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Criticar deleitando

12/09/2016

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En el Rey Lear de Shakespeare, el bufón es el único capaz de decirle la verdad al rey. Y el teatro, como ese bufón, es capaz de poner sobre el escenario lo que otros no se atreven a expresar.

Una pieza corta, con trazas de sainete costumbrista, puede denunciar el acoso dictatorial a la cultura en la ciudad. Y hacerlo con un lenguaje natural, cercano y aparentemente inofensivo que esconde dentro una bomba de relojería crítica no sólo con el poder. Porque, como decía Goldoni:

El arte oculta el estudio bajo apariencia de naturalidad.

Ya conocíamos a Àngels Moreno como experta narradora de novela negra, su pericia para dosificar sabiamente la intriga, para construir personajes redondos y creíbles, para elaborar diálogos alejados de lo libresco, frescos y naturales.

Ahora se nos muestra como una autora teatral madura, que maneja con soltura los resortes del género.

Cinco personajes en una habitación cerrada, dos espacios sin tiempo, pero actuales, y un clímax inteligentemente dosificado sumergen al espectador en una acción de intriga policiaca que esconde muchas sorpresas.

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La carta trobada es una pieza dividida en cinco escenas. La primera y la cuarta son las más extensas y marcan los hitos fundamentales de la trama. Presentan acción y personajes y perfilan motivos secundarios. La segunda se desarrolla en el espacio secundario y conecta con la quinta en su lenguaje exclusivamente musical y el cambio de escenario marcado por la iluminación. La tercera marca el desarrollo de la acción, profundiza en el personaje protagonista, ausente y omnipresente siempre, y desarrolla motivos cómico-críticos que enriquecen la trama principal.

El tema es un clásico: la protagonista ha desaparecido y se contrata a un detective para encontrarla.

Pero el interés radica en los motivos secundarios que lo enriquecen y amplían, que dirigen y hacen cómplice al espectador a través de claves reconocibles de su tiempo y espacio: la Gandia de 2014, gobernada por la mayoría absoluta del Partido Popular.

Desde la recurrente desestacionalización de la playa al tristemente famoso “coste cero” y las obras faraónicas, pasando por la polémica pueblo- ciudad ducal, las señas de identidad o la subida del IVA cultural.

Los personajes tipo simbolizan hasta en sus nombres los tópicos de la ciudad: Pixaví, Delicà, Flordegesmil.

La autora los perfila a través del vestuario, de las acotaciones gestuales y sobre todo del lenguaje, que dibuja perfectamente la eterna diglosia empobrecedora de la sociedad valenciana.

Pero es el personaje de Desapareguda quien reina en el escenario desde la escena primera hasta la última.

Durante toda la obra se mantiene el equívoco de su identidad: etérea, sensible, imprevisible, indefinible, imprescindible. Deseada y temida a partes iguales.

A su misterio contribuyen los dobles significados y juegos de palabras del resto de los personajes, que parecen conocerla y desconocerla a la vez para perplejidad del detective.

El espectador va encajando piezas entre frases costumbristas críticas con la diglosia pedestre de Delicà, los culturalismos del detective Colmes, que reproducen latiguillos reconocibles del mítico Holmes, y la pedantería pretenciosa y barroca del atildado Pixaví.

Atención aparte merece Flordegesmil: insolente, sincera hasta la crueldad y dispuesta a todo, que marca el contrapunto perfecto a la fragilidad cursi de Delicà. Sólo un habitante de Gandia puede entender del todo el guiño culturalista del duro enfrentamiento entre ambas, que remite a la más famosa leyenda de la ciudad.

Los diálogos son ágiles, dinámicos, casi veloces y no dan nunca ocasión al espectador de perder interés en la trama.

El tono es humorístico. No faltan recursos cómicos propios del sainete y la comedia que sirven para dosificar la intriga y marcar la intención crítica: salidas extemporáneas, errores de comprensión debidos a la ignorancia, sorpresas, apartes, equívocos. Ritmo ágil, actitudes cambiantes y ambigüedades.

El desenlace llega envuelto en referencias culturales que hacen encajar las piezas sueltas: una carta y un libro de Poe, La carta robada,  al que remite la paráfrasis que da título a la obra.

Àngels Moreno introduce ahora un tono nuevo, más serio, para lanzar una carga de profundidad crítica con conceptos culturales opuestos. No falta la denuncia de responsabilidades compartidas, pero domina la idea de la reconciliación en nombre de la unidad cultural.

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Natxo Francés

La magnífica interpretación que puso sobre el escenario el grupo Pluja, la música de Llevant Ensemble e Intrèpid Sould y la dirección de Ximo Vidal lograron levantar la palabra del libro sin traicionar el espíritu de la obra y hacerla humana para que gritara verdades, como afirmaba Lorca. Y los espectadores reían, mientras entre líneas leían verdades más cercanas al drama.

Según Brecht, el teatro debe hacer de cada espectador un crítico. Y, tras asistir a la representación de la obra de Àngels Moreno, se sale del teatro más convencido de que sólo desde una actitud de crítica activa avanzaremos.

Porque todo pueblo debe asumir su idiosincrasia con sus defectos y virtudes, con su historia y sus leyendas, con sus gritos y sus silencios. Reconocerse y estimarse para poder seguir adelante. Para poder construir un futuro que sólo será posible si se hace entre todos, sin enfrentamientos, sin  arrogancias, sin recelos ni patentes exclusivistas.

Sólo se hará si es en libertad, con respeto a la cultura y a la palabra. Porque ellas son el alma y el pensamiento de los pueblos.

Dice el crítico y escritor John Berger que el arte, a veces, es sólo cuestión de tacto. Y Àngels Moreno lo tiene, y mucho, en sus novelas y también en su teatro.

Sabe tocar sin hacer daño, con suavidad y firmeza, los resortes necesarios para criticar deleitando.

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Esta reseña se publicó en Revista de la Safor. Anuari CEIC Alfons el Vell (nº 7)

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