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A la altura de las circunstancias

03/05/2017

Este país, al compás del mundo, parece encontrarse hoy en una difícil encrucijada, plagada de dudas y amenazas. Como decía Gramsci:

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Y en estas ocasiones estar a la altura de las circunstancias no sólo es aconsejable, sino prioritario, casi un imperativo ético.

Ante tanta incertidumbre, tanta podredumbre, tanta indecisión, tanta levedad de la política de verdad, tanta división y tanta manipulación también, vuelvo a mirar a quienes supieron caminar en tiempos difíciles. Aquellos que lo hicieron, siendo consecuentes. Aquellos que lo dejaron todo y alzaron la voz con valentía, cuando vieron amenazadas democracia y legalidad. Aquellos que no dudaron en actuar sin miedo.

Antonio Machado, el hombre bueno y magnífico poeta, supo hacerlo como pocos. Son las circunstancias, en el sentido orteguiano del término, las que lo llevan a tomar conciencia política en el advenimiento de la II República y en los duros años de la Guerra Civil que vivió intensamente.

Convencido demócrata, defendió siempre el poder establecido de la República frente al golpe de estado franquista que intentó derrocarla. En su madurez, se da cuenta de que los problemas sociales, tema de sus meditaciones juveniles, son inseparables de los problemas políticos. Del republicanismo burgués, heredado de su familia, camina a una posición socialista. Entendiendo por socialismo la postura ideológica, no partidista. Él nunca perteneció a ningún partido.

Y repetía siempre:

Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que “au dessus de la melée”.

Sus escritos son su forma de acción. Actúa con la palabra. Ya había tratado profundamente el tema por boca de su alter ego, Juan de Mairena en escritos de los años 20. Delimitando que el liberalismo no significa libertad. Una clase concisa y certera del profesor Mairena sobre la manipulación de la palabra libertad:

La libertad, señores, (habla Mairena a sus alumnos), es un problema metafísico. Hay, además, el liberalismo, una invención de los ingleses, gran pueblo de marinos, boxeadores e ironistas.

O aquel discurso en el que habla de optimismo y desesperación como motores de la acción o de la pasividad en momentos críticos:

Si algún día España tuviera que jugarse la última carta –habla Juan de Mairena- no la pondría en manos de los llamados optimistas, sino en manos de los desesperados por el mero hecho de haber nacido. Porque estos la jugarían valientemente, quiero decir desesperadamente, y podrían ganarla. Cuando menos, salvarían el honor, lo que equivaldría a salvar una España futura. Los otros la perderían sin jugarla, indefectiblemente, para salvar sus míseros pellejos. Habrían perdido la última carta de su baraja y no tendrían carta alguna que jugar en la nueva baraja que apareciese, más tarde, en manos del destino.

Define también perfectamente la ideología conservadora que hoy se llama neoliberal. Con argumentos, rebate los tópicos que vemos que siguen vivos y convertidos en argumentario simplista y machacón en boca de nuestros políticos, pero sin su inteligencia, me temo.

A los tradicionalistas convendría recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos:

Primero. Que si la historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.

Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.

Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Quinto Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Jacobo Rousseau.

Pero también la de los que se oponen a ellos:

Y a los arbitristas y reformadores de oficio convendría advertirles:

Primero. Que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro.

Segundo. Que lo contrario es también frecuente.

Tercero. Que no basta mover para renovar.

Cuarto. Que no basta renovar para mejorar.

Quinto. Que no hay nada que sea absolutamente “impeorable”.

Recuerdo sus palabras cuando veo cómo las opciones actuales de la llamada nueva política reproducen errores y tácticas de la vieja. Y la vieja se desangra de modo cruel e irrevocable. Siento que nada ha cambiado demasiado, porque las palabras de Machado por boca de Mairena, en los años 30 del siglo pasado, se ajustan como un guante a lo que sucede hoy, en 2017.

En política, como en el arte, los “novedosos” apedrean a los originales.

Y siento pena por la táctica que consiste en arrasar al contrario, cuando ese contrario se nos parece, olvidando que el adversario es el partido conservador que hoy se ha ennegrecido aún más con las tintas neoliberales.

Errar el tiro producirá muchas víctimas. Y no precisamente en las filas conservadoras. En ellas se frotan las manos. No han tenido que dividir al adversario para vencer. Ya lo hace, sola y sin piedad, la izquierda y la socialdemocracia. Sólo queda sentarse a esperar pasar el cadáver.

La agresividad a veces es necesaria en política, siempre que se tengan claros su beneficios y se ponga al servicio del bien de todos, no de la propia soberbia o de los intereses partidistas.

Las cabezas que embisten, cabezas de choque, en la batalla política, pueden ser útiles, a condición de que no actúen por iniciativa propia; porque en este caso peligran las cabezas que piensan, que son las más necesarias. En política como en todo lo demás.

Pocas veces he visto una lucidez como la del poeta para definir los peligros de una acción atolondrada, no meditada, solitaria y suicida que puede ocasionar más retroceso que avance. La retórica vacía también es peligrosa, y mucho:

En España –no lo olvidemos- la acción política de tendencia progresista suele ser débil, porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa de simple excitante de la reacción. Se diría que sólo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos –digámoslo de pasada-, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro.

Y veo que “el retroceso de las culatas” se llama hoy manipulación vergonzosa de la justicia, utilización partidista de todos los mecanismos del Estado para ocultar la corrupción del Partido Popular. Desfachatez cínica a la hora de hacer chistes por parte del Presidente del Gobierno, hasta de la situación tan seria que atravesamos. Es como si Rajoy y los suyos se sintieran a salvo no por sus propios méritos, que son inexistentes, sino por la debilidad del contrario. Y cobra más fuerza el dramático aviso de Machado-Mairena.

Quien avanza hacia atrás, huye hacia adelante. Que las espantadas de los reaccionarios no nos cojan desprevenidos, dijo Juan de Mairena hace mucho tiempo.

Entonces era una guerra cruel y real, hoy es una guerra solapada que está arrasando con vidas y derechos que se lograron con tanto trabajo e incluso con vidas humanas.

Para no estar desprevenidos, Machado aconsejaba a los jóvenes interesarse por la política para que otros no la hicieran por ellos. Ese interés volvió a esta sociedad, hay que reconocerlo sin paliativos, con el 15-M y la primera andadura ilusionante de Podemos. Por eso sería dramático que se perdiera debido a luchas intestinas, a un mal cálculo de posibilidades, a una concepción soberbia de la propia valía y a un desprecio suicida de los más cercanos en beneficio del conservadurismo.

La política señores es una actividad importantísima… Yo no aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros.

Una política alejada de las “malas tripas” decía. El maquiavelismo es una táctica política al uso, pero ir más allá de las enseñanzas de Maquiavelo puede ser peligroso, además de inútil. Duele comprobar que el adversario es considerado el enemigo, y que a éste no hay que concederle tregua. Y vuelvo a las palabras de Machado:

Consejo de Maquiavelo: No conviene irritar al enemigo.

Consejo que olvidó Maquiavelo: Procura que tu enemigo nunca tenga razón.

Tristemente veo de nuevo la pintura negra de Goya  que nos define de manera inmisericorde en el Duelo a garrotazos. No me gusta pensar que no hemos avanzado, pero ¡nos falta tanto rodaje democrático!

Ceder y dialogar no sólo es necesario, sino imprescindible en democracia, si no queremos que sigan siendo vencedores quienes no piensan en el bien de todos y sí, en el suyo.

Si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamenrte los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se tratara de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho una retórica con espolones.

La debilidad actual de los conservadores del Partido Popular, ganada a pulso con sus trapacerías y corruptelas durante años, es tan flagrante que sería un gran error  darles oxígeno, alentar sus esperanzas muertas, revivir al enfermo terminal sólo por no intentar unir fuerzas de todos aquellos dispuestos a luchar contra la desigualdad. El desencanto de los votantes de izquierdas en Francia debería hacer saltar las alarmas.

Porque su decepción es una respuesta a lo que consideran una burla y el abandono de los ideales de igualdad, dignidad y bienestar de la ciudadanía que debe siempre defender todo partido que se considere socialista. Para asumir desigualdades e injusticias ya está la derecha, que las asume como normales y sin complejos. A sus votantes no les preocupan demasiado.

Las desigualdades sociales y económicas son el peor enemigo de la izquierda. Su fortaleza vendrá de la claridad y fuerza que muestre para combatirlas. Si no lo hace, si lo olvida, si es tibia, está muerta.

Escucho a políticos gritar mucho en sus discursos. Levantan la voz quizá porque no creen en la fuerza de sus razones y argumentos y creen que hablando alto taparán sus vacíos. Representan la peor izquierda de los últimos años y su error perpetuará en el poder a la derecha si no lo enmiendan. Y lo que es peor, el neofascismo acecha.

Ya lo decía el poeta Caballero Bonald:

Hay que defender la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón.

Pero no por mucho gritar se tiene más razón. Estar a la altura de las circunstancias supone ser valiente, comprometido, generoso y sentir como propias las demandas de los más débiles. La razón de la justicia y los derechos de todos deben estar muy por encima de intereses partidistas.

No hay caminos trazados de antemano. Reconocer errores es el principio de la recuperación. Después, sólo se trata de ser coherente, recuperar los principios y no entrar nunca en el juego de los poderosos. Para entrar en ese juego ya está la derecha sin complejos.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Imagen 1: pintura de Grant Haffner

Imagen 3: Duelo a garrotazos, Francisco de Goya

Imágenes 4 y 5: Arte en la calle, Borondo

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