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Despertar

18/12/2016

 

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Tras el vivir y el soñar,

 está lo que más importa:

                                                           despertar.                             

                            A. Machado

Diciembre había llegado con lluvia. Ni siquiera la consolaba el sonido fiel de las gotas contra el cristal de la ventana. Siempre la había relajado acurrucarse en su sillón favorito, frente al balcón, con un libro en la mano y el ruido de fondo del agua al caer.

Pero esa tarde  se movía inquieta. El sonido de sus pensamientos lo llenaba todo y no lograba entrar en el mundo cómplice y acogedor  que siempre había sido para ella la lectura.

Cerró los ojos e intentó tranquilizarse. Aún no estaba todo perdido. No había nada cierto. El contrato era todavía posible.

Hacía ya  años que vivía sola en aquella ciudad. Era libre y se sentía segura en el piso largamente soñado.

Aún recuerda el portazo que siguió a la última discusión con su madre. Ella nunca había aceptado su libertad. Cerrada en su egoísmo, siempre buscaba excusas para mantenerla en casa.

Fue difícil romper con todo. Empezar sola, en un lugar nuevo, sin nadie a su lado, apenas acabada la carrera que le permitía ser libre.

Después, todo había ido encajándose como un mecanismo perfecto. Su vida era ahora un espacio pleno en el que sus alas se desplegaban sin obstáculos. Estaba en la cumbre del éxito y se sentía segura y  poderosa.

Nunca cedió al chantaje emocional de los suyos. Y mucho menos en Navidad.

Atravesaba las calles adornadas con la sonrisa altiva de quien se considera a salvo de la mediocridad.

Alardeaba de estar por encima de sentimentalismos y fiestas familiares y huía siempre por esas fechas, cuando no intensificaba su trabajo, para demostrarse su valía frente a las debilidades de los otros.

Aquella mañana, había ido a recoger los resultados de la revisión rutinaria a la que la empresa sometía a todo su personal.

-No es nada alarmante -dijo el médico- pero es necesario repetir los análisis.

Luego vinieron las pruebas, las esperas, las sonrisas forzadas, el vacío y el miedo. Ese sentimiento del que siempre se había sentido tan alejada.

Su vida entera se tambaleaba, y sus seguridades se deshacían entre la duda y el vértigo de médicos y hospitales.

Ese día sabría por fin el veredicto. Se sentía como un reo a la espera de la sentencia.

Adornos, música y gente en la calle le dolían y le parecían crueles y extraños. Ya en la sala de espera, su corazón latía alocado. Apenas podía dominar el pánico.

Escuchó su nombre y sintió flaquear las piernas  pero avanzó segura, como siempre, hacia el despacho.

No fue necesario que hablara. La expresión del doctor era elocuente.

Buscó aterrada la silla y apenas pudo derrumbarse en ella…

***

El timbre agresivo y persistente del teléfono penetró en su mente y la sacó del sueño con violencia. El libro se le había caído de las manos y había dejado de llover. Ya era de noche y todo estaba oscuro. Sólo las luces de la calle iluminaban, tenuemente, la habitación.

Casi a tientas, aún aturdida, descolgó el auricular. La voz de su madre, tímida y amedrentada como cada Navidad, la devolvió al mundo real y a la vida.

Al contestar, su propia voz le sonó extrañamente alegre y viva:

-No, mamá, este año sí iré a cenar con vosotros.

Adivinó la cara de asombro de su madre al otro lado.

-El trabajo puede esperar. Llegaré mañana mismo. Compraremos juntas la cena.

Colgó, y una sonrisa nueva le iluminó la cara. Perder aquel jugoso contrato que le quitaba el sueño e iba a promover su ascenso no era, al fin y al cabo, tan importante.

Su secretaria la vio llegar radiante al día siguiente.

-Cancela mi reunión del martes y consígueme un billete de avión para mañana.

La cara de estupor de la chica le produjo un agradable cosquilleo en el estómago.

Imagen: Fotografía de Chema Madoz

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