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Débiles e incapaces, no sólo corruptos

12/04/2017

 

 

Dice el profesor Daniel Innerarity que hay algo peor que la corrupción y el escándalo que produce. Y ese algo es la debilidad e impotencia de la política:

El verdadero problema de la política, el más habitual, el que no se explica cómodamente por la conducta inapropiada de unos cuantos (o muchos), sino que tiene un carácter estructural, es su debilidad, la impotencia pública a la hora de organizar nuestras sociedades de manera equilibrada y justa.

Países de larga tradición democrática, como Francia, ven amenazada su democracia con líderes neofascistas que agitan un populismo peligroso que prende fácilmente en personas decepcionadas, abandonadas y convencidas de que la política al uso y los partidos clásicos no pueden o no quieren dar respuesta a sus problemas. Los seguidores de Marine Le Pen se confiesan hartos de que los políticos no solucionen sus problemas y están dispuestos a “probar” hasta con el neofascismo.

El resentimiento y el falso y popular “todos son iguales” son peligrosos virus que infectan el tejido social.

En EE UU esa ha sido una de las causas del triunfo de un Trump agresivo y vociferante, sin respeto a nada ni a nadie, pero que se autoproclama el salvador de los ciudadanos contra la política de Washington. Sus votantes reconocen sus excesos, pero afirman que volverían a votarle.

Quizá nuestros males, sigue afirmando el profesor Innerarity, no vengan tanto del poder de la política y los políticos como de su debilidad extrema para defender los intereses de los ciudadanos.

Y ello ocurre porque hay intereses fortísimos para desprestigiar la acción política. Poderes no democráticos que se mueven como pez en el agua sin regulación, sin transparencia, sin reparto de la riqueza. La política es para ellos un obstáculo.

Poderes que están al acecho de una caída estrepitosa de la cosa pública para extender sus garras y llevarse un buen mordisco a sus lares privados. El saqueo de lo público es más fácil con un sistema débil y con políticos inútiles e incapaces de plantarle cara.

 

Recientemente se han presentado los Presupuestos Generales del Estado. Marcan las líneas de nuestro destino en este año. Y vemos, a pesar del triunfalismo del Gobierno en minoría de Mariano Rajoy, que aumentan el dinero dedicado a Defensa como exige Trump y disminuyen el dedicado a prestaciones sociales, como exige Europa. Mienten, tanto Partido Popular como Ciudadanos, cuando dicen que lo aumentan. Disminuyen becas, Sanidad, Investigación, Cultura, Dependencia, atención a mujeres maltratadas, Cooperación… La previsión es que el PIB nominal crezca un 4,1% cuando el gasto social se queda en apenas un 1,7%. El gasto público será el menor en un lustro.

El sueldo de los funcionarios, el IPREM, las pensiones o las becas perderán poder adquisitivo. Más de lo que lo han hecho ya, un 10,7%. Y tanto los empleados recién contratados, como los temporales y los jóvenes cobran bastante menos por hora trabajada que antes de la crisis.

Hacienda ha hecho varios enjuagues a las cuentas públicas de este año para disimular lo que es en realidad un año más de recortes y de abrocharse el cinturón. Los recortes sociales de la crisis se mantienen, mientras presumen cínicamente de recuperación económica.

Por no hablar del agravio infligido a los valencianos. Ninguneados otra vez por un Mariano Rajoy que mira a otro lado, aunque su Delegado de Gobierno se empeñe en defender lo contrario. Somos los últimos en financiación e inversiones.

Como decía Tony Judt, cuando se imponen recortes en las prestaciones sociales y los legisladores se enorgullecen de haber sido capaces de tomar “decisiones difíciles”, nos están crucificando. Están matando la ética en nombre del economicismo y sacrificando las personas al dinero.

Nuestros gobernantes sacrifican las personas al dinero y nos engañan también.

Los que nos gobiernan son incapaces, además de estar enfangados por la corrupción, de organizar de modo justo y equilibrado nuestra sociedad. Son débiles e incapaces. Y ya no sé cuál de las dos opciones es peor.

Políticos débiles e incapaces de dar una salida al problema sangriento de los refugiados y la inmigración.

Débiles e incapaces de instaurar sistemas justos en los que puedan vivir dignamente sus gobernados.

Débiles e incapaces de dimitir cuando se demuestra su falta de ética y su implicación en asuntos delictivos.

Débiles e incapaces de demostrar la mínima empatía con la ciudadanía que sufre los recortes.

Débiles e incapaces de ser servidores públicos y atender las demandas de quienes les pagan su sueldo y les votaron.

Su insoportable incapacidad de hacer política real para solucionar problemas sólo es comparable a su cinismo a la hora de negar la evidencia de sus faltas.

Asistimos al progresivo distanciamiento entre política y ciudadanía, a un conflicto entre lo individual y lo colectivo y, también, a generalizaciones interesadas que desprestigian frívola y peligrosamente la tarea política.

La política es la manera más ordenada de enfrentarnos a los desacuerdos de la vida social y no convertirlos en conflictos que impidan la convivencia. Es el camino de la concordia y la voluntad de vivir juntos y no contra el otro.

Por eso debemos desconfiar de los que dicen no hacer política. O bien son dogmáticos o abominan de la convivencia.

Es cierto que algunos, que viven de ella y no para ella, la han convertido en trinchera sectaria y han carcomido sus bases hasta poner en peligro la misma democracia. Su política sin entrañas, “de malas tripas” en palabras de Machado, está dividiendo a la sociedad y envenenando la convivencia.

Su sectarismo y corrupción han acabado por cansar a la ciudadanía. Pero no son todos. Y debemos decirlo, sin descanso. No todos son iguales.

No es ético callar, aunque sea cómodo. El silencio ha sido cómplice de los mayores horrores de la humanidad. Las palabras no dichas equivalen a omisiones culpables  que contribuyen al interés de unos pocos.

Los ciudadanos somos responsables supremos de la conservación y perfección de la democracia y no debemos callar cuando lo sentimos amenazado. La mayor amenaza para la democracia es que la política sea inútil y prescindible.

No debemos criticar la tarea política, confundiéndola con algunos políticos. Los intelectuales de la Generación del 98 cometieron ese error. Y su crítica indiscriminada a todos los políticos trajo una dictadura.

Como decía el poeta León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Insultan nuestra inteligencia. Somos más de los que creen y no somos menores de edad, exigimos que nos digan la verdad. Que será más precariedad. Y que nosotros seremos las víctimas.

No queremos ser náufragos agarrados a las olas de una tormenta que no hemos provocado. Ni siervos de señores que venden felicidad envuelta en mentiras. El momento es muy grave y no se puede jugar a disimular.

Deberían reflexionar, también, aquellos políticos que tienen aún decencia y capacidad de demostrar que la política sirve para mejorar la vida de todos, no sólo unos pocos. Los procedimientos democráticos son un bien mejorable, pero absolutamente necesario, si no queremos caer en regímenes totalitarios que son su única alternativa conocida.

Si falla la política, ya sólo nos queda el fascismo.

 

El poeta Leonard Cohen, en su canción Everybody Knows dijo muy claro cuál era el juego amañado:

Todo el mundo sabe que los dados están cargados
Todo el mundo lanza con los dedos cruzados
Todo el mundo sabe que la guerra ha terminado
Todo el mundo sabe que los buenos perdieron
Todo el mundo sabe que la pelea estaba amañada
Los pobres se quedan pobres, los ricos se hacen más ricos
Eso es lo que pasa
Todo el mundo sabe

 

 

 

 

Imágenes: Imagen 1 Stefano Bonazzi, The boy

Imágenes 2, 3  Deborath ScottMagician, 2010; Balance, 2010

 

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