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Ahora eres mi sombra

24/02/2017

 

 

El feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos, ya que a medias lo pueblan, y que en perfecta colaboración procuren su felicidad propia y mutua y el perfeccionamiento de la especie humana. Pretende que lleven ellas y ellos una vida serena, fundada en la mutua tolerancia que cabe entre iguales, no en la rencorosa y degradante sumisión del que es menos, opuesta a la egoísta tiranía del que cree ser más.

 (De feminismo. Conferencia escrita por María Lejárraga y firmada y leída por Gregorio Martínez Sierra en el Teatro Eslava, 2 de febrero de 1917)

 

 

A punto de cumplir cien años, exiliada de mi tierra desde hace más de cuarenta, recuerdo estas mis palabras en tu voz.

No me quejo. Estoy serena y tranquila porque he puesto en orden mi vida y mis recuerdos.

No te juzgo, me escondí tras tu nombre y te regalé la autoría de mis obras. No sé si libremente, no tenía opción.

Aprendí pronto en mi familia a amar la cultura, la libertad, la creación, el teatro, la independencia personal. Pero vivía en una España patriarcal en la que las mujeres creadoras eran locas peligrosas. Ponían en riesgo la tranquilidad de la familia. La mujer debía ser sumisa, silenciosa e invisible.

El magisterio me dio las alas necesarias para volar a solas. A mis veinte años era feliz enseñando. Fueron los años más felices de mi vida. Era el camino para alcanzar mi meta.

No deseaba firmar mis libros. Lo perdí al comprobar la indiferencia de los míos ante mi primera publicación. Al fin, las ideas no son propiedad de nadie.

Escribía porque quería transmitir esa idea de libertad, que tú proclamaste en el Eslava, y que permite a las mujeres una vida plena.

Sabía que, firmando con mi nombre, nunca alcanzaría cotas sólo permitidas al varón. Era contradictorio. Sí, pero ¿qué no lo es?

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Además, tú eras para mí todo. Eras débil, enfermizo, dudabas, vacilabas, necesitabas mi fuerza, y no me importó cedértela.

Al fin, eras un instrumento para que mi voz llegara lejos, para que mis obras se representaran, para que las conferencias llegaran al público que necesitaba escucharlas.

Mi sueldo nos permitió empezar a abrirnos camino. Eras, según dicen, un buen empresario, un fabricante de éxitos, pero necesitabas que yo escribiera tus textos, que redactara hasta las necrológicas de las revistas. Y yo resistía jornadas maratonianas de clases, de labores domésticas y de escritura a destajo de las obras que tú firmabas.

Casada, joven y feliz, me acometió el orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre.

Tú firmabas, y yo creaba. Tú recibías felicitaciones, y yo trabajaba. Tú vivías en la luz, y yo en la sombra. Como te escribí un día ya lejano, fui tu compañera y tú solo triunfaste. No hubo colaboración, como decías, porque no compartimos la felicidad. Tú me la arrebataste.

Lo supe en Bruselas. Te había arrancado de las garras de la enfermedad y había logrado que saliéramos de España. Mi vocación de aprender fue la excusa. Pero volviste a Madrid para estar con tu joven amante, mientras yo recorría Europa en busca de nuevos modos de enseñanza.

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No quería creerlo, pero amigos me alertaban de lo que sólo yo ignoraba. Mi Juanramoncito ( así llamaba yo siempre cariñosamente a Juan Ramón Jiménez) me escribió.

Juntos los dos hemos callado tanto.

Sin saberlo, firmaste mi venganza. La novela que escribí en París, y tú firmaste -y que tanto dinero nos dio- era la historia de una mujer fuerte frente a la debilidad de un varón desorientado. La crítica a toda una generación de escritores que dibujaban mujeres pasivas y delicadas en manos de la muerte y el destino. Ella lo salvaba, como yo siempre hice contigo. Y tú me habías traicionado.

Caminé por la vida tras mi máscara teatral de mujer sumisa. Detrás estaba la persona decidida a romper estereotipos, deseosa de acción, convencida de que el mundo negaba sus derechos a la mitad de la humanidad. Y esa mujer estaba en mis escritos. Poco importaba que tú los firmases. Llegaban donde yo quería.

Sólo una vez perdí la cordura. Habías conseguido que dejara mi vida de docente. Me necesitabas a tiempo completo a tu servicio. Triunfabas en el teatro, fundamos dos revistas en las que colaboraba lo mejor de la cultura de ese tiempo. Y yo escribía artículos, obras de teatro, novelas. No sé de dónde sacaba aún tiempo para cenas en casa. “La casa de la alegría” la llamaban los amigos.

Fue en Barcelona, una sensación extraña de abandono me llenó el alma. Empecé a caminar mar adentro y una persona me salvó. En su boca escuché la palabra suicidio. No caí al mar, como se dijo, me entregaba al mar.

Pero sólo fue un momento de debilidad. Siempre tuve los pies en el suelo y aún tenía la esperanza de que tú volvieras a ser mi compañero. Ese ser débil, taciturno, por el que sentía una ternura enfermiza.

Y volví a trabajar para que tú triunfaras, ahora en la edición. La editorial Renacimiento fue el despegue de la edición moderna en España.

Y después llegó el delirio con Canción de cuna, novelas, películas en el extranjero.

Yo escribía, tú triunfabas, y tu amante representaba mis obras. Eras, sí, una factoría de éxito.

Negabas mi tarea de autora, aunque el rumor crecía cada día. Tu traición era conocida. Pero nunca pude abandonarte hasta que nació tu hija.

Fue como si se me rompiera el alma, como despertar de una pesadilla. Sólo amigos como Manuel de Falla me aliviaban de tanta humillación en los ensayos con tu amante.

Me fui sin pedirte nada. Sobreviví sin ti, sin mis derechos de autora. Sola, pero libre para empezar mi etapa de activista. Cayó mi máscara de mujer sumisa.

Colaboraba en asociaciones femeninas, pero no me llenaban. Acababan por ser elitistas.

Y el triunfo de la II República me abrió los ojos a otras perspectivas. Fundé La Cívica para ayudar a mujeres trabajadoras a despertar y a defender sus derechos. Fui la primera mujer diputada socialista por Granada en 1933.

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Cambié la escritura por la acción. Dicté conferencias, empujada por el deseo de tantos de extender la cultura. Del teatro y el magisterio pasé a la Universidad Femenina de Estudios Sociales, porque la mujer debe ser electora y gobernadora y también debe aprender economía. Y por ello di clases de economía política.

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Era tiempo de esperanza, pero lo peor acechaba.

Nunca entenderé el viento terrible de la guerra que segó mis sueños. Me recuerdo ahora, refugiada en casa de mi doncella en Francia, con mi casa requisada por los nazis. Sola, casi ciega por catarata doble, sin dinero, sin noticias. ¿Dónde estabas entonces? Me dijeron que en Argentina.

Pasé las dos guerras entre Bélgica y Suiza. Nunca volví. Y tú dejaste de enviar dinero. Pero nunca dejé de escribirte.

Supe de tu muerte en Suiza. No escribía, estaba casi ciega. Triste y a punto de arrojar la toalla.

Pero me levanté de nuevo. Supe que debía volar, vendí la casa y me fui a Nueva York. Escribía guiones, artículos, traducía. Mi formación empezaba a dar sus frutos. La libertad me había costado demasiado, pero no me arrepentía.

Y sí, Gregorio, volvieron a engañarme. Entregué a Disney un guión que me rechazaron y más tarde lo reconocí en la famosa película La dama y el vagabundo.

No pude evitar pensar que esta traición era mezquina.

Ahora vivo en Buenos Aires y he pasado los últimos años ordenando mis recuerdos.

Al recorrer las horas pasadas, siento rabia contra mí misma por las muchísimas horas que he desperdiciado en sufrir por amor. Ahora que lo veo a la clara luz de la ancianidad, creo que no valía la pena.

Mi mayor tortura al escribir ha sido procurar hacerlo sin claudicaciones y, al mismo tiempo, sin comprometer a quien más quería en el mundo, que es el que había de firmarlo.

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Anciana y sola, me veo obligada a reclamar la maternidad de mis obras para cobrar derechos.

Nunca he buscado la gloria. Para mí, el encanto está en producir. La exhibición personal me molesta.

Hay ya investigadoras que escriben sobre mí, me llaman, me entrevistan. Soy ya María Lejárraga aunque firmé alguna obra con tus apellidos. En mi memoria, nuestra colaboración seguirá viva.

He sido amiga entrañable de hombres difíciles y débiles como Juan Ramón y Falla, he mantenido viva la idea que tú leíste aquel día en el Eslava.

Yo curaba, con mi fuerza y mi optimismo, sus melancolías. No era una mujer era un amigo, decían. También a ellos los salvaba.

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Logré el capital cultural que me ha permitido defender a las mujeres sojuzgadas. Poco importa el camino, si se llega a la meta buscada.

Nunca te traicioné, sólo me produce nostalgia recordarte y recordarme. Fui libre porque nunca tuve alma de esclava. Quizá tú sí necesitaste siempre mi apoyo. No hubieras sobrevivido sin él, y te quería demasiado para abandonarte a tu suerte. Yo sí he gobernado mi vida.

Ahora eres mi sombra, y a ti dedico mi último libro. Esa sombra que acaso ha venido, como tantas veces cuando tenía cuerpo y ojos, a mirar por encima de mi hombro lo que yo escribía.

 

 

Este texto se publicó, traducido al valenciano, en el libro Silenciades, editado en 2016 por el CEIC Alfons el Vell.

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