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Perseguir la verdad no hace amigos

22/03/2017

 

 

 

 

Todo pe­rio­dis­ta que no sea de­ma­sia­do es­tú­pi­do o de­ma­sia­do en­greí­do para no ad­ver­tir lo que en­tra­ña su ac­ti­vi­dad sabe que lo que hace es mo­ral­men­te in­de­fen­di­ble. El pe­rio­dis­ta es una es­pe­cie de hom­bre de con­fian­za,que ex­plo­ta la va­ni­dad, la ig­no­ran­cia o la so­le­dad de las per­so­nas, que se gana la con­fian­za de éstas para luego trai­cio­nar­las sin re­mor­di­mien­to al­guno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprobar que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los periodistas justician su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablando de libertad de expresión y dicen que “el público tiene derecho a saber”. Los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida.

 

Así comienza el libro de de Janet Malcolm, El periodista y el asesino, publicado en 1990 y que todavía hoy genera polémica y debateLa autora es colaboradora de  The New Yorker desde hace más de cuarenta años.

Malcolm, periodista y crítica literaria checa nacionalizada estadounidense, lanza esta provocación en el comienzo de su libro más conocido, considerado uno de los cien mejores del siglo XX en lengua inglesa por The Modern Library.

Se basa en la historia del médico de la Armada norteamericana Jeffrey Mac Donald, cuya mujer y dos hijas fueron brutalmente asesinadas en febrero de 1970. Luego de un primer proceso militar, en que fue absuelto, Mac Donald resultó acusado en un posterior juicio civil de ser el autor de los crímenes.  Todavía cumple las tres cadenas perpetuas de su condena, que finalizarán en el 2071.

En el libro, se analiza el proceso judicial que enfrentó a McDonald, protagonista del libro Fatal Vision, con su autor, Joe McGinniss. Durante las seis semanas que duró el juicio se puso de manifiesto cómo McGinniss había engañado a McDonald, haciéndole creer que iba a escribir una obra que defendiera su inocencia, para luego sacar a la luz un libro que dejaba al condenado como un monstruo sanguinario e inhumano.

MacDonald se enteró de todo esto en vivo, durante la primera entrevista que dio en la televisión por la aparición del libro, y que fue un éxito. Traicionado en su confianza, llevó entonces a juicio a McGinnis en 1984, proceso en el que el periodista fue públicamente humillado hasta que aceptó pagar un resarcimiento de más de 300 mil dólares.

Esta situación de engaño fue defendida durante el juicio tanto por McGinnis como por otros nombres de peso como Buckley o Wambaugh, que se basaron en la diferenciación de conceptos como “mentira” y “falsedad”, intentando justificar el uso de una ética circunstancial, que permitiría modificar los principios periodísticos fundamentales en función del contexto concreto.

Jeffrey MacDonald, en el centro, entrando a la Corte Federal para ser juzgado. Fotografía: Corbis

 

Janet Malcolm se pone en contacto y habla durante meses con todos los implicados en el proceso, se pregunta sobre los límites éticos del trabajo de investigación periodística, sobre cómo debe tratarse a los entrevistados y acerca de si es lícito ocultarles información, o directamente mentir, con la finalidad de obtener una mejor historia o una nueva revelación que la haga más completa y verdadera.

Escribe Malcolm:

A diferencia de otras relaciones que tienen un fin determinado y están claramente delineadas como tales (dentista-paciente, abogado-cliente, profesor-alumno), la relación de autor y persona a la que entrevista parece depender, para perdurar, de una especie de oscuridad, de encubrimiento de sus fines. Si todo el mundo pone sus cartas sobre la mesa la partida se acabará. El periodista debe realizar su trabajo en un estado de anarquía moral deliberadamente producido.

Se cuenta que esa especie de obsesión por el trabajo realizado y esa licencia moral del autor fue la que llevó al propio Truman Capote a confesar que deseaba ver la ejecución en la horca de los dos asesinos de su libro para poder escribir el final, y verlo publicado de una vez por todas.

En el epílogo del libro, Malcolm cuenta cómo ella también fue demandada por el personaje de uno de sus libros al que no le gustó la manera en que lo retrató.

Y afirma que sí, que el del periodista es un oficio que tiene sus normas:

El autor de una obra de no ficción está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen sus réplicas en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes. La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra.

Un libro memorable, El periodista y el asesino, que casi la enfrentó con toda la profesión periodística y también con los autores de biografías de aparente exactitud. Porque la biografía un género en el que el autor toma siempre e inevitablemente partido, según ella.

Como afirma Soledad Gallego Díaz,

El malestar y  la obsesión de Janet Malcolm, la columna de todo su trabajo y de todos sus libros es que la verdad se escapa, es imposible alcanzarla porque “vamos por la vida oyendo mal, viendo mal e interpretando mal para dar sentido a la historia que nos contamos a nosotros mismos”. El propio relato de la historia hace que sea poco fiable.

Malcolm es honrada y ejerce también una vigilancia implacable sobre sí misma y sobre su trabajo. Por eso es tan injusto acusarla de arrogante.

A Malcolm no le gustan los periodistas, es fácil comprobarlo en su descripción de los colegas que asisten al juicio, pero sabe que es uno de ellos. Y desea ejercer el periodismo con honestidad. Sin corporativismos que defiendan lo indefendible. Y lo escribe con una crudeza que espanta:

Los periodistas se quieren unos a los otros como miembros de una familia, en su caso de una especie de familia criminal, La posición social y el nivel educativo de los periodistas ha ido mejorando con el paso de los años y algunos periodistas escriben maravillosamente bien. (…) Sin embargo, la fragilidad humana sigue siendo moneda de cambio; y la maldad, el impulso que anima al periodista. Un juicio proporciona oportunidades únicas a un periodista despiadado (…) sus artículos se escriben solos; basta con tirar de la fruta madura que cuelga de los atroces relatos de los letrados.

Malcolm aboga por elevar la vigilancia del propio trabajo haciendo partícipe al lector del proceso y de las intenciones, desterrando las engañifas sobre una imparcialidad que es pura ficción. Y así lo hace en todos sus reportajes y libros, donde no enmascara nunca sus simpatías para advertir que ella también tiene un papel en la historia.

El libro es un ajuste de cuentas a tres niveles: el judicial, el periodístico y el personal, con ella misma.

Una visión honesta sobre un oficio contradictorio y difícil, como todo lo humano.

Lo que da al periodismo su autenticidad y su vitalidad es la tensión que hay entre la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. De esta manera no pretende sino arrojar un poco de luz sobre la frecuente imposibilidad de saber la verdad sobre los demás o sobre nosotros mismos.

La autora mira con recelo a los periodistas porque se mira con recelo a sí misma de manera inmisericorde. Es adicta a las largas citas y a las  referencias intelectuales sin pedir disculpas. No impone sus argumentos, sino que los desgrana con el ojo de un crítico y el golpe de efecto de los buenos novelistas,  sin caer en la vanidad del escritor encantado consigo mismo.

Janet Malcolm tiene fama de ser amable, atenta con las personas que trata, divertida, aguda, pero no cruel.

Hoy, en tiempos de desprestigio de una profesión tan necesaria para la democracia como denostada, manipulada y castigada por la precariedad, el libro de Janet Malcolm debería ser de obligada lectura para toda persona que se dedique al oficio o que se prepare para ejercerlo.

Pero también debería serlo para toda persona que considere que la información veraz es imprescindible para tener una opinión formada y ejercer una ciudadanía responsable en democracia.

Porque, como afirma Philip Roth:

La primera obligación de un buen ciudadano es enterarse de las noticias del día.

Pero, los medios  hoy son sólo un negocio, el poder del dinero manda y es imposible hablar de periodismo en estos tiempos. El dinero se convierte en un sistema de corrupción perfecto. Uno de los pequeños males olvidados que sirven para empedrar el camino del infierno, según Hannah Arendt.

En su nombre se aceptan intolerables presiones del poder político y económico, se eliminan noticias, se manipulan titulares y se ofrece una versión amañada de la realidad que impide a la sociedad pensar por sí misma en libertad.

El trabajo de investigación periodística es casi residual.

Hace tiempo que siento desazón al escuchar radios, al leer periódicos y no digamos al ver televisiones. Desazón y frustración al comprobar que no se contrastan noticias, que se da voz a sólo una parte, que se falta a la verdad con verdades a medias.

Coincido con Janet Malcolm en que lo imprescindible es seguir persiguiendo la verdad. Aunque sea difícil, aunque hacerlo suponga enfrentarnos con nuestras propias contradicciones y crearnos enemigos, incluso en nuestro propio ámbito.

Pero pocos en el oficio están dispuestos a ello. Pocos.

Deberían mirarse en el espejo estadounidense y comprobar cómo se enfrentan allí los periodistas a la dictadura del nuevo presidente. Aquí es impensable. Recordemos la aceptación del “plasma” y el silencio cómplice ante la negativa a contestar preguntas.

El periodismo de verdad debe ser vigilante, incómodo para el poder. Y hoy, para nuestra desgracia y la suya, es cómplice y lacayo de los poderosos. Porque parece haber una ofensiva mundial contra el periodismo de calidad. Que es una ofensiva, en realidad, contra la democracia.

El periodismo debe contar la realidad, no fabricarla, ni falsificarla. Debe verificar y comprobar datos, no aceptar calladamente las imposiciones del poder empresarial y político. De su responsabilidad y honestidad dependen muchas personas. Traicionar las libertades públicas supone hundirse en un fango de mentira.

Y, como se pregunta la periodista Mariola Cubels:

¿Si nuestros medios de siempre, en los que confiábamos, dejan de interesarnos, dónde vamos? ¿De verdad los jóvenes periodistas llegan a las redacciones con ganas de contarle al mundo historias que el poder no quiere que se sepan?

Los medios parecen estar capturados, ¿se dejarán capturar los periodistas o decidirán salvar el periodismo? Están en juego muchas cosas. Sobre todo su credibilidad y su independencia.

 

El largo camino hacia la igualdad

09/03/2017

 

 

HOMENAJES
El 8 de marzo es el Día de la mujer.
A lo largo de la historia, varios pensadores, humanos y divinos, todos machos, se han ocupado de la mujer, por diversas razones:
 

Por su anatomía
Aristóteles: La mujer es un hombre incompleto.
Santo Tomás de Aquino: La mujer es un error de la naturaleza, nace de un esperma en mal estado.
Martín Lutero: Los hombres tienen hombros anchos y caderas estrechas. Están dotados de inteligencia. Las mujeres tienen hombros estrechos y caderas anchas, para tener hijos y quedarse en casa.
 

Por su naturaleza
Francisco de Quevedo: Las gallinas ponen huevos, y las mujeres, cuernos.
San Juan Damasceno: La mujer es una burra tozuda.
Arthur Schopenhauer: La mujer es un animal de pelo largo y pensamiento corto.
 

Por su destino
Dijo Yahvé a la mujer, según la Biblia: Tu marido te dominará.
Dijo Alá a Mahoma, según el Corán: Las buenas mujeres son obedientes.

EDUARDO GALEANO, Los hijos de los días.

 

 

Este año 2017, en el  Día Internacional de la Mujer, el feminismo internacional ha convocado distintas acciones a las que se han sumado más de 40 países.En España, existe un llamamiento a una huelga de consumo y tareas domésticas, así como un paro laboral y estudiantil simbólico de media hora, a mediodía.

Los dos sindicatos mayoritarios no vieron necesario convocar legalmente la huelga general femenina. Pero, como nos advierte la abogada Mariluz García, sin una convocatoria como la realizada por la Confederación Intersindical, toda mujer que se apuntase al paro podría ser sancionada. Porque, a ojos de la ley, es lo mismo un paro simbólico de media hora que una huelga total de varias semanas.


 

 

 

 

 

 

Hemos avanzado, pero sigue siendo más que necesaria la lucha por la igualdad.

 

 

Otra vez las mujeres son pioneras y dejan en evidencia los viejos límites del derecho de huelga.

 

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Seguimos. Todos los días son 8 de marzo.

Lo que el viento no se llevó

01/03/2017

29 DE FEBRERO GENERICO

 

Febrero
29

Este día tiene la costumbre de fugarse del almanaque, pero regresa cada cuatro años.
Es el día más raro del año.
Pero este día nada tuvo de raro en Hollywood, en 1940.
Con toda normalidad, el 29 de febrero Hollywood otorgó casi todos sus premios, ocho Oscars, a Lo que el viento se llevó, que era un largo suspiro de nostalgia por los buenos tiempos de la esclavitud perdida.
Y así Hollywood confirmó sus costumbres. Veinticinco años antes, su primer superéxito, El nacimiento de una nación, había sido un himno de alabanza al Ku Klux Klan.

Eduardo Galeano, Los hijos de los días.

 

Este año se ha fugado. Los Oscar han hecho un ridículo espantoso,  el Ku Klux Klan está de vuelta…

El bisiesto 2016 nos ha dejado un triste legado.

 

 

 

África, la gran olvidada

27/02/2017

 

 

Un lejano diciembre de hace 68 años nació la Declaración de Derechos Humanos. Hoy, sigue sin cumplirse esa hermosa utopía ilustrada.

Las personas no son libres ni iguales en dignidad y derechos.

Ocho millones de seres mueren al año a causa de la pobreza severa, una de las mayores infamias de nuestro avanzado mundo. La mayoría en África, nuestra vecina del sur, la gran olvidada. Hambre y enfermedades como sida y malaria diezman poblaciones en las que sólo hay ancianos y niños sin esperanza.

La pobreza material de muchos es causa de la pobreza espiritual de los más ricos. Fueron vendidos al peso. Debemos pagar la deuda.

afirma Mayor Zaragoza.

La ONU acaba de declarar formalmente la hambruna en algunas partes de Sudán del Sur, y el riesgo de que estos anuncios se repitan a corto plazo es muy alto. Lo que significa que ya han muerto de hambre seres humanos en pleno siglo XXI.

Cada minuto de retraso en la provisión de socorro inmediato tiene consecuencias fatales, como aprendimos de la peor forma posible hace cinco años cuando una hambruna provocada por la sequía mató a más de 250.000 personas en Somalia.

En Sudán del Sur, donde una letal guerra civil ha desplazado a millones de personas, los precios de los alimentos básicos se han cuadruplicado en el último año.

Afirma José Graziano da Silva, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Los niños son siempre los más vulnerables. En estos momentos, más de 1,1 millones de niños sufren desnutrición aguda y necesitan tratamiento urgente. De ellos, 270.000 niños están en el nivel más grave de desnutrición, lo que significa que su probabilidad de morir se multiplican por 9 comparado con niños que no sufren desnutrición.

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Pero se mira a otro lado. Se acepta que nacer en el olvidado Sur supone hambre, esclavitud y muerte. Y no es cierto. El perverso darwinismo social que afirma que siempre habrá pobres y ricos es sólo una excusa.

Sachs, economista asesor de la ONU, afirma que con sólo dedicar el  tan demandado 7% del PIB se erradicaría la pobreza en el primer cuarto de este siglo. Tenemos los medios tecnológicos. Falta voluntad. Nada más.

Bastaría con cumplir los planes del Proyecto del Milenio, que agonizan, o desviar dinero de la defensa al desarrollo. Países como EE UU dedican 100 dólares a las armas por cada 6 centavos de ayuda a países pobres. Y ahora Trump exige aumentar esa cantidad en detrimento de la ayuda a países en desarrollo.

Tampoco el desarrollo lleva consigo la igualdad. Hay cada vez más diferencias sociales  en el primer mundo. Son exponente del fracaso de las políticas sociales. y la demagogia populista está canalizando la desesperación de personas desesperadas hacia el apoyo a formaciones de ultraderecha abiertamente neofascistas.

Los estados eluden sus obligaciones y ponen en manos privadas la lucha contra la pobreza. Las ONG reciben cuantiosas subvenciones y se han convertido en poderosas empresas con luces y sombras. Su labor es encomiable, pero no pueden ni deben sustituir al Estado. Los voluntarios cubren carencias estructurales, pero lavar las conciencias con caridad no es el camino.

La igualdad es una cuestión de justicia no de compasión, pero se han sustituido los valores universales por el mercado. La pobreza no cotiza.

Pobre, en sentido evangélico, es el insignificante, sea por falta de dinero, por el color de la piel, por ignorancia, o simplemente por ser mujer

 dice Gustavo Gutiérrez, sacerdote creador de la Teología de la Liberación.

Al fin, valores laicos y evangélicos coinciden, como no podía ser de otra manera, porque la justicia sólo tiene un camino: dar a los abandonados la oportunidad de ser personas.

Algunos obispos ultramontanos con fuerza en la jerarquía eclesiástica condenan todavía hoy la Ilustración. Deberían meditar sobre lo que dijo el novelista Arguedas al sacerdote Gutiérrez:

De ese Dios del que me habla yo nunca he sido ateo.

Pero, quizá la jerarquía católica y muchos gobernantes que se declaran cristianos hablan de otros dioses. Dioses que se llaman poder, dinero, negocios. Para nada parecen pensar en los seres humanos y sus derechos.

Ahora eres mi sombra

24/02/2017

 

 

El feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos, ya que a medias lo pueblan, y que en perfecta colaboración procuren su felicidad propia y mutua y el perfeccionamiento de la especie humana. Pretende que lleven ellas y ellos una vida serena, fundada en la mutua tolerancia que cabe entre iguales, no en la rencorosa y degradante sumisión del que es menos, opuesta a la egoísta tiranía del que cree ser más.

 (De feminismo. Conferencia escrita por María Lejárraga y firmada y leída por Gregorio Martínez Sierra en el Teatro Eslava, 2 de febrero de 1917)

 

 

A punto de cumplir cien años, exiliada de mi tierra desde hace más de cuarenta, recuerdo estas mis palabras en tu voz.

No me quejo. Estoy serena y tranquila porque he puesto en orden mi vida y mis recuerdos.

No te juzgo, me escondí tras tu nombre y te regalé la autoría de mis obras. No sé si libremente, no tenía opción.

Aprendí pronto en mi familia a amar la cultura, la libertad, la creación, el teatro, la independencia personal. Pero vivía en una España patriarcal en la que las mujeres creadoras eran locas peligrosas. Ponían en riesgo la tranquilidad de la familia. La mujer debía ser sumisa, silenciosa e invisible.

El magisterio me dio las alas necesarias para volar a solas. A mis veinte años era feliz enseñando. Fueron los años más felices de mi vida. Era el camino para alcanzar mi meta.

No deseaba firmar mis libros. Lo perdí al comprobar la indiferencia de los míos ante mi primera publicación. Al fin, las ideas no son propiedad de nadie.

Escribía porque quería transmitir esa idea de libertad, que tú proclamaste en el Eslava, y que permite a las mujeres una vida plena.

Sabía que, firmando con mi nombre, nunca alcanzaría cotas sólo permitidas al varón. Era contradictorio. Sí, pero ¿qué no lo es?

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Además, tú eras para mí todo. Eras débil, enfermizo, dudabas, vacilabas, necesitabas mi fuerza, y no me importó cedértela.

Al fin, eras un instrumento para que mi voz llegara lejos, para que mis obras se representaran, para que las conferencias llegaran al público que necesitaba escucharlas.

Mi sueldo nos permitió empezar a abrirnos camino. Eras, según dicen, un buen empresario, un fabricante de éxitos, pero necesitabas que yo escribiera tus textos, que redactara hasta las necrológicas de las revistas. Y yo resistía jornadas maratonianas de clases, de labores domésticas y de escritura a destajo de las obras que tú firmabas.

Casada, joven y feliz, me acometió el orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre.

Tú firmabas, y yo creaba. Tú recibías felicitaciones, y yo trabajaba. Tú vivías en la luz, y yo en la sombra. Como te escribí un día ya lejano, fui tu compañera y tú solo triunfaste. No hubo colaboración, como decías, porque no compartimos la felicidad. Tú me la arrebataste.

Lo supe en Bruselas. Te había arrancado de las garras de la enfermedad y había logrado que saliéramos de España. Mi vocación de aprender fue la excusa. Pero volviste a Madrid para estar con tu joven amante, mientras yo recorría Europa en busca de nuevos modos de enseñanza.

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No quería creerlo, pero amigos me alertaban de lo que sólo yo ignoraba. Mi Juanramoncito ( así llamaba yo siempre cariñosamente a Juan Ramón Jiménez) me escribió.

Juntos los dos hemos callado tanto.

Sin saberlo, firmaste mi venganza. La novela que escribí en París, y tú firmaste -y que tanto dinero nos dio- era la historia de una mujer fuerte frente a la debilidad de un varón desorientado. La crítica a toda una generación de escritores que dibujaban mujeres pasivas y delicadas en manos de la muerte y el destino. Ella lo salvaba, como yo siempre hice contigo. Y tú me habías traicionado.

Caminé por la vida tras mi máscara teatral de mujer sumisa. Detrás estaba la persona decidida a romper estereotipos, deseosa de acción, convencida de que el mundo negaba sus derechos a la mitad de la humanidad. Y esa mujer estaba en mis escritos. Poco importaba que tú los firmases. Llegaban donde yo quería.

Sólo una vez perdí la cordura. Habías conseguido que dejara mi vida de docente. Me necesitabas a tiempo completo a tu servicio. Triunfabas en el teatro, fundamos dos revistas en las que colaboraba lo mejor de la cultura de ese tiempo. Y yo escribía artículos, obras de teatro, novelas. No sé de dónde sacaba aún tiempo para cenas en casa. “La casa de la alegría” la llamaban los amigos.

Fue en Barcelona, una sensación extraña de abandono me llenó el alma. Empecé a caminar mar adentro y una persona me salvó. En su boca escuché la palabra suicidio. No caí al mar, como se dijo, me entregaba al mar.

Pero sólo fue un momento de debilidad. Siempre tuve los pies en el suelo y aún tenía la esperanza de que tú volvieras a ser mi compañero. Ese ser débil, taciturno, por el que sentía una ternura enfermiza.

Y volví a trabajar para que tú triunfaras, ahora en la edición. La editorial Renacimiento fue el despegue de la edición moderna en España.

Y después llegó el delirio con Canción de cuna, novelas, películas en el extranjero.

Yo escribía, tú triunfabas, y tu amante representaba mis obras. Eras, sí, una factoría de éxito.

Negabas mi tarea de autora, aunque el rumor crecía cada día. Tu traición era conocida. Pero nunca pude abandonarte hasta que nació tu hija.

Fue como si se me rompiera el alma, como despertar de una pesadilla. Sólo amigos como Manuel de Falla me aliviaban de tanta humillación en los ensayos con tu amante.

Me fui sin pedirte nada. Sobreviví sin ti, sin mis derechos de autora. Sola, pero libre para empezar mi etapa de activista. Cayó mi máscara de mujer sumisa.

Colaboraba en asociaciones femeninas, pero no me llenaban. Acababan por ser elitistas.

Y el triunfo de la II República me abrió los ojos a otras perspectivas. Fundé La Cívica para ayudar a mujeres trabajadoras a despertar y a defender sus derechos. Fui la primera mujer diputada socialista por Granada en 1933.

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Cambié la escritura por la acción. Dicté conferencias, empujada por el deseo de tantos de extender la cultura. Del teatro y el magisterio pasé a la Universidad Femenina de Estudios Sociales, porque la mujer debe ser electora y gobernadora y también debe aprender economía. Y por ello di clases de economía política.

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Era tiempo de esperanza, pero lo peor acechaba.

Nunca entenderé el viento terrible de la guerra que segó mis sueños. Me recuerdo ahora, refugiada en casa de mi doncella en Francia, con mi casa requisada por los nazis. Sola, casi ciega por catarata doble, sin dinero, sin noticias. ¿Dónde estabas entonces? Me dijeron que en Argentina.

Pasé las dos guerras entre Bélgica y Suiza. Nunca volví. Y tú dejaste de enviar dinero. Pero nunca dejé de escribirte.

Supe de tu muerte en Suiza. No escribía, estaba casi ciega. Triste y a punto de arrojar la toalla.

Pero me levanté de nuevo. Supe que debía volar, vendí la casa y me fui a Nueva York. Escribía guiones, artículos, traducía. Mi formación empezaba a dar sus frutos. La libertad me había costado demasiado, pero no me arrepentía.

Y sí, Gregorio, volvieron a engañarme. Entregué a Disney un guión que me rechazaron y más tarde lo reconocí en la famosa película La dama y el vagabundo.

No pude evitar pensar que esta traición era mezquina.

Ahora vivo en Buenos Aires y he pasado los últimos años ordenando mis recuerdos.

Al recorrer las horas pasadas, siento rabia contra mí misma por las muchísimas horas que he desperdiciado en sufrir por amor. Ahora que lo veo a la clara luz de la ancianidad, creo que no valía la pena.

Mi mayor tortura al escribir ha sido procurar hacerlo sin claudicaciones y, al mismo tiempo, sin comprometer a quien más quería en el mundo, que es el que había de firmarlo.

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Anciana y sola, me veo obligada a reclamar la maternidad de mis obras para cobrar derechos.

Nunca he buscado la gloria. Para mí, el encanto está en producir. La exhibición personal me molesta.

Hay ya investigadoras que escriben sobre mí, me llaman, me entrevistan. Soy ya María Lejárraga aunque firmé alguna obra con tus apellidos. En mi memoria, nuestra colaboración seguirá viva.

He sido amiga entrañable de hombres difíciles y débiles como Juan Ramón y Falla, he mantenido viva la idea que tú leíste aquel día en el Eslava.

Yo curaba, con mi fuerza y mi optimismo, sus melancolías. No era una mujer era un amigo, decían. También a ellos los salvaba.

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Logré el capital cultural que me ha permitido defender a las mujeres sojuzgadas. Poco importa el camino, si se llega a la meta buscada.

Nunca te traicioné, sólo me produce nostalgia recordarte y recordarme. Fui libre porque nunca tuve alma de esclava. Quizá tú sí necesitaste siempre mi apoyo. No hubieras sobrevivido sin él, y te quería demasiado para abandonarte a tu suerte. Yo sí he gobernado mi vida.

Ahora eres mi sombra, y a ti dedico mi último libro. Esa sombra que acaso ha venido, como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos, a mirar por encima de mi hombro lo que yo escribía.

 

 

Este texto se publicó, traducido al valenciano, en el libro Silenciades, editado en 2016 por el CEIC Alfons el Vell.

De palabras, ejemplos vitales y épocas oscuras

14/02/2017

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Me crié entre palabras. Se caían de la mesa de la cocina al suelo, donde yo estaba sentado: abuelos, tíos y refugiados se las lanzaban unos a otros en ruso, polaco, hebreo, francés y lo que pretendía ser inglés en una competitiva cascada de aseveraciones e interrogaciones. Como sentenciosos residuos del Partido Socialista de Gran Bretaña en la época eduardiana, vagaban por nuestra cocina promoviendo la Verdadera Causa. Pasé largas y felices horas escuchando a aquellos autodidactas de Centroeuropa discutiendo hasta altas horas de la noche: marxismo, sionismo, socialismo. Me parecía que hablar era lo que daba su pleno sentido a la existencia adulta. Nunca he dejado de percibirlo así.

Así comienza el hermoso capítulo XVII del libro de Tony Judt El refugio de la memoria. Su autor estaba ya muy enfermo, y la terrible ELA  (esclerosis lateral amiotrófica) mermaba sus capacidades físicas, pero no las mentales que funcionaban a pleno rendimiento en un cerebro encarcelado literalmente en su cuerpo. Durante sus últimos meses de vida, escribir estas piezas le permitió volar libre a través de las palabras.

Y, más adelante escribe:

img_0073En un mundo de Facebook, MySpace y Twitter (por no hablar de los mensajes de SMS) la concisa alusión sustituye a la exposición. Donde parecía que Internet era una oportunidad para la comunicación sin límites, el sesgo cada vez más comercial del medio -“soy lo que compro”- trae consigo su empobrecimiento. En la generación de mis hijos, la taquigrafía comunicativa propiciada por su ‘hardware’ ha comenzado a calar en la comunicación misma: la gente habla como los mensajes.

Eso debiera preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan.

 

El libro se publicó en 2011 y hoy, seis años después, tendríamos que agradecerle a Judt su lucidez tristemente profética. El presidente de EE UU gobierna, amenaza y critica por Twitter, las campañas electorales emiten sus mensajes en 140 caracteres, y los partidos que se dicen nuevos airean en las redes sus discrepancias y sus acuerdos, cuando no sus ataques inmisericordes. Sólo habría que sustituir en sus palabras el ya obsoleto SMS por WhatsApp, lo que demostraría la velocidad del cambio y la volatilidad de los medios actuales.

Como afirmaba Zygmunt Bauman:

La “sociedad moderna líquida” es aquella en la que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinada.

Lo que más estremece del capítulo citado, titulado “Palabras”, es su conclusión. Primero, por venir de un ser humano privado de la capacidad de hablar, privado de la posibilidad de transmitir su pensamiento porque la enfermedad ha roto la conexión entre su cerebro y su aquel. Pero sobre todo, por definir tan clara y acertadamente la situación que vivimos en estos tiempos oscuros.

Más que padecer la aparición de la neolengua, nos amenaza el auge de la no-lengua.

Soy más consciente de estas consideraciones ahora que en cualquier tiempo pasado. Víctima de un trastorno neurológico, estoy perdiendo rápidamente el control de las palabras a pesar de que mi relación con el mundo se ha reducido a ellas. Aún se ordenan en amplio despliegue y con impecable disciplina en el silencio de mis pensamientos -la vista desde el interior es tan rica como siempre- , pero ya no puedo transmitirlas con facilidad. (…) Mi músculo vocal, que ha sido durante sesenta años mi fiable alter ego, está fallando.

Aunque ahora soy más comprensivo con quienes se ven obligados al silencio, sigo mirando con despreció el lenguaje confuso. (…) aprecio más que nunca lo vital que es la comunicación para el bien común: no sólo el medio mediante el cual vivimos juntos, sino parte de lo que significa vivir juntos. (…)

Si las palabras se deterioran, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.

Las palabras de Judt son emocionantes por todo lo que tienen de fuerza de un ser humano excepcional en momentos difíciles y dramáticos en los que es consciente de su final.

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Su mensaje es ejemplar para todos aquellos que se resignan sin lucha ante la desaparición del diálogo, el compromiso, la solidaridad, la resistencia, la dignidad, la  pelea por aquello en lo que se cree.

El libro entero es el testamento vital de un hombre íntegro, que devuelve la esperanza en el ser humano y en la humanidad perdida.

Palabras que unen, palabras que comunican, palabras que nos permiten transmitir nuestro pensamiento para hacerlo llegar al otro y convivir. Palabras que nos humanizan, palabras que nos definen, que nos presentan, que nos ayudan a llegar al otro.

¿Qué las sustituirá si nos las arrebatan, si nos las pervierten, si las privan de su capacidad de representar la realidad que nos rodea y sirven para crear una nueva realidad a la medida de quienes las retuercen en favor de sus deseos?

¿Qué quedará de la convivencia, de la comunicación, de la argumentación, del contraste civilizado de opiniones, del debate que enriquece y del ensayo clarificador? Estamos rodeados de palabras, ahogados en palabras, agobiados por palabras… Pero, ¿qué o quién domina esas palabras? ¿Significan lo que dicen o crean nuevas realidades? ¿Estamos, como dice Judt, en la época de la no-lengua, que es la época del no-pensamiento, de la no-reflexión y de la no-comunicación?

No permitamos que nos roben también las palabras. Porque nos robarán con ellas nuestra humanidad. Nos arrebatarán la capacidad de poder vivir juntos.

 

 

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