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Belleza y muerte

05/12/2016

Presenciar la muerte pacífica de un ser humano recuerda una estrella fugaz antes de desaparecer para siempre en la noche interminable.

dice la psiquiatra Elisabeth Küller.

Pero no es ésta buena época para hablar de la muerte. Nuestra sociedad la evita y silencia cobardemente. No entiende que aceptar nuestra condición mortal es el modo de sentirnos libres y aprender a vivir sin miedo. Al sistema no le interesan personas con conciencia de su finitud. Todo debe ser predecible,  y la muerte no lo es aunque sea lo único seguro.

Hemos olvidado el protocolo del duelo y el consuelo al moribundo. Todo es aséptico, en modernos hospitales y tanatorios, sin humanidad.

La muerte persigue al ser humano que superó la animalidad y sufrió al comprender que era mortal. Esa conciencia de finitud lo hizo persona. Nada sería igual sin ese conocimiento que nos lleva a crear  inmortalidad, más allá del fin seguro, por medio de la Belleza y el Arte.

Y Arte es Lacrimosa dies illa, una hermosa y emocionante meditación sobre la finitud. Una de las partes más bellas y sublimes del Requiem de Mozart.

Según la leyenda, Mozart, obsesionado con la idea de la muerte desde la de su padre, debilitado por la fatiga y la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por una supuesta vinculación con la francmasonería en esa época de su vida e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer que éste era un mensajero del destino y que el réquiem que iba a componer sería para su propio funeral.

El Requiem se compuso por encargo de un conde frívolo, pero enamorado de su joven mujer muerta. Amor y Muerte provocan una vez más lo sublime. El compositor temía la muerte, pero buscaba con ansia la esperanza en sus creencias masónicas. Un moribundo escribe, pues, una obra maestra en memoria de una muerta inolvidable para un vivo.

Asistimos a la lucha con el dolor, las dudas, el miedo a la soledad, la ansiedad, pero también al consuelo, la compañía, la asistencia al moribundo y la delicada ayuda en el momento final de la agonía.

Todo un canto a la esperanza en el que la luz final (Lux Aeterna) es preludio de un nuevo nacimiento.

Cultura con mayúsculas es la que nos hace más libres enfrentándonos con  temas esenciales. Sea a través de la palabra, de la música o de la danza. Algo que trasciende las  batallas cotidianas de algunos, empeñados en apellidar  la cultura con adjetivos que sólo la empobrecen.

Pretender elevar el espíritu popular con cucharadas de cultura como el hígado de bacalao en mi infancia es un remedio insuficiente. La culturización debe ser una actitud seria, constante, desinteresada y total.

decía Miguel Delibes

Seria y desinteresada supone trascender ideologías y no vincularla al éxito personal, sino colectivo. Total, que sea ambiciosa y diversa sin ser vulgar ni superficial.

El pueblo, no el público, decía Lorca, puede sentirla sin conocer siquiera el alfabeto.

Un 5 de diciembre de 1791, murió en Viena Wolfgang Amadeus Mozart. El Réquiem en Re menor K.626, inacabado, fue finalizado por su discípulo F.X. Süssmayr.

Lacrimosa Dies Illa (coro) fue compuesto en los ocho primeros compases por Mozart. El resto, por Süssmayr.

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