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Y sin embargo

29/05/2017

 

 

Hace un año que nos sentábamos en esta misma mesa para presentar Farándula. Aquel día confesé que la lectura de las obras de Marta Sanz me había hecho recuperar el sabor de la buena literatura, de una literatura que ya creía perdida.

Desde entonces no he hecho más que reafirmar mi impresión. Decía Unamuno que autor viene de auctor: el que aumenta, agranda, mejora. Y Marta Sanz es una autora con mayúsculas porque siempre nos abre perspectivas nuevas. Agranda con su literatura un mundo estrecho y encorsetado por una cultura cautiva del poder y fruto de la globalización neoliberal.

Como afirma en su lúcido ensayo, No tan incendiario:

La cultura como artefacto ideológico, conforma la visión del mundo y el espacio sentimental de los seres humanos que, interactivamente, se convierten en productores de cultura. Las formas culturales con apariencia de neutralidad son las que entrañan mayor peligro […]. La cultura deja un poso que nos mueve a unos procedimientos determinados de acción. O de inacción.

Ella actúa con palabras. No renuncia a la lucha por el lenguaje y reivindica como propias palabras como libertad, solidaridad, compromiso, fraternidad, que forman parte de nuestra tradición política, pero que han sido privatizadas y vaciadas de contenido por el pensamiento único y la publicidad. No podemos permanecer impasibles ante esta privatización del lenguaje. Hay que denunciarlo. Y Marta Sanz lo hace siempre que escribe.

Frente a una cultura entendida como un bálsamo, “que no admite que nadie nos importune ni saque de nuestras casillas”, ella apuesta por una cultura que moleste. Y también por una vuelta a lo real.

Su literatura no evade, sino que sacude e inquieta. Su cuidado del lenguaje no es casual, sino meditado. Porque la forma también es una decisión ideológica. La tarea de la literatura es penetrar en la conciencia del lector y hacerlo crecer. Abrirle los ojos, aunque duela. Producir orzuelos. Manchar las manos de tinta.

La crisis ya ha hecho, ¡y de qué manera!, que abramos los ojos a una realidad podrida. Ahora, hay que decirlo con un lenguaje que inquiete al lector lo suficiente como para que despierte del todo y reaccione.

Y todo ello desde una tarea dura y agobiante, fuera de conceptos míticos sobre el autor inspirado por las musas.

Lo que más me atrae de ella es su concepto de la literatura como trabajo. Un trabajo que hay que cuidar al máximo, si se quiere ser honesto y no un mero diletante. Un trabajo que duele, que tiene servidumbres, que cuesta esfuerzo, que te reduce a esclavo de un mundo precario en el que el mercado manda. Una pieza más del engranaje diabólico en que nos mueven.

Marta Sanz es una de las escritoras, e incluyo a escritores masculinos, más lúcida y reflexiva que conozco.

Sus obras dialogan siempre con las suyas anteriores y con otras del panorama literario que enriquecen, alargan la sombra de los conceptos y ofrecen perspectivas nuevas. Nadie escribe desde el vacío. Siempre se escribe desde un poso ideológico. Y hay que ser consciente de ello para tratar de entender y desmontar el sistema que nos dirige.

El primer paso acaso sea, según sus palabras, sacar al escritor de su clásica torre de marfil, para que pise la calle, mire la realidad y se haga carne.

Porque envolverse en la mentira literaria y protegerse con los velos de la ficción puede consolar, pero a cambio exige el peaje de la corrección y aleja la perspectiva de la autenticidad en nombre de la verosimilitud:

Frente a las visiones edulcoradas de la realidad, toda la literatura tendría que doler y alejarse de esas bonitas perspectivas irónicas que no son más que un tupido velo para tomar distancia y para separar «inteligentemente» los labios sin causar muchas molestias practicando el ejercicio de la corrección política.

No le gusta la literatura placebo, la que se encierra en el arte y se aleja de la realidad. Entendiendo como realidad lo que nos pasa, las zonas oscuras y tabúes impuestos más allá del realismo decimonónico: dinero, facturas, enfermedades, miseria, supervivencia, dudas, angustias y escatologías varias. Una literatura con manchas y churretes porque no le gusta lo puro:

Parece que las personas que nos dedicamos a este oficio no podemos hablar de dinero, pero yo lo hago porque creo que las carencias, las incertidumbres en este ámbito, se somatizan, forman parte de nuestras patologías cotidianas.

El segundo, liberarse en lo posible de las ataduras del mercado:

 La urgencia de complacer al mercado limita la capacidad de asunción de riesgos -no necesariamente económicos-, de observación, de reflexión, el sentido crítico, los intentos de desvelar una realidad angustiosa, de visibilizar los traumas de una normalidad a veces terrorífica…

Hace falta ser muy valiente para hacerlo. Y Marta Sanz lo es. Sin concesiones.

Rompe a martillazo limpio clichés y tabúes que nos imponen y que nos hacen infelices.

Y el tercero, y quizá el más duro y difícil, desnudarse emocionalmente y afrontar el envejecimiento, la enfermedad y la debilidad:

De lo que más miedo nos da hablar es de nuestra vida y de nuestra experiencia cotidiana […].

Todo el mundo necesita un público: no un interlocutor, no un receptor activo.

La autora ya había hablado de sí misma en  El Frío, su primera novela, en la que confiesa haberse vengado de un amor fallido. Una novela poética y malvada a partes iguales que estremece por su contundencia. En ella se venga del pasado, pasa página y encara el presente. Aún no había cumplido los 30 años cuando la escribió. Y la literatura la salva. Sale victoriosa.

También lo hace en Lección de anatomía, una vivisección de su infancia y juventud, como en el cuadro de Rembradt que le da título. Más allá de las memorias autobiográficas, está en ella la vida de la gente que la rodea. Porque lo de fuera condiciona lo de dentro. La escribió con 40 años y todavía era capaz de mirar el pasado con complacencia. El presente no duele y el futuro espera. Disfruta escribiéndola y vence de nuevo.

Ahora, confiesa estar cansada de la ficción porque afirma que la literatura son muchas cosas. Tantas que se atreve con un libro inclasificable, poliédrico, extraño, desasosegante, valiente y novedoso como es el que hoy presentamos. Mi clavícula y otros inmensos desajustes. De nombre comercial, Clavícula. El título completo es importante y creo que no ha sido suficientemente resaltado.

Va a cumplir 50 años y siguen intactas sus ideas sobre el compromiso, la literatura política, la obligación de ser honesta, la necesidad de ser consecuente. Comprometida siempre con su clase y su género, siente ahora la urgencia de escribir desde ambos.

Publica en 2016 un ensayo sobre los usos amorosos en el postfranquismo Éramos mujeres jóvenes en el que habla de mujeres como personas en una sociedad que las ningunea, sobreexplota y castiga. Habla de su sufrimiento, obligadas a ser inseguras y sufrientes por una sociedad patriarcal que las margina. Habla de la falsa e interesada identificación entre machismo, que significa quitar derechos y feminismo, que reclama restaurarlos.

Siguen doliéndole la injusticia, las desigualdades y la hipocresía social. Pero a esos dolores sociales se añade ahora uno nuevo, físico, imprevisto, amenazante y persistente.

Un dolor localizado en un lugar impreciso, donde no hay nada. Un dolor que no tiene nombre ni hay palabras para describirlo.

Ese dolor se centra en la eufónica clavícula. Una ese sinuosa que pincha.

Y que se representa en esa clave de sol, amable y musical que nos llama  desde la portada del libro. Pero que acaba en una punta de flecha amenazante, siniestra, contradictoria y real como una amenaza cierta.

Un dolor que despierta los miedos, las culpas, los terrores, la amenaza del paso del tiempo.

Un dolor que centra la memoria en el presente, que reduce el cuerpo a un punto doloroso que se extiende y amenaza con devorarlo.

Un dolor que exige fuerza para poder seguir trabajando, viajando, sobreviviendo, amando, llorando, temiendo, esperando.

Un dolor que transforma la narración al uso, que fluye y avanza atrás y adelante, en un berbiquí que indaga, que profundiza en un punto del presente.

Clavícula es una palabra esdrújula preciosa, como lo es farándula. Con una eufónica combinación de oclusivas y líquidas que acaricia el oído. Y a nadie le puede doler un esdrújulo. Pero está asociada también a clavo y a clavar. A un objeto punzante que araña y rompe la superficie para dejar ver lo que hay debajo. Porque el dolor puede llegar a ser muy persistente y romper la máscara protectora tras la que nos escondemos y vivimos.

Marta Sanz rompe esa máscara con una valentía y una honestidad envidiables. Hoy se habla machaconamente de la posverdad, como si la verdad tuviera un tiempo y este ya hubiera pasado. La verdad de la autora de Clavícula es su honradez y su autenticidad, su valentía a la hora de asumir sus debilidades, de purgarse con las palabras y de usar la literatura para desenmascarar, limpiar, indagar, como ya lo hizo en Farándula.

Pero ahora sin personajes interpuestos. A cuerpo descubierto. Y con el cuerpo. Porque como dice el lema de Marguerite Durás que abre el libro: No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.

Y no sólo abre su cuerpo en canal sino que lo hace también con los lectores, con asuntos que nos conciernen a todos como víctimas que somos del capitalismo avanzado. Y purga también nuestras enfermedades sociales y personales. Porque ella nunca olvida que no se puede hablar de la vida interior sin hablar de la exterior. No es posible tratar de nuestros dolores físicos y psíquicos, sin conciencia de que sus causas están fuera. Sin comprender que la vida depende de vínculos sociales y que el más importante de ellos es el trabajo.

Un trabajo que se nos niega, como al marido parado, o que se nos impone, con saña de castigo bíblico, más allá de nuestras fuerzas. Porque, aunque nos derrumbemos, no nos podemos permitir parar ni decir que no. Porque de ello depende nuestra débil supervivencia.

Los dolores privados son consecuencia de las enfermedades sociales provocadas por una brutal crisis que afecta a nuestros cuerpos y a nuestas almas sin solución de continuidad. Lo físico y lo psíquico se unen, se separan. Se necesitan, se alían, se repelen, dialogan y pelean en cada página del libro.

El yo y el nosotros lo hacen también, porque la mirada de Marta Sanz trasciende lo que ve y lo interpreta en clave colectiva, reflexiona en diálogo consigo misma.

Y, al hablar de dolor, habla de las personas a las que más castiga, las mujeres. Porque la violencia estructural que se ejerce sobre nosotras afecta a nuestra salud. La sociedad partriarcal y los machismos endémicos cuestionan nuestro crecimiento personal y minan el cuerpo que lo sostiene. En nuestro cuerpo se graban deseos y frustraciones, y los dolores son su consecuencia.

La OMS certifica que la carga depresiva en mujeres es un 50% mayor que en los hombres. Y la sanidad no estudia los efectos de enfermedades en el cuerpo femenino. Bastan pastillas tranquilizantes para apaciguar la fiera o tratamiento de locas ante “dolores que no existen”, “dolores equivocados” o fantasmagóricos que pueden llevar a la muerte a las que los sufren, tras calvarios de hasta nueve años para diagnosticar una endometriosis.

Y la narradora interpela a Nietzsche que decía que los dolores más intensos son los de las señoritas burguesas bien alimentadas. Lo enfrenta, inmisericorde y certera, con los calvarios reales de sus amigas reales, con dolores reales, maltratadas por el desprecio sistemático a las enfermedades femeninas. Enfermedades a las que se dedican menos estudios, menos atención, menos visibilidad.

Hasta doce diagnósticos diferentes desenfocados para no pronunciar la palabra menopausia son muchos, incluso para una sociedad patriarcal.

Marta Sanz reivindica en Clavícula el derecho a la queja, el derecho a la debilidad. A la enfermedad, al descanso y a la flaqueza. El derecho al dolor sin ser tachada de hipocondríaca. El derecho a descansar si estás enferma por encima de la ineludible obligación de ser encantadora, trabajar, escribir, viajar, no parar. Clavícula es la “poética de la fragilidad” como la ha definido certeramente Edurne Portela.

Y Marta Sanz lo hace con su mejor arma, el lenguaje que tan bien domina.

Hay que ser valiente para hablar de temas tabú como la menopausia, las enfermedades o el dinero, el vil metal que tanto condiciona nuestras vidas y al que fingimos despreciar, aunque sólo sea posible hacerlo si se tiene en abundancia.

Pero esa valentía sería imposible si no se tuvieran las capacidades de Marta Sanz para retorcer las palabras, exprimirlas, concretizar lo abstracto, metaforizar sin descanso y nombrar lo imposible con un estilo que  desafía  e incomoda al lector continuamente. Esa propensión obtusa de mezclar lo pedante y lo paleto que define su estilo en sus propias palabras.

Y es que las sucesivas y geniales metáforas del dolor mutante a lo largo de sus páginas son latigazos en el alma del lector. Desde la garrapata y el ratón al sabor a sangre, pasando por la corbata, la bola de pelusa o la punzada. Sólo en un párrafo hay 10 líneas -muy propias de su estilo- en las que 31 sintagmas, con y sin adjetivo, con y sin complementos, sustantivos abstractos y concretos buscan alocadamente palabras para definir lo indefinible: el dolor. La escritora a la que sobran las palabras se queda muda ante el reto. Porque el dolor animaliza y paraliza.

La concretización de los síntomas de la enfermedad, sus geniales quiebros para evitar lo escatológico y sortear tanto la sensiblería como el exhibicionismo serían imposibles, sin un dominio como el suyo de los resortes lingüísticos. Enumeraciones, contrastes, antítesis, unidos a una frase corta, tajante, que hiela el alma y corta a veces el aliento. Cultismos y coloquialismos se enlazan en párrafos en los que la ironía brilla y, a veces, el sarcasmo hace torcer el gesto en una mueca entre sorprendida y resignada. Marta Sanz es efectivamente una maga de las palabras:

Ando buscando nuestra inmensa belleza entre este contubernio de palabras gratamente blasfemas y lenguaje corporal. La encuentro.

Clavícula es un libro atípico. Entre la narración y la reflexión, entre el diario y la crónica, entre lo lírico y lo narrativo, entre lo público y lo privado. Entre el dentro y el fuera.

Funciona como una melodía con variaciones en círculos que se expanden, con ahondamientos casi obsesivos que convergen siempre en un punto. Sin intriga clásica porque la autora lo quiere:

Sus páginas no están concebidas para ser convencionalmente interesantes. Son una indagación. Hablan de una persona, no de sus pasos de baile.

La componen 106 fragmentos separados por espacios en blanco. La mayoría son breves, algunos brevísimos de apenas dos líneas. Fragmentos, pedazos rotos de una estructura que es metáfora de la ruptura corporal de la propia narradora. Porque el dolor rompe hasta el estilo. No puede construirse un edificio literario sobre los cimientos de la precariedad, de la enfermedad y el miedo.

Casi doscientas páginas dura el desastre y su análisis. Hasta que un día decide escayolarse, recomponerse. Y seguir adelante.

No es casual que los fragmentos más extensos se dediquen al sentimiento de fraternidad, llámese amor por la pareja, respeto amoroso por el padre, complicidad con la madre o lazos afectivos con amigos y amigas.

Y es que Marta Sanz piensa que de la triada de utopías de la Revolución Francesa si acaso sólo se ha conseguido la libertad -la de los neoliberales, claro- y faltan dolorosamente la igualdad y sobre todo la fraternidad.

Clavícula es también una novela de amor por encima del dolor. Amor y ternura hacia la pareja de siempre. Complicidad, sensibilidad, afecto inconmensurable de quien siempre está ahí, incluso para ser herido. Incluso para sufrir con ella, para acompañarla en su perplejidad dolorosa. Porque el verdadero dolor fantasma es el desamor. Y la soledad que ahoga en los hoteles es una herida que se cura con afecto y compañía.

Complicidad con la madre, malcontenta como ella. Presta a hacerla reaccionar, decidida a explicar lo inexplicable, a acogerla siempre en el cálido nido familiar para protegerla.

Respeto por un padre que no entiende a una hija vulnerable, que quiere despertarla a golpes de realidad, que sufre por verla sufrir. Que no comprende que la tristeza ocupe la vida porque conoce las luchas cuerpo a cuerpo y quisiera hacerla reaccionar como sea. Un padre al que ella oye gritar aun sin verbalizarlo, con la sabiduría de un hombre vital y comprometido:

Despierta, espabila, vive. No seas barroca, gusano, bodegón, vive.

Complicidad también de amigos, hombres y mujeres, que logran arrancar una sonrisa, que apoyan con su presencia, que alientan con su ejemplo, sobre todo las mujeres.

Lazos de afecto fuertes, frente a las débiles relaciones de internet. Lazos que se anudan mirando a los ojos del otro, no a través de una fría pantalla.

Afectos, no exentos de contradicciones porque vivir es dudar y no todo es blanco o negro. Hay amigos que agobian o dañan con buena intención, frases que hieren cuando pretenden curar, padres que yerran en su tarea de apoyar. O no, quizá sólo son nuestras propias contradicciones.

Porque cuando sufrimos podemos ser malvados y la culpa nos ahoga. El mal provoca maldad.

Y porque también, en este sistema perverso, se culpabiliza al enfermo como se culpabiliza al pobre. Debes luchar por salir de la enfermedad como debes luchar por ser rico. Si no lo haces, es que eres débil o te faltan capacidades. Como si todos partiéramos de la misma línea y tuviéramos las mismas oportunidades.

El dolor es un aviso, un síntoma de la enfermedad y Marta Sanz tiene muy claro su nombre al final del libro. Y conseguir nombrar la enfermedad quizá es la clave de la recomposición y recuperación de la narradora:

Nos hemos hecho viejos antes de tiempo por culpa de la reforma laboral. Los ajustes, la crisis, los recortes […] se nos han metido en el cuerpo como un demonio […] y ahora forman parte […] de la enfermedad de la que, palabrita del Niño Jesús, nos vamos a morir.

Clavícula es también un libro de reflexión metaliteraria sobre los límites y contradicciones de la escritura Y también sobre su poder certificador de lo real y lo imaginario:

Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.

Cabe preguntarse cómo puede la autora abordar con tal lucidez y sin perder la compostura temas tan vitales, tan íntimos, tan duros de verbalizar, y lo más difícil, cómo puede salir indemne.

Y la clave creo es el tono. Ese tono entre el humor negro y la ironía hipocondríaca a lo Woody Allen. Entre la literatura clásica de Cervantes y Quevedo. Entre la sonrisa amable y la mueca sarcástica.

Junto a los afectos, el humor es el analgésico del dolor en Clavícula. El humor dulcifica las aristas de esa punta de clave que se introduce en la piel. Logra arrancar una sonrisa de las situaciones más dramáticas, como la de la espirometría o la genial escena de la prueba de esfuerzo. Una pieza maestra. O cuando la narradora cómplice afirma que nunca podría confiar en un psiquiatra llamado Mariano.

Ayudan y mucho también, las referencias culturales a novelas, propias y ajenas, a películas, a actrices emblemáticas que ayudan a entender algunos  mensajes: desde la ternura del Bósforo de Almasy de El Paciente Inglés a la dureza de la “lobotomía política” en Frances.

Este libro es marcadamente culturalista y lleno de adverbios en -mente, confiesa la autora.

Quizá porque necesita el apoyo de otros que hablaron antes que ella y porque necesita afianzar rotundamente las circunstancias con esa terminación absoluta en -mente que las zanja con rapidez en castellano.

Porque Marta Sanz trabaja duramente el estilo y nada es casual en sus libros, sino fruto del trabajo y la reflexión. Ella misma  nos explica en Clavícula por qué escribe así:

Se multiplican los trabajos y como en el estilo se funden fondo y forma. Las enumeraciones no son manierismo sino necesidad. La precariedad se expresa con la fractura y la brevedad sintáctica, y se amontonan y acumulan las palabras porque hay que sumar cien acciones para conseguir un solo fin. Todo está en el aire. La cultura ya no es un elemento de desclasamiento positivo.

Estajanovismo puro. Mi dolor es una letra que se escribe cuando tengo miedo de no poder pagar facturas o subvencionarme la vejez. Esto es absolutamente impúdico pero fundamental.

La literatura es un purgante, y ella se purga por segunda vez en Clavícula.

En El Frío se curó de una mierda de amor, según sus palabras. Ahora el problema es que no confía en lograr la curación. La literatura se ha convertido en deporte de riesgo. Para ella y quizá para los que quiere.

A pesar de todo, Clavícula es un libro vital y luminoso. Un libro que se agarra a la vida con más fuerza que la garrapata del dolor al cuerpo.

Y el ancla es una palabra Sarinagara, algo así como sin embargo en japonés. El poeta japonés Kobayashi Issa ve morir a su madre, a su mujer, a sus tres hijas. Se casa de nuevo y pierde a una nueva hija. Y es capaz de conjurar tal horror con haikus luminosos que lo purgan de su dolor como el que acaba con la palabra sarinagara:

Sólo el rocío

es el mundo, rocío

y sin embargo.

Su contemporáneo Philippe Forest, escritor francés, pierde a una hijita a los cuatro años ,víctima del cáncer, y escribe una novela titulada Sarinagara en la que se mira en el espejo del japonés y busca, como él, consuelo en la literatura.

Marta Sanz los trae a Clavícula para explicar que es posible agarrarse a la vida cuando aparentemente ya no queda nada. Que es posible mirar un faro y sentirse a salvo, hasta la próxima tempestad al menos.

El libro acaba con un plácido crucero familiar. Con la narradora ácida aplicando su ojo sucio a la realidad de un viaje consumista donde los haya. Consciente de su lugar, lúcida ante su situación, corrosiva con lo que desprecia y amable con las debilidades.

Viva. Aferrada a la vida, porque quejarse y patalear no se parece en nada al deseo de desaparecer, dice.

Porque al fin, lo que queda es el amor, los afectos. Es una pareja de personas especiales que se cogen de la mano en el avión de vuelta a casa. La narradora se lleva los dedos al Bósforo de Almasy, a su clavícula, al dolor como síntoma y nos deja con las perplejidades y dudas críticas que plantea la buena literatura.

Una propuesta que pasa por pensar en el ahora y en el aquí, por ver la viga en el ojo propio, por reconocer el peso y el volumen de nuestras alienaciones cotidianas.

Ella ha ordenado su caos tras la perturbación. Ahora nos deja también con sus preguntas, con sus dudas que ya son nuestras, con su dolor que ya es nuestro, con nuestras purgas que son nuestras y con nuestras reconstrucciones que también son sólo nuestras.

Otros inmensos desajustes que habrá que ajustar, o al menos entender, para poder soportarlos un poco mejor. Leer Clavícula, nos ayudará a encontrar nuestro camino para hacerlo.

No es fácil… Y sin embargo.

 

 

 

Presentación de Clavícula en la Librería Ambra de Gandia.

2 comentarios leave one →
  1. Quique C. permalink
    29/05/2017 18:47

    No conocía a Marta Sanz. Esta reseña me ha animado a acercarme a su lectura. Será uno de mis libros de verano. Gracias.

    Me gusta

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