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El miedo como arma de sumisión

15/01/2017

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Todos los años, en invierno, en un pequeño pueblo de la opaca y rica Suiza, los grandes grupos financieros se reúnen en el Foro de Davos para ejercer su liturgia de millones. Allí dictan las leyes del mercado que gobierna el mundo. Dicen que es para mejorar la situación de la economía mundial, pero en realidad sanean sus bolsillos a costa nuestra.

Mientras, luchamos por sobrevivir y soñamos con ser felices engañados por la publicidad. Mientras los políticos se enzarzan en batallas crueles alejadas de los problemas reales, y los partidos engrasan sus maquinarias de cara a las elecciones para asegurar el sillón de los respectivos aparatos, unos cuantos sacerdotes del capital marcan, sigilosamente, las líneas de nuestra existencia en su retiro invernal.

Un retiro que se celebra en el mismo escenario donde transcurre la novela La montaña mágica de Thomas Mann. Novela donde se exploran las ideas de una Europa nueva. Y allí también dio conferencias Einstein en una cumbre filosófica. El lugar, aislado del mundo, tiene un halo de cultura indudable. Un marco prestigioso.

Pero allí, los líderes económicos mundiales aplican rebajas a los derechos humanos y dan consejos que no son científicos, sino letales para los más débiles. Sólo dicen lo que conviene a los ricos, fuera de todo control democrático. La mitad de la riqueza mundial está en sus manos,  y la otra mitad se reparte entre el 99% restante.

El individuo desaparece aplastado por este sistema perverso que amenaza acabar con la política y la democracia porque le estorban. El mercado gobierna, los gobiernos sólo gestionan.

 

Este año, su lema es Liderazgo responsable y receptivo. Para responder, como explica su fundador y presidente ejecutivo a los retos actuales de descontento global con sus políticas de desigualdad:

El mundo que nos rodea está cambiando a una velocidad sin precedentes. En este punto de inflexión, nuestros conceptos tradicionales acerca de la sociedad, el empleo de calidad y el Estado-nación son desafiados, y muchos ciudadanos se sienten inseguros o incluso amenazados 

Entre sus cuatro desafíos está reformar el capitalismo y prepararse para la Cuarta Revolución Industrial, un gran salto impulsado por la era digital, que está transformando nuestra forma de vivir y trabajar.

Este año, la reunión incluirá a Shaping Davos,una iniciativa para conectar con jóvenes líderes de 20 ciudades de todo el mundo para abordar las preocupaciones de la generación de millenials,así como una serie de sesiones de empresarios sociales- personas que emplean los negocios para el bien social-.

Se habla de Derechos Humanos y la reunión la inaugura el presidente de China. Y parece que la juventud y el liderazgo social y humanitario estará representado por la cantante Shakira, a la que se otorgará un premio Cristal por su “trabajo en educación infantil”.

Ni una palabra para la tremenda tragedia de los refugiados sin refugio que mueren congelados a las puertas de Europa. Ni una palabra para un mundo que se cierra a recibir a los que legalmente tienen derecho a ello por parte de quienes sólo piensan en cómo mejorar sus ganancias. El miedo al otro ha calado perversamente en esta Europa desnortada.

Parece que van consiguiendo “rediseñar el mundo” como rezaba el lema de hace tres años, porque esta mal llamada crisis sólo es un cambio total del mundo que conocíamos.

No parece transitoria y no es probable que volvamos al punto de partida, porque las fuerzas del dinero han decidido acabar con el débil Estado de Bienestar para entrar en una época en la que el miedo lo dirija todo.

El miedo a no trabajar se convierte en motor del mercado laboral. Y se acepta la precariedad, la inseguridad, incluso la esclavitud que dicta el empresario.

Porque las recetas del recorte  han  aumentado las desigualdades, y los de abajo ni siquiera pueden salir de la pobreza aun trabajando. “Los salarios no han bajado lo suficiente” dicen a coro nuestros empresarios y el siniestro FMI. Y nuestros salarios están ya muy por debajo de nuestras necesidades.

España ya es la campeona de la desigualdad en Europa. Quizá por eso nos felicitan, en un ejercicio cruel de cinismo que sólo contenta a nuestros inútiles gobernantes. Quizá les premien con una silla en Davos un año de estos. Aunque su curriculum esté en blanco, como el del ministro Soria o la alcaldesa Ana Botella hace algún tiempo. Ambos hoy han abandonado ya sus puestos y no precisamente de modo honorable.

Este año los agentes del poder, en un ejercicio de marketing, han decidido denunciar desigualdades y el miedo al futuro. No por solidaridad, sino por egoísmo. Ahora se dan cuenta de que los trabajadores pobres no pueden consumir sus productos, de que la desigualdad es mala incluso para sus negocios.

Hay miedo a perder las casas. Los desahucios se disparan, el empleo cada vez es más precario, cuando existe, y miles de personas se ven en la calle a pesar de las palabras engañosas de nuestros gobernantes y las mentiras de su prensa amiga. Crecen cada día los trabajadores pobres que no llegan a fin de mes.

La burbuja inmobiliaria que crearon ellos para enriquecerse sin freno, ha destruido  ilusiones de los de abajo que creyeron sus falsas promesas de progreso. Y aún pretenden seguir inflándola repitiendo el mantra de la recuperación que nadie nota.

Hay miedo al futuro que nos pintan oscuro y sin salida. La derecha ha conseguido con el bombardeo de sus medios afines, hacernos ver el futuro como amenaza. Así nos replegamos, cerramos los ojos, nos agarramos a clavos ardiendo y hasta permitimos que nos gobiernen quienes nos han traído hasta aquí. Parece que hay una ola de resignación creciente que arrasará con los logros de años.

El futuro no existe más que en el presente. Se hace ahora con nuestros miedos y nuestras ilusiones. Y es ahora cuando hay que construirlo. Es la hora de revertir el miedo que nos imponen, el castigo que no nos merecemos y que pagamos de manera injusta.

Como ha demostrado la ejemplar lucha de la “Marea blanca” en Madrid por la Sanidad pública. La de todos. Y que sigue en la brecha denunciando abusos intolerables. Porque la salud no es un negocio sino un derecho universal.

Porque se puede y se debe luchar por otro mundo. Nunca hay que resignarse. Si nosotros no defendemos lo que es nuestro, nadie lo hará.

La conciencia cívica puede obrar el milagro de recuperar los derechos humanos. Cambiar la sociedad del despilfarro por la del reparto, donde la ética y la honestidad sustituyan a la usura y la desvergüenza del  dinero. La utopía es la verdad del mañana. Pero debemos abrir los ojos.

Esta situación de emergencia ha hecho despertar ya conciencias dormidas, nos ha sacudido de modo tan terrible que la sociedad ya no se cree más patrañas. Somos muchos y juntos podemos luchar por más democracia, más igualdad y más justicia contra los sumos sacerdotes de Davos.

Aunque cada vez se difunda más la especie de que nada puede cambiar. De que hay que replegarse y resignarse.

 

Como dice Ignacio Ramonet:

Basta de aceptar la globalización liberal como una fatalidad, basta de ver el mundo transformado en mercancía. Basta de aguantar.

Imagen 1: Pintura de Costa Dvorezky

Imagen 3: Fotografía de Michal Macku, Gellages

Tengamos siempre presente su sufrimiento y hagamos que otros lo conozcan

12/01/2017

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Hace unos cinco siglos, miles de hugonotes huían de Francia, ante la persecución que el protestantismo sufría en esta tierra, para pedir refugio en Inglaterra. No fueron bien recibidos. Muchos les negaron un hogar o los desdeñaron como a perros. Contra esto clamó William Shakespeare. Escribió un monólogo imaginario para un personaje real, Tomás Moro. En boca del filósofo puso una amarga imprecación contra aquellos que rechazaban a los perseguidos de entonces.

Este monólogo, una de las pocas partes que ha podido rescatarse del manuscrito original, escrito a mano por Shakespeare, se ha digitalizado para su exhibición en la página web de la British Library. Juzguen ustedes su triste y desoladora actualidad en este cruel siglo XXI:

Imaginad que veis a los desdichados forasteros,

con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde,
arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
que la insolencia y la mano dura prevalecen,
que el orden es reprimido; y en ese escenario,
ninguno de vosotros llegaría a viejo,
ya que otros rufianes, a su antojo,
con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
se devorarían los unos a los otros.

¿Os agradaría
encontrar una nación con un temperamento tan bárbaro
que, estallando con una violencia espantosa,
no os proporcionase un hogar en sus dominios,
afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
os desdeñara como a perros, como si Dios
no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
si se os usara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
y tal es vuestra monumental falta de humanidad.

 

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Desgraciadamente se han cumplido las peores previsiones tras el infame acuerdo de la Unión Europea con con Turquía. Las personas siguen sin refugio, atrapadas en un limbo sin derechos, abandonadas a su suerte, malviviendo a la espera de que se reconozca su derecho a asilo.

Las nuevas vías abiertas tras el cierre de fronteras son mucho más peligrosas y han ocasionado la muerte en el Mediterráneo de cientos de personas. Se les ha gaseado en los campos, se les ha tiroteado, se les ha encarcelado en campos militarizados en los que no hay voluntarios que los apoyen, sin información, sin esperanza, abandonados a su suerte.

La UE sigue escondiendo la cabeza bajo el ala de la indignidad e incumpliendo sus propias leyes. Mercadeando con Turquía y presionando a Grecia para que escondan en el cuarto trastero de la vergüenza a seres que huyen de la muerte y a los que está obligada a acoger por ley.

Los gobernantes siguen sordos y mudos ante el dolor y sólo piensan en réditos electorales.

Pero lo peor de todo, si aún es posible algo peor, es la impunidad de unos dirigentes capaces de transgredir sus propias leyes sin que pase nada.

¿Quién nos garantiza que nuestros derechos serán respetados el día de mañana, cuando no se respetan hoy los convenios firmados por Europa?

Debemos ser valientes y persistentes para exigir al Gobierno de Rajoy que se cumplan los convenios internacionales y que se acoja al menos a las 18.000 personas previstas.

Porque sí se puede. Canadá, país menos poblado que España, 10 millones menos, ha acogido ya 25.000 y pretende ampliarlo a 50.000 según compromiso de su primer ministro.

Y Jordania, país limítrofe y paupérrimo acoge el mayor campo de refugiados del mundo. En Zaatari viven casi 100.000 refugiados sirios.

Debemos exigir, también, que se cumplan las obligaciones de asilo e integración con los que se acojan. Porque no se les puede abandonar a su suerte mientras permanezcan aquí.

Estas personas quieren volver a su país, pero la guerra se lo impide.

Nuestra crueldad los hace pensar ya en el regreso, a pesar del riesgo de muerte en sus países. Tanta penuria, desprecio y abandono pesan más que la propia vida. Terrible.

Tengamos siempre presente su sufrimiento y hagamos que otros lo conozcan.

Hoy son ellos, mañana podemos ser nosotros. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar la crueldad de un continente que deja morir en sus puertas a seres desvalidos.

refugiadosReuters / Khalil Ashawi

Porque, como dice el poeta Benedetti:

 

Ya es bastante grave
que un solo hombre
o una sola mujer
contemplen distraídos el horizonte neutro,
pero en cambio es atroz
sencillamente atroz
si es la humanidad la que se encoge de hombros.

No sólo palabras, sino actos como decía otro poeta, Gabriel Celaya:

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

 Gritos en el cielo y actos en la tierra. Por dignidad, por humanidad y, sobre todo, por legalidad, debemos abrir las puertas a quienes huyen del horror. 

 

Al fin, nacer en un lugar u otro sólo es una casualidad. No es nada que imprima carácter, ni que dé ni quite derechos.

 

      

 

Declaración Universal de Derechos Humanos

Artículo 1

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 14

1. En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.

Artículo 28

Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.

 

 

 

Alarmas

09/01/2017

 

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En el siempre agitado mundo de sus sueños, ahora reinaba un extraño e inquietante orden.

Se despertó alarmada.

Imagen: Reloj luna, fotografía de Chema Madoz

Guía para caminar tiempos oscuros

08/01/2017

Añoro la playa y las altas colinas

y aquella barca azul

que cerca de la costa

está esperándome.

MATILDE KUSMINSKY-RICHTER (Poeta y autora de cuentos, pareja de Sabato durante 60 años)

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Sí, escribo esto sobre todo para los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, soñado, escrito, pintado o, simplemente, esterillado sillas. De este modo, entre negativas a escribir estas páginas finales, lo estoy haciendo cuando mi yo más profundo, el más misterioso e irracional, me inclina a hacerlo. Quizás ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias; desamparos, torturas y genocidios. Pero también de pájaros que levantan mi ánimo cuando oigo sus cantos, al amanecer; o cuando mi vieja gatita viene a recostarse sobre mis rodillas; o cuando veo el color de las flores, a veces tan minúsculas que hay que observarlas desde muy cerca.

Así comienza el magnífico libro-testamento de Ernesto Sábato. A lo largo de sus páginas desgrana recuerdos, miedos, decepciones y anhelos. Me lo recomendó hace años una buena amiga y nunca se ha apartado de mi lado. Vuelvo a él con frecuencia porque siempre encuentro en sus páginas apoyo en momentos amargos, lucidez y esperanza, sobre todo mucha esperanza.

Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. “Aquel niño no era para este mundo”, decía. Creo que nunca la vi llorar —tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida— pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan. Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas.

Un niño, como tantos, que pervive en el adulto que siente que ya acaba su camino:

A medida que nos acercamos a la muerte, también nos inclinamos hacia la tierra. Pero no a la tierra en general sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo pero tan querido, tan añorado pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Y porque allí dio comienzo el duro aprendizaje, permanece amparado en la memoria. Melancólicamente rememoro ese universo remoto y lejano, ahora condensado en un rostro, en una humilde plaza, en una calle. Siempre he añorado los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más. Ahora, hasta en los países tropicales, los reemplazan con esos pobres diablos disfrazados de Santa Claus, con pieles polares, sus barbas largas y blancas, como la nieve de donde simulan que vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi infancia, en mi pueblo de campo, venían misteriosamente cuando ya todos los chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en nuestros zapatos algo muy deseado; también en las familias pobres, en que apenas dejaban un juguete de lata, o unos pocos caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para una muñeca de trapo. Hoy a esos Reyes Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese tiempo en que creía en ellos, a esa remota infancia, hace mil años, cuando me dormía anhelando su llegada en los milagrosos camellos, capaces de atravesar muros y hasta de pasar por las hendiduras de las puertas —porque así nos explicaba mamá que podían hacerlo—, silenciosos y llenos de amor. Esos seres que ansiábamos ver, tardándonos en dormir, hasta que el invencible sueño de todos los chiquitos podía más que nuestra ansiedad. Sí, querría que me devolvieran aquella espera, aquel candor. Sé que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el rumor de las chicharras en las siestas de verano.

Un joven educado en un Colegio y Universidad públicos en los que aprendió no sólo ciencia, sino humanidades.

¡Cómo añoro aquel Colegio donde no se fabricaban profesionales!, donde el ser humano aún era una integridad, cuando los hombres defendían el humanismo más auténtico, y el pensamiento y la poesía eran una misma manifestación del espíritu. En el ex libris de la Universidad, se hallaba escrita una frase de aquel noble científico que fue Emil Bosse: “Toma la verdad y llévala por el mundo”; él era uno de esos hombres que anhelaban ansiosos el espíritu puro, pero lo deponía o lo postergaba para arremangarse y ensuciarse las manos forjando esta nación que hoy es casi un doloroso desecho.

(…)

En la época en que cursaba el primer año, supimos que tendríamos como profesor a un “mexicano” que en rigor era puertorriqueño. Y se me cierra la garganta al recordar la mañana en que vi entrar a la clase a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos que con palabra mesurada imponía una secreta autoridad: Pedro Henríquez Ureña. Aquel ser superior, tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento de los mediocres, al punto que jamás llegó a ser profesor titular de ninguna de las facultades de letras. A él debo mi primer acercamiento a los grandes autores, y su sabia admonición que aún recuerdo: “Donde termina la gramática empieza el gran arte”. Porque no era partidario de una concepción purista del lenguaje, por el contrario, estaba cerca de Vossler y Humboldt, que consideraban el idioma como una fuerza viva en permanente transformación. En años posteriores, junto con él y Raimundo Lida, tuvimos largas conversaciones sobre estos temas en el Instituto de Filología, que por ese entonces dirigía Amado Alonso

Conocemos así a un hombre rebelde que abandonó una prometedora carrera de brillante científico para entregarse a la literatura.

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Muchos, con perplejidad, me han preguntado cómo es posible que habiendo hecho el doctorado en Ciencias Físico-matemáticas, me haya ocupado luego de cosas tan dispares como las novelas con ficciones demenciales como el Informe sobre ciegos, y, finalmente esos cuadros terribles que me surgen del inconsciente. En la mayor parte de los casos, sobre todo en este período de mi existencia, me es imposible explicar a los que me interrogan qué quise decir, o qué representan. Es lo mismo que uno se pregunta cuando ha despertado de un sueño, sobre todo de una pesadilla; tanta es su ilogicidad, sus contradicciones. Pero de un sueño se puede decir cualquier cosa menos que sea una mentira. Es lo que todos los hombres hacen con su doble existencia: la diurna y la nocturna. Un pobre oficinista sueña de noche con asesinar a puñaladas al jefe, y durante el día lo saluda respetuosamente. El ser humano es esencialmente contradictorio, y hasta el propio Descartes, piedra angular del racionalismo, creó los principios de su teoría a partir de tres sueños que tuvo. ¡Lindo comienzo para un defensor de la razón. (…)

Cuando a principios de la década del cuarenta tomé la decisión de abandonar la ciencia, recibí durísimas críticas de los científicos más destacados del país. El doctor Houssay me retiró el saludo para siempre. El doctor Gaviola, entonces director del Observatorio de Córdoba, que tanto me había querido, dijo: “Sabato abandona la ciencia por el charlatanismo”. Y Guido Beck, emigrado austriaco, Antes del fin 46 discípulo de Einstein, en una carta se lamenta diciendo: “En su caso, perdemos en usted un físico muy capaz en el cual tuvimos muchas esperanzas”.

Un hombre desengañado del racionalismo y pesimista lúcido que observa la realidad con amargura. Una amargura derivada del convencimiento de que la humanidad es autodestructiva, capaz de acabar con lo que nos ha hecho humanos.

Veo las noticias y corroboro que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que el mundo superará sin más la crisis que atraviesa. El desarrollo facilitado por la técnica y el dominio económico, han tenido consecuencias funestas para la humanidad. Y como en otras épocas de la historia, el poder, que en un principio parecía el mejor aliado del hombre, se prepara nuevamente para dar la última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio. “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.” En el ocaso del siglo XX, cómo dudar de la veracidad de estas palabras de Camus. Sin embargo, hay quienes pretenden seguir hablando acerca del progreso de la Historia, en un acto suicida que pretende mirar de soslayo el patético legado racionalista.

Ya en 1999, su lucidez dibujaba el siniestro presente de 2017:

Para conseguir cualquier trabajo, por mal pago que sea, los hombres ofrecen la totalidad de sus vidas. Trabajan en lugares insalubres, en sótanos, en barcos factoría, hacinados y siempre bajo la amenaza de perder el empleo, de quedar excluidos. Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los economicistas. Cuando por la calle veo tantos negocios cerrados, o vecinos del barrio me detienen para decirme que no podrán seguir manteniendo su tallercito, que no les rinden las ganancias para cubrir los impuestos, pienso en la corrupción y la impunidad, en el grosero despilfarro y en la opulencia amoral de unos cuantos individuos, y tengo la sensación de que estamos en el hundimiento de un mundo donde, a la vez que cunde la desesperación, aumenta el egoísmo y el “sálvese quien pueda”. Mientras los más desafortunados sucumben en la profundidad de las aguas, en algún rincón ajeno a la catástrofe, en medio de una fiesta de disfraces siguen bailando los hombres del poder, ensordecidos en sus bufonadas.

(…)

La gravedad de la crisis nos afecta social y económicamente. Y es mucho más: los cielos y la tierra se han enfermado. La naturaleza, ese arquetipo de toda belleza, se trastornó. Nuestro planeta se encuentra en estado desolador, y si no se toman medidas urgentes va en camino de ser inhabitable en poco más de tres o cuatro décadas. El oxígeno disminuye de modo irreversible por el ácido carbónico de autos y fábricas, y por la devastación de los bosques. El hombre necesita de los árboles para vivir. Parecen no saberlo o no importarles a quienes están talando las selvas del Amazonas y las grandes reservas del mundo. Los países desarrollados producen cuatrocientos millones de toneladas por año de residuos tóxicos: arsénico, cianuro, mercurio y derivados del cloro, que desembocan en las aguas de los ríos y los mares, afectando no sólo a los peces, sino también a quienes se alimentan de ellos. Sólo unos pocos gramos de intoxicación son mortales para el ser humano. Corremos el riesgo de consumir vegetales rociados con plaguicidas que dañan al hígado y a los riñones y producen desórdenes sanguíneos, leucemia, tiroidismo; afectan también al sistema nervioso central y a los ojos. Entre esos plaguicidas se encuentra el terrible veneno llamado “agente naranja”.

Un hombre al que la vida arrebata al hijo querido, a la esposa… Un ser humano con hondas cicatrices:

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Desde que Jorge Federico ha muerto todo se ha derrumbado, y pasados varios días, no logro sobreponerme a esta opresión que me ahoga. Como perdido en una selva oscura y solitaria, busco en vano superar la invencible tristeza. Antes —¿cuándo antes?: antes de que este desastre ocurriera—, en momentos de depresión, pasaba horas en mi estudio de pintura, trabajando en algún cuadro hasta que la desolación se iba. Pero ahora el tiempo se ha detenido. La angustia permanece y me siento abandonado en el inconmensurable desierto de estas cuatro paredes.

(…)

Sobre mi escritorio puse una fotografía de Jorge, y ahora lo miro, lo miro con la añoranza de un abrazo que me parte el pecho. Cómo querría volver hacia atrás el tiempo. ¿Cuándo acabará este peso agobiante y absoluto? El pensamiento se me hunde en el desgarro. ¿Hacia dónde se han vuelto ahora las palabras? Daría todos mis libros —qué pobres, qué ridículos, qué precarios, qué inválidos, qué nada al lado de esta pérdida— y daría mi prestigio, ese prestigio que tanto pongo entre comillas, y los honores y las condecoraciones, por recuperar la cercanía de Jorgito.

(…)

Paso junto a la puerta del cuarto donde murió Matilde, luego de una dura y larga enfermedad que la dejó postrada durante años. En estos tiempos en que el mal la vencía recibió el amoroso cuidado de las enfermeras y de Gladys, la fiel Gladys, que ahora sufre conmigo este dolor. La cuidaron como a una criatura indefensa. ¡Cuánto más grande es la mujer que el hombre! Matilde recibió la atención de médicos notables, y la ayuda de nuestra amiga Stella Soldi fue fundamental para sobrellevar esta dolencia. Yo solía apoyarme al lado de su puerta, y poniendo el oído, me quedaba así, escuchando. La enfermera le hablaba como si ella le entendiera, hasta que le contestaba con una voz apenas audible, desde una lejanía indescifrable. En una ocasión, Matilde me contó que no había dormido en toda la noche. Me hablaba de un pájaro de color negro azulado, grande, hermoso, que se le acercó para decirle que estaba llegando el momento de su muerte. Había sido un sueño muy nítido, que le había dado una especie de paz

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Un hombre que es capaz de sacar fuerzas de flaqueza para investigar los crímenes de la dictadura argentina y que deja este hermoso epílogo a los jóvenes:

Te hablo a vos, y a través de vos a los chicos que me escriben o me paran por la calle, también a los que me miran desde otras mesas en algún café, que intentan acercarse a mí y no se atreven. No quiero morirme sin decirles estas palabras. Tengo fe en ustedes. Les he escrito hechos muy duros, durante largo tiempo no sabía si volverles a hablar de lo está pasando en el mundo. El peligro en que nos encontramos todos los hombres, ricos y pobres. Esto es lo que ellos no saben, los hombres del poder. No saben que sus hijos también están en esta pobre situación. No podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera, un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que se mueren de hambre. Y no es posible que nos encerremos cada vez con más seguridades en nuestros hogares. Tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro.

(…)

Muchos cuestionan mi fe en los jóvenes, porque los consideran destructivos o apáticos. Es natural que en medio de la catástrofe haya quienes intenten evadirse entregándose vertiginosamente al consumo de drogas. Un problema que los imbéciles pretenden que sea una cuestión policial, cuando es el resultado de la profunda crisis espiritual de nuestro tiempo. Yo reafirmo a diario mi confianza en ustedes. Son muchos los que en medio de la tempestad continúan luchando, ofreciendo su tiempo y hasta su propia vida por el otro. En las calles, en las cárceles, en las villas miseria, en los hospitales. Mostrándonos que, en estos tiempos de triunfalismos falsos, la verdadera resistencia es la que combate por valores que se consideran perdidos.

(…)

Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno. Algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir, una comunión entre hombres, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible. En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:

Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.

Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.

Ernesto Sábato vivió hasta el 30 de abril de 2011. Doce años sobrevivió a su testamento ideológico. Doce años en los que siguió lanzando sobre el mundo cruel que observaba, toneladas de lucidez, de ternura y de pesimismo esperanzado. Ahora, sigue repartiendo esperanza desde sus libros. Porque siempre nos quedará su palabra.

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Adaptación

19/12/2016

 

 

 

Estaba tan acostumbrado a adaptarse a las circunstancias, que apenas se sorprendió cuando aquella mañana no encontró ni rastro de su vida.

Las circunstancias la habían engullido.

Imagen: René Magritte,Les valeurs personnelles,1952    

Despertar

18/12/2016

 

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Tras el vivir y el soñar,

 está lo que más importa:

                                                           despertar.                             

                            A. Machado

Diciembre había llegado con lluvia. Ni siquiera la consolaba el sonido fiel de las gotas contra el cristal de la ventana. Siempre la había relajado acurrucarse en su sillón favorito, frente al balcón, con un libro en la mano y el ruido de fondo del agua al caer.

Pero esa tarde  se movía inquieta. El sonido de sus pensamientos lo llenaba todo y no lograba entrar en el mundo cómplice y acogedor  que siempre había sido para ella la lectura.

Cerró los ojos e intentó tranquilizarse. Aún no estaba todo perdido. No había nada cierto. El contrato era todavía posible.

Hacía ya  años que vivía sola en aquella ciudad. Era libre y se sentía segura en el piso largamente soñado.

Aún recuerda el portazo que siguió a la última discusión con su madre. Ella nunca había aceptado su libertad. Cerrada en su egoísmo, siempre buscaba excusas para mantenerla en casa.

Fue difícil romper con todo. Empezar sola, en un lugar nuevo, sin nadie a su lado, apenas acabada la carrera que le permitía ser libre.

Después, todo había ido encajándose como un mecanismo perfecto. Su vida era ahora un espacio pleno en el que sus alas se desplegaban sin obstáculos. Estaba en la cumbre del éxito y se sentía segura y  poderosa.

Nunca cedió al chantaje emocional de los suyos. Y mucho menos en Navidad.

Atravesaba las calles adornadas con la sonrisa altiva de quien se considera a salvo de la mediocridad.

Alardeaba de estar por encima de sentimentalismos y fiestas familiares y huía siempre por esas fechas, cuando no intensificaba su trabajo, para demostrarse su valía frente a las debilidades de los otros.

Aquella mañana, había ido a recoger los resultados de la revisión rutinaria a la que la empresa sometía a todo su personal.

-No es nada alarmante -dijo el médico- pero es necesario repetir los análisis.

Luego vinieron las pruebas, las esperas, las sonrisas forzadas, el vacío y el miedo. Ese sentimiento del que siempre se había sentido tan alejada.

Su vida entera se tambaleaba, y sus seguridades se deshacían entre la duda y el vértigo de médicos y hospitales.

Ese día sabría por fin el veredicto. Se sentía como un reo a la espera de la sentencia.

Adornos, música y gente en la calle le dolían y le parecían crueles y extraños. Ya en la sala de espera, su corazón latía alocado. Apenas podía dominar el pánico.

Escuchó su nombre y sintió flaquear las piernas  pero avanzó segura, como siempre, hacia el despacho.

No fue necesario que hablara. La expresión del doctor era elocuente.

Buscó aterrada la silla y apenas pudo derrumbarse en ella…

***

El timbre agresivo y persistente del teléfono penetró en su mente y la sacó del sueño con violencia. El libro se le había caído de las manos y había dejado de llover. Ya era de noche y todo estaba oscuro. Sólo las luces de la calle iluminaban, tenuemente, la habitación.

Casi a tientas, aún aturdida, descolgó el auricular. La voz de su madre, tímida y amedrentada como cada Navidad, la devolvió al mundo real y a la vida.

Al contestar, su propia voz le sonó extrañamente alegre y viva:

-No, mamá, este año sí iré a cenar con vosotros.

Adivinó la cara de asombro de su madre al otro lado.

-El trabajo puede esperar. Llegaré mañana mismo. Compraremos juntas la cena.

Colgó, y una sonrisa nueva le iluminó la cara. Perder aquel jugoso contrato que le quitaba el sueño e iba a promover su ascenso no era, al fin y al cabo, tan importante.

Su secretaria la vio llegar radiante al día siguiente.

-Cancela mi reunión del martes y consígueme un billete de avión para mañana.

La cara de estupor de la chica le produjo un agradable cosquilleo en el estómago.

Imagen: Fotografía de Chema Madoz

La relectura de Galeano duele

10/12/2016

Sólo hay que cambiar Bush por Trump. La guerra de Afganistán se ha demostrado que no sólo no fue un éxito, sino que es el origen de muchos de los males que ahora nos aplastan. El ninguneo de la amenaza del calentamiento global no sólo hará toser a los pájaros, nos matará lentamente.

El Estado de Bienestar agoniza envuelto en mentiras que le atribuyen el origen de la crisis, cuando ésta se debe a la codicia de los insaciables que más tienen y quieren aún más. Los mismos que ahora siguen gobernando el mundo.

Las fronteras se cierran a los que huyen del horror y tienen derecho al asilo. Y la ultraderecha xenófoba crece cada día en la vieja y desnortada Europa

Nada que celebrar en este 10 de diciembre, Día Mundial de los Derechos Humanos. “La declaración proclama, la realidad traiciona.”

NI DERECHOS, NI HUMANOS, como decía el lúcido Galeano.

Si la maquinaria militar no mata, se oxida. El presidente del planeta anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán las próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán, que castigó a los castigados y mató a los muertos; y ya se necesitan enemigos nuevos.

Pero nada tienen de nuevo las banderas: la voluntad de Dios, la amenaza terrorista y los derechos humanos. Tengo la impresión de que George W Bush no es exactamente el tipo de traductor que Dios elegiría, si tuviera algo que decirnos; y el peligro terrorista resulta cada vez menos convincente como coartada del terrorismo militar. ¿Y los derechos humanos? ¿Seguirán siendo pretextos útiles para quienes los hacen puré?

Hace más de medio siglo que las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no hay documento internacional más citado y elogiado.

No es por criticar, pero a esta altura me parece evidente que a la declaración le falta mucho más que lo que tiene. Por ejemplo, allí no figura el más elemental de los derechos, el derecho a respirar, que se ha hecho impracticable en este mundo donde los pájaros tosen. Ni figura el derecho a caminar, que ya ha pasado a la categoría de hazaña ahora que sólo quedan dos clases de peatones, los rápidos y los muertos. Y tampoco figura el derecho a la indignación, que es lo menos que la dignidad humana puede exigir cuando se la condena a ser indigna, ni el derecho a luchar por otro mundo posible cuando se ha hecho imposible el mundo tal cual es.

En los 30 artículos de la declaración, la palabra libertad es la que más se repite. La libertad de trabajar, ganar un salario justo y fundar sindicatos, pongamos por caso, está garantizada en el artículo 23. Pero son cada vez más los trabajadores que no tienen, hoy por hoy, ni siquiera la libertad de elegir la salsa con la que serán comidos. Los empleos duran menos que un suspiro, y el miedo obliga a callar y obedecer: salarios más bajos, horarios más largos, y a olvidarse de las vacaciones pagas, la jubilación y la asistencia social y demás derechos que todos tenemos, según aseguran los artículos 22, 24 y 25. Las instituciones financieras internacionales, las Chicas Superpoderosas del mundo contemporáneo, imponen la “flexibilidad laboral”, eufemismo que designa el entierro de dos siglos de conquistas obreras. Y las grandes empresas multinacionales exigen acuerdos “union free”, libres de sindicatos, en los países que entre sí compiten ofreciendo mano de obra más sumisa y barata. “Nadie será sometido a esclavitud ni a servidumbre en cualquier forma”, advierte el artículo 4. Menos mal.

No figura en la lista el derecho humano a disfrutar de los bienes naturales, tierra, agua, aire, y a defenderlos ante cualquier amenaza. Tampoco figura el suicida derecho al exterminio de la naturaleza, que por cierto ejercitan, y con entusiasmo, los países que se han comprado el planeta y lo están devorando. Los demás países pagan la cuenta. Los años noventa fueron bautizados por las Naciones Unidas con un nombre dictado por el humor negro: Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Nunca el mundo ha sufrido tantas calamidades, inundaciones, sequías, huracanes, clima enloquecido, en tan poco tiempo. ¿Desastres “naturales”? En un mundo que tiene la costumbre de condenar a las víctimas, la naturaleza tiene la culpa de los crímenes que contra ella se cometen.

“Todos tenemos derecho a transitar libremente”, afirma el artículo 13. Entrar, es otra cosa. Las puertas de los países ricos se cierran en las narices de los millones de fugitivos que peregrinan del sur al norte, y del este al oeste, huyendo de los cultivos aniquilados, los ríos envenenados, los bosques arrasados, los precios arruinados, los salarios enanizados. Unos cuantos mueren en el intento, pero otros consiguen colarse por debajo de la puerta. Una vez adentro, en el paraíso prometido, ellos son los menos libres y los menos iguales.

“Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, dice el artículo 1. Que nacen, puede ser; pero a los pocos minutos se hace el aparte. El artículo 28 establece que “todos tenemos derecho a un justo orden social e internacional”. Las mismas Naciones Unidas nos informan, en sus estadísticas, que cuanto más progresa el progreso, menos justo resulta. El reparto de los panes y los peces es mucho más injusto en Estados Unidos o en Gran Bretaña que en Bangladesh o Rwanda. Y en el orden internacional, también los numeritos de las Naciones Unidas revelan que diez personas poseen más riqueza que toda la riqueza que producen 54 países sumados. Las dos terceras partes de la humanidad sobreviven con menos de dos dólares diarios, y la brecha entre los que tienen y los que necesitan se ha triplicado desde que se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Crece la desigualdad, y para salvaguardarla crecen los gastos militares. Obscenas fortunas alimentan la fiebre guerrera y promueven la invención de demonios destinados a justificarla. El artículo 11 nos cuenta que “toda persona es inocente mientras no se pruebe lo contrario”. Tal como marchan las cosas, de aquí a poco será culpable de terrorismo toda persona que no camine de rodillas, aunque se pruebe lo contrario.

La economía de guerra multiplica la prosperidad de los prósperos y cumple funciones de intimidación y castigo. Y a la vez irradia sobre el mundo una cultura militar que sacraliza la violencia ejercida contra la gente “diferente”, que el racismo reduce a la categoría de subgente. “Nadie podrá ser discriminado por su sexo, raza, religión o cualquier otra condición”, advierte el artículo 2, pero las nuevas superproducciones de Hollywood, dictadas por el Pentágono para glorificar las aventuras imperiales, predican un racismo clamoroso que hereda las peores tradiciones del cine. Y no sólo del cine. En estos días, por pura casualidad, cayó en mis manos una revista de las Naciones Unidas de noviembre del 86, edición en inglés del Correo de la Unesco. Allí me enteré de que un antiguo cosmógrafo había escrito que los indígenas de las Américas tenían la piel azul y la cabeza cuadrada. Se llamaba, créase o no, John of Hollywood.

La declaración proclama, la realidad traiciona. “Nadie podrá suprimir ninguno de estos derechos”, asegura el artículo 30, pero hay alguien que bien podría comentar: “¿No ve que puedo?”. Alguien, o sea: el sistema universal de poder, siempre acompañado por el miedo que difunde y la resignación que impone.

Según el presidente Bush, los enemigos de la humanidad son Irak, Irán y Corea del Norte, principales candidatos para sus próximos ejercicios de tiro al blanco. Supongo que él ha llegado a esa conclusión al cabo de profundas meditaciones, pero su certeza absoluta me parece, por lo menos, digna de duda. Y el derecho a la duda es también un derecho humano, al fin y al cabo, aunque no lo mencione la declaración de las Naciones Unidas.

EDUARDO GALEANO


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