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De libros, librerías y libertad

19/04/2017

Livraria Ler Devagar. Lisboa (Portugal)

Vuelven los libros por primavera para sacarnos unos días de la bronca política, las amenazas de elecciones francesas y tanta penosa sobreactuación vacía de contenido. No son buenos tiempos para los sentimientos amables y la honestidad. La vida es una bruma que, a veces, no se puede navegar, dice el poeta Juan Gelman.

Para ayudarnos en la travesía están los libros que no nos apartan de la realidad, sino que nos ayudan a entenderla y a tomar distancia.

Porque el enemigo del libro no es la tecnología, sino el ser humano que parece haber perdido su humanidad.

Los libros se queman cuando estorban, como hicieron jóvenes falangistas en la madrugada del 19 de agosto de 1936 en A Coruña, a la misma hora en que se fusilaba a Lorca. O como hicieron los nazis en la noche de los cristales rotos. O la Iglesia, vía Inquisición.

Quemar libros y censurar autores es intentar destruir lo que cuentan porque no gusta.

Auto de fe organizado por Falange el 30 de abril de 1939 en la Universidad Central de Madrid. Forma fascista de celebrar el Día del libro.

Pero los libros arden mal y dejan rastro siempre en sus cenizas, como dice maravillosamente Manuel Rivas.

Los libros germinan en la mente de los lectores y llegan al futuro, como en la ficción distópica de Fahrenheit 451, para demostrar a los tiranos que la resistencia existe.

Son objetos eternos que nunca traicionan. Resistentes y fieles, perdurarán, mal que les pese a los autócratas, porque la libertad no puede encarcelarse.

La literatura es hoy mucho más que un lujo diletante. Es una necesidad vital de agitación en este mundo apático en el que nos hacen conformistas.

La literatura nos enseña a ser inconformistas con  las palabras para aprender a serlo con los hechos. Puede ayudarnos a salir del fuego interesado y adormecedor. Ayudarnos a aprender valores privados forjados en la duda, el deseo y el sentimiento que nos lleven a entender mejor los derechos públicos.

Llenar calles de libros y flores cada 23 de abril, cuando la primavera triunfa sobre el invierno, es una hermosa metáfora del valor de la lectura. Porque ésta es, en palabras de Alberto Manguel, una de las formas más alegres, generosas y eficaces de estar vivo.

Leemos para comprender el mundo en un acto de libertad total. Nadie puede leer por nosotros como nadie puede enseñarnos a vivir. Uno es lo que ha leído, decía Borges. Y los seres que forman esa unión de lectores caminan orgullosos con un libro bajo el brazo en el que se encuentran y reconocen.

Pero, vivimos tiempos en los que el consumo dicta su ley inexorable. Hasta los libros sucumben al poder del mercado e intereses editoriales mancillan la verdad literaria al imponer superventas precocinados que arrasan en las librerías. Leen por nosotros y dirigen nuestros gustos…

Librería Ateneo Grand Splendid, Buenos Aires (Argentina)

Para mantener viva la comunidad de lectores libres están las heroicas librerías. Un espacio en el que el librero (en esta ciudad, libreras) ha organizado con mimo los libros, autores y editoriales de una cierta manera que permite al lector buscar un libro, descubrir otros e interesarse por algunos más que no conocía.

El espacio físico que representa la librería debería ser uno de los puntos culturales de referencia en todas las ciudades, un espacio para el dialogo y la cultura. Lugares para estimular la lectura en la gente que se acerca a ellas.

La librería es en sí misma un centro cultural. En muchos lugares son los únicos centros que canalizan las inquietudes de la sociedad. Pero las administraciones públicas han dejado de apoyarlas por la fuerte caída de las compras institucionales (bibliotecas, centros de enseñanza, Ayuntamientos).

Hay que tomarse en serio las librerías como centros de agitación cultural, como otra forma de bibliotecas.

La salud de las ciudades, de los barrios, de los pueblos de un país se debería estimar por el número de librerías que alberga y por la calidad de éstas. Librería y biblioteca, formando un núcleo común de actividad, deberían estar siempre en el horizonte de los gestores culturales públicos.

Un buen apoyo sería en primer lugar reconocer su importancia en el tejido social. Casi siempre son puestas en marcha por gente joven, bien formada, que ha crecido y se ha curtido en antiguas librerías y que deciden lanzarse a la aventura con una idea personal y con una esperanza  heroica. Como sucede con las entrañables Ambra y Gavina en Gandia.

Librería AMBRA, Gandia

Librería GAVINA, Gandia 

Después, valorar el oficio de librero. Esa persona que sabe escoger y seleccionar títulos y ordenarlos por temas o tópicos o autores, y recomendarlos, y hablar apasionadamente de ellos. Son seres indispensables para un mundo confuso y mercantilizado. Insustituibles por una página web o una campaña de publicidad.

Hoy, las librerías padecen angustias económicas.  Deberán transformarse y convertirse en lugares lúdicos en donde se combinen actividades teatrales, musicales, literarias, gastronómicas y de convivencia. Un lugar en el que fomentar la tertulia y la tan olvidada conversación sobre libros y entre libros. Un lugar donde la comunidad de lectores libres encuentre su sitio  en un mundo uniformizado.

Porque el libro nunca va a morir. Son muchos los agoreros que lo anuncian, pero nunca aciertan.  Porque nuestra sociedad aún no ha encontrado mejor forma de preservar su esencia que en la literatura. Y si la literatura existe, tienen que existir también los libros. Su formato y su modo de venta puedan cambiar. El medio, digital o analógico, no importa mientras sigan siendo literatura.

En la última década también han irrumpido en el mercado nuevos editores, jóvenes, haciendo apuestas por literatura de calidad, haciendo objetos bellos y apetecibles.

Librería El Péndulo. Ciudad de México (México)

Visitar una librería, cada semana o cada mes, puede ser una maravillosa experiencia. Caminar entre sus estanterías, un modo de aprendizaje. Conversar con la librera, encontrar otra vez la atención personalizada que va más allá del intercambio comercial.

Si no se puede comprar un libro al menos ir a ojearlos y a hablar de ellos nos hará más libres, nos permitirá abrir nuestras mentes.

La literatura es un modo de conocimiento. Empezamos a leer para comprendernos y entender el mundo. A través de los libros tocamos vidas que siempre tienen un poco de nosotros mismos, y crecemos con los sueños de otros.

Ese carácter interactivo es el milagro de la lectura. Leer tiene mucho de contagio. Es vivir la vida que otros soñaron por nosotros.

Un libro no existe hasta que un lector, en silencio, acaricia sus páginas y le da nueva vida a sus palabras. Si llegan a su alma, se produce el milagro y allí echan raíces.

Los libros esperan pacientes en los estantes de la librería que un lector curioso les dé vida. Esperan pacientes que un librero atento recomiende su lectura. Esperan pacientes que, al abrirlos, autor y lector se unan a través del milagro de la palabra escrita.

¡Larga vida al libro, a los libreros y a sus librerías!

Take this waltz es una adaptación del “Pequeño vals vienés” , perteneciente al poemario Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.

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