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El sigiloso ladrón de las palabras

10/05/2017

 

 

Hoy se entrega al poeta Francisco Brines el Premio Levante-EMV/Prensa ibérica 2017 en el apartado de Cultura.

Y es un buen momento para recordar su obra y rendir el homenaje que merece al único poeta vivo de la Generación de los 50 y maestro imprescindible de la poesía.

En este tiempo hostil, propicio a la bronca y al odio, alivia encontrar el oasis de paz y sabiduría  que representa el poeta de Oliva.

Francisco Brines recoge la antorcha del humanismo machadiano y aprende del maestro Cernuda, al que dedicó su discurso de entrada en la Academia Española de la Lengua, a buscar la verdad sin concesiones.

Poesía y vida van juntas en los dos poetas sevillanos, Antonio Machado y Luis Cernuda,  y también en Francisco Brines.

Quienes nos hemos acercado a su poesía somos conscientes de la deuda de gratitud que hemos contraído con el poeta. Bien puede afirmar con su admirado Machado,

 al cabo nada os debo, debeisme cuanto he escrito.

Francisco Brines es un hombre cercano, personal y poéticamente. Y más, para los que vivimos en la comarca de su Oliva natal. Porque de su paraíso, Elca, emana el mismo olor a azahar de los naranjos que nosotros respiramos en primavera.

Y, a través de sus versos, nuestro mar Mediterráneo une deseos y pasiones, recuerdos y olvidos, conduciendo serenamente a las personas a su destino, a su última costa.

Porque hemos aprendido en sus poemas a entender desde el sentimiento, que es la mejor manera de hacerlo, los enigmas de la existencia: la vida, el amor, la muerte, el tiempo.

Comprometido consigo mismo y con los demás, este clásico vivo se define como sigiloso ladrón de las palabras y considera la poesía no un espejo, sino un desvelamiento.

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna
del hombre.

(…)

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

 

El hermoso paisaje de la comarca de la Safor, suyo y nuestro, sale fortalecido de sus versos. Porque el poeta es un ser privilegiado capaz de ver el mundo con ojos nuevos. Capaz de recrearlo y mejorarlo y devolvérnoslo diferente.

Francisco Brines, con una fe inquebrantable en el poema y su valor redentor, inició su camino poético al sentirse arrojado del paraíso de la infancia. Lo hizo con la pretensión de conocerse y de conocer el mundo. Se enfrentó con el dolor y la pérdida a pecho descubierto y encontró en la poesía su salvación y su camino.

Como decía su maestro Luis Cernuda:

Escribir consuela de la vida.

Escribimos por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo.

Escribir poesía es enfrentarse a la vida mirándola de frente. La poesía puede recuperar el pasado haciéndolo presente vivo, puede hacer de la muerte una piadosa compañera. Y hacer del amor un fiel aliado contra la dureza de vivir.

Porque la poesía es la religión de quien tiene fe en el ser humano y el coraje de amar la vida, aunque duela. Cantar desde la pérdida, como él hace, y aceptarla supone gozar del presente que es efímero.

Eso hizo un joven Brines en su primer libro, Las brasas, premio Adonais 1959. Un joven clarividente que contempla el paso del tiempo desde la desolación de un ser arrojado del paraíso:

El poeta inventa un hombre que es su espejo y que va a dar lugar a poemas tan hermosos como este:

El visitante me abrazó, de nuevo

era la juventud que regresaba,

y se sentó conmigo. Un cansancio

venía de su boca, sus cabellos

traían polvo del camino, débil

luz en los ojos.

El hombre joven se va y él queda solo, Brines habla del paso del tiempo desde la mirada de un poeta de poco más de veinte años que sabe que será viejo y que lo acepta, dispuesto a beber la vida:

Vela el sillón la luna, y en la sala

se ven brillar los astros.

Es un hombre

cansado de esperar, que tiene viejo

su torpe corazón, y que a los ojos

no le suben las lágrimas que siente.

Toda su poesía posterior está ya ahí, en ese libro de extraña madurez en un joven poeta.  Están el valor redentor de la poesía, la ética machadiana, el color del paisaje en los escondidos rincones del alma y, sobre todo, un sereno y amable vitalismo. Vivir es hermoso, nos dice. Porque conocer y aceptar la finitud nos hace amar la vida. Así define su encuentro con la palabra:

Un muchacho que mira el mundo con emoción y asombro y que, por determinadas circunstancias, está ya cobijado en la soledad. Siente, ante ese mundo, deseos de natural unión y empieza a recibir como respuesta su hostilidad. Descubre entonces la palabra, las exaltadas y las heridas, y con ellas el desvelamiento de su ser.

Siguen después, Palabras a la oscuridad, Premio de la Crítica 1967,  Aún no e Insistencias en Luzbel.

En ellos, surge una nueva voz que, desde el distanciamiento irónico, reflexiona sobre los temas de la existencia. El verso se hace duro, a veces, como lo es también la tarea de vivir. Pero no hay dolor ni queja. Sólo serenidad ante el paso del tiempo.

Al fin, la muerte acabará con poco: la vida se habrá ido encargando de arrebatarnos día a día, lo que amamos.

En un mundo de exigencias imposibles que nos conduce hoy a la frustración frecuente, su voz serena afirma que el camino de la felicidad es exigir poco a la vida y agradecerle lo que nos da. Gozar lo que tenemos, aceptando que el tiempo pasa inexorable y que lo más sensato es aceptarlo. Un canto agradecido a la vida, sin negar su finitud.

Esa vida que canta de modo maravilloso en su libro más vital, El otoño de las rosas. Premio Nacional de Poesía 1986.

El poeta mira ahora la existencia desde la madurez y canta al hedonismo y a la sensualidad.

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

Fotografía: Pura Escrivá

Mundos sensuales donde se hace carne y palabra el milagro de la belleza. La palabra devuelve al hombre a su paraíso. La poesía lo salva de la nostalgia y del tiempo en versos serenos, claros, luminosos que llegan hondo al corazón del lector.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,

y era la tierra cálida y violenta,

ingratos con el sueño transcurríamos.

El ritmo tan oscuro de las olas

nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.

Se borraban los astros en el amanecer

y, con la luz que regresaba,

furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices

al modo inmerecido de los dioses.

¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Una sensualidad que no le impide entender que la vida tiene fecha de caducidad. Que nos acercamos, a medida que vivimos, a La última costa, título de su último libro poético en 1995. Premio Fastenrath de la Real Academia Española.

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Sin embargo, este libro no es un libro triste, sino de recuperación de la vida. El recuerdo, ante la costa final de la muerte, recupera también la ilusión de vivir y la conciencia de haber vivido plenamente. Y el hombre maduro se encuentra con su infancia:

¿Por qué las cosas de la infancia guardan

las estancias secretas de la Realidad?

(…) Vuelve a latir mi corazón de niño.

Después de una carrera sofocada

me he tendido debajo del ciruelo

y olvidado de todos, contemplo el llano abajo,

y los naranjos quietos que llegan hasta el mar.

La mar está calmada y la tarde en silencio.

¿Quién me llama?

El tiempo pasa, pero lo bello permanece. Y el amor no muere. De nuevo recupera al niño que fue y la felicidad perdida  a través del recuerdo. Como hacía su maestro Machado a través de las Galerías del alma.

El tiempo no podrá nunca con la esperanza. Aunque la amenace:

Ahora miro este cielo

y veo que su luz también ha envejecido.

Porque, hay que vivir, carpe diem:

La juventud es una inmerecida gracia y la vida es un don. Aprovechémosla.

No es el poeta Brines un ser aislado y egoísta, sino sabio y generoso. Siempre dispuesto a conversar y a ayudar a quienes se lo piden.

Desde su obra y con su palabra, sirve de faro a los que buscan luz para comprender el mundo. Su moral es la tolerancia y su tarea el humanismo solidario.

La sólida moral colectiva, que tanta falta nos hace hoy, sólo será posible desde la ética individual de hombres como él que nos enseña, en tiempos confusos, a sentir el tiempo como amigo y a encarar la vida y la muerte con valentía:

Los penúltimos días están llenos de luz

aún, y quiero retornar, de los ojos del niño

que murió, los pájaros aquellos:

los que siguen cantando en estos pájaros.

(…) Me queda un tiempo breve

desde el que amar aún lo que no he comprendido:

lo eterno, revelado por la felicidad,

o la estéril razón de la existencia.

Además, Francisco Brines logra el milagro de la belleza con recuerdos hechos carne y palabra, que nos devuelven renovados el paisaje y los aromas de su Oliva natal. La mítica Elca, que recoge todo el perfume del recuerdo del pasado y a la que ha vuelto para vivir en el presente.

Si ahora pudiera ver las desnudas montañas de Oliva,

la exangüe luz cayendo de entre sus piedras,

a sus pies los naranjos sombríos,

el aire azul en torno a la casa

y al frente el mar, muy pálido.

Estar mi cuerpo allí, sabiéndome vivo

y, por ello, feliz…

La palabra vence al tiempo y recrea el mundo. Es hermoso vivir feliz en la casa de la memoria, esperando el fin serenamente.

Un poeta puede hacer volar las palabras por encima de la lógica de los significados al uso.  Es capaz de enseñar al lenguaje a huir de los tópicos y de la rutina mental. Y Brines siempre lo hace. Ensancha el mundo con su palabra.

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas.

[…]

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.

 En tiempos difíciles y confusos de individualismos egoístas y frustraciones varias, poetas como Francisco Brines pueden enseñarnos el camino para empezar a entendernos. Ayudarnos a aprender cómo ser personas solidarias desde nuestra ética individual para llegar a una esperanza colectiva.
Porque, como le gusta repetir, la poesía serena y explica la vida.

Francisco Brines es el mejor poeta vivo en castellano. Y el reconocimiento de hoy se añade a los más prestigioso como el Premio Nacional de las Letras, el Premio Nacional de Literatura, el Premio de las Letras Valencianas, el Premio Nacional de la Crítica y tantos otros.

Felicitemos al maestro y sobre todo agradezcámosle sus versos. Sus enseñanzas poéticas y también, su magisterio vital. El de un hombre generoso, siempre elegante y sabio, que ha sabido vivir plenamente, mirando al tiempo a los ojos y venciendo la nostalgia a fuerza de sabiduría. Una magnífica ayuda para caminar tiempos duros.

También el lector puede ayudar, salvar al poeta. Uno no existe sin el otro. Se necesitan:

Y a mí, quién podría salvarme?

¿tus ojos, que ahora crean mi tarde inexistente?

Lector, esfuérzate y enciéndela:

está donde un olor de rosas te llega del camino.

Si existo es porque existes.

Tú repites mi vida y no la reconozco.

La poesía puede ser David contra el Goliat del egoísmo, de la frustración, del desánimo y de la intolerancia.

El oficio de vivir puede ser duro. El viaje, quizá tempestuoso, pero hay que navegarlo. Los poemas de Francisco Brines nos ayudarán en la travesía.

 

 

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