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África, la gran olvidada

27/02/2017

 

 

Un lejano diciembre de hace 68 años nació la Declaración de Derechos Humanos. Hoy, sigue sin cumplirse esa hermosa utopía ilustrada.

Las personas no son libres ni iguales en dignidad y derechos.

Ocho millones de seres mueren al año a causa de la pobreza severa, una de las mayores infamias de nuestro avanzado mundo. La mayoría en África, nuestra vecina del sur, la gran olvidada. Hambre y enfermedades como sida y malaria diezman poblaciones en las que sólo hay ancianos y niños sin esperanza.

La pobreza material de muchos es causa de la pobreza espiritual de los más ricos. Fueron vendidos al peso. Debemos pagar la deuda.

afirma Mayor Zaragoza.

La ONU acaba de declarar formalmente la hambruna en algunas partes de Sudán del Sur, y el riesgo de que estos anuncios se repitan a corto plazo es muy alto. Lo que significa que ya han muerto de hambre seres humanos en pleno siglo XXI.

Cada minuto de retraso en la provisión de socorro inmediato tiene consecuencias fatales, como aprendimos de la peor forma posible hace cinco años cuando una hambruna provocada por la sequía mató a más de 250.000 personas en Somalia.

En Sudán del Sur, donde una letal guerra civil ha desplazado a millones de personas, los precios de los alimentos básicos se han cuadruplicado en el último año.

Afirma José Graziano da Silva, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Los niños son siempre los más vulnerables. En estos momentos, más de 1,1 millones de niños sufren desnutrición aguda y necesitan tratamiento urgente. De ellos, 270.000 niños están en el nivel más grave de desnutrición, lo que significa que su probabilidad de morir se multiplican por 9 comparado con niños que no sufren desnutrición.

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Pero se mira a otro lado. Se acepta que nacer en el olvidado Sur supone hambre, esclavitud y muerte. Y no es cierto. El perverso darwinismo social que afirma que siempre habrá pobres y ricos es sólo una excusa.

Sachs, economista asesor de la ONU, afirma que con sólo dedicar el  tan demandado 7% del PIB se erradicaría la pobreza en el primer cuarto de este siglo. Tenemos los medios tecnológicos. Falta voluntad. Nada más.

Bastaría con cumplir los planes del Proyecto del Milenio, que agonizan, o desviar dinero de la defensa al desarrollo. Países como EE UU dedican 100 dólares a las armas por cada 6 centavos de ayuda a países pobres. Y ahora Trump exige aumentar esa cantidad en detrimento de la ayuda a países en desarrollo. Aumentará el gasto militar el equivalente a cuatro veces el presupuesto de Defensa en España. Y exige que los países de la OTAN lo aumenten también. España ya lo ha hecho sumisamente, aumentándolo un 30%.

Tampoco el desarrollo lleva consigo la igualdad. Hay cada vez más diferencias sociales  en el primer mundo. Son exponente del fracaso de las políticas sociales. Y la demagogia oportunista, que hunde sus raíces en la desesperación, está canalizando la ira de personas desprotegidas hacia el apoyo a formaciones de ultraderecha abiertamente neofascistas.

Los estados eluden sus obligaciones y ponen en manos privadas la lucha contra la pobreza. Las ONG reciben cuantiosas subvenciones y se han convertido en poderosas empresas con luces y sombras. Su labor es encomiable, pero no pueden ni deben sustituir al Estado. Los voluntarios cubren carencias estructurales, pero lavar las conciencias con caridad no es el camino.

La igualdad es una cuestión de justicia no de compasión, pero se han sustituido los valores universales por el mercado. La pobreza no cotiza.

Pobre, en sentido evangélico, es el insignificante, sea por falta de dinero, por el color de la piel, por ignorancia, o simplemente por ser mujer.

 dice Gustavo Gutiérrez, sacerdote creador de la Teología de la Liberación.

Al fin, valores laicos y evangélicos coinciden, como no podía ser de otra manera, porque la justicia sólo tiene un camino: dar a los abandonados la oportunidad de ser personas.

Algunos obispos ultramontanos con fuerza en la jerarquía eclesiástica condenan todavía hoy la Ilustración. Deberían meditar sobre lo que dijo el novelista Arguedas al sacerdote Gutiérrez:

De ese Dios del que me habla yo nunca he sido ateo.

Pero, quizá la jerarquía católica y muchos gobernantes que se declaran cristianos hablan de otros dioses. Dioses que se llaman poder, dinero, negocios. Para nada parecen pensar en los seres humanos y sus derechos.

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