica marcha del 7N de 2015 en la que los colectivos feministas pidieron que este tipo de violencia sea considerada cuestión de estado.

Nada se ha movido. Y las mujeres han seguido siendo asesinadas.

Cuestión de estado significa que el machismo de cada día , las agresiones sexuales, el acoso laboral, la brecha salarial, la desigualdad que no cesa sean prioridad para el gobierno y formen parte del discurso cotidiano siempre, no sólo cuando hay asesinatos.

Como afirma el exdelegado del Gobierno para la Violencia de Género Miguel Lorente y profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada:

La violencia machista ya es de por sí un problema de Estado, pero otra cosa es que el Estado lo considere un problema.

Y el Estado parece que no sólo no lo considera un problema, sino que ni lo considera siquiera. Las políticas contra la discriminación y la violencia suman un vergonzoso 0,0001% del presupuesto de 2017. Menos que en 2011.

Sin presupuestos las violencias machistas no serán nunca cuestión de Estado. Porque las palabras solas no sirven si no se acompañan de hechos.

Los expertos piden más presupuesto para prevención y que los gobernantes envíen mensajes contundentes que no se limiten a la manida recomendación de llamar al 016.

Parece un chiste, pero esta es la única medida efectiva del presidente Rajoy para las mujeres en peligro:

Siempre que una mujer se sienta agredida, que llame al 016, que de ahí sólo va a poder recibir buenas cosas

Esa sí que es una solución efectiva. Cosas buenas…

Se empieza a estar ya muy harta de declaraciones pomposas vacías de contenido. Basta ya de cliches que se repiten como un argumentario y que se escuchan como quien oye llover. Basta de “enérgicas condenas”, de políticos “conmocionados”. Basta de latiguillos como el de “lacra insoportable”…

Basta también de minutos de silencio porque lo que les sobra a las mujeres asesinadas  es silencio, y nos faltan gritos contra la cultura patriarcal y sus desmanes.

Faltan gritos en forma de  medidas efectivas. Falta acción ante la terrible cifra que si hubiera golpeado a cualquier otro sector sería una tragedia. Imaginen 28 asesinatos de enero a mayo en cualquier ámbito. Se declararía el estado de sitio, como poco.

Tras 28 mujeres asesinadas, duele leer el tuit con el que despachó el presidente Rajoy, los tres últimos asesinatos:

Este señor es el que nos gobierna y el que podría tomar medidas, si tuviera voluntad. Pero no la tiene. Está más preocupado por su declaración en sede judicial.

Debería saber que la más “enérgica condena” de la violencia machista significa no permitir que su grupo rechazara en noviembre en el Senado una moción que pedía financiación para políticas de prevención y atención a las mujeres. Con su mayoría absoluta, el PP logró tumbarla. Y eso es violencia institucional contra las mujeres. ¿Dónde está la unidad que reclama?

Estar conmovido ante esta tragedia supone adoptar medidas en Educación, la prevención y detección del maltrato machista en el ámbito sanitario y la concienciación de los medios de comunicación.

“Este sinsentido” se llama violencia machista y se paliaría mucho si se consignara un presupuesto  específico para la aplicación de los artículos de la ley integral de 2004 que obligan a incluir la igualdad en el sistema educativo a través de materiales y asignaturas. formación del profesorado o el nombramiento de un responsable de igualdad en el Consejo Escolar. Su ministro Wert las eliminó incumpliendo la ley. Y su marcha no las ha restaurado.

No parece “condena enérgica” del machismo congelar el gasto dirigido al programa diseñado para fomentar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres  al quedarse en los 19,7 millones, igual que en 2016.

No actúa mejor la ministra de Igualdad de su gobierno, Dolors Monserrat, que también se despachó con un tuit glorioso, dada su trayectoria en este ámbito:

Esa conmoción no le impidió negarse a tomar medidas ante las declaraciones machistas de la Directora del Instituto de la Mujer sobre violencia de género. No la ha cesado, ni la ha desautorizado por reducir a la mujer a su papel tradicional de cuidadora familiar.

Tampoco ha trabajado mucho el el órgano interministerial anunciado por el Ejecutivo en febrero al final de una semana en la que fueron asesinadas cuatro mujeres a manos de sus parejas o exparejas. Esa sería una buena salida al problema y no una salida por la tangente como aquellas a las que acostumbra la señora ministra.

Más de 900 mujeres han sido asesinadas en los  en los últimos 15 años. Pero no se conocen medidas o iniciativas, más allá de las palabras vacías, para frenar el feminicidio continuado que cada año acaba con la vida de decenas de mujeres. La inacción de la ministra de Igualdad y del Gobierno en pleno desespera.

El asesinato machista de mujeres es la cara más cruel del patriarcado. La más dura e intolerable. Y se basa en la desigualdad intrínseca entre hombres y mujeres en una sociedad que relega a las mujeres a la categoría de objetos. Que las somete cada día al machismo cruel, que las obliga a decidir entre ser personas y mujeres. Que las acosa verbal y laboralmente. Que sigue pensando que son propiedad del varón y que deben someterse a él. Machismo en suma.

El machismo sigue estando ahí, en todas las clases sociales. Un porcentaje excesivo de personas aún considera tolerable la violencia sexista. Se considera un ‘problema de mujeres’ cuando en realidad es un grave problema social de todos, pero que sufrimos sólo las mujeres.

No acabaremos con la desigualdad que engendra violencia sin un cambio cultural de toda la sociedad que exija, de una vez por todas, acabar con la injusticia de despreciar a las mujeres y considerarlas inferiores.

El machismo pretende someter a las mujeres en nombre de una pretendida superioridad. Es decir perpetúa la desigualdad. Reduce y niega derechos. Así lo define la RAE:

Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.

El feminismo, por el contrario,  reclama derechos que pertenecen a las mujeres por el sólo hecho de ser seres humanos. Reclama la igualdad, nunca el sometimiento. Amplía derechos. Y así lo recoge la definición de la RAE:

Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

No son iguales, ni el feminismo es un machismo al revés, como afirman perversamente quienes quieren que nada cambie. Debemos repetirlo sin descanso.

La violencia de género no es algo natural, es el producto de la desigualdad entre hombres y mujeres y del patriarcado. No es algo fortuito, sino producto de una situación de desigualdad secular.

Y esa desigualdad se manifiesta también en el lenguaje que aparece en los medios de comunicación.

En las informaciones, se abordan los casos de violencia machista como algo impredecible, son cifras aisladas y no se contextualiza.

Las mujeres aparecen asesinadas, no son asesinadas y son culpables por no haber denunciado.

Mujeres que “se suman a la lista de asesinadas”, como si se tratara de una plácida carrera de domingo.

Mujeres muertas, no asesinadas, y hombres a su lado que se suicidan, equiparando a la asesinada y al asesino.

Hombres educados, que nunca han dado un problema, y que matan por amor o arrastrados por los celos. Como si fuera un accidente y no una situación sistémica de desigualdad.

Mujeres “demasiado libres” que provocan la tragedia por querer ser autónomas o romper relaciones. Como si ellas debieran rendir cuentas de su libertad.

Los medios, como la sociedad, son machistas. Las mujeres representan sólo el 28% del sujeto y fuente de las noticias. Sólo hay un 9% de mujeres que opinan y tienen más presencia en cuestiones de opinión popular que como expertas en su campo.

Cuando aparecen, lo hacen en un papel secundario, supeditadas al varón que dirige, o como mera concesión a la igualdad.

Las mujeres sólo aparecen como protagonistas en casos de violencia de género y crímenes.

Desde las grandes cabeceras y televisiones también se ejerce violencia sobre las mujeres. Artículos, reportajes y tertulias que penalizan a las mujeres libres que se salen del patrón establecido por el patriarcado. Se cuestiona que sean buenas madres, que concilien abandonando a la familia u obligando al marido a conciliar. Sesudos analistas preocupados por la maternidad  que nunca se ocupan de las funciones de paternidad.

Por no hablar de las listas de políticas y deportistas más guapas y mejor vestidas que degradan y faltan al respeto a las mujeres cada día.

En los últimos Juegos Olímpicos, el tratamiento informativo de ellas y de ellos es significativo por su machismo:

Cuando una mujer consiguió una victoria, se dedicó más tiempo a hablar de su apariencia que de sus logros.

De lo que más se habló en el caso de una mujer deportista fue de su apariencia, de su edad, de su ropa y de su vida personal.

 Las palabras que más se han usado para referirse a las mujeres (y no a los hombres) son “edad”, “embarazo”, “mayor”, “soltera” o “casada”.
Las palabras más usadas para referirse a los hombres son: “rápido”, “fantástico” “fuerte”, “real” y “grande”.

El feminismo no es un tema. Debe ser una filosofía que impregne toda la redacción. Desde la publicidad a la economía, pasando por la política o la ciencia.

Como dice la profesora Juana Gallego:

La buena información, por definición, tiene perspectiva de género. No debe reducirse a una sección o a un blog.

Uno de los mayores riesgos es que el feminismo quede recluido a una sección del periódico, a un blog o a noticias que circulan por redes sociales desvinculadas de un contexto más global. El contexto es imprescindible.

Funciona a la perfección una jerarquía de género asimilada por todos, hombres y mujeres. La dominación masculina, que sólo es fruto de la educación, se considera algo natural, propio de la naturaleza y es aceptado por la sociedad entera.

Hay incluso un falso feminismo neoliberal que está de vuelta del feminismo sin haber ido. Habla de “feminismo histérico, radical”. Predica que todo está hecho en cuestión de igualdad entre hombres y mujeres y propugna una vuelta romántica  al mundo de las abuelas. Como todo lo romántico, suele ser mentira. El que todo tiempo pasado fue mejor es otra mentira y además el lema conservador por excelencia.

Según la relatora de la ONU para la mujer, hay una corriente conservadora a la que incomoda el avance de las mujeres y está forzando la regresión. La causa la expresa en un agudo análisis el filósofo Daniel Innerarity:

A los hombres no nos incomoda una mujer y menos una mujer-mujer, lo que nos incomoda es un individuo, una persona que piensa en libertad.

Parece que ciertos poderes, religiosos, económicos y políticos, siguen creyendo en el derecho a imponer sus normas. Temen a las mujeres. Sobre todo si piensan y quieren ser libres. Las corrientes patriarcales y dictatoriales renacen con fuerza. En el fondo, ambas son estructuras de poder, y el machismo se mueve como pez en el agua en las dictaduras. Recordemos el franquismo.

Agazapadas algunos años, siguen ahí. Y se han recrudecido en los años de gobierno del Partido Popular. Son una corriente pegajosa, persistente, peligrosa que impregna el tejido social. Y destruye, humilla y mata, incluso, si no consigue su objetivo.

Si violencia son las muertes, una violencia sutil y cruel es esta muerte lenta de derechos.

Los últimos años de gobierno conservador han realizado un duro ajuste ideológico de los derechos femeninos. Con la excusa de una economía de crisis y de recortes, se impone una calculada vuelta de las mujeres al hogar. De donde nunca debieran haber salido, según los neoliberales.

De poco valen gestos y manifestaciones, si el Parlamento nos desprecia y no consigna ni un euro para ese Pacto de Estado fantasma que debería estar en marcha en octubre de 2017.

De poco valen conmociones y declaraciones pomposas vacías de contenido, si no se acaba con la ideología machista que provoca los asesinatos.

Más medidas efectivas y menos hipocresía sensiblera. Más igualdad y menos machismo institucional. Menos conmoción y más cumplir las leyes.

Hasta que la ideología patriarcal no desaparezca de la sociedad, hasta que las mujeres no alcancemos la igualdad real, no sólo la legal, me temo que estas cifras terribles seguirán estando ahí.

 

 

María se fue una mañana
María sin decir nada
María ya no tiene miedo
María empieza de nuevo
María, yo te necesito
María escapó de sus gritos
se bebe las calles María…

 

Y sin embargo

29/05/2017

 

 

Hace un año que nos sentábamos en esta misma mesa para presentar Farándula. Aquel día confesé que la lectura de las obras de Marta Sanz me había hecho recuperar el sabor de la buena literatura, de una literatura que ya creía perdida.

Desde entonces no he hecho más que reafirmar mi impresión. Decía Unamuno que autor viene de auctor: el que aumenta, agranda, mejora. Y Marta Sanz es una autora con mayúsculas porque siempre nos abre perspectivas nuevas. Agranda con su literatura un mundo estrecho y encorsetado por una cultura cautiva del poder y fruto de la globalización neoliberal.

Como afirma en su lúcido ensayo, No tan incendiario:

La cultura como artefacto ideológico, conforma la visión del mundo y el espacio sentimental de los seres humanos que, interactivamente, se convierten en productores de cultura. Las formas culturales con apariencia de neutralidad son las que entrañan mayor peligro […]. La cultura deja un poso que nos mueve a unos procedimientos determinados de acción. O de inacción.

Ella actúa con palabras. No renuncia a la lucha por el lenguaje y reivindica como propias palabras como libertad, solidaridad, compromiso, fraternidad, que forman parte de nuestra tradición política, pero que han sido privatizadas y vaciadas de contenido por el pensamiento único y la publicidad. No podemos permanecer impasibles ante esta privatización del lenguaje. Hay que denunciarlo. Y Marta Sanz lo hace siempre que escribe.

Frente a una cultura entendida como un bálsamo, “que no admite que nadie nos importune ni saque de nuestras casillas”, ella apuesta por una cultura que moleste. Y también por una vuelta a lo real.

Su literatura no evade, sino que sacude e inquieta. Su cuidado del lenguaje no es casual, sino meditado. Porque la forma también es una decisión ideológica. La tarea de la literatura es penetrar en la conciencia del lector y hacerlo crecer. Abrirle los ojos, aunque duela. Producir orzuelos. Manchar las manos de tinta.

La crisis ya ha hecho, ¡y de qué manera!, que abramos los ojos a una realidad podrida. Ahora, hay que decirlo con un lenguaje que inquiete al lector lo suficiente como para que despierte del todo y reaccione.

Y todo ello desde una tarea dura y agobiante, fuera de conceptos míticos sobre el autor inspirado por las musas.

Lo que más me atrae de ella es su concepto de la literatura como trabajo. Un trabajo que hay que cuidar al máximo, si se quiere ser honesto y no un mero diletante. Un trabajo que duele, que tiene servidumbres, que cuesta esfuerzo, que te reduce a esclavo de un mundo precario en el que el mercado manda. Una pieza más del engranaje diabólico en que nos mueven.

Marta Sanz es una de las escritoras, e incluyo a escritores masculinos, más lúcida y reflexiva que conozco.

Sus obras dialogan siempre con las suyas anteriores y con otras del panorama literario que enriquecen, alargan la sombra de los conceptos y ofrecen perspectivas nuevas. Nadie escribe desde el vacío. Siempre se escribe desde un poso ideológico. Y hay que ser consciente de ello para tratar de entender y desmontar el sistema que nos dirige.

El primer paso acaso sea, según sus palabras, sacar al escritor de su clásica torre de marfil, para que pise la calle, mire la realidad y se haga carne.

Porque envolverse en la mentira literaria y protegerse con los velos de la ficción puede consolar, pero a cambio exige el peaje de la corrección y aleja la perspectiva de la autenticidad en nombre de la verosimilitud:

Frente a las visiones edulcoradas de la realidad, toda la literatura tendría que doler y alejarse de esas bonitas perspectivas irónicas que no son más que un tupido velo para tomar distancia y para separar «inteligentemente» los labios sin causar muchas molestias practicando el ejercicio de la corrección política.

No le gusta la literatura placebo, la que se encierra en el arte y se aleja de la realidad. Entendiendo como realidad lo que nos pasa, las zonas oscuras y tabúes impuestos más allá del realismo decimonónico: dinero, facturas, enfermedades, miseria, supervivencia, dudas, angustias y escatologías varias. Una literatura con manchas y churretes porque no le gusta lo puro:

Parece que las personas que nos dedicamos a este oficio no podemos hablar de dinero, pero yo lo hago porque creo que las carencias, las incertidumbres en este ámbito, se somatizan, forman parte de nuestras patologías cotidianas.

El segundo, liberarse en lo posible de las ataduras del mercado:

 La urgencia de complacer al mercado limita la capacidad de asunción de riesgos -no necesariamente económicos-, de observación, de reflexión, el sentido crítico, los intentos de desvelar una realidad angustiosa, de visibilizar los traumas de una normalidad a veces terrorífica…

Hace falta ser muy valiente para hacerlo. Y Marta Sanz lo es. Sin concesiones.

Rompe a martillazo limpio clichés y tabúes que nos imponen y que nos hacen infelices.

Y el tercero, y quizá el más duro y difícil, desnudarse emocionalmente y afrontar el envejecimiento, la enfermedad y la debilidad:

De lo que más miedo nos da hablar es de nuestra vida y de nuestra experiencia cotidiana […].

Todo el mundo necesita un público: no un interlocutor, no un receptor activo.

La autora ya había hablado de sí misma en  El Frío, su primera novela, en la que confiesa haberse vengado de un amor fallido. Una novela poética y malvada a partes iguales que estremece por su contundencia. En ella se venga del pasado, pasa página y encara el presente. Aún no había cumplido los 30 años cuando la escribió. Y la literatura la salva. Sale victoriosa.

También lo hace en Lección de anatomía, una vivisección de su infancia y juventud, como en el cuadro de Rembradt que le da título. Más allá de las memorias autobiográficas, está en ella la vida de la gente que la rodea. Porque lo de fuera condiciona lo de dentro. La escribió con 40 años y todavía era capaz de mirar el pasado con complacencia. El presente no duele y el futuro espera. Disfruta escribiéndola y vence de nuevo.

Ahora, confiesa estar cansada de la ficción porque afirma que la literatura son muchas cosas. Tantas que se atreve con un libro inclasificable, poliédrico, extraño, desasosegante, valiente y novedoso como es el que hoy presentamos. Mi clavícula y otros inmensos desajustes. De nombre comercial, Clavícula. El título completo es importante y creo que no ha sido suficientemente resaltado.

Va a cumplir 50 años y siguen intactas sus ideas sobre el compromiso, la literatura política, la obligación de ser honesta, la necesidad de ser consecuente. Comprometida siempre con su clase y su género, siente ahora la urgencia de escribir desde ambos.

Publica en 2016 un ensayo sobre los usos amorosos en el postfranquismo Éramos mujeres jóvenes en el que habla de mujeres como personas en una sociedad que las ningunea, sobreexplota y castiga. Habla de su sufrimiento, obligadas a ser inseguras y sufrientes por una sociedad patriarcal que las margina. Habla de la falsa e interesada identificación entre machismo, que significa quitar derechos y feminismo, que reclama restaurarlos.

Siguen doliéndole la injusticia, las desigualdades y la hipocresía social. Pero a esos dolores sociales se añade ahora uno nuevo, físico, imprevisto, amenazante y persistente.

Un dolor localizado en un lugar impreciso, donde no hay nada. Un dolor que no tiene nombre ni hay palabras para describirlo.

Ese dolor se centra en la eufónica clavícula. Una ese sinuosa que pincha.

Y que se representa en esa clave de sol, amable y musical que nos llama  desde la portada del libro. Pero que acaba en una punta de flecha amenazante, siniestra, contradictoria y real como una amenaza cierta.

Un dolor que despierta los miedos, las culpas, los terrores, la amenaza del paso del tiempo.

Un dolor que centra la memoria en el presente, que reduce el cuerpo a un punto doloroso que se extiende y amenaza con devorarlo.

Un dolor que exige fuerza para poder seguir trabajando, viajando, sobreviviendo, amando, llorando, temiendo, esperando.

Un dolor que transforma la narración al uso, que fluye y avanza atrás y adelante, en un berbiquí que indaga, que profundiza en un punto del presente.

Clavícula es una palabra esdrújula preciosa, como lo es farándula. Con una eufónica combinación de oclusivas y líquidas que acaricia el oído. Y a nadie le puede doler un esdrújulo. Pero está asociada también a clavo y a clavar. A un objeto punzante que araña y rompe la superficie para dejar ver lo que hay debajo. Porque el dolor puede llegar a ser muy persistente y romper la máscara protectora tras la que nos escondemos y vivimos.

Marta Sanz rompe esa máscara con una valentía y una honestidad envidiables. Hoy se habla machaconamente de la posverdad, como si la verdad tuviera un tiempo y este ya hubiera pasado. La verdad de la autora de Clavícula es su honradez y su autenticidad, su valentía a la hora de asumir sus debilidades, de purgarse con las palabras y de usar la literatura para desenmascarar, limpiar, indagar, como ya lo hizo en Farándula.

Pero ahora sin personajes interpuestos. A cuerpo descubierto. Y con el cuerpo. Porque como dice el lema de Marguerite Durás que abre el libro: No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.

Y no sólo abre su cuerpo en canal sino que lo hace también con los lectores, con asuntos que nos conciernen a todos como víctimas que somos del capitalismo avanzado. Y purga también nuestras enfermedades sociales y personales. Porque ella nunca olvida que no se puede hablar de la vida interior sin hablar de la exterior. No es posible tratar de nuestros dolores físicos y psíquicos, sin conciencia de que sus causas están fuera. Sin comprender que la vida depende de vínculos sociales y que el más importante de ellos es el trabajo.

Un trabajo que se nos niega, como al marido parado, o que se nos impone, con saña de castigo bíblico, más allá de nuestras fuerzas. Porque, aunque nos derrumbemos, no nos podemos permitir parar ni decir que no. Porque de ello depende nuestra débil supervivencia.

Los dolores privados son consecuencia de las enfermedades sociales provocadas por una brutal crisis que afecta a nuestros cuerpos y a nuestas almas sin solución de continuidad. Lo físico y lo psíquico se unen, se separan. Se necesitan, se alían, se repelen, dialogan y pelean en cada página del libro.

El yo y el nosotros lo hacen también, porque la mirada de Marta Sanz trasciende lo que ve y lo interpreta en clave colectiva, reflexiona en diálogo consigo misma.

Y, al hablar de dolor, habla de las personas a las que más castiga, las mujeres. Porque la violencia estructural que se ejerce sobre nosotras afecta a nuestra salud. La sociedad partriarcal y los machismos endémicos cuestionan nuestro crecimiento personal y minan el cuerpo que lo sostiene. En nuestro cuerpo se graban deseos y frustraciones, y los dolores son su consecuencia.

La OMS certifica que la carga depresiva en mujeres es un 50% mayor que en los hombres. Y la sanidad no estudia los efectos de enfermedades en el cuerpo femenino. Bastan pastillas tranquilizantes para apaciguar la fiera o tratamiento de locas ante “dolores que no existen”, “dolores equivocados” o fantasmagóricos que pueden llevar a la muerte a las que los sufren, tras calvarios de hasta nueve años para diagnosticar una endometriosis.

Y la narradora interpela a Nietzsche que decía que los dolores más intensos son los de las señoritas burguesas bien alimentadas. Lo enfrenta, inmisericorde y certera, con los calvarios reales de sus amigas reales, con dolores reales, maltratadas por el desprecio sistemático a las enfermedades femeninas. Enfermedades a las que se dedican menos estudios, menos atención, menos visibilidad.

Hasta doce diagnósticos diferentes desenfocados para no pronunciar la palabra menopausia son muchos, incluso para una sociedad patriarcal.

Marta Sanz reivindica en Clavícula el derecho a la queja, el derecho a la debilidad. A la enfermedad, al descanso y a la flaqueza. El derecho al dolor sin ser tachada de hipocondríaca. El derecho a descansar si estás enferma por encima de la ineludible obligación de ser encantadora, trabajar, escribir, viajar, no parar. Clavícula es la “poética de la fragilidad” como la ha definido certeramente Edurne Portela.

Y Marta Sanz lo hace con su mejor arma, el lenguaje que tan bien domina.

Hay que ser valiente para hablar de temas tabú como la menopausia, las enfermedades o el dinero, el vil metal que tanto condiciona nuestras vidas y al que fingimos despreciar, aunque sólo sea posible hacerlo si se tiene en abundancia.

Pero esa valentía sería imposible si no se tuvieran las capacidades de Marta Sanz para retorcer las palabras, exprimirlas, concretizar lo abstracto, metaforizar sin descanso y nombrar lo imposible con un estilo que  desafía  e incomoda al lector continuamente. Esa propensión obtusa de mezclar lo pedante y lo paleto que define su estilo en sus propias palabras.

Y es que las sucesivas y geniales metáforas del dolor mutante a lo largo de sus páginas son latigazos en el alma del lector. Desde la garrapata y el ratón al sabor a sangre, pasando por la corbata, la bola de pelusa o la punzada. Sólo en un párrafo hay 10 líneas -muy propias de su estilo- en las que 31 sintagmas, con y sin adjetivo, con y sin complementos, sustantivos abstractos y concretos buscan alocadamente palabras para definir lo indefinible: el dolor. La escritora a la que sobran las palabras se queda muda ante el reto. Porque el dolor animaliza y paraliza.

La concretización de los síntomas de la enfermedad, sus geniales quiebros para evitar lo escatológico y sortear tanto la sensiblería como el exhibicionismo serían imposibles, sin un dominio como el suyo de los resortes lingüísticos. Enumeraciones, contrastes, antítesis, unidos a una frase corta, tajante, que hiela el alma y corta a veces el aliento. Cultismos y coloquialismos se enlazan en párrafos en los que la ironía brilla y, a veces, el sarcasmo hace torcer el gesto en una mueca entre sorprendida y resignada. Marta Sanz es efectivamente una maga de las palabras:

Ando buscando nuestra inmensa belleza entre este contubernio de palabras gratamente blasfemas y lenguaje corporal. La encuentro.

Clavícula es un libro atípico. Entre la narración y la reflexión, entre el diario y la crónica, entre lo lírico y lo narrativo, entre lo público y lo privado. Entre el dentro y el fuera.

Funciona como una melodía con variaciones en círculos que se expanden, con ahondamientos casi obsesivos que convergen siempre en un punto. Sin intriga clásica porque la autora lo quiere:

Sus páginas no están concebidas para ser convencionalmente interesantes. Son una indagación. Hablan de una persona, no de sus pasos de baile.

La componen 106 fragmentos separados por espacios en blanco. La mayoría son breves, algunos brevísimos de apenas dos líneas. Fragmentos, pedazos rotos de una estructura que es metáfora de la ruptura corporal de la propia narradora. Porque el dolor rompe hasta el estilo. No puede construirse un edificio literario sobre los cimientos de la precariedad, de la enfermedad y el miedo.

Casi doscientas páginas dura el desastre y su análisis. Hasta que un día decide escayolarse, recomponerse. Y seguir adelante.

No es casual que los fragmentos más extensos se dediquen al sentimiento de fraternidad, llámese amor por la pareja, respeto amoroso por el padre, complicidad con la madre o lazos afectivos con amigos y amigas.

Y es que Marta Sanz piensa que de la triada de utopías de la Revolución Francesa si acaso sólo se ha conseguido la libertad -la de los neoliberales, claro- y faltan dolorosamente la igualdad y sobre todo la fraternidad.

Clavícula es también una novela de amor por encima del dolor. Amor y ternura hacia la pareja de siempre. Complicidad, sensibilidad, afecto inconmensurable de quien siempre está ahí, incluso para ser herido. Incluso para sufrir con ella, para acompañarla en su perplejidad dolorosa. Porque el verdadero dolor fantasma es el desamor. Y la soledad que ahoga en los hoteles es una herida que se cura con afecto y compañía.

Complicidad con la madre, malcontenta como ella. Presta a hacerla reaccionar, decidida a explicar lo inexplicable, a acogerla siempre en el cálido nido familiar para protegerla.

Respeto por un padre que no entiende a una hija vulnerable, que quiere despertarla a golpes de realidad, que sufre por verla sufrir. Que no comprende que la tristeza ocupe la vida porque conoce las luchas cuerpo a cuerpo y quisiera hacerla reaccionar como sea. Un padre al que ella oye gritar aun sin verbalizarlo, con la sabiduría de un hombre vital y comprometido:

Despierta, espabila, vive. No seas barroca, gusano, bodegón, vive.

Complicidad también de amigos, hombres y mujeres, que logran arrancar una sonrisa, que apoyan con su presencia, que alientan con su ejemplo, sobre todo las mujeres.

Lazos de afecto fuertes, frente a las débiles relaciones de internet. Lazos que se anudan mirando a los ojos del otro, no a través de una fría pantalla.

Afectos, no exentos de contradicciones porque vivir es dudar y no todo es blanco o negro. Hay amigos que agobian o dañan con buena intención, frases que hieren cuando pretenden curar, padres que yerran en su tarea de apoyar. O no, quizá sólo son nuestras propias contradicciones.

Porque cuando sufrimos podemos ser malvados y la culpa nos ahoga. El mal provoca maldad.

Y porque también, en este sistema perverso, se culpabiliza al enfermo como se culpabiliza al pobre. Debes luchar por salir de la enfermedad como debes luchar por ser rico. Si no lo haces, es que eres débil o te faltan capacidades. Como si todos partiéramos de la misma línea y tuviéramos las mismas oportunidades.

El dolor es un aviso, un síntoma de la enfermedad y Marta Sanz tiene muy claro su nombre al final del libro. Y conseguir nombrar la enfermedad quizá es la clave de la recomposición y recuperación de la narradora:

Nos hemos hecho viejos antes de tiempo por culpa de la reforma laboral. Los ajustes, la crisis, los recortes […] se nos han metido en el cuerpo como un demonio […] y ahora forman parte […] de la enfermedad de la que, palabrita del Niño Jesús, nos vamos a morir.

Clavícula es también un libro de reflexión metaliteraria sobre los límites y contradicciones de la escritura Y también sobre su poder certificador de lo real y lo imaginario:

Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.

Cabe preguntarse cómo puede la autora abordar con tal lucidez y sin perder la compostura temas tan vitales, tan íntimos, tan duros de verbalizar, y lo más difícil, cómo puede salir indemne.

Y la clave creo es el tono. Ese tono entre el humor negro y la ironía hipocondríaca a lo Woody Allen. Entre la literatura clásica de Cervantes y Quevedo. Entre la sonrisa amable y la mueca sarcástica.

Junto a los afectos, el humor es el analgésico del dolor en Clavícula. El humor dulcifica las aristas de esa punta de clave que se introduce en la piel. Logra arrancar una sonrisa de las situaciones más dramáticas, como la de la espirometría o la genial escena de la prueba de esfuerzo. Una pieza maestra. O cuando la narradora cómplice afirma que nunca podría confiar en un psiquiatra llamado Mariano.

Ayudan y mucho también, las referencias culturales a novelas, propias y ajenas, a películas, a actrices emblemáticas que ayudan a entender algunos  mensajes: desde la ternura del Bósforo de Almasy de El Paciente Inglés a la dureza de la “lobotomía política” en Frances.

Este libro es marcadamente culturalista y lleno de adverbios en -mente, confiesa la autora.

Quizá porque necesita el apoyo de otros que hablaron antes que ella y porque necesita afianzar rotundamente las circunstancias con esa terminación absoluta en -mente que las zanja con rapidez en castellano.

Porque Marta Sanz trabaja duramente el estilo y nada es casual en sus libros, sino fruto del trabajo y la reflexión. Ella misma  nos explica en Clavícula por qué escribe así:

Se multiplican los trabajos y como en el estilo se funden fondo y forma. Las enumeraciones no son manierismo sino necesidad. La precariedad se expresa con la fractura y la brevedad sintáctica, y se amontonan y acumulan las palabras porque hay que sumar cien acciones para conseguir un solo fin. Todo está en el aire. La cultura ya no es un elemento de desclasamiento positivo.

Estajanovismo puro. Mi dolor es una letra que se escribe cuando tengo miedo de no poder pagar facturas o subvencionarme la vejez. Esto es absolutamente impúdico pero fundamental.

La literatura es un purgante, y ella se purga por segunda vez en Clavícula.

En El Frío se curó de una mierda de amor, según sus palabras. Ahora el problema es que no confía en lograr la curación. La literatura se ha convertido en deporte de riesgo. Para ella y quizá para los que quiere.

A pesar de todo, Clavícula es un libro vital y luminoso. Un libro que se agarra a la vida con más fuerza que la garrapata del dolor al cuerpo.

Y el ancla es una palabra Sarinagara, algo así como sin embargo en japonés. El poeta japonés Kobayashi Issa ve morir a su madre, a su mujer, a sus tres hijas. Se casa de nuevo y pierde a una nueva hija. Y es capaz de conjurar tal horror con haikus luminosos que lo purgan de su dolor como el que acaba con la palabra sarinagara:

Sólo el rocío

es el mundo, rocío

y sin embargo.

Su contemporáneo Philippe Forest, escritor francés, pierde a una hijita a los cuatro años ,víctima del cáncer, y escribe una novela titulada Sarinagara en la que se mira en el espejo del japonés y busca, como él, consuelo en la literatura.

Marta Sanz los trae a Clavícula para explicar que es posible agarrarse a la vida cuando aparentemente ya no queda nada. Que es posible mirar un faro y sentirse a salvo, hasta la próxima tempestad al menos.

El libro acaba con un plácido crucero familiar. Con la narradora ácida aplicando su ojo sucio a la realidad de un viaje consumista donde los haya. Consciente de su lugar, lúcida ante su situación, corrosiva con lo que desprecia y amable con las debilidades.

Viva. Aferrada a la vida, porque quejarse y patalear no se parece en nada al deseo de desaparecer, dice.

Porque al fin, lo que queda es el amor, los afectos. Es una pareja de personas especiales que se cogen de la mano en el avión de vuelta a casa. La narradora se lleva los dedos al Bósforo de Almasy, a su clavícula, al dolor como síntoma y nos deja con las perplejidades y dudas críticas que plantea la buena literatura.

Una propuesta que pasa por pensar en el ahora y en el aquí, por ver la viga en el ojo propio, por reconocer el peso y el volumen de nuestras alienaciones cotidianas.

Ella ha ordenado su caos tras la perturbación. Ahora nos deja también con sus preguntas, con sus dudas que ya son nuestras, con su dolor que ya es nuestro, con nuestras purgas que son nuestras y con nuestras reconstrucciones que también son sólo nuestras.

Otros inmensos desajustes que habrá que ajustar, o al menos entender, para poder soportarlos un poco mejor. Leer Clavícula, nos ayudará a encontrar nuestro camino para hacerlo.

No es fácil… Y sin embargo.

 

 

 

Presentación de Clavícula en la Librería Ambra de Gandia.

No es libertad, es clasismo

17/05/2017

 

La escuela ya no es el lugar natural de la igualdad de oportunidades, como pide la Constitución y soñábamos algunos. El sistema educativo reproduce de modo cruel las desigualdades económicas. La escuela concertada se ha convertido en una burbuja clasista donde se refugia la clase media para blindarse ante la realidad. Elige alumnos, elimina a los problemáticos y se nutre de fondos públicos.

Mientras todos no partan de las mismas condiciones, no se puede hablar de igualdad ni de libertad de elección.

Dice Daniel Pennac que estadísticamente todo se explica, pero personalmente todo se complica. Los números del informe PISA se han manipulado siempre y se han ocultado datos significativos.

Se ha ocultado, por ejemplo, que esos informes dicen que nuestro sistema es de los más equitativos de la OCDE. Y también que, si eliminamos el factor sociocultural de la estadística, la escuela pública tiene resultados similares, e incluso más altos en muchos aspectos, que los de la concertada y privada.

Se empieza a estar ya muy harta de escuchar eso del fracaso de lo público cuando vemos a nuestro alrededor el derrumbe estrepitoso de lo privado en todos los ámbitos, empezando por el económico. Los buenos resultados de algunos centros no son garantía de eficiencia, sino muchas veces de falta de exigencia. Cuando no, de selección del alumnado.

Lo que ocurre es que nuestro sistema escolar es clasista. El gasto de la Administración valenciana en la  escuela concertada es muy superior a los países de nuestro entorno. Sólo en Valencia su subvención, incluida la del Opus Dei, supera el gasto en infantil y, claro, no hay guarderías públicas suficientes y faltan medios en colegios e institutos públicos, los de todos, los que no discriminan a nadie por causas económico-sociales o de cualquier otro tipo.

Ese gasto en concertada se disparó en la larga y funesta etapa de gobiernos del Partido Popular, sobre todo en la época de Francisco Camps. Mientras, los alumnos de la pública recibían la enseñanza en indignos barracones que se perpetuaron durante años.

Por eso es hoy tan necesaria la decisión valiente de la Consellería d’Educació del Gobierno valenciano de retirar el concierto a determinadas unidades de Bachillerato en centros concertados.

Por primera vez se cumple escrupulosamente la norma, aprobada por el Partido Popular (parece que para no cumplirla). El bachillerato no es enseñanza obligatoria. Por tanto, no entra en los conciertos al uso. Es necesario repetir, ante manipulaciones burdas, que se eliminan aulas de enseñanza no obligatoria concertadas y se aumentan en infantil y primaria  allá donde son necesarias.

Además,  los conciertos no son necesarios allá donde hay centros públicos que cubren las necesidades de todos. Si acaso, cumplen una función subsidiaria de la escuela pública y no al revés, como siempre ocurrió en épocas de infausto recuerdo en las que gobernaba el Partido Popular de Camps. La anomalía que supone la subvención pública de enseñanzas privadas, vía concierto, es sólo propia de este país. Con la excepción de Bélgica, esta clase de conciertos son inexistentes en Europa.

Otra cosa es la enseñanza privada. Legítima y defendible, siempre que sea sufragada por aquellos que la eligen. Pero eso no ocurre en la privada concertada que se nutre con los impuestos de todos, y que sólo es accesible a unos pocos. Los recursos que se dedican a ella se detraen de los que, según la ley, son de la pública.

Si algún padre o madre no quiere que sus hijos asistan a escuelas públicas, sea por la razón que sea, deben pagarse de su bolsillo la privada. En ningún caso reclamar, como hacían hace días en una manifestación, que se les pague a la carta su propia enseñanza.

La decisión de apostar por una escuela pública, fuerte, plural y de todos, debieron tomarla hace tiempo nuestros gobernantes. Desde los inicios de la etapa democrática, se debió apostar por fortalecer la escuela pública e ir disminuyendo progresivamente el peso de la privada concertada. Pero eso, por desgracia, nunca ocurrió.

Prefirieron apostar, derecha e izquierda, por una convivencia de ambas que nunca fue equitativa. Sin igualdad, no hay libertad.

Representantes de la escuela privada sufragada con fondos públicos, que eso es la concertada, reclamaban el otro día los mismos derechos que la pública.

Olvidaban reclamar los mismos deberes: admisión de inmigrantes, de alumnos con dificultades, no discriminación por sexo, raza o religión, enseñanza aconfesional, sin ideología religiosa impuesta. Ratios dentro de la ley, aulas ajustadas a la norma. 

En la pública se da cabida a todo tipo de ideologías y sólo hay dos condicionantes: la Constitución y los Derechos Humanos irrenunciables. La escuela pública no promueve campañas homófobas ni imparte educación sexista, como sí hacen algunos colegios concertados.

Y la libertad de cátedra en ella es sagrada. Nadie puede imponer un ideario propio a los centros. A eso se refiere la libertad de enseñanza, no a elegir a la carta contenidos e ideario, como sí hace la concertada.

Estudios sociológicos demuestran que el fracaso escolar afecta más a las rentas bajas. Los hijos de padres sin estudios tienen un 20% más de riesgo de fracasar. Sólo un tercio cursará bachillerato y apenas la mitad de ellos llegará a la Universidad. Y no los quieren en ciertos colegios concertados que saben muy bien evitar alumnos “molestos”, concediendo puntos a quienes no plantearán problemas ni necesitarán ayuda suplementaria. Los acoge la red pública, que no segrega a nadie. Como sí hace la concertada.

La escuela, por desgracia, es el reflejo de una sociedad que prima al dinero y los privilegios de clase sobre la  justicia equitativa. Hay padres que no dudan en pagar una cuota, por otra parte ilegal según la norma, a su escuela concertada para blindarse ante gente “que no le gusta” sea por raza, religión o clase social.

Los 9 colegios concertados de València a los que la Conselleria de Educación ha reducido aulas de Bachillerato apenas escolarizan a alumnos con necesidades de compensación educativa. Aquellos que presentan dificultades de inserción escolar al encontrarse en situación desfavorable. Es decir, niños de familias con pocos recursos, pertenecientes a una minoría étnica o inmigrantes.

La educación pública ofrece una salida y un futuro a todos nuestros jóvenes. La concertada elige alumnos por su clase social o por su rendimiento académico, mientras se nutre de fondos públicos de todos. La pública no segrega , como sí hace la concertada.

A nadie se le ocurriría exigir que se pagara con dinero público un hospital privado a un paciente que quisiera una habitación de lujo y prestaciones especiales. Si quiere privacidad, atenciones especiales y privilegios, que se los pague.

Nunca oí una voz de padres de la concertada apelando a la libertad de enseñanza cuando se suprimían aulas en la pública, al concertar el Partido Popular (ya dijimos que de modo irregular) bachilleratos en la privada concertada. Tampoco, a los representantes de escuelas católicas reclamar justicia para los desprotegidos, alumnos con necesidades especiales e inmigrantes a los que no admitían en sus aulas.

Nadie desde la patronal religiosa habló nunca de los profesores de la pública despedidos o desplazados. Ni de las tensiones en los institutos ante recortes brutales y supresión de aulas de bachillerato. Tampoco protestaron cuando los barracones en la pública proliferaban, mientras se reconstruían sus centros concertados con el dinero de todos. Ni una voz denunció los favoritismos del Partido Popular. Claro, les beneficiaban siempre. Y mucho.

Por no hablar del desvío de fondos para pagar de modo ilegal al profesorado concertado de más de ochenta años que no trabajaba. Todo un ejemplo de honestidad.

Ni de conciertos, que vulneran la Constitución, con centros del Opus Dei en Valencia que segregan por sexo. El Tribunal Supremo ha dicho de los que segregan: “Se excluye a esos centros de la posibilidad de concertar con la Administración competente su sostenimiento con fondos públicos”. Pero el Partido Popular blindó por ley a los centros segregadores. Muy significativo y “legal” todo.

Tampoco se les oye exigir que el profesorado de la concertada pase por las mismas pruebas de oposición que pasa el de la pública.

Es difícil mantener la ecuanimidad necesaria en medio de una situación tan injusta en la que se da la paradoja de que los privilegiados de la enseñanza concertada se rebelan contra la devolución de derechos arrebatados a sus legítimos propietarios de la escuela pública.

Y se siente rabia al ver cómo el Partido Popular, que lesionó siempre los derechos de enseñanza pública, sale entusiasta a manifestarse cuando simplemente se le devuelven. El mundo al revés. Y el cinismo, a raudales.

Estos políticos son los mismos que ordenaron a la policía apalear estudiantes en la “primavera valenciana” cuando reclamaban sus derechos. Y ahora se visten de blanco para intentar lavar sus pecados cuando gobernaban.

No eran “el enemigo” los estudiantes. Eran víctimas inocentes de un saqueo sistemático, desde la Generalitat del Partido Popular, del dinero de nuestros impuestos. Sometidos a condiciones indignas en sus centros de enseñanza. Viendo cercenado su futuro por recortes brutales y leyes laborales esclavistas que aprobaron los mismos que ahora se ríen y se manifiestan y que saquearon las arcas de este triste país.

Los mismos que suprimieron 606 unidades en la escuela pública mientras regalaban aulas a la concertada. ¿De qué protestan y de qué se ríen tan alegremente? ¿Se han apuntado a la pancarta que denostaban?

Una cosa está clara: esta aplicación rigurosa de la ley, que ya dijimos que es del Partido Popular,  es el principio del fin de la injusticia que suponía gastar dinero público en enseñanza concertada no obligatoria. Volver a la senda legal que supone no concertar aulas allá donde haya oferta pública y acabar con el distrito único que sólo buscaba facilitar la matrícula en centros concertados. Falta camino, pero hay que empezar a andarlo.

La Comunidad Valenciana es la única en España que mantiene “conciertos plenos” para el bachillerato con los centros educativos. Una excepción que hay que corregir por justicia.

Es esta una decisión valiente que levanta ampollas sólo en quienes estaban acostumbrados a recibir sin dar, a seleccionar y a no incluir, a ganar dinero a costa de la cosa pública.

Quien quiera hacer negocio de la enseñanza, que se convierta en empresario y arriesgue. Eso es, me parece,  libertad de mercado y libertad de enseñanza. El resto, como siempre, es jugar con la palabra libertad para seguir manteniendo privilegios. Tienen todo el derecho a elegir educación a la carta, pero no a que se la paguemos con nuestros impuestos.

Porque eso no es libertad, es clasismo. Las cosas por su nombre.

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