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Ni trenes, ni campos

24/07/2016

 

 

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Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan

como un escalofrío recorriendo el paisaje.

B. PRADO

 

No queremos admitir con indiferencia  imágenes inaceptables para una sociedad civilizada. Vallas, alambradas, ancianos, mujeres y niños abandonados, personas tratadas como ganado, ninguneadas, amontonadas, deshumanizadas, reducidas a números.

 

No queremos verlos ahora hacinados en campos militarizados, sin apenas comida, solos, sin ONG ni voluntarios independientes que alivien su dolor, sin saber cuál será su destino.

No queremos que su futuro esté en manos de un ser sin escrúpulos como Erdogan que, tras un oscuro golpe de estado, somete a su propio pueblo y que se salta todas las normas democráticas sin que Europa mueva un músculo.

No queremos que se les culpe del horror del Daesh cuando ellos lo han padecido a diario y huyen de él, poniendo en riesgo sus vidas.

No queremos que haya muertos de primera y de segunda. Ochenta muertos ayer a causa de un atentado terrorista en Kabul no han recibido el mismo tratamiento ni son objeto de la misma repulsa que las muertes de europeos a manos de un desequilibrado violento en Baviera.

Sobre todo no queremos que se permitan declaraciones ni manifestaciones que destilan odio y discriminación hacia los otros, que son los migrantes y los refugiados.

La ultraderecha revienta una manifestación pacífica contra atentados de Bruselas. Yves Herman / Reuters

No queremos, sobre todo, esos dos iconos del horror que recuerdan la vileza más sombría de la peor Europa: los trenes y los campos.

No queremos ser cómplices de esta vergüenza. Porque es necesaria una respuesta común y humana  que devuelva la dignidad a este viejo continente y atienda los derechos de las personas.

Lo dice maravillosamente Ernesto Sábato en su libro y a la vez testamento ideológico, Antes del fin:

Miles de personas, a pesar de las derrotas y los fracasos, continúan manifestándose, llenado las plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas partes hay señales de que la gente comienza a gritar: “¡Basta!”.

(…)

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:

“Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría, y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra”

 

 

 

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