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Ni trenes, ni campos

24/07/2016

 

ANKOR RAMOS

Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan

como un escalofrío recorriendo el paisaje.

B. PRADO

 

No queremos admitir con indiferencia  imágenes inaceptables para una sociedad civilizada. Vallas, alambradas, ancianos, mujeres y niños abandonados, personas tratadas como ganado, ninguneadas, amontonadas, deshumanizadas, reducidas a números.

 

No queremos verlos ahora hacinados en campos militarizados, sin apenas comida, solos, sin ONG ni voluntarios independientes que alivien su dolor, sin saber cuál será su destino.

No queremos que su futuro esté en manos de un ser sin escrúpulos como Erdogan que, tras un oscuro golpe de estado, somete a su propio pueblo y que se salta todas las normas democráticas sin que Europa mueva un músculo.

No queremos que se les culpe del horror del Daesh cuando ellos lo han padecido a diario y huyen de él, poniendo en riesgo sus vidas.

No queremos que haya muertos de primera y de segunda. Ochenta muertos ayer a causa de un atentado terrorista en Kabul no han recibido el mismo tratamiento ni son objeto de la misma repulsa que las muertes de europeos a manos de un desequilibrado violento en Baviera.

Mohammad Ismail /Reuters

Sobre todo no queremos que se permitan declaraciones ni manifestaciones que destilan odio y discriminación hacia los otros, que son los migrantes y los refugiados.

La ultraderecha revienta una manifestación pacífica contra atentados de Bruselas. Yves Herman / Reuters

No queremos, sobre todo, esos dos iconos del horror que recuerdan la vileza más sombría de la peor Europa: los trenes y los campos.

No queremos ser cómplices de esta vergüenza. Porque es necesaria una respuesta común y humana  que devuelva la dignidad a este viejo continente y atienda los derechos de las personas.

Lo dice maravillosamente Ernesto Sábato en su libro y a la vez testamento ideológico, Antes del fin:

Miles de personas, a pesar de las derrotas y los fracasos, continúan manifestándose, llenado las plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas partes hay señales de que la gente comienza a gritar: “¡Basta!”.

(…)

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:

“Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría, y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra”

 

 

 

Entre divas y dinosaurias

13/07/2016

 

 

 

 

Cuando María, la amable dueña de esta entrañable librería, me propuso un día presentar a Marta Sanz, le confesé que no la conocía. Había oído hablar de ella, había leído sobre ella, pero no había leído su obra. Y pienso que eso es  conocer de verdad a una autora. Que fuera Premio Herralde, era para mí una garantía de calidad suficiente, pero lo que me decidió, sobre todo, fue que mi admirado Rafael Chirbes hablara bien de ella y de su literatura.

Conocí a Chirbes en esta misma librería hace ya muchos años, más de veinte, de la mano de su antigua propietaria.

Tampoco había oído hablar de él, y ella, Pepa, propició el encuentro y la conversación posterior a la presentación. Desde entonces, fue y será uno de mis referentes. Y nunca me defraudó.

Ahora sé que no era casualidad que ambos estuvieran fuera de los grandes circuitos.

No es extraño que Rafael Chirbes y Marta Sanz sean desconocidos por el gran público, hasta que su innegable calidad se impone al marketing.

Ambos escriben siempre a la contra. Desde una posición tan honesta como incómoda.

Desde una claridad y sentido de la responsabilidad que hace que sean temidos por un sistema al que radiografían sin piedad, poniéndolo ante el espejo y desvelando sus contradicciones.

A raíz de la muerte de Chirbes, Marta Sanz escribió un magnífico artículo sobre él en el que parece hablar de sí misma.

En él explica que el sistema ejerce una sutil forma de censura que actúa sin estridencias, a golpe de marketing, de difusión, de listas de éxito, de recomendaciones en periódicos de referencia, de alianzas editoriales.

Y puede condenar a la invisibilidad a quienes molesten, a quienes escriban a la contra de lo permitido. A quienes alteren la hermosa máscara de felicidad postiza y hagan visible, a través de sus grietas, el horror y la fealdad. No está bien alterar las aguas de una placidez tan impuesta como falsa.

Y así lo hizó con Rafael Chirbes, hasta que su calidad y su coherencia se impusieron y lo ha hecho con Marta Sanz y con tantos otros.

Porque ella también escribe a contracorriente.

La joven Marta fue catalogada por la crítica oficial como una de las pertenecientes a la nueva narrativa de la Transición.

Nada más lejos de la realidad. Esa nueva narrativa fue, según ella nos dice, el intento de reflejar un espejismo político y económico que todos aplaudieron y que significaba la entente cordial entre modernidad y neoliberalismo naciente. No era su caso.

Ella abomina de esa felicidad impuesta, postiza, obligatoria y falsa que vende el neoliberalismo. Y lo demuestra en su primera novela, El frío.

Tengo que confesar que la lectura de este libro me impactó en la misma medida que me sobrecogió. Su prosa es un ejercicio poético sorprendente, y su capacidad para hacer llegar el frío sentimental de los personajes es tan certera que duele.

También contra corriente escribió, en 2003, la novela de la crisis, Animales domésticos. Y allí estaba ya la precariedad laboral mientras triunfaba el pelotazo, la clase media menguante, la desigualdad creciente que tan bien conocemos ahora.

Pero este país iba bien por decreto, en palabras de un presidente con acento tejano y que hablaba catalán en la intimidad.

Se nos vendió que vivíamos en un bienestar, aparentemente al alcance de todos, en el que la riqueza era fácil y posible. Una fantasía virtual que nos ha costado muy cara. Pensar no estaba de moda. Nos entretenían con oropeles, y no parecía que se fomentara demasiado la reflexión. Porque pensar duele, produce arrugas, ralentiza las decisiones y nos amarga la vida.

Era la época de las oportunidades, de los emprendedores que hoy son emperdedores, de la acción individual, del líderazgo, del todo es posible que culpabiliza al que no logra triunfar. Porque es sólo su culpa, no la del sistema.

No querían una literatura de las que deja un nudo en el estómago y que obliga a mirar lo que no se quiere ver.

Chirbes la llamó entonces para agradecerle que comenzara su novela con un personaje obrero de botas sucias. Significativo.

Marta Sanz es de las que piensa que hay que escribir con los ojos abiertos al presente. Por eso ella vio antes que otros lo que ya estaba ahí. Porque se negó a cerrarlos y a ver lo que nos imponían. Eso fue lo que entendió y lo que le agradecía Rafael Chirbes.

Tampoco era cómoda su siguiente novela, Amor Fou, comprada dos veces y nunca publicada. La violencia policial y las torturas, ni se consideraban temas propios de mujeres escritoras, ni recomendables en esos años de tranquilidad y bonanza sin tacha. De nada servía que hubiera sido ya finalista del Nadal.

Curiosamente, la novela ha sido publicada por una editorial estadounidense en 2014.

Y es que la globalización neoliberal, y hay que subrayar el adjetivo, produce una cultura dirigida, cautiva del poder, que hace de los receptores clientes. Y ya se sabe que, en el mercado, el cliente siempre tiene razón.

Y el cliente pide productos vistosos, ligeros, de sofá, que evadan, que no molesten el estómago, que se digieran bien sin producir dispepsias molestas.

Pero Marta Sanz nunca ha cedido. Apuesta fuerte porque tiene claro que hay que sacar a los lectores de su zona confortable, hay que zarandearlos, molestarlos, provocarlos, hacerlos pensar, saltar del asiento, removerlos hasta hacerlos enfadar. La sacudida puede hacerles empezar a ver una realidad  alternativa  a la que nos la pintan.

Su literatura no es de evasión, sino de inmersión. No es literatura de puro entretenimiento, sino de reflexión. De las que hacen abrir los ojos. Porque como afirma, citando a Alice Munro:

Andamos faltos de realidades.

Y hace falta ser valiente como lo es ella para escribir así, como también hace falta ser valiente para leerla. Y agradecido, tras haberlo hecho.

Hay que agradecerle que piense que el lector no es débil mental, sino inteligente y que por eso no le dé el producto digerido. Que deje que lo asimile, lo mastique, lo disfrute o lo sufra pero que piense y que se haga preguntas. Y que decida tras la lectura.

Para conseguirlo, usa el arma propia de la buena literatura: el lenguaje.

Porque no hay literatura sin cuidado del lenguaje, y precisamente el autor más comprometido es el que cuida la forma.

Porque la forma es también una decisión ideológica,

nos dice.

Y una se siente bien al escucharla. Porque ya echaba de menos que alguien lo dijera y, sobre todo, que alguien lo ejerciera.

La ideología explícita no sólo no debe entorpecer la belleza literaria sino que debe potenciarla, si de verdad se respeta el lenguaje y la literatura. Si se es honesto con la función literaria y no un mero artesano que vende palabras al peso.

El compromiso ético es inseparable del estético, ya lo decía Antonio Machado por boca de su heterónimo Juan de Mairena, y Marta Sanz añade también el compromiso político.

martasanz

En su libro de ensayo No tan incendiario, nos dice:

Me atrevo a proponer una manera de literatura política en la que revolución del lenguaje y lenguaje de la revolución no sean marbetes antagónicos: una literatura que se repiense, que vaya más allá de los moldes discursivos previsibles sin etiquetarse en el círculo concéntrico de la endoliteratura; una literatura política que hable del precio de las cosas, de los oficios, de todo aquello sobre lo que ya no nos paramos porque es ‘normal’.

Eso supone hablar del dinero, de la supervivencia, de las enfermedades, de la miseria, de lo que no vemos porque es tan normal como invisible en cierta literatura.

Y supone, también, dar la vuelta a significados pervertidos y manipulados por el poder.  Porque la cultura del neoliberalismo nos ha privatizado hasta las palabras, y con ellas, la realidad.

Devolverle su sentido a palabras como democracia, capitalismo, libertad, progresismo y sobre todo felicidad. Desenmascarar esa alienante promesa de felicidad bobalicona que emerge de la publicidad, para demostrarnos que está al alcance de todos los que se la merecen. Que son los que pueden comprarla, claro.

O a la palabra memoria, que este sistema ha comercializado y reducido también a bien de consumo. Cuando la memoria, nos dice la autora,

es una facultad que sirve para construir identidades y que no se puede separar de la memoria colectiva.

Esa memoria de palabras, de sensaciones, de contextos que ella tan bien utiliza en Lección de anatomía. Novela con la que, según Rafael Chirbes, se colocó en el escalón superior de la literatura.

Con esta valentía, que la lleva a ser consecuente consigo misma y con la literatura política dirigida a personas inteligentes que defiende, aborda narración, poesía, ensayo o crítica literaria.

Y su calidad la ha hecho merecedora de premios como el Tigre Juan, Cálamo y Ojo Crítico por su magnífica Daniela Astor y la caja negra, donde hace una lúcida crítica a la imagen de la mujer en la no tan inmaculada Transición. O el Vargas Llosa de Relatos. Ha sido finalista del Premio Nadal y semifinalista del Herralde. Hasta que por fin gana este último con la novela que hoy presentamos, Farándula, en 2015.

En este libro, parece encarnar en personajes vivos las ideas expresadas en su ensayo citado, No tan incendiario.

La novela es una metáfora descarnada de esta sociedad podrida, superficial y falsa a través del mundo del espectáculo. El protagonista es el mundo del teatro. Quizá porque es el que mejor representa las máscaras que ocultan la realidad, y sus actores son iconos, amados y odiados a partes iguales.

Pero podrían ser escritores, periodistas, artistas plásticos, cualquiera que viva y trabaje en el mundo de la cultura. Porque son trabajadores, no mitos etéreos y sufren más que nadie la precariedad. Con el agravante de que su apariencia se asocia con el glamur, y sus vidas están sometidas al escrutinio público.

Pero el teatro sólo es un pretexto. Los buenos escritores son los que tratan temas universales mirando a su presente. Y el mundo del teatro es, en Farándula, el calderoniano teatro del mundo. En la novela está nuestro presente casi en su totalidad.

Un presente de insatisfacción, de inseguridad y de interrogantes. Un mundo roñoso con una pátina falsa de brillo patético. Donde el glamur se agrieta y deja ver la triste piel del fracaso y la decadencia.

Como Valle-Inclán, Marta Sanz piensa que lo nuestro no es tragedia es más bien un esperpento. Y aplica los espejos deformantes a la realidad para poder entenderla, para poder satirizarla, para poder aplicar una mirada corrosiva sobre ella y así golpear la  conciencia del que lee. Y también para distanciarse, para ver desde arriba a sus personajes y juzgar sin contaminaciones sentimentales.

Porque Farándula no es una novela cómoda, es una novela desasosegante, gamberra, irreverente, entretenida, rica, compleja, inteligente.

Y, además, la autora no tiene la arrogancia de dar respuestas ni soluciones, sólo descubre las cartas y realiza un diagnóstico inmisericorde de lo que pasa y de lo que nos pasa, para que luego cada cual decida qué hacer.

Y así, reflexiona sobre la función social del arte y del artista, sobre los problemas que plantea la democratización de la opinión, sobre el miedo a la soledad, sobre la diferencia entre caridad y justicia, sobre la mezquindad y la generosidad, sobre lo antiguo y lo nuevo. O sobre la libertad y la esclavitud. Sobre la falsa libertad de internet que no parece una herramienta demasiado democrática.

También se habla del dinero y de la supervivencia, de las enfermedades, de la decrepitud y de las miserias de la vejez, de la tiranía de la imagen, de la anorexia.

Tantos y tantos temas, que forman un abigarrado universo en el que nos reconocemos y nos encontramos, zarandeados por la trama y agitados, sorprendidos, arrastrados por un lenguaje brillante, trabajado con inteligencia.

Reducir la novela a su línea argumental, la preparación de la adaptación al teatro  de la película Eva al desnudo, sería empobrecerla.

La trama casi desaparece tras el lenguaje y, a veces, parece sólo una excusa para sostener a los personajes. Porque el estilo aquí es una herramienta ideológica de altura.

Los diversos focos narrativos van cambiando como cambia el estilo, el punto de vista, los espacios y tiempos. Y el lector deambula de la mano de la autora por un mundo en descomposición que se parece mucho al que pisamos y padecemos cada día.

La literatura o es una aventura intrépida o no es,

nos dice Marta Sanz.

Y Farándula es intrépida y arriesgada porque no deja a nadie indiferente.

Intrépida, porque es de valientes provocar inquietud en nombre de la verdad y la honestidad.

Arriesgada, porque no es complaciente con nadie, ni con la izquierda caviar, ni con la derecha reaccionaria. Ni con lo viejo, ni con lo nuevo; ni con los mitos, ni con los fracasados;  ni con los prepotentes, ni con los inseguros.

Los actores-ciudadanía-nosotros son-somos peleles zarandeados por una sociedad enferma. La cultura y la comunicación agonizan. La literatura se cierra en sí misma. Todo es apariencia.

Como dice la diva Ana Urrutia,

farándula es una mezcla de faralaes y tarántula.

Y así se llaman las dos partes del cuerpo de la novela que preceden al lúcido epílogo de Valeria Falcón.

Tres actrices, representantes de tres generaciones, y dos actores son el quinteto protagonista. Pero hay un enjambre de personajes que se mueven alrededor y cuyas relaciones con ellos y con el mundo pretenden crear un universo total.

La vieja Urrutia estremece por su fuerza mental desde su fragilidad física, y su lúcido monólogo final deja frases memorables:

Hoy son las mentiras las que fingen ser verdaderas.

Nos están engañando. Nada se ha quedado viejo, sino que lo viejo es el hoy.

Su verde ojo de serpiente entreverada enfoca desde su cabeza flácida sobre las miserias del mundo.

Es el pasado que muere reprochando al mundo nuevo su liquidez, frente a la añoranza de lo que se considera  solidez de antaño.

Valeria, la mujer madura en la cuarentena, es la peor parada. El comienzo espléndido de la novela nos la presenta de modo brillante e inmisericorde atrapada en un Madrid, fotografiado con palabras por la autora, a través de los ojos de la mujer de nombre aéreo y aspecto anodino.

Una mujer atormentada, porque su sentido crítico sólo le sirve para producir infelicidad en quienes la rodean. Pero que aún mantiene la dignidad del trabajo bien hecho.

Atrapada sin remedio entre el pasado que admira y que la desprecia y el futuro que la arrincona, se compadece de sí misma tras la nueva máscara en la que se refugia al final de la novela:

Siempre me he tomado tan en serio…

Escribir no me libera. Escribo, es decir, me oculto. La escritura es un modo del ensimismamiento y la autocompasión.

Desde su exilio de palabras confiesa que estamos enterrados y hablamos en voz alta para no morirnos. Quizá escribir es poner una celosía para no ser enfocada por el ojo verde de la  Urrutia. Dolería demasiado.

La joven Natalia es la representante de las víctimas del éxito. Todo, hasta el pensamiento, lo sacrifica al triunfo: su cuerpo martirizado por la anorexia, su deseo de no pensar y no saber demasiado, su renuncia a vivir en aras del oropel. La díscola disimulada cree manejar a su antojo a quienes la rodean, sin saber que es una marioneta en manos de un perverso sistema. Triunfo a cambio de mucho.

La verdad y la autenticidad son imperfecciones. Aprender, dice, no siempre produce felicidad.

Entre divas y dinosaurias sabe instintivamente dónde está el camino. Y lo sigue sin reparar en nada. Se sacrifica en el altar de la fama.

Daniel Valls, personaje formado de retazos de personas reconocibles, estremece por sus contradicciones, su desolación que parece sincera, su fragilidad de macho ibérico, su inseguridad. Zarandeado por el rencor de clase de los troles, manejado, utilizado, comprado por el poder del dinero de la bróker filántropa, aún conserva algo que lo hace entrañable, quizá un rastro de dignidad.

No ocurre así con el cínico, desencantado con complejo de culpa, el segundón Lorenzo Lucas. Duelen sus actos, sus palabras desde la superioridad moral, su confusión de la caridad con la justicia. Pero como afirma en un momento de la novela, la dignidad sólo se pierde si no se cobra. Y entonces lo entendemos todo. Es otra máscara. Un ancho de manga que aumenta a medida que se asciende en la escalera del éxito.

No cobrar es una mierda pintada de rosa,

como dice otro de los personajes.

La novela avanza a golpe de titulares cortos que reparten espacios, tiempos y personajes y que rompen el dramatismo con un lenguaje coloquial, frases hechas, paráfrasis de títulos de películas, metáforas, onomatopeyas, sinestesias, aldabonazos que a veces cierran cada secuencia, con un tono circular que golpea al lector.

Y es que esta novela es sobre todo el lenguaje en el que está escrita. Los magníficos monólogos interiores, los contrastes demoledores entre lo que un personaje piensa y las palabras que emite, las enumeraciones brillantes hasta en su longitud, como la definición de gente que ocupa nada menos que cuatro páginas. Difícil, sorprendente, arriesgada y muy pertinente enumeración. De las que hacen pensar.

Las metáforas, gráficas, brillantes, atentas a la lengua hablada, satíricas y demoledoras caen como chorro de sosa cáustica sobre la comodidad de la lectura.

La autora deshace frases hechas con una agudeza inusual. Concretiza sensaciones o localiza el bolo del mal entre la primera y segunda vértebras lumbares.

Leer este libro es disfrutar de la buena literatura. De la belleza de las palabras, de los quiebros audaces que golpean el significado manido, de encontrarse con la verdadera función estética, la de llamar la atención sobre cómo se dice lo que se cuenta.

Tras la lectura, nos quedan muchas preguntas. Hay que tener el coraje de vivir con ellas o intentar responderlas.

Preguntas como:

¿Se puede luchar desde dentro contra el sistema?

¿Cuál es la posición del trabajador de la cultura en el mundo actual?

¿Qué significa la cultura?

¿Qué libertad nos ha traído internet?

¿Puede un artista manifestar su compromiso?

¿La literatura política está reñida con la buena literatura?

¿Por qué se tolera una gala benéfica y se crucifica a quien firma un manifiesto?

¿Qué es el compromiso?

¿El héroe contemporáneo es el que calla y templa gaitas?

¿Hay autocensura por miedo al mercado?

Y tantas otras que no caben aquí…

Marta Sanz se define como persona de izquierdas y feminista. Lo demuestra en todas sus producciones sean narrativa, ensayo, poesía o crítica literaria. Ofrece en ellas un diagnóstico y plantea preguntas. Cuida su estilo porque lo considera honesto. Porque es su trabajo y tiene la obligación de hacerlo bien. Pese a quien pese y le cueste lo que le cueste. Porque cuidar el estilo ya es un compromiso.

No ofrece soluciones, pero defiende que la educación es el camino para reparar los daños culturales del neoliberalismo. Coincido totalmente con ella en eso.

Hasta que la educación no forme ciudadanos críticos, libres, capaces de pensar, de plantar cara a las manipulaciones, de quebrar máscaras, estaremos en manos del lenguaje del poder, de las mentiras que parecen verdades, de la sutil censura del dinero, del miedo a perder clientes.

Sin darnos cuenta de que estamos perdiendo nuestra dignidad, nuestra libertad y nuestro futuro porque lo dejamos en manos de nuestros verdugos, sólo por no mirar valientemente con los ojos abiertos.

El arte es político, como lo es todo en la vida. Desconfiemos de los que dicen no tener ideología. Porque ya están confesando la que tienen.

Son los que hacen de la política espectáculo y politizan la cultura desde cálculos partidistas. Así es más fácil hacer teatro en la realidad, y manipular desde las tablas.

También de eso se habla en Farándula. Faralaes y tarántula. Brillo y veneno. El teatro hoy es más político por el hecho de seguir siendo teatro.

Nunca agradeceré lo suficiente a María que me haya pedido hacer esta presentación que me ha hecho conocer con profundidad a una autora que desde ahora será, junto a Rafael Chirbes, otro de mis referentes. Para eso están las buenas libreras y las clásicas librerías, como la entrañable Ambra.

A Marta Sanz le agradezco haberme devuelto una literatura que ya creía perdida. Quizá porque no había abierto los ojos lo suficiente. Una literatura con la que se disfruta tanto como se piensa. Una literatura que entretiene a la vez que enseña.

Pido perdón por la extensión de estas palabras, pero es que el entusiasmo me ha llevado a ello. Hacía mucho que no disfrutaba tanto leyendo.

Y a ustedes, les recomiendo que,  si no la conocen ya,  no dejen de leerla. Nunca se arrepentirán.

 

 

Este texto fue leído en la presentación de Farándula, que tuvo lugar en la Librería Ambra de Gandia el 17 de mayo de 2016.

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La coherencia de la verdad

07/07/2016

 

 

 

Un día de los años ochenta del siglo pasado, en Barcelona, un joven estudiante desconocido toma el autobús para llevar un manuscrito de cuentos a dos editoriales de la ciudad. Se lo aceptan en ambas y ahí empieza su oficio de escritor. Siempre había escrito y desde entonces nunca ha dejado de hacerlo.

Se llama Ignacio Martínez de Pisón. Es zaragozano de nacimiento y alma. Hoy es barcelonés de adopción y tuvo siempre claro que su vida era escribir.

No había dudado en iniciar estudios de Filología italiana en Barcelona, tras acabar la de hispánica en Zaragoza, para dilatar su vida de estudiante. Y más tarde abandonó la docencia porque entendió no era lo suyo.

Confiesa que, en sus años en casa del abuelo materno, lo atrapó la lectura del Valle-Inclán de la trilogía de la guerra carlista, a la que vuelve siempre, y también los autores realistas que tanta influencia tendrían en él.

En su primera novela, La ternura del dragón, el protagonista niño también es un lector compulsivo. Porque la literatura puede proporcionar una salida a los estrechos límites del niño enfermo. En este su primer libro, la magia de la letra escrita lo empapa todo y logra vestir con colores nuevos una realidad gris y doliente llena de secretos.

Entrar a la casa de los abuelos era entrar a un mundo mágico.

dice el niño Miguel.

Es Martínez de Pisón un autor que crece con sus libros, a la vista del público, porque empezó muy joven en el oficio. Tenía sólo 22 años, y ya fue considerado una joven promesa de la literatura de los años ochenta del siglo XX. Una época de ilusiones y oportunidades que se han ido perdiendo, por desgracia, en estos años del siglo XXI.

La magia de los libros siempre lo ha guiado, como al niño de su primera novela. Primero la recibe como lector y luego la crea como escritor:

Los buenos novelistas, nos dice, son los que saben poner palabras a nuestras vidas, que parece que te hablan al oído y han escrito una novela para ti.

La realidad siempre es amarga y el ser humano necesita historias que ordenen el mundo y lo ayuden a soportarla. Esa humana necesidad de escuchar, que no es menor que la pasión por contar.

Y a eso se dedica el autor en todos sus relatos. Porque es un narrador nato y al relato ha dedicado todos sus esfuerzos. Sean novelas, cuentos o reportajes.

En las dos últimas décadas del siglo XX, sus novelas recorren un camino de aprendizaje vital en el que lo interno, la introspección, lo psicológico predominan sobre el entorno social. La literatura planea sobre la realidad para enmarcarla e interpretarla, y los sentimientos personales marcan las peripecias de los personajes.

Son personajes en formación. En el camino de reconocimiento que exige una mirada interior intensa.

Tras el niño protagonista de su primer libro y un paréntesis de relatos cortos juveniles, llega el adolescente atormentado, perplejo y desorientado de Carreteras secundarias. Un libro que rinde un sentido homenaje al Quijote. Donde los personajes son tratados con una piedad cervantina enternecedora, y donde el camino es la búsqueda incesante de algo que nunca llega.

La vuelta a los orígenes del final del libro permite, en un audaz quiebro, que el optimismo vital triunfe sobre el drama. Un libro que será película y que empieza a abrir el mundo interno al exterior, a través de un viaje de búsqueda de identidad no sólo del hijo, sino también del padre. Porque a veces los errores se redimen con sueños.

El aprendizaje  sigue en María Bonita y El tiempo de las mujeres donde el autor, en un más difícil todavía, se atreve con las figuras femeninas, aguanta el reto y sale victorioso.

En estas novelas desarrolla varios de sus temas recurrentes: el secreto, junto con la lucha entre la realidad y el ideal, y la pérdida del cálido refugio de la niñez para entrar en el mundo de la realidad adulta, que había esbozado ya en las anteriores.

Para ello, y quizá porque ha comprendido que la realidad no es una sino muchas, desarrolla la técnica del perspectivismo que ya había iniciado y que perfeccionará en novelas posteriores.

Porque, como afirma una de las protagonistas:

Las cosas casi nunca son como aparentan.

Y el novelista se esfuerza por mostrar una realidad compleja a varias voces, con perfiles diferentes que la enriquecen.

Completado el camino interior, es hora ya de abrir los ojos al mundo que lo sostiene. Para entenderlo y para entenderse, porque la literatura puede redimir al que la lee, pero también redime a quien la escribe.

Dice David Grossman que los libros son el único lugar en el mundo donde pueden coexistir las cosas y su pérdida. Y que escribir sobre la realidad es el medio más simple de no ser una víctima.

A la vez que los protagonistas de las novelas de Martínez de Pisón completan su formación sentimental, va ganado terreno la realidad que los sostiene: la situación sociopolítica, los espacios concretos, la Historia de la segunda mitad del siglo XX en la que estas historias transcurren.

Porque como afirma su admirada Natalia Ginzburg:

Para nuestra alegría personal o para nuestra desgracia, las contingencias de la realidad tienen una gran influencia en lo que escribimos.

Ya en el siglo XXI, Martínez de Pisón tiene claro que quiere conocer la verdad de su pasado para entender su presente. Como tantos otros escritores de su generación. Y lo hace con una apuesta valiente y arriesgada. Con un libro ensayo que no es novela sino una ordenación narrativa de hechos reales. Enterrar a los muertos es un libro magnífico en el que la realidad se impone a la ficción, en el que el autor investiga como un historiador y ordena los datos, guiado solamente por el deseo de averiguar la verdad.

Como él mismo confiesa, lo bueno de escribir sobre la verdad es que siempre es coherente.

La tremenda historia de José Robles, un traductor y amigo de John Dos Passos, al que la Guerra Civil cogió de vacaciones en España y que desapareció a manos de los servicios secretos soviéticos, atrapa al lector y lo informa por igual. Porque hay intriga, pasión y tragedia a raudales en una época triste, heroica y casi desconocida todavía hoy, en esta España amnésica.

El autor ya había tocado la historia en novelas consideradas juveniles, como Una guerra africana, que parece novelar su abandonada tesis doctoral sobre el mismo tema.

Pero, Enterrar a los muertos supone un antes y un después en su trayectoria. Cambia su manera de escribir y también la de ver la realidad.

Su pasión por contar sigue poniendo el foco en lo que él llama las notas a pie de página de la Historia que son las vidas concretas de sus personajes, pero el marco social se agranda y llega a ser en algún libro un personaje más. La intrahistoria se funde con la Historia porque no puede existir la una sin la otra. Porque para escribir sobre la realidad es necesario conocer sus raíces.

Y por eso, también bucea en el género del reportaje con Las palabras justas sobre episodios negros de la Guerra Civil y hace una antología de relatos de la misma en Partes de guerra.

Martínez de Pisón que en sus primeros libros hacía concesiones al suspense, la fantasía y el misterio, aunque siempre pretendió contar historias, se ha convertido en un autor realista de raza, seguidor de Tolstoi y Chejov, admirador de tres mujeres maestras en relatar lo cotidiano, lo aparentemente nimio y que sin embargo es lo que mueve el mundo: la ya citada Natalia Ginzburg, la huidiza, enigmática y genial Anne Tyler y la discreta y sorprendente Premio Nobel, Alice Munro.

Como ellas, el autor se confiesa un narrador de la clase media:

La vida, nos dice, está hecha por gente de clase media para gente de clase media. Como la democracia y como los Derechos Humanos.

Y como la misma novela realista que creció al calor de la burguesía.

Esa clase media es la de sus familias. Porque la familia es su protagonista preferido. Un tema universal, dice, y también muy rentable novelísticamente. Son familias infelices porque como afirmaba Tolstoi cada una lo es a su modo, y en las familias los agravios nunca prescriben. Quizá no haya familias felices. Al menos no  son demasiado literarias.

El ámbito familiar le permite tratar generaciones enteras a través del tiempo, cambios de tiempo y espacio, el pasado, el presente y el futuro en escenarios diferentes. Los personajes evolucionan, empujados por las circunstancias externas, en lucha con ellas o aceptando resignados su destino.

Asuntos menores en apariencia le permiten tratar la memoria, las emociones, los rencores, los miedos, la vuelta al origen, las contradicciones personales paralelas a las contradicciones sociopolíticas.

Sus dos últimos libros hasta hoy, El día de mañana y La buena reputación, son libros maduros en los que muestra una pericia de estilo que corre paralela a su capacidad narrativa.

En el primero aborda una siniestra figura, protagonista omnipresente y ausente a la vez, que conocemos a través del testimonio coral de doce personajes. En la segunda, una novela río al modo del mejor realismo, hay cinco novelas en una, en un hábil ejercicio de perpectivismo que ya domina con soltura.

No por casualidad, El día de mañana ha recibido tres prestigiosos premios, uno el de la Crítica, y fue finalista del Libro Europeo en 2011.

Y La buena reputación ha sido merecidamente Premio Nacional de Narrativa en 2015. Y también, Premio Libro del Año.

Desde 1984 hasta hoy Martínez de Pisón ha publicado 19 libros. Uno cada dos años de media, algunos años dos, cuentos y novela. Ha recibido catorce prestigiosos premios, pero quizá el mejor de ellos es la fidelidad de sus lectores.

Está claro que aquella vocación de su juventud no era un espejismo. Está claro que es un autor de oficio, que trabaja sus libros con método. Que se documenta, que no deja nada al azar, que ha madurado, evolucionado, arriesgado, innovado.

Su estilo es tan cuidado que ni se nota, nunca la escritura oscurece la trama. Nunca la retórica impide la magia de la comunicación.

Esa transparencia se agradece, porque demuestra que es un narrador puro, de los que atrapan con la palabra sin artificio, con los sentimientos desnudos sin red, porque como nos dice, si se ven los hilos de la trama, la historia se cae.

En sus novelas eso no ocurre nunca. Seducen desde la primera página y envuelven al lector en una atmósfera cálida y cercana en la que se encuentra, se asombra, sufre, duda y se identifica con personajes vivos de carne y hueso, no con clichés literarios. Perdedores que sobreviven a pesar de todo, incluso transgrediendo sus ideales. Personajes conflictivos a los que nunca se condena porque siempre guardan un destello de luz en su oscura conducta. Que se redimen por el amor o por la culpa.

La ternura del autor y su compasión por ellos es infinita y contagia al lector. No hay juicios, ni maniqueísmo, ni condenas. Sólo comprensión por el ser humano. Un ser contradictorio, capaz de lo peor y de lo mejor, sorprendente y poliédrico como la vida misma.

Leer sus libros es experimentar, como dice Grossman, una aclaración interior, una comprensión lúcida de nuestra singularidad porque su literatura nos une al destino de otros seres humanos. Y en ellos nos reconocemos.

La actividad de nuestro autor no se para en la novela, el cuento o el reportaje porque también es guionista cinematográfico. Adaptó al cine su novela Carreteras Secundarias y este guión y el de Las 13 rosas fueron finalistas de los Goya. Es coautor con Trueba del guión de la película de animación Chico y Rita. Y ha hecho adaptaciones para el teatro.

También ha sido articulista y crítico literario en periódicos como ABC y El País y ahora lo es en La Vanguardia.

Es un placer y un privilegio tener hoy aquí a un escritor como Ignacio Martínez de Pisón.

Un hombre que decidió un día, en los años 80 del siglo pasado, dedicarse sólo a escribir y que para suerte de todos sus lectores lo ha conseguido.

 No sé si hoy, en 2016, el joven Martínez de Pisón lo habría logrado.

Quizá, para nuestra desgracia como lectores y también como personas, fuera uno de esos talentos desperdiciados, uno de esos jóvenes exiliados sobreviviendo como camarero en Londres.

Este texto fue leído el 18 de abril de 2016, en la conferencia inaugural de la Setmana del Llibre organizada por  Biblioteques Gandia .

 

 

El olvido es robarle las llaves a la historia

28/06/2016

 

 

No es fácil presentar a un autor como Benjamín Prado. Es tan polifacético, tan prolífico y tan conocido, en España y fuera de ella, que podría parecer escaso o superfluo lo que de él dijera. Pero lo intentaremos.

Empezó a publicar poesía a los 25 años, pero su relación con la literatura se remonta a sus tiempos de estudiante adolescente. Un profesor, atento a sus capacidades literarias, le recomendó leer al Lorca de Poeta en Nueva York y al Alberti de Sobre los ángeles. Otro alumno hubiera desistido con obras tan difíciles, pero él no sólo las entendió, sino que las asimiló e hizo suyas para siempre.

La casualidad que, como dice Paul Auster, forma parte de la realidad  hizo que se encontrara con Rafael Alberti en un bar, que éste lo invitara, y que se fraguara una amistad literario-viajera de trece años que recogió en un libro de memorias de título precioso: A la sombra del ángel. Porque, si algo caracteriza a Prado, es su especial relación con títulos largos, originales, precisos, sugerentes y poéticos como el que hoy da título a su conferencia.

Prado es un poeta riguroso, trabajador de la palabra, con una base cultural sólida que le viene de sus lecturas exhaustivas. Porque, como decía Borges, se jacta no de lo que ha escrito sino de lo que ha leído. Un poeta musical que siempre trabaja con música y que empezó a escribir, confiesa, escuchando a Bob Dylan.

En 9 años, publicó cuatro poemarios en los que demostró tener ya voz propia. Una voz fraguada en el entrenamiento de escribir y en el oficio de leer. Porque siempre repite que la gimnasia de la literatura es la lectura. Palabras que suscribo.

Y su entrenamiento tuvo su recompensa. Su libro de poemas, Cobijo contra la tormenta, ganó el prestigioso premio Hiperión en 1995.

En los años 90, también se inicia en la narrativa con una obra que lo incluye en la generación de jóvenes novelistas urbanos. Raro, es su primera obra narrativa. La única de título corto, curiosamente. Es un libro a medio camino entre el relato corto y la novela, entre la música y la poesía. Y con él, inicia una etapa de cinco años de narrativa casi en exclusiva. Explora temas, formas, estructuras, géneros y logra también el Premio Andalucía de novela con la titulada Sólo el fuego.

La búsqueda de una voz propia, ahora como narrador, parece decantarse por la de la mirada a lo que lo rodea, a la realidad frente al intimismo. Y por la novela negra, de espías y aventuras en el género. De la metaficción del joven que escribía para sí mismo se abre a escribir para todo el mundo de la realidad que todos compartimos. Y se imponen temas como la huida, la memoria, el exilio y la nostalgia.

En Mala gente que camina explora el siniestro tema de los niños robados en el franquismo, en Operación Gladio las sombras de la no tan inmaculada Transición. Y en Ajuste de cuentas, la última hasta hoy, se adentra en la España del pelotazo, la corrupción y el descenso a los infiernos de muchos. Una novela política y comprometida envuelta en una trama de aventuras.

Benjamín Prado crea un alter ego como protagonista de sus relatos, Juan Urbano, homenaje al Juan Panadero de su admirado Alberti. Un profesor y escritor al modo de los investigadores de novela negra. Un perdedor con alma, que juega a ser cínico. Víctima de una realidad que lo zarandea sin piedad y de una moral que lo empuja al altruismo. Un personaje que define con acierto la situación que vivimos como una novela de Dickens escrita por Kafka.

Prado tiene el proyecto ambicioso de hacer una serie de diez novelas con Juan Urbano como protagonista. Una por cada mandamiento. Ya lleva tres. Todos esperamos que lo cumpla para entender un poco más el presente y el pasado que lo determinó.

Y es que la novela, decía Balzac y repite Vargas Llosa, es la historia privada de los países. Algo que señaló también Unamuno y a lo que llamó intrahistoria. La historia de las gentes sin historia, la de la vida diaria frente a la de los titulares de periódico. La de los que sufren la historia que otros hacen.

No crean que acaba aquí la obra de Benjamín Prado. Con el nuevo milenio, comienza a escribir ensayo. 7 formas de decir manzana es un delicioso libro sobre la poesía que recomiendo a profesores y a aprendices de poeta. Los nombres de Antígona un emocionante y hermoso retrato de cinco escritoras que logró el premio de ensayo Ortega y Gasset.

En Romper una canción recoge su experiencia como letrista con Sabina del disco Vinagre y rosas

Puede parecer que en estos años ha olvidado la poesía. Pero no, también hay en el nuevo milenio cuatro antologías, dos libros nuevos y más premios. Recibe el Internacional Ciudad de Melilla a una colección de poesía y también el Premio Generación del 27, en 2005,  por  Marea humana.

Y aún tiene tiempo para explorar el aforismo. Género a medio camino entre poesía y filosofía y al que dedica tres libros, en los tres  últimos años: Pura lógica, Doble fondo, Más que palabras… En los que sigue demostrando su pericia para los títulos.

En ellos trata temas diversos como literatura, política, o los universales del sentimiento de Machado. Porque el aforismo lo admite todo, siempre que sea inteligente y huya de los tópicos.

También se inicia en el relato corto. En 2003 escribió Jamás saldré vivo de este mundo. Un curioso libro coral con artistas invitados, al modo de las estrellas de rock, como Marsé, Javier Marías o Almudena Grandes y en el que se incluye el titulado Las banderas son para los idiotas, muy pertinente hoy. La vida y sus paradojas imprevisibles es el núcleo de todos los relatos.

El segundo libro de relato corto lo publica, en un más difícil todavía, a la vez que su última novela e incluye en él lo que no puede narrar Juan Urbano en Ajuste de Cuentas. Es una catarsis de las contradicciones internas del autor personaje y una manera de desfogarse de las ataduras del relato largo. Se titula gráficamente, como no podía ser menos, Qué escondes en la mano.

Pero no hemos terminado. Ya les advertí de que era prolífico e imprevisible, a la par de trabajador incansable.

Ha dirigido durante cinco años la prestigiosa revista Cuadernos Hispanoamericanos y fue apartado de ella en 2012 por motivos políticos, vestidos de las excusas de siempre.

Ha colaborado con músicos como Coque Malla y Joaquín Sabina o con el grupo Pereza, porque siempre, creo, añora la música y el escenario donde canta, lee, habla y toca la guitarra o la armónica. Siempre a medio camino entre concierto y recital.

Ha sido también articulista de Diario 16 y El País y ahora lo es de Infolibre. Colabora en el programa La Ventana de la cadena SER con Carlos Francino, donde hace una excelente labor de animador a la lectura y a la escritura, y no olvida su relación con la música.

Es un activo usuario de las redes sociales, Facebook, Twitter, y también tiene un blog…

Supongo que olvido muchas cosas porque como él dice, las personas que leen no tienen límites. Y él lee mucho.

Ya hemos tenido el placer de escucharlo leyendo poesía en dos ediciones del Poefesta olivense y me consta que tiene seguidoras incondicionales en la radio.

Hoy, tiene la amabilidad de acompañarnos para hablarnos de relatos, de historias de libertad de expresión y de límites de la palabra en este I Memorial Marcel·lí Pérez dedicado precisamente a eso: a rescatar la memoria de las garras de quienes no quieren que se cuente. De aquellos que amordazan la libertad porque la temen.

Porque, como dice Benjamín Prado en uno de sus versos:

“El olvido es robarle las llaves a la historia”

Y esta ciudad quiere, en lo posible, que se abran puertas y ventanas del pasado para entender el presente y reparar tanto olvido injusto de aquellos que lucharon por la libertad de expresión y por la dignidad del ser humano. De aquellos que dieron su vida por la libertad, la justicia y los derechos humanos. Aquellos que, con su lucha, permitieron que hoy seamos un poco más libres.

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Este texto fue leído, en las jornadas dedicadas en Gandia al I Memorial Marcel·lí Pérez, el 19 de enero de 2016.

 

Cadenas que se disfrazan de cánones

21/06/2016

 

 

 

La sociedad competitiva y exigente en la que vivimos impone sus rígidas leyes y ahoga la libertad del ser humano.

Una de sus cadenas mas perversas es el canon de belleza impuesto, que sacraliza un cuerpo perfecto, delgado y ágil identificado, de manera perversa, con el éxito y el prestigio.

Los medios se encargan de recordarnos, en cuanto llegan los primeros calores, que nuestros cuerpos no están presentables, según sus malvadas normas,  y nos convencen de la necesidad de castigarnos con dietas y gimnasios que nos lleven a la soñada perfección. Perfección que dictan ellos.

Si no fuera porque sólo el 4% de los seres reales pueden acercarse al estereotipo que nos venden, no se trataría más que de una sana llamada a la autoestima. Pero esa cifra alarmante, unida a enfermedades letales como la anorexia y la bulimia, somete a la población, sobre todo la femenina, a una tiranía inaceptable.

La sociedad machista usa una vez más sus armas de modo sibilino y nos esclaviza con criterios estéticos que nos hacen odiar nuestros cuerpos y horrorizarnos por el paso del tiempo.

No en vano se ha dicho, de modo perverso, que la dieta es el sedante sociopolítico más efectivo para la mujer.

El fundamentalista deseo de perfección falsa e imposible, dictado por agentes externos, supone que el terror a engordar supere a veces el miedo a la muerte.

Nos están vendiendo apariencias. No puede reducirse al ser humano a una mera imagen. Pero, las relaciones personales, sobre todo en medios urbanos, se reducen a encuentros fugaces en los que las apariencias pueden llegar a eclipsar la esencia de los sentimientos.

De este modo nos convierten en objetos perecederos, con fecha de caducidad.

Nuestro mundo ha ganado, por fortuna, la batalla a la edad. Pero se niega, paradójicamente, a aceptar el envejecimiento.

La sacralización de la juventud y la perfección a toda costa no es más que otra cadena añadida a las que lastran la libertad de las personas.

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Nada hay más gratificante que aceptar dignamente la propia imagen y el proceso vital. Es patético, y suele resultar ridículo, intentar negarlo, pretendiendo evitar lo inevitable.

No dejemos que nos amarguen la vida, y mucho menos los veranos, en nombre de oscuros intereses y figuras imposibles. Seamos libres.

  Vi que volaban los tiempos y que encerraban el cuerpo, mas no el deseo, que es libre y muy mal se encierra.

 decía Miguel de Cervantes en su obra póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Cuando escribía estas palabras este ser admirable estaba  a punto de morir. Y era muy consciente de ello:

Puesto ya el pie en el estribo

con las ansias de la muerte

gran señor, ésta te escribo.

 

 

Imágenes 2 y 3: fotografías de Chema Madoz

Dolor de madre para alumbrar al mundo

17/06/2016

 

Testimonio desgarrador de una madre siria atrapada en Grecia que busca la pista de sus hijas desaparecidas en algún lugar de Europa. Estaba atrapada en la isla griega de Lesbos justo cuando la Unión Europea firmó su acuerdo ilegal con Turquía.

 

 

 

Inmensas caravanas de mujeres hinchadas

llevan cirios de ortigas

en sus pálidas manos.

Interrogan los astros,

huelen la piel blanca de las tahonas

y se palpan los vientres

donde están palpitando

futuros esqueletos.

Las mujeres miran el cementerio

y aprietan en sus labios deshojadas canciones,

delgadas canciones donde pone la muerte

unos rotos pañales para alojar al hijo.

La flor de esqueleto palpita en la blancura

de este pétalo líquido que los novios trabajan

y la iglesia bendice y la cama recoge

en la noche encendida de la boda.

Las mujeres  interrogan la luna

y envidian su redondo vientre blanco

que sólo pare rayos inmortales;

y llevan en sus manos

cirios llenos de ortigas

para alumbrar con su dolor al mundo.

MANUEL PACHECO (1919-1998)

 

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En palabras de Luis García Montero:

Europa viola sus propias leyes, incumple con sus acuerdos internacionales y con el derecho de asilo, firma una subcontrata con un país inseguro y sin condiciones para  la solidaridad, deja a los seres humanos en el desamparo y mantiene un muro, o una alambrada, o una guillotina de olas, o un patíbulo legal para que la gente pierda la vida ante sus fronteras.
(…)
Mirarse en el mar o mirarse en el espejo supone hoy un ejercicio peligroso para Europa. Los ojos ven crueldad, miedo, miseria, muerte. Pero las personas no pueden cerrar los ojos. No se trata ya de compadecer, imaginar el dolor ajeno y solidarizarse con los otros. Es una cuestión de principios, de solidaridad con nosotros mismos y con nuestra condición humana. No podemos aceptar la degradación íntima a la que nos está condenando el dolor de los refugiados sin amparo. Los niños muertos sostienen en sus brazos el cadáver de Europa.
Debemos gritar a nuestros gobernantes que no compartimos su falta de humanidad, su desprecio por las leyes y los derechos humanos. Debemos exigir que se cumplan las leyes que protegen a las personas refugiadas. Debemos ser la voz de los que ya no tienen fuerzas ni medios para hacerse oír.
Los que teniendo voz callan, no son personas. Digamos NO a esta Europa que traiciona sus valores fundacionales.
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