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Miguel Hernández, el poeta del triste destino

29/03/2017

Afirma Francisco Ayala que la biografía de un poeta está contenida en sus obras más que en las peripecias de su vida. La prueba de que la vida se une tan estrechamente con la obra que es imposible separarlas lo demuestra el hecho de que en el caso de Miguel Hernández sea imposible no acudir a los versos para explicar al hombre.

Un poeta no tiene biografía, tiene destino

decía León Felipe.

Y este fue el de Miguel Hernández en sus palabras:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Vida dura, pero abrazada con ansias. Amor esquivo, doloroso a veces, pero perseguido con tenacidad. Muerte que lo cercaba con fuerza, que lo perseguía tenaz. Y a la que burló siempre hasta que fanatismo, crueldad, venganza e intransigencia se aliaron con ella para dejarlo morir.

Miguel tenía un rostro de niño ingenuo, marcado de cicatrices por una explosión de carburo que sufrió en la infancia.

Y un pálpito de tragedia que lo sobrevolaba y que lo cercaba a veces hasta dejarlo sin respiración:

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Su espíritu encarna el ideal republicano de formación liberadora de las personas. Una función que Miguel ejerce sin descanso para permitir a un pueblo analfabeto ser capaz de conocer y tener conciencia libre para decidir. Una herencia de la España krausista de la Institución Libre de Enseñanza. Lograr una España libre al fin, como lo fue él, de la prisión de la religión que siempre dirigió los destinos del pueblo:

Sonreídme, que voy

a donde estáis vosotros los de siempre.

Los que cubrís de espigas y racimos la boca del que nos escupe.

Los que conmigo en surcos, andamios, fraguas, hornos,

os arrancáis la corona del sudor a diario.

Me libré de los templos, sonreídme.

Porque Miguel Hernández había sentido caer sobre sí, inexorablemente, todo el aparato religioso de Orihuela, el “tufo satánico-sotánico” sobre el que le previno Neruda. Y que tanto contribuiría al alargamiento de su prisión y a su muerte injusta.

El canónigo Luis Almarcha nunca le perdonó que cambiara de ideología y se convirtiera, según sus palabras, en un degenerado y ,sobre todo, que renegara de las sacristías y los templos que en sus inicios lo habían sostenido. No sólo no lo perdonó, sino que lo condenó  a una muerte lenta en la cárcel, tras el indulto de Franco. Además se permitió atormentarlo por medio de su vicario –auténtico comisario político- hasta su agonía, exigiéndole el matrimonio canónico con Josefina. Son estremecedores los documentos que lo demuestran y el cinismo del obispo en sus memorias atribuyéndose –amparado por el silencio de un muerto- hechos a todas luces falsos.

Siempre fue amigo de sus amigos, dolido por la ausencia y atento a la humanidad de los sentimientos, incluido el arrepentimiento por la distancia con Sijé:

A las aladas almas de las rosas

de almendro de nata te requiero

que tenemos que hablar de muchas cosas

compañero del alma,compañero.

A nadie con un mínimo de sensibilidad deja indiferente su obra ni su biografía. En ellas se hacen carne las palabras de Brecht sobre el arte: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Sus primeros poemas son un contacto con el mundo para entenderlo y entenderse. Y la naturaleza que le rodea es  un marco, una vivencia y la expresión de sus sentimientos con una voz aún indecisa y fruto de sus lecturas autodidactas.

Un ciprés: a él junto, leo.

(El sol se va acortando poco

a poco su fulgor loco.

Preludia un ave un gorjeo).

Me acuesto en la hierba. Leo.

(Es el poniente de hoguera:

contra él una palmera

tiene un débil cabeceo).

Echo el ojo al hato. Leo.

(Da el sol un golpe mayúsculo

a una montaña… Crepúsculo.

Se oye de un agua el chorreo).

Me pongo sentado. Leo.

(La muriente luz se enjambra

fingiendo una gran Alhambra

de mármol cristaloideo).

(Trunca el ave su gorgeo.

Por el oriente descuella

la noche. ¿Nace una estrella?)

No quedan luces… No leo.

El niño crece y pasa de la amistad  al amor. Amor, sentimiento crucial en su vida, motor y esencia de todos sus pasos, donde se encuentra y se reconoce y donde también sufre y agoniza.

Estoy perdidamente enamorado

de una mujer tan bella como ingrata;

mi corazón otra pasión no acata
y mis ojos su imagen han plasmado.
(…)
Y desde entonces sufro lo indecible…
¿Por qué, amada mujer, crees imposible
en un cuerpo de niño un alma de hombre?

Pero su yo le parece estrecho en Orihuela. Vuela a la capital, Madrid, y descubre el nosotros. El mundo social de las personas que conviven con él, que lo limitan, que lo ensanchan y que lo enriquecen. Descubre las desigualdades, el clasismo, los rechazos, las desilusiones que lo acercan a una clase oprimida  que se levanta del suelo con el triunfo de la II República.

El poeta se implica entonces en las Misiones Pedagógicas y se lanza a los caminos para extender la cultura. El contacto con campesinos de Salamanca y Extremadura lo confirma en la necesidad de que el pueblo acceda al conocimiento y hace cambiar su ideología.

Así lo retrató su gran amigo, el más fiel, Vicente Aleixandre:

Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera, a veces una sola, haría el clima fraterno, el aura entendedora, sobre la que la cabeza dolorosa podría reposar, respirar. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso con la Naturaleza. Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos.

Porque no todos, Alberti, Neruda, Lorca lo consideraron su igual, y muchas veces su clasismo los hizo sentirse lejanos del joven de alpargatas y pantalón de rayas. No miraban al hombre, miraban su vestimenta.

Hay testimonios que nos presentan a un Lorca señorito, irracional en sus afectos, duro y cruel con el poeta hasta el punto de vetarlo en reuniones comunes, por razones tan poderosas como su “alergia” física hacia el aspecto del mozo que vino de Orihuela.

También Alberti: amigo superficial, ambiguo y altivo en los años difíciles de la guerra –no lo recomendó para alojarse en la embajada de Chile y ni siquiera le ofreció un sitio en su exilio de Elda- parece envidiarlo por haberle arrebatado su título de poeta del pueblo.

No aceptaron, en su exquisitez aristocrática, al joven de la pana y las alpargatas. Quizá temieron su mirada limpia y el torrente libre de su poesía porque les recordaba demasiado al pueblo.

Además de Bergamín y Altolaguirre, sólo Aleixandre y Cossio lo ayudaron a sobrevivir, aunque él nunca supo hasta qué extremo lo hicieron los dos últimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ilusión del cambio republicano dura poco, y el viento cruel de un golpe de estado lo lanza junto a los que defendían la República a una guerra civil inmisericorde. Y no se esconde, lucha, escribe, alienta, agoniza con los que defienden la legalidad frente al golpismo.

Que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

(…)

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.

La  amarga derrota del orden establecido lo despierta de modo cruel. Cárcel, intransigencia y fanatismo caen sobre un joven al que quieren cortar las alas de la libertad y su lucha por la justicia y la legalidad.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Pero nunca pierde la esperanza. Como expresa maravillosamente en su “Canción última”:

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

El odio y la intransigencia vengativa lo persiguen, lo encierran y lo condenan a muerte, como a tantos otros. Sin más culpa que haber luchado para que el orden establecido y votado por el pueblo no desapareciera a causa del golpe de estado franquista.

Nunca se atrevieron a fusilarlo. Ya había sido suficiente la muerte alevosa de un gran poeta, Federico García Lorca.

Había otro modo de matarlo sin mancharse las manos: dejarlo morir encarcelado, enfermo y solo, torturado por la pena. Una muerte lenta e infame en la que no faltaron presiones para que renegara de sus ideales, incluso de su propia esposa.

Conoció trece prisiones en toda la geografía peninsular. Y, a consecuencia de sus penalidades, contrajo una grave enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte, sin atención médica apenas, el 28 de marzo de 1942.

En la plenitud de la vida, en la plenitud creadora y aplastado por la infamia que había impuesto una victoria inmisericorde con los derrotados. Lo “murieron” a la temprana edad de 31 años.

Su padre, que nunca lo apoyó ni lo entendió, ni siquiera asistió a su entierro y dijo cruel: “Él se lo ha buscado”.

Se prohibió hacerle una máscara funeraria y alguno de sus compañeros de cárcel, de modo clandestino, realizó unos dibujos a lápiz en los que se aprecia su tremendo deterioro físico. Nada apenas quedaba del joven fuerte y animoso que dibujó su compañero de cárcel el dramaturgo Buero Vallejo. Sólo habían pasado dos años:

El caso es que esos grandes ojos “como dos piedras límpidas” al decir de Aleixandre, que todos sus amigos recuerdan, y que inmortalizó Buero en su dibujo carcelario eran, además de la puerta de su alma, un síntoma de su dolencia: la exoftalmia. Detalle que al parecer ofendía terriblemente a Lorca y que lo había apartado de su primer amor , Carmen Samper.

En el encierro peligraba el hombre, peligraba su entereza, pero Miguel renace y lucha por la esperanza de nuevo. Y lo hace escribiendo. No lograron doblegarlo.

Porque se refugió de nuevo en su alma: un espacio rico en amor, en deseos, en seres amados, en futuros soñados, en solidaridad con los débiles.

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

Los poemas dedicados al hijo muerto antes de cumplir un año rompen el alma:

El sol, la rosa y el niño
flores de un día nacieron.
Los de cada día son
soles, flores, niños nuevos.
Mañana no seré yo:
otro será el verdadero.
Y no seré más allá
de quien quiera su recuerdo.

Flor de un día es lo más grande
al pie de lo más pequeño.
Flor de la luz del relámpago,

y flor del instante el tiempo.
Entre las flores te fuiste.
Entre las flores me quedo.

Por su delicadeza, por su sinceridad y por todo el dolor que encierran en su belleza:

Cuerpo del amanecer:

flor de la carne florida.
siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.

corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
la flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.

Queda la duda de si su primer hijo murió de la misma enfermedad que él, a tenor de los testimonios de su dolencia y del recuerdo estremecido del padre tras haberse perdido su muerte, como ya se había perdido su nacimiento por estar encarcelado.

 Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío

abiertos ante el cielo como dos golondrinas.

De su calidad humana y poética nos quedan un cuaderno manuscrito, poemas al hijo muerto, cuentos para el nuevo hijo escritos en papel higiénico y una inmensa esperanza, aun en los peores momentos.

Hermoso y estremecedor es también el poema dedicado a este segundo hijo, Manuel Miguel, hambriento y condenado a la precariedad desde su nacimiento:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.

(…)

Desperté de ser niño.

Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

(…)

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Cancionero y romancero de ausencias es uno de los libros más emocionantes, humanos y poéticos que conozco.

Escrito con tinta de alma, del color de la esperanza, con el consuelo de dar aunque no se reciba. Con la vista en los suyos, sin importarle su dolor, con la fuerza de quien está seguro de hacer lo correcto. Viendo pasar la vida y la muerte de su hijo sin poder abrazarlo. Soportando la separación, y a veces la incomprensión de su esposa.

Pocas veces estalló Miguel, pero hizo sentir su dolor ante algunos silencios de Josefina. Así le escribía cuando eran novios:

Dices que no tienes tiempo y te pasas hasta las cuatro de la mañana rezando a san Serenín del monte. No seas tan devota, que no están los tiempos para rezos y sí para querer mucho.

Sospechando desde la oscuridad de la prisión que fuera hay un mundo aún más oscuro. Una oscuridad que sólo es capaz de iluminar el amor, una de sus tres heridas, quizá la más fuerte y la más dolorosa. La única capaz de devolverle las alas que el fanatismo le cortó.

No, no hay cárcel para el hombre.

No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.

Miguel Hernández ocupa un lugar estelar entre los poetas españoles mejor considerados entre los jóvenes de todas las edades.

Es el poeta que más ha sido musicado en el ámbito hispano en todos los estilos: desde Reincidentes o Los Primates, de estética punck, hasta el rock de Ann Alley RNR Club.

Desde el pop clásico de Serrat y Silvio Rodríguez hasta el flamenco de Camarón de la Isla, Manuel Gerena o Barbería del Sur hasta los más cercanos como Red House, Quique González, Los Giuseppes, Ramón Arroyo (Secretos), Eva Amaral, Nacho Campillo (Tam tam go)… o la ópera.

Pasando por Olga Manzano y Miguel Picón o el mismísimo Manolo Escobar que canta la versión de Jarcha del poema Andaluces de Jaén que hoy es el himno de la provincia.

También el rapero Nach, uniendo versos de distintos poemas, compuso una canción con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández.

Miguel Hernández fue un hombre apasionado, emprendedor e idealista. Y lo que más atrae de él es que emociona y llega hondo, sea con sus poemas intimistas, sea con sus poemas sociales. Lo intentó todo armado de palabras bellas y con un lema por bandera: “Sólo por amor”.

Siempre fue un hombre valiente y tenaz en defensa de la justicia y la solidaridad. Un poeta que apela a la juventud como esperanza de futuro y sobre todo como fuerza de presente.

Como dejó escrito Juan Ramón Jiménez, un poeta puro que envidiaba la humanidad y la calidez y calidad poética del poeta de Orihuela:

Todos los amigos de la poesía pura deben buscar y leer estos poemas vivos. Tienen su empaque quevedesco, su herencia castiza. Pero la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado rompe el paquete y se desborda, como elemental naturaleza desnuda, esto es lo excepcional poético.

El oriolano fue un hombre íntegro que vivió una etapa de nuestra historia difícil y atormentada y  estoy segura de que quien se acerque a sus versos comprenderá que fueron sin duda para él el descargo de su alma.

Nada mejor que las palabras de Aleixandre para recordarlo:

Tenía un corazón enorme… que se le trasparecía en los ojos como en la poesía… y era comprensivo para todo. Era un alma libre que miraba con clara mirada a los hombres. Era el poeta del triste destino.

Por ello he sentido mucho su ausencia en el Poefesta de 2017 que se celebró en Oliva hace unos días.

La Comisión de Cultura del Congreso  aprobó, por unanimidad, en diciembre del año pasado la propuesta de Compromís de declarar 2017 «Año Miguel Hernández», con motivo del 75 aniversario de su muerte.

Miguel Hernández es un poeta valenciano, aunque su lengua poética sea el castellano, y su ausencia en un encuentro poético y musical duele más en el aniversario de su infame muerte, abandonado por todos por el delito de mantener sus ideas. Quiero pensar que la ausencia no es un abandono. Serían ya demasiados.

 

Nota: recién publicada la entrada leo que el Gobierno valenciano ha escogido el 28 de marzo, día en que murió el poeta, para recordar cada año a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo.

Para oficializar esta conmemoración, el Consell impulsa el proyecto de la Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia (ahora en fase parlamentaria en Les Corts Valencianes), donde se establece que cada 28 de marzo sea el día de homenaje a las víctimas de la Guerra Civil y del régimen posterior.

El Presidente ha declarado que “Miguel Hernández merece todo el reconocimiento y más difusión porque es el símbolo de unos valores que hoy son absolutamente presentes y que queremos implementar en la acción de gobierno”.

Y la consellera de Justicia ha dicho que Miguel Hernández fue víctima de “un verdadero quebranto de cualquier derecho fundamental, empezando por la dignidad, la libertad y la seguridad, ya que no tuvo ni derecho de defensa”. Y que el Gobierno valenciano sí quiere promover el reconocimiento de Miguel Hernández como víctima de “una grave injusticia” y como “parte de lo mejor del pueblo valenciano”.

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