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Perseguir la verdad no hace amigos

22/03/2017

 

 

 

 

Todo pe­rio­dis­ta que no sea de­ma­sia­do es­tú­pi­do o de­ma­sia­do en­greí­do para no ad­ver­tir lo que en­tra­ña su ac­ti­vi­dad sabe que lo que hace es mo­ral­men­te in­de­fen­di­ble. El pe­rio­dis­ta es una es­pe­cie de hom­bre de con­fian­za,que ex­plo­ta la va­ni­dad, la ig­no­ran­cia o la so­le­dad de las per­so­nas, que se gana la con­fian­za de éstas para luego trai­cio­nar­las sin re­mor­di­mien­to al­guno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprobar que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los periodistas justician su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablando de libertad de expresión y dicen que “el público tiene derecho a saber”. Los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida.

 

Así comienza el libro de de Janet Malcolm, El periodista y el asesino, publicado en 1990 y que todavía hoy genera polémica y debateLa autora es colaboradora de  The New Yorker desde hace más de cuarenta años.

Malcolm, periodista y crítica literaria checa nacionalizada estadounidense, lanza esta provocación en el comienzo de su libro más conocido, considerado uno de los cien mejores del siglo XX en lengua inglesa por The Modern Library.

Se basa en la historia del médico de la Armada norteamericana Jeffrey Mac Donald, cuya mujer y dos hijas fueron brutalmente asesinadas en febrero de 1970. Luego de un primer proceso militar, en que fue absuelto, Mac Donald resultó acusado en un posterior juicio civil de ser el autor de los crímenes.  Todavía cumple las tres cadenas perpetuas de su condena, que finalizarán en el 2071.

En el libro, se analiza el proceso judicial que enfrentó a McDonald, protagonista del libro Fatal Vision, con su autor, Joe McGinniss. Durante las seis semanas que duró el juicio se puso de manifiesto cómo McGinniss había engañado a McDonald, haciéndole creer que iba a escribir una obra que defendiera su inocencia, para luego sacar a la luz un libro que dejaba al condenado como un monstruo sanguinario e inhumano.

MacDonald se enteró de todo esto en vivo, durante la primera entrevista que dio en la televisión por la aparición del libro, y que fue un éxito. Traicionado en su confianza, llevó entonces a juicio a McGinnis en 1984, proceso en el que el periodista fue públicamente humillado hasta que aceptó pagar un resarcimiento de más de 300 mil dólares.

Esta situación de engaño fue defendida durante el juicio tanto por McGinnis como por otros nombres de peso como Buckley o Wambaugh, que se basaron en la diferenciación de conceptos como “mentira” y “falsedad”, intentando justificar el uso de una ética circunstancial, que permitiría modificar los principios periodísticos fundamentales en función del contexto concreto.

Jeffrey MacDonald, en el centro, entrando a la Corte Federal para ser juzgado. Fotografía: Corbis

 

Janet Malcolm se pone en contacto y habla durante meses con todos los implicados en el proceso, se pregunta sobre los límites éticos del trabajo de investigación periodística, sobre cómo debe tratarse a los entrevistados y acerca de si es lícito ocultarles información, o directamente mentir, con la finalidad de obtener una mejor historia o una nueva revelación que la haga más completa y verdadera.

Escribe Malcolm:

A diferencia de otras relaciones que tienen un fin determinado y están claramente delineadas como tales (dentista-paciente, abogado-cliente, profesor-alumno), la relación de autor y persona a la que entrevista parece depender, para perdurar, de una especie de oscuridad, de encubrimiento de sus fines. Si todo el mundo pone sus cartas sobre la mesa la partida se acabará. El periodista debe realizar su trabajo en un estado de anarquía moral deliberadamente producido.

Se cuenta que esa especie de obsesión por el trabajo realizado y esa licencia moral del autor fue la que llevó al propio Truman Capote a confesar que deseaba ver la ejecución en la horca de los dos asesinos de su libro para poder escribir el final, y verlo publicado de una vez por todas.

En el epílogo del libro, Malcolm cuenta cómo ella también fue demandada por el personaje de uno de sus libros al que no le gustó la manera en que lo retrató.

Y afirma que sí, que el del periodista es un oficio que tiene sus normas:

El autor de una obra de no ficción está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen sus réplicas en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes. La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra.

Un libro memorable, El periodista y el asesino, que casi la enfrentó con toda la profesión periodística y también con los autores de biografías de aparente exactitud. Porque la biografía un género en el que el autor toma siempre e inevitablemente partido, según ella.

Como afirma Soledad Gallego Díaz,

El malestar y  la obsesión de Janet Malcolm, la columna de todo su trabajo y de todos sus libros es que la verdad se escapa, es imposible alcanzarla porque “vamos por la vida oyendo mal, viendo mal e interpretando mal para dar sentido a la historia que nos contamos a nosotros mismos”. El propio relato de la historia hace que sea poco fiable.

Malcolm es honrada y ejerce también una vigilancia implacable sobre sí misma y sobre su trabajo. Por eso es tan injusto acusarla de arrogante.

A Malcolm no le gustan los periodistas, es fácil comprobarlo en su descripción de los colegas que asisten al juicio, pero sabe que es uno de ellos. Y desea ejercer el periodismo con honestidad. Sin corporativismos que defiendan lo indefendible. Y lo escribe con una crudeza que espanta:

Los periodistas se quieren unos a los otros como miembros de una familia, en su caso de una especie de familia criminal, La posición social y el nivel educativo de los periodistas ha ido mejorando con el paso de los años y algunos periodistas escriben maravillosamente bien. (…) Sin embargo, la fragilidad humana sigue siendo moneda de cambio; y la maldad, el impulso que anima al periodista. Un juicio proporciona oportunidades únicas a un periodista despiadado (…) sus artículos se escriben solos; basta con tirar de la fruta madura que cuelga de los atroces relatos de los letrados.

Malcolm aboga por elevar la vigilancia del propio trabajo haciendo partícipe al lector del proceso y de las intenciones, desterrando las engañifas sobre una imparcialidad que es pura ficción. Y así lo hace en todos sus reportajes y libros, donde no enmascara nunca sus simpatías para advertir que ella también tiene un papel en la historia.

El libro es un ajuste de cuentas a tres niveles: el judicial, el periodístico y el personal, con ella misma.

Una visión honesta sobre un oficio contradictorio y difícil, como todo lo humano.

Lo que da al periodismo su autenticidad y su vitalidad es la tensión que hay entre la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. De esta manera no pretende sino arrojar un poco de luz sobre la frecuente imposibilidad de saber la verdad sobre los demás o sobre nosotros mismos.

La autora mira con recelo a los periodistas porque se mira con recelo a sí misma de manera inmisericorde. Es adicta a las largas citas y a las  referencias intelectuales sin pedir disculpas. No impone sus argumentos, sino que los desgrana con el ojo de un crítico y el golpe de efecto de los buenos novelistas,  sin caer en la vanidad del escritor encantado consigo mismo.

Janet Malcolm tiene fama de ser amable, atenta con las personas que trata, divertida, aguda, pero no cruel.

Hoy, en tiempos de desprestigio de una profesión tan necesaria para la democracia como denostada, manipulada y castigada por la precariedad, el libro de Janet Malcolm debería ser de obligada lectura para toda persona que se dedique al oficio o que se prepare para ejercerlo.

Pero también debería serlo para toda persona que considere que la información veraz es imprescindible para tener una opinión formada y ejercer una ciudadanía responsable en democracia.

Porque, como afirma Philip Roth:

La primera obligación de un buen ciudadano es enterarse de las noticias del día.

Pero, los medios  hoy son sólo un negocio, el poder del dinero manda y es imposible hablar de periodismo en estos tiempos. El dinero se convierte en un sistema de corrupción perfecto. Uno de los pequeños males olvidados que sirven para empedrar el camino del infierno, según Hannah Arendt.

En su nombre se aceptan intolerables presiones del poder político y económico, se eliminan noticias, se manipulan titulares y se ofrece una versión amañada de la realidad que impide a la sociedad pensar por sí misma en libertad.

El trabajo de investigación periodística es casi residual.

Hace tiempo que siento desazón al escuchar radios, al leer periódicos y no digamos al ver televisiones. Desazón y frustración al comprobar que no se contrastan noticias, que se da voz a sólo una parte, que se falta a la verdad con verdades a medias.

Coincido con Janet Malcolm en que lo imprescindible es seguir persiguiendo la verdad. Aunque sea difícil, aunque hacerlo suponga enfrentarnos con nuestras propias contradicciones y crearnos enemigos, incluso en nuestro propio ámbito.

Pero pocos en el oficio están dispuestos a ello. Pocos.

Deberían mirarse en el espejo estadounidense y comprobar cómo se enfrentan allí los periodistas a la dictadura del nuevo presidente. Aquí es impensable. Recordemos la aceptación del “plasma” y el silencio cómplice ante la negativa a contestar preguntas.

El periodismo de verdad debe ser vigilante, incómodo para el poder. Y hoy, para nuestra desgracia y la suya, es cómplice y lacayo de los poderosos. Porque parece haber una ofensiva mundial contra el periodismo de calidad. Que es una ofensiva, en realidad, contra la democracia.

El periodismo debe contar la realidad, no fabricarla, ni falsificarla. Debe verificar y comprobar datos, no aceptar calladamente las imposiciones del poder empresarial y político. De su responsabilidad y honestidad dependen muchas personas. Traicionar las libertades públicas supone hundirse en un fango de mentira.

Y, como se pregunta la periodista Mariola Cubels:

¿Si nuestros medios de siempre, en los que confiábamos, dejan de interesarnos, dónde vamos? ¿De verdad los jóvenes periodistas llegan a las redacciones con ganas de contarle al mundo historias que el poder no quiere que se sepan?

Los medios parecen estar capturados, ¿se dejarán capturar los periodistas o decidirán salvar el periodismo? Están en juego muchas cosas. Sobre todo su credibilidad y su independencia.

 

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