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Mañana será lo que los ellos quieran, si no se lo impedimos

26/04/2017

 

 

Un lejano día de los años 30 del siglo pasado, fueron escritas estas palabras por una mujer excepcional, María Lejárraga. Y hoy no podrían ser más actuales:

La situación de España, como la situación de todo el mundo, es realmente temerosa. El sistema capitalista, la economía del siglo, se derrumba (…) hay en el mundo millones de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades más importantes de su vida. Y esto ¿tal vez es porque la humanidad se ha multiplicado más que los medios de la vida? De ningún modo.

La humanidad tiene medios de producir tan eficientes que existe una superabundancia de productos. Hay demasiado de todo, pero lo producido se halla acumulado, cerrado en un solo almacén, del que se ha perdido la llave. El que abre este almacén es el dinero. El dinero se gana trabajando. Pero como hay más productos que necesidades no hace falta que todos trabajen. Hay parados. Y el que está parado no compra ni consume.

El que tiene dinero, el privilegiado, puede usar de todos los bienes necesarios. El resto de la humanidad, la mayoría, carece absolutamente de lo necesario para poder vivir (…)

Como se ve, no es nueva esta situación. Y nuestro país sufre las consecuencias de políticas neoliberales aplicadas durante años y acentuadas dramáticamente para los débiles con la crisis.

Incluso Bruselas ha alertado a España del aumento de la desigualdad y de la exclusión social. Y su recomendación es hacer más recortes.

Nuestros gobernantes se esfuerzan en repetir como un mantra eso de la recuperación económica -la de unos pocos- para que ahogue la realidad -la de la mayoría-.  El sentimiento de desolación y derrota que parece cubrir con un manto turbio vidas y esperanzas.

Porque el miedo paraliza. Impide pensar y, sin pensamiento, somos juguetes rotos en manos de malvados especuladores capaces de destruir países enteros a cambio de sucio dinero. Fríos números que arrastran vidas humanas. Véase la situación desesperada de Grecia.

En este tiempo de niebla, en el que parece que las ilusiones mueren y en el que triunfan populismos y neofascismos, vuelvo a atarme al ancla de la poesía y lo hago a una de las figuras más lúcidas, inteligentes y sabias del siglo XX, el poeta Ángel Gonzalez. De él, un crítico escribió:

Canta el dolor o la desesperanza, la gris manquedad de la frustración o la tristeza irremediable del fracaso de los sueños.

Y siento que en esas palabras, dolor, desesperanza, frustración,tristeza del fracaso de los sueños, están contenidas gran parte de la sensaciones que sentimos hoy, en pleno y terrorífico siglo XXI.

 

En este tiempo hostil, propicio al odio no conviene llenar el alma de indiferencia, sino de pensamiento. Para pensar no son necesarios títulos, ni estudios especiales. Sólo se necesita tener proyectos, deseos y pasión por el ser humano.

Pero es imposible pensar sin calma, y nos la quitan cada día en perfecta sincronía de desastre medios de comunicación, gobernantes mentirosos, corrupción generalizada en el partido gobernante, complicidad escandalosa entre gobierno y Fiscal General del Estado, conversaciones que indignan y abochornan… Por no hablar de los medios de comunicación lacayos al servicio del gobierno podrido y pagados con fondos públicos por todos nosotros.

Sufrimos una brutal intoxicación informativa que nubla el pensamiento y que produce lo que el filósofo Emilio Lledó llama seres alienados, cosificados y vacíos de criterio propio. La mayoría ya no se identifica más que con lo poco que posee, un espejismo que nos hace conservadores de las migajas que nos dejan los poderosos. No sólo se escribe al dictado del poder sino que se fabrican noticias para presionarar y evitar que se descubran redes de corrupción.

Es penoso el espectáculo de una democracia débil en la que no funciona la división de poderes, donde los fiscales son presionados por el Fiscal Anticorrupción que parece servir al corrupto y no a la justicia. Donde los partidos funcionan hacia dentro, en favor de sus privilegios y olvidan el fuera: la gente a la que se deben, la que necesita de políticas valientes y no de seguidismo calculado según presuntos votos y poder personal.

Mientras la corrupción ahoga al Partido Popular, Podemos opta por la política espectáculo y Ciudadanos se pone de perfil no vaya a ser que se le vean las costuras. Y el Partido Socialista se debate agónicamente en luchas intestinas que regalan camino libre a los corruptos para sacar pecho y seguir en el poder. Con todo lo que vemos que conlleva.

No hablan en nombre de sus votantes, aunque siempre se escuden en ellos, sino en el suyo propio y con falsedades flagrantes. La unión no es laminar la discrepancia. La fuerza no es usar el aparato partidista para forzar el triunfo personal. La cohesión no pasa por callar las voces discrepantes y propiciar que sólo haya una mansa aceptación de un líderazgo impuesto.

También se peca por “abstención”. Y permitir que un gobierno del Partido Popular podrido, carcomido hasta la médula por la corrupción sistémica, imputado por un juez y que ha llevado a este país a una situación de emergencia social,  siga gobernando no tiene excusa. Por mucho que intenten que miremos a otro lado, ayudados por una prensa amiga que censura voces críticas. Rajoy no puede seguir gobernando. Y los partidos en la oposición tienen en sus manos lograrlo.

Deberían reflexionar quienes exigen adhesiones inquebrantables al líder, sea de izquierdas o de derechas, aunque sólo sea por los tristes recuerdos que nos retrotraen a tiempos nefastos de brazo en alto. Deberían pensar en la necesidad imperiosa de este país de encontrar respiro en esta cloaca infecta. Deberían hacerlo y actuar, para no ser cómplices de la infamia.

El fracaso generalizado de la acción política, como decíamos hace dos semanas, sólo puede llevar a los neofascismos. Ahí está el ejemplo terrorífico de Francia, donde ha pasado a segunda vuelta Marine Le Pen, con el fascismo como bandera y proclamando que es “el pueblo”. Donde los partidos tradicionales han sido laminados. El republicano, ahogado en las irregularidades de su líder; el socialista, tan escorado a la derecha que se ha confundido con ella y ha hecho huir espantados a sus votantes.

Ante este panorama, debemos huir del conformismo y optar por la acción del pensamiento libre. Acción y resistencia, no exentas de crítica, para no caer en maximalismos peligrosos.

Porque, parafraseando al poeta, mañana no será lo que los neoliberales o neofascistas, y quienes los apoyan, quieran. Mañana será un día como hoy: un miércoles en el que nosotros escribiremos nuestras vidas, si no dejamos que nos las escriban otros.

Nada es aún definitivo. Debemos ir adelante y avanzar contra tanta desolación inducida, contra tanta rabia acumulada.

Porque lo importante, lo triste, lo patético es la rígida firmeza en el error de los que nos llevan al abismo. Ver cómo todos los que dirigen este triste país, por acción u omisión, convierten las viejas mentiras en dogma de fe resulta insultante. Y más, comprobar que aquellos en quienes confiábamos se han plegado al pragmatismo de la mentira, a la tolerancia de la infamia y a la dejación de ideales.

Frente a esa manipulación nos queda la palabra que surge del pensamiento honesto. Frente a la mentira, la reflexión y la honradez que se manifiestan en la dialéctica limpia que no toca nunca la piel del contrario.

Frente al cinismo de tantos, la verdad sin tapujos, la defensa de derechos y la aceptación de errores con el propósito de enmendarlos. Frente a insultos y ofensas, la elegancia de la ironía inteligente.

Frente al fin que justifica los medios, los derechos de todos como meta inexcusable.

Habrá palabras nuevas para la nueva historia y habrá que encontrarlas antes de que sea demasiado tarde. Porque no podemos tolerar que los de siempre la hagan por nosotros.

No podemos permitir que nos escriban el futuro. Debemos luchar siempre por la igualdad y la justicia más allá de los manejos seculares de los señores del poder y la mentira. Más allá del desánimo y el enfado, con la fuerza de la acción ciudadana.

Nunca podrán arrebatárnosla.  A no ser que nosotros se lo permitamos. Y eso sería lo más lamentable. Porque los perjudicados siempre serán los mismos: los débiles, los desprotegidos.

Lo decía maravillosamente Eduardo Galeano:

Aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

 

 

 

 

Imagen 1: Stefano BonazziThe girl, part I

Imagen 2:  Eka Sharashidze. Collage de fotografías de perfiles de transeúntes, a modo de pentagrama. Wall people

Imagen 3: pintura de Grant Haffner

Nota. La cursiva señala los versos de Ángel González que se utilizan en el texto.

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