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Entre divas y dinosaurias

13/07/2016

 

 

 

 

Cuando María, la amable dueña de esta entrañable librería, me propuso un día presentar a Marta Sanz, le confesé que no la conocía. Había oído hablar de ella, había leído sobre ella, pero no había leído su obra. Y pienso que eso es  conocer de verdad a una autora. Que fuera Premio Herralde, era para mí una garantía de calidad suficiente, pero lo que me decidió, sobre todo, fue que mi admirado Rafael Chirbes hablara bien de ella y de su literatura.

Conocí a Chirbes en esta misma librería hace ya muchos años, más de veinte, de la mano de su antigua propietaria.

Tampoco había oído hablar de él, y ella, Pepa, propició el encuentro y la conversación posterior a la presentación. Desde entonces, fue y será uno de mis referentes. Y nunca me defraudó.

Ahora sé que no era casualidad que ambos estuvieran fuera de los grandes circuitos.

No es extraño que Rafael Chirbes y Marta Sanz sean desconocidos por el gran público, hasta que su innegable calidad se impone al marketing.

Ambos escriben siempre a la contra. Desde una posición tan honesta como incómoda.

Desde una claridad y sentido de la responsabilidad que hace que sean temidos por un sistema al que radiografían sin piedad, poniéndolo ante el espejo y desvelando sus contradicciones.

A raíz de la muerte de Chirbes, Marta Sanz escribió un magnífico artículo sobre él en el que parece hablar de sí misma.

En él explica que el sistema ejerce una sutil forma de censura que actúa sin estridencias, a golpe de marketing, de difusión, de listas de éxito, de recomendaciones en periódicos de referencia, de alianzas editoriales.

Y puede condenar a la invisibilidad a quienes molesten, a quienes escriban a la contra de lo permitido. A quienes alteren la hermosa máscara de felicidad postiza y hagan visible, a través de sus grietas, el horror y la fealdad. No está bien alterar las aguas de una placidez tan impuesta como falsa.

Y así lo hizó con Rafael Chirbes, hasta que su calidad y su coherencia se impusieron y lo ha hecho con Marta Sanz y con tantos otros.

Porque ella también escribe a contracorriente.

La joven Marta fue catalogada por la crítica oficial como una de las pertenecientes a la nueva narrativa de la Transición.

Nada más lejos de la realidad. Esa nueva narrativa fue, según ella nos dice, el intento de reflejar un espejismo político y económico que todos aplaudieron y que significaba la entente cordial entre modernidad y neoliberalismo naciente. No era su caso.

Ella abomina de esa felicidad impuesta, postiza, obligatoria y falsa que vende el neoliberalismo. Y lo demuestra en su primera novela, El frío.

Tengo que confesar que la lectura de este libro me impactó en la misma medida que me sobrecogió. Su prosa es un ejercicio poético sorprendente, y su capacidad para hacer llegar el frío sentimental de los personajes es tan certera que duele.

También contra corriente escribió, en 2003, la novela de la crisis, Animales domésticos. Y allí estaba ya la precariedad laboral mientras triunfaba el pelotazo, la clase media menguante, la desigualdad creciente que tan bien conocemos ahora.

Pero este país iba bien por decreto, en palabras de un presidente con acento tejano y que hablaba catalán en la intimidad.

Se nos vendió que vivíamos en un bienestar, aparentemente al alcance de todos, en el que la riqueza era fácil y posible. Una fantasía virtual que nos ha costado muy cara. Pensar no estaba de moda. Nos entretenían con oropeles, y no parecía que se fomentara demasiado la reflexión. Porque pensar duele, produce arrugas, ralentiza las decisiones y nos amarga la vida.

Era la época de las oportunidades, de los emprendedores que hoy son emperdedores, de la acción individual, del líderazgo, del todo es posible que culpabiliza al que no logra triunfar. Porque es sólo su culpa, no la del sistema.

No querían una literatura de las que deja un nudo en el estómago y que obliga a mirar lo que no se quiere ver.

Chirbes la llamó entonces para agradecerle que comenzara su novela con un personaje obrero de botas sucias. Significativo.

Marta Sanz es de las que piensa que hay que escribir con los ojos abiertos al presente. Por eso ella vio antes que otros lo que ya estaba ahí. Porque se negó a cerrarlos y a ver lo que nos imponían. Eso fue lo que entendió y lo que le agradecía Rafael Chirbes.

Tampoco era cómoda su siguiente novela, Amor Fou, comprada dos veces y nunca publicada. La violencia policial y las torturas, ni se consideraban temas propios de mujeres escritoras, ni recomendables en esos años de tranquilidad y bonanza sin tacha. De nada servía que hubiera sido ya finalista del Nadal.

Curiosamente, la novela ha sido publicada por una editorial estadounidense en 2014.

Y es que la globalización neoliberal, y hay que subrayar el adjetivo, produce una cultura dirigida, cautiva del poder, que hace de los receptores clientes. Y ya se sabe que, en el mercado, el cliente siempre tiene razón.

Y el cliente pide productos vistosos, ligeros, de sofá, que evadan, que no molesten el estómago, que se digieran bien sin producir dispepsias molestas.

Pero Marta Sanz nunca ha cedido. Apuesta fuerte porque tiene claro que hay que sacar a los lectores de su zona confortable, hay que zarandearlos, molestarlos, provocarlos, hacerlos pensar, saltar del asiento, removerlos hasta hacerlos enfadar. La sacudida puede hacerles empezar a ver una realidad  alternativa  a la que nos la pintan.

Su literatura no es de evasión, sino de inmersión. No es literatura de puro entretenimiento, sino de reflexión. De las que hacen abrir los ojos. Porque como afirma, citando a Alice Munro:

Andamos faltos de realidades.

Y hace falta ser valiente como lo es ella para escribir así, como también hace falta ser valiente para leerla. Y agradecido, tras haberlo hecho.

Hay que agradecerle que piense que el lector no es débil mental, sino inteligente y que por eso no le dé el producto digerido. Que deje que lo asimile, lo mastique, lo disfrute o lo sufra pero que piense y que se haga preguntas. Y que decida tras la lectura.

Para conseguirlo, usa el arma propia de la buena literatura: el lenguaje.

Porque no hay literatura sin cuidado del lenguaje, y precisamente el autor más comprometido es el que cuida la forma.

Porque la forma es también una decisión ideológica,

nos dice.

Y una se siente bien al escucharla. Porque ya echaba de menos que alguien lo dijera y, sobre todo, que alguien lo ejerciera.

La ideología explícita no sólo no debe entorpecer la belleza literaria sino que debe potenciarla, si de verdad se respeta el lenguaje y la literatura. Si se es honesto con la función literaria y no un mero artesano que vende palabras al peso.

El compromiso ético es inseparable del estético, ya lo decía Antonio Machado por boca de su heterónimo Juan de Mairena, y Marta Sanz añade también el compromiso político.

martasanz

En su libro de ensayo No tan incendiario, nos dice:

Me atrevo a proponer una manera de literatura política en la que revolución del lenguaje y lenguaje de la revolución no sean marbetes antagónicos: una literatura que se repiense, que vaya más allá de los moldes discursivos previsibles sin etiquetarse en el círculo concéntrico de la endoliteratura; una literatura política que hable del precio de las cosas, de los oficios, de todo aquello sobre lo que ya no nos paramos porque es ‘normal’.

Eso supone hablar del dinero, de la supervivencia, de las enfermedades, de la miseria, de lo que no vemos porque es tan normal como invisible en cierta literatura.

Y supone, también, dar la vuelta a significados pervertidos y manipulados por el poder.  Porque la cultura del neoliberalismo nos ha privatizado hasta las palabras, y con ellas, la realidad.

Devolverle su sentido a palabras como democracia, capitalismo, libertad, progresismo y sobre todo felicidad. Desenmascarar esa alienante promesa de felicidad bobalicona que emerge de la publicidad, para demostrarnos que está al alcance de todos los que se la merecen. Que son los que pueden comprarla, claro.

O a la palabra memoria, que este sistema ha comercializado y reducido también a bien de consumo. Cuando la memoria, nos dice la autora,

es una facultad que sirve para construir identidades y que no se puede separar de la memoria colectiva.

Esa memoria de palabras, de sensaciones, de contextos que ella tan bien utiliza en Lección de anatomía. Novela con la que, según Rafael Chirbes, se colocó en el escalón superior de la literatura.

Con esta valentía, que la lleva a ser consecuente consigo misma y con la literatura política dirigida a personas inteligentes que defiende, aborda narración, poesía, ensayo o crítica literaria.

Y su calidad la ha hecho merecedora de premios como el Tigre Juan, Cálamo y Ojo Crítico por su magnífica Daniela Astor y la caja negra, donde hace una lúcida crítica a la imagen de la mujer en la no tan inmaculada Transición. O el Vargas Llosa de Relatos. Ha sido finalista del Premio Nadal y semifinalista del Herralde. Hasta que por fin gana este último con la novela que hoy presentamos, Farándula, en 2015.

En este libro, parece encarnar en personajes vivos las ideas expresadas en su ensayo citado, No tan incendiario.

La novela es una metáfora descarnada de esta sociedad podrida, superficial y falsa a través del mundo del espectáculo. El protagonista es el mundo del teatro. Quizá porque es el que mejor representa las máscaras que ocultan la realidad, y sus actores son iconos, amados y odiados a partes iguales.

Pero podrían ser escritores, periodistas, artistas plásticos, cualquiera que viva y trabaje en el mundo de la cultura. Porque son trabajadores, no mitos etéreos y sufren más que nadie la precariedad. Con el agravante de que su apariencia se asocia con el glamur, y sus vidas están sometidas al escrutinio público.

Pero el teatro sólo es un pretexto. Los buenos escritores son los que tratan temas universales mirando a su presente. Y el mundo del teatro es, en Farándula, el calderoniano teatro del mundo. En la novela está nuestro presente casi en su totalidad.

Un presente de insatisfacción, de inseguridad y de interrogantes. Un mundo roñoso con una pátina falsa de brillo patético. Donde el glamur se agrieta y deja ver la triste piel del fracaso y la decadencia.

Como Valle-Inclán, Marta Sanz piensa que lo nuestro no es tragedia es más bien un esperpento. Y aplica los espejos deformantes a la realidad para poder entenderla, para poder satirizarla, para poder aplicar una mirada corrosiva sobre ella y así golpear la  conciencia del que lee. Y también para distanciarse, para ver desde arriba a sus personajes y juzgar sin contaminaciones sentimentales.

Porque Farándula no es una novela cómoda, es una novela desasosegante, gamberra, irreverente, entretenida, rica, compleja, inteligente.

Y, además, la autora no tiene la arrogancia de dar respuestas ni soluciones, sólo descubre las cartas y realiza un diagnóstico inmisericorde de lo que pasa y de lo que nos pasa, para que luego cada cual decida qué hacer.

Y así, reflexiona sobre la función social del arte y del artista, sobre los problemas que plantea la democratización de la opinión, sobre el miedo a la soledad, sobre la diferencia entre caridad y justicia, sobre la mezquindad y la generosidad, sobre lo antiguo y lo nuevo. O sobre la libertad y la esclavitud. Sobre la falsa libertad de internet que no parece una herramienta demasiado democrática.

También se habla del dinero y de la supervivencia, de las enfermedades, de la decrepitud y de las miserias de la vejez, de la tiranía de la imagen, de la anorexia.

Tantos y tantos temas, que forman un abigarrado universo en el que nos reconocemos y nos encontramos, zarandeados por la trama y agitados, sorprendidos, arrastrados por un lenguaje brillante, trabajado con inteligencia.

Reducir la novela a su línea argumental, la preparación de la adaptación al teatro  de la película Eva al desnudo, sería empobrecerla.

La trama casi desaparece tras el lenguaje y, a veces, parece sólo una excusa para sostener a los personajes. Porque el estilo aquí es una herramienta ideológica de altura.

Los diversos focos narrativos van cambiando como cambia el estilo, el punto de vista, los espacios y tiempos. Y el lector deambula de la mano de la autora por un mundo en descomposición que se parece mucho al que pisamos y padecemos cada día.

La literatura o es una aventura intrépida o no es,

nos dice Marta Sanz.

Y Farándula es intrépida y arriesgada porque no deja a nadie indiferente.

Intrépida, porque es de valientes provocar inquietud en nombre de la verdad y la honestidad.

Arriesgada, porque no es complaciente con nadie, ni con la izquierda caviar, ni con la derecha reaccionaria. Ni con lo viejo, ni con lo nuevo; ni con los mitos, ni con los fracasados;  ni con los prepotentes, ni con los inseguros.

Los actores-ciudadanía-nosotros son-somos peleles zarandeados por una sociedad enferma. La cultura y la comunicación agonizan. La literatura se cierra en sí misma. Todo es apariencia.

Como dice la diva Ana Urrutia,

farándula es una mezcla de faralaes y tarántula.

Y así se llaman las dos partes del cuerpo de la novela que preceden al lúcido epílogo de Valeria Falcón.

Tres actrices, representantes de tres generaciones, y dos actores son el quinteto protagonista. Pero hay un enjambre de personajes que se mueven alrededor y cuyas relaciones con ellos y con el mundo pretenden crear un universo total.

La vieja Urrutia estremece por su fuerza mental desde su fragilidad física, y su lúcido monólogo final deja frases memorables:

Hoy son las mentiras las que fingen ser verdaderas.

Nos están engañando. Nada se ha quedado viejo, sino que lo viejo es el hoy.

Su verde ojo de serpiente entreverada enfoca desde su cabeza flácida sobre las miserias del mundo.

Es el pasado que muere reprochando al mundo nuevo su liquidez, frente a la añoranza de lo que se considera  solidez de antaño.

Valeria, la mujer madura en la cuarentena, es la peor parada. El comienzo espléndido de la novela nos la presenta de modo brillante e inmisericorde atrapada en un Madrid, fotografiado con palabras por la autora, a través de los ojos de la mujer de nombre aéreo y aspecto anodino.

Una mujer atormentada, porque su sentido crítico sólo le sirve para producir infelicidad en quienes la rodean. Pero que aún mantiene la dignidad del trabajo bien hecho.

Atrapada sin remedio entre el pasado que admira y que la desprecia y el futuro que la arrincona, se compadece de sí misma tras la nueva máscara en la que se refugia al final de la novela:

Siempre me he tomado tan en serio…

Escribir no me libera. Escribo, es decir, me oculto. La escritura es un modo del ensimismamiento y la autocompasión.

Desde su exilio de palabras confiesa que estamos enterrados y hablamos en voz alta para no morirnos. Quizá escribir es poner una celosía para no ser enfocada por el ojo verde de la  Urrutia. Dolería demasiado.

La joven Natalia es la representante de las víctimas del éxito. Todo, hasta el pensamiento, lo sacrifica al triunfo: su cuerpo martirizado por la anorexia, su deseo de no pensar y no saber demasiado, su renuncia a vivir en aras del oropel. La díscola disimulada cree manejar a su antojo a quienes la rodean, sin saber que es una marioneta en manos de un perverso sistema. Triunfo a cambio de mucho.

La verdad y la autenticidad son imperfecciones. Aprender, dice, no siempre produce felicidad.

Entre divas y dinosaurias sabe instintivamente dónde está el camino. Y lo sigue sin reparar en nada. Se sacrifica en el altar de la fama.

Daniel Valls, personaje formado de retazos de personas reconocibles, estremece por sus contradicciones, su desolación que parece sincera, su fragilidad de macho ibérico, su inseguridad. Zarandeado por el rencor de clase de los troles, manejado, utilizado, comprado por el poder del dinero de la bróker filántropa, aún conserva algo que lo hace entrañable, quizá un rastro de dignidad.

No ocurre así con el cínico, desencantado con complejo de culpa, el segundón Lorenzo Lucas. Duelen sus actos, sus palabras desde la superioridad moral, su confusión de la caridad con la justicia. Pero como afirma en un momento de la novela, la dignidad sólo se pierde si no se cobra. Y entonces lo entendemos todo. Es otra máscara. Un ancho de manga que aumenta a medida que se asciende en la escalera del éxito.

No cobrar es una mierda pintada de rosa,

como dice otro de los personajes.

La novela avanza a golpe de titulares cortos que reparten espacios, tiempos y personajes y que rompen el dramatismo con un lenguaje coloquial, frases hechas, paráfrasis de títulos de películas, metáforas, onomatopeyas, sinestesias, aldabonazos que a veces cierran cada secuencia, con un tono circular que golpea al lector.

Y es que esta novela es sobre todo el lenguaje en el que está escrita. Los magníficos monólogos interiores, los contrastes demoledores entre lo que un personaje piensa y las palabras que emite, las enumeraciones brillantes hasta en su longitud, como la definición de gente que ocupa nada menos que cuatro páginas. Difícil, sorprendente, arriesgada y muy pertinente enumeración. De las que hacen pensar.

Las metáforas, gráficas, brillantes, atentas a la lengua hablada, satíricas y demoledoras caen como chorro de sosa cáustica sobre la comodidad de la lectura.

La autora deshace frases hechas con una agudeza inusual. Concretiza sensaciones o localiza el bolo del mal entre la primera y segunda vértebras lumbares.

Leer este libro es disfrutar de la buena literatura. De la belleza de las palabras, de los quiebros audaces que golpean el significado manido, de encontrarse con la verdadera función estética, la de llamar la atención sobre cómo se dice lo que se cuenta.

Tras la lectura, nos quedan muchas preguntas. Hay que tener el coraje de vivir con ellas o intentar responderlas.

Preguntas como:

¿Se puede luchar desde dentro contra el sistema?

¿Cuál es la posición del trabajador de la cultura en el mundo actual?

¿Qué significa la cultura?

¿Qué libertad nos ha traído internet?

¿Puede un artista manifestar su compromiso?

¿La literatura política está reñida con la buena literatura?

¿Por qué se tolera una gala benéfica y se crucifica a quien firma un manifiesto?

¿Qué es el compromiso?

¿El héroe contemporáneo es el que calla y templa gaitas?

¿Hay autocensura por miedo al mercado?

Y tantas otras que no caben aquí…

Marta Sanz se define como persona de izquierdas y feminista. Lo demuestra en todas sus producciones sean narrativa, ensayo, poesía o crítica literaria. Ofrece en ellas un diagnóstico y plantea preguntas. Cuida su estilo porque lo considera honesto. Porque es su trabajo y tiene la obligación de hacerlo bien. Pese a quien pese y le cueste lo que le cueste. Porque cuidar el estilo ya es un compromiso.

No ofrece soluciones, pero defiende que la educación es el camino para reparar los daños culturales del neoliberalismo. Coincido totalmente con ella en eso.

Hasta que la educación no forme ciudadanos críticos, libres, capaces de pensar, de plantar cara a las manipulaciones, de quebrar máscaras, estaremos en manos del lenguaje del poder, de las mentiras que parecen verdades, de la sutil censura del dinero, del miedo a perder clientes.

Sin darnos cuenta de que estamos perdiendo nuestra dignidad, nuestra libertad y nuestro futuro porque lo dejamos en manos de nuestros verdugos, sólo por no mirar valientemente con los ojos abiertos.

El arte es político, como lo es todo en la vida. Desconfiemos de los que dicen no tener ideología. Porque ya están confesando la que tienen.

Son los que hacen de la política espectáculo y politizan la cultura desde cálculos partidistas. Así es más fácil hacer teatro en la realidad, y manipular desde las tablas.

También de eso se habla en Farándula. Faralaes y tarántula. Brillo y veneno. El teatro hoy es más político por el hecho de seguir siendo teatro.

Nunca agradeceré lo suficiente a María que me haya pedido hacer esta presentación que me ha hecho conocer con profundidad a una autora que desde ahora será, junto a Rafael Chirbes, otro de mis referentes. Para eso están las buenas libreras y las clásicas librerías, como la entrañable Ambra.

A Marta Sanz le agradezco haberme devuelto una literatura que ya creía perdida. Quizá porque no había abierto los ojos lo suficiente. Una literatura con la que se disfruta tanto como se piensa. Una literatura que entretiene a la vez que enseña.

Pido perdón por la extensión de estas palabras, pero es que el entusiasmo me ha llevado a ello. Hacía mucho que no disfrutaba tanto leyendo.

Y a ustedes, les recomiendo que,  si no la conocen ya,  no dejen de leerla. Nunca se arrepentirán.

 

 

Este texto fue leído en la presentación de Farándula, que tuvo lugar en la Librería Ambra de Gandia el 17 de mayo de 2016.

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