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De ignorancias, manipulaciones y convivencia

05/04/2017

En nuestro mundo convulso es vital el saber y el conocimiento. La cultura es la base de la civilización, y a ella se llega por la información. Nunca como ahora, sabiendo tanto, se ha procurado que se sepa menos. Internet permite manipular a nivel planetario.

En Oriente y Occidente, algunos andan empeñados en agitar el fantasma del miedo que, como decía don Quijote:

Turba los sentidos y hace que las cosas parezcan lo que no son.

Mentes perversas  hablan de choque de civilizaciones. La expresión es ofensiva. Evoca violencia unida a un instrumento pacificador. Convierte la cultura en arma de enfrentamiento.

Los racistas posmodernos  desprecian al musulmán, al que consideran un peligro en nombre de una falsa superioridad de la cultura cristiana. No hay culturas superiores. Todas suponen un esfuerzo para superar la animalidad y lograr una convivencia pacífica. El peligro viene de su identificación fanática con las religiones y la política.

Parece impropio dar lecciones mientras se bombardea con armas químicas a población civil indefensa en Siria, se abandona a niños refugiados en manos de mafias, o se torturan prisioneros en cárceles clandestinas. No se pueden cometer crímenes en nombre de una presunta defensa de los derechos humanos.

Más de 200 personas muertas, la mayoría civiles, en un ataque aéreo de EEUU sobre el oeste de Mosul hace unos días y los bombardeos de hospitales en Siria prueban la hipocresía de quienes se rasgan las vestiduras sólo por unas muertes, las de Occidente, como si hubiera muertes de segunda. Alegan hipócritamente que fue “por error”. Se estima que la cifra real de muertos civiles puede ser mucho mayor. Pero no ocupan cabeceras de prensa ni portadas de telediarios. Tampoco tertulias de expertos. Cuando son crímenes de lesa humanidad.

Tampoco parece coherente hablar de la dominación masculina en el islam, mientras se tolera, cuando no se justifica, la violencia machista. O condenar la ideología de género en hojas parroquiales y discursos misóginos de la jerarquía católica. El fanatismo es una degeneración de la religión. También de la católica.

Si religión o pensamiento se convierten en pura ideología fanática, sólo son fundamentalismos. Y fundamentalistas hay en ambos lados.

O hablar de libertad de expresión, de libertad religiosa y no soportar una mezquita en nuestro vecindario. No es ni humano ni coherente discriminar a las personas por su religión.

La realidad es que se teme lo que se desconoce y que nos falta información.

Ignoramos que el Islam es una religión de paz como lo es el cristianismo. Y que ambas han sido traicionadas por quienes matan en nombre de Dios o de Alá.

Ignoramos que Jesús es un profeta respetado en el Corán. Que la civilización musulmana fue muy superior a la cristiana en la Edad Media. Que Toledo fue un crisol de cultura oriental y grecolatina que permitió nuestro Renacimiento. O que Averroes ya intentó trazar los límites entre fe y pensamiento. Algo que Occidente hizo con Voltaire nada menos que cinco siglos más tarde. Y que aún en nuestro país no se ha logrado.

En Occidente, el fanatismo católico ha quemado herejes, torturado intelectuales y prohibido el pensamiento libre. Aún hoy, la jerarquía es intolerante con leyes civiles, que ataca sin piedad e intenta derogar como sea. Como si su poder fuera de este mundo.

Entre 1.600 millones de musulmanes también hay fanáticos que incitan al odio. No contribuye al entendimiento degollar rehenes, ni matar inocentes con mochilas bomba y vehículos asesinos de peatones. O llamar a descuartizar al infiel como los cruzados medievales. Ni usar escudos humanos en la guerra. Ni llamar al exterminio del diferente.

Ellos tampoco nos conocen. Y se sienten humillados por la visión interesada  de un Occidente arrogante que los desprecia, y que sus fanáticos fundamentalistas les inculcan.  Sus predicadores también azuzan el odio al otro basado en la ignorancia del diferente.

Recientemente, en EE UU, la estudiante Heraa Hashmi ha elaborado un documento de 712 páginas en el que se reflejan cientos de condenas de actos terroristas por parte de figuras musulmanas. Hashmi ha realizado este proyecto para demostrar lo ridículo que es esperar que los musulmanes se disculpen constantemente por actos terroristas.

Heraa Hashmi, con el velo azul, durante las protestas contra el veto migratorio de Trump.

Empezó su trabajo tras la discusión en clase sobre las cruzadas con el compañero que se sentaba a su lado. En tan solo unos minutos, comprobó que el chico no hablaba de la Edad Media sino que estaba en una cruzada contra el islam.

Con los musulmanes, señala Hashmi:

Se aplica un rasero diferente que con otras minorías: se espera que 1.600 millones de personas se disculpen y condenen (el terrorismo) en nombre de unos cuantos lunáticos.

Y añade, con una sensatez envidiable en una chica tan joven:

No veo al KKK, la Iglesia Bautista de Westboro o al Ejército de Resistencia del Señor como una representación rigurosa del cristianismo. Sé que son marginales. Por eso es bastante frustrante para mí tener que defenderme y pedir disculpas en nombre de algunos locos.

El mensaje que prevalece no es el más verdadero sino el más fuerte. Mensajes  simples e infantilizados sustituyen a la verdad que sólo está en la reflexión madura. Nos manipulan.

El terrorismo yihadista está comprobado que se alimenta de combatientes locales que atacan objetivos locales. Los expertos occidentales todavía debaten si las motivaciones de estos lobos solitarios son 10% ideología y 90% contexto local, o exactamente al revés. Sentirse rechazado y excluido produce monstruos.

El tan denostado fundamentalismo fue acuñado ideológicamente en los EE.UU. a comienzos del siglo XX como respuesta moral reaccionaria al liberalismo progresista social y político. Hoy, en una clara regresión, es la religión del presidente Trump y de sus asesores.

Esta nueva ultraderecha estadounidense considera incluso débil a la vieja Europa. Una Europa que ha renegado de sus valores y que ha celebrado recientemente el aniversario del Tratado de Roma marcada por el Brexit, una década de crisis brutal y el auge de la extrema derecha neonazi.

Europa debió aprender, tras siglos de colonialismo, que los pueblos no pueden doblegarse. Que empujados por la humillación del opresor, se repliegan en valores religiosos y fanatismo defensivo. Pero no lo hizo.

Hay planes estratégicos en ambos lados para enfrentarnos. El miedo alimenta a la extrema derecha y a su xenofobia en Occidente. Y también el miedo alimenta el terrorismo y el odio en el mundo islámico. Ambas perversiones se retroalimentan.

En ambos lados se cultiva el odio al diferente, un calculado temor al otro, cuando no un odio irracional a lo que no se conoce.

Ante esta amenaza, surge la exacerbación de lo particular, nacionalismos excluyentes, xenofobia y fanatismo que impiden todo intento de diálogo.

Se adormece también nuestra capacidad intelectual. Las televisiones escupen imágenes dirigidas a la emoción, no al cerebro. Estamos consumiendo ira y miedo.

Ejemplo de ello es el reciente exabrupto de Marhuenda, el servil director de La Razón sobre los musulmanes. Un vocero del poder revestido de un halo de “intelectual” gracias precisamente a La Sexta, que lo ha catapultado al Olimpo de los opinadores sin fundamento. Según este “fino intelectual”, los musulmanes nacieron matando.

Sus palabras, fruto más de la maldad que de la ignorancia (y hay mucha ignorancia en su afirmación), deberían ser consideradas incitación al odio por todos los celosos fiscales y rigurosos jueces que condenan a tuiteros y encarcelan titiriteros.

Contra eso es necesaria una ciudadanía pensante y serena, capaz de hacer frente a los nuevos retos. Que no se deje engañar y afronte los hechos con libertad.

Porque la base del odio es la ignorancia. El conocimiento puede salvarnos. Ni los musulmanes son todos fanáticos terroristas, ni los occidentales somos todos intolerantes  fundamentalistas cristianos.

Como dice Amin Maalouf:

El papel de la cultura es proporcionar a nuestros contemporáneos las herramientas intelectuales y morales que les permitan nada menos que sobrevivir.

Maalouf reivindica la cultura, no como bien de consumo, sino como herramienta moral e intelectual.

Siendo libres, sin manipulaciones, nos entenderíamos. Los pueblos son más sensatos que sus líderes y patriarcas.

Todos debemos respetar los valores democráticos y la irrenunciable igualdad de las personas.

Porque la Carta Internacional de Derechos Humanos no tiene diferentes interpretaciones según la raza o la religión. Los derechos son iguales para todos.

Imagen 1: Stefano Bonazzi To live home

Imagen 2: Collages y retratos de Michael Mapes. 

Imagen 3: Arte en la calle Borondo

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