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La coherencia de la verdad

07/07/2016

 

Un día de los años ochenta del siglo pasado, en Barcelona, un joven estudiante desconocido toma el autobús para llevar un manuscrito de cuentos a dos editoriales de la ciudad. Se lo aceptan en ambas y ahí empieza su oficio de escritor. Siempre había escrito y desde entonces nunca ha dejado de hacerlo.

Se llama Ignacio Martínez de Pisón. Es zaragozano de nacimiento y alma. Hoy es barcelonés de adopción y tuvo siempre claro que su vida era escribir.

No había dudado en iniciar estudios de Filología italiana en Barcelona, tras acabar la de hispánica en Zaragoza, para dilatar su vida de estudiante. Y más tarde abandonó la docencia porque entendió no era lo suyo.

Confiesa que, en sus años en casa del abuelo materno, lo atrapó la lectura del Valle-Inclán de la trilogía de la guerra carlista, a la que vuelve siempre, y también los autores realistas que tanta influencia tendrían en él.

En su primera novela, La ternura del dragón, el protagonista niño también es un lector compulsivo. Porque la literatura puede proporcionar una salida a los estrechos límites del niño enfermo. En este su primer libro, la magia de la letra escrita lo empapa todo y logra vestir con colores nuevos una realidad gris y doliente llena de secretos.

Entrar a la casa de los abuelos era entrar a un mundo mágico.

dice el niño Miguel.

Es Martínez de Pisón un autor que crece con sus libros, a la vista del público, porque empezó muy joven en el oficio. Tenía sólo 22 años, y ya fue considerado una joven promesa de la literatura de los años ochenta del siglo XX. Una época de ilusiones y oportunidades que se han ido perdiendo, por desgracia, en estos años del siglo XXI.

La magia de los libros siempre lo ha guiado, como al niño de su primera novela. Primero la recibe como lector y luego la crea como escritor:

Los buenos novelistas, nos dice, son los que saben poner palabras a nuestras vidas, que parece que te hablan al oído y han escrito una novela para ti.

La realidad siempre es amarga y el ser humano necesita historias que ordenen el mundo y lo ayuden a soportarla. Esa humana necesidad de escuchar, que no es menor que la pasión por contar.

Y a eso se dedica el autor en todos sus relatos. Porque es un narrador nato y al relato ha dedicado todos sus esfuerzos. Sean novelas, cuentos o reportajes.

En las dos últimas décadas del siglo XX, sus novelas recorren un camino de aprendizaje vital en el que lo interno, la introspección, lo psicológico predominan sobre el entorno social. La literatura planea sobre la realidad para enmarcarla e interpretarla, y los sentimientos personales marcan las peripecias de los personajes.

Son personajes en formación. En el camino de reconocimiento que exige una mirada interior intensa.

Tras el niño protagonista de su primer libro y un paréntesis de relatos cortos juveniles, llega el adolescente atormentado, perplejo y desorientado de Carreteras secundarias. Un libro que rinde un sentido homenaje al Quijote. Donde los personajes son tratados con una piedad cervantina enternecedora, y donde el camino es la búsqueda incesante de algo que nunca llega.

La vuelta a los orígenes del final del libro permite, en un audaz quiebro, que el optimismo vital triunfe sobre el drama. Un libro que será película y que empieza a abrir el mundo interno al exterior, a través de un viaje de búsqueda de identidad no sólo del hijo, sino también del padre. Porque a veces los errores se redimen con sueños.

El aprendizaje  sigue en María Bonita y El tiempo de las mujeres donde el autor, en un más difícil todavía, se atreve con las figuras femeninas, aguanta el reto y sale victorioso.

En estas novelas desarrolla varios de sus temas recurrentes: el secreto, junto con la lucha entre la realidad y el ideal, y la pérdida del cálido refugio de la niñez para entrar en el mundo de la realidad adulta, que había esbozado ya en las anteriores.

Para ello, y quizá porque ha comprendido que la realidad no es una sino muchas, desarrolla la técnica del perspectivismo que ya había iniciado y que perfeccionará en novelas posteriores.

Porque, como afirma una de las protagonistas:

Las cosas casi nunca son como aparentan.

Y el novelista se esfuerza por mostrar una realidad compleja a varias voces, con perfiles diferentes que la enriquecen.

Completado el camino interior, es hora ya de abrir los ojos al mundo que lo sostiene. Para entenderlo y para entenderse, porque la literatura puede redimir al que la lee, pero también redime a quien la escribe.

Dice David Grossman que los libros son el único lugar en el mundo donde pueden coexistir las cosas y su pérdida. Y que escribir sobre la realidad es el medio más simple de no ser una víctima.

A la vez que los protagonistas de las novelas de Martínez de Pisón completan su formación sentimental, va ganado terreno la realidad que los sostiene: la situación sociopolítica, los espacios concretos, la Historia de la segunda mitad del siglo XX en la que estas historias transcurren.

Porque como afirma su admirada Natalia Ginzburg:

Para nuestra alegría personal o para nuestra desgracia, las contingencias de la realidad tienen una gran influencia en lo que escribimos.

Ya en el siglo XXI, Martínez de Pisón tiene claro que quiere conocer la verdad de su pasado para entender su presente. Como tantos otros escritores de su generación. Y lo hace con una apuesta valiente y arriesgada. Con un libro ensayo que no es novela sino una ordenación narrativa de hechos reales. Enterrar a los muertos es un libro magnífico en el que la realidad se impone a la ficción, en el que el autor investiga como un historiador y ordena los datos, guiado solamente por el deseo de averiguar la verdad.

Como él mismo confiesa, lo bueno de escribir sobre la verdad es que siempre es coherente.

La tremenda historia de José Robles, un traductor y amigo de John Dos Passos, al que la Guerra Civil cogió de vacaciones en España y que desapareció a manos de los servicios secretos soviéticos, atrapa al lector y lo informa por igual. Porque hay intriga, pasión y tragedia a raudales en una época triste, heroica y casi desconocida todavía hoy, en esta España amnésica.

El autor ya había tocado la historia en novelas consideradas juveniles, como Una guerra africana, que parece novelar su abandonada tesis doctoral sobre el mismo tema.

Pero, Enterrar a los muertos supone un antes y un después en su trayectoria. Cambia su manera de escribir y también la de ver la realidad.

Su pasión por contar sigue poniendo el foco en lo que él llama las notas a pie de página de la Historia que son las vidas concretas de sus personajes, pero el marco social se agranda y llega a ser en algún libro un personaje más. La intrahistoria se funde con la Historia porque no puede existir la una sin la otra. Porque para escribir sobre la realidad es necesario conocer sus raíces.

Y por eso, también bucea en el género del reportaje con Las palabras justas sobre episodios negros de la Guerra Civil y hace una antología de relatos de la misma en Partes de guerra.

Martínez de Pisón que en sus primeros libros hacía concesiones al suspense, la fantasía y el misterio, aunque siempre pretendió contar historias, se ha convertido en un autor realista de raza, seguidor de Tolstoi y Chejov, admirador de tres mujeres maestras en relatar lo cotidiano, lo aparentemente nimio y que sin embargo es lo que mueve el mundo: la ya citada Natalia Ginzburg, la huidiza, enigmática y genial Anne Tyler y la discreta y sorprendente Premio Nobel, Alice Munro.

Como ellas, el autor se confiesa un narrador de la clase media:

La vida, nos dice, está hecha por gente de clase media para gente de clase media. Como la democracia y como los Derechos Humanos.

Y como la misma novela realista que creció al calor de la burguesía.

Esa clase media es la de sus familias. Porque la familia es su protagonista preferido. Un tema universal, dice, y también muy rentable novelísticamente. Son familias infelices porque como afirmaba Tolstoi cada una lo es a su modo, y en las familias los agravios nunca prescriben. Quizá no haya familias felices. Al menos no  son demasiado literarias.

El ámbito familiar le permite tratar generaciones enteras a través del tiempo, cambios de tiempo y espacio, el pasado, el presente y el futuro en escenarios diferentes. Los personajes evolucionan, empujados por las circunstancias externas, en lucha con ellas o aceptando resignados su destino.

Asuntos menores en apariencia le permiten tratar la memoria, las emociones, los rencores, los miedos, la vuelta al origen, las contradicciones personales paralelas a las contradicciones sociopolíticas.

Sus dos últimos libros hasta hoy, El día de mañana y La buena reputación, son libros maduros en los que muestra una pericia de estilo que corre paralela a su capacidad narrativa.

En el primero aborda una siniestra figura, protagonista omnipresente y ausente a la vez, que conocemos a través del testimonio coral de doce personajes. En la segunda, una novela río al modo del mejor realismo, hay cinco novelas en una, en un hábil ejercicio de perpectivismo que ya domina con soltura.

No por casualidad, El día de mañana ha recibido tres prestigiosos premios, uno el de la Crítica, y fue finalista del Libro Europeo en 2011.

Y La buena reputación ha sido merecidamente Premio Nacional de Narrativa en 2015. Y también, Premio Libro del Año.

Desde 1984 hasta hoy Martínez de Pisón ha publicado 19 libros. Uno cada dos años de media, algunos años dos, cuentos y novela. Ha recibido catorce prestigiosos premios, pero quizá el mejor de ellos es la fidelidad de sus lectores.

Está claro que aquella vocación de su juventud no era un espejismo. Está claro que es un autor de oficio, que trabaja sus libros con método. Que se documenta, que no deja nada al azar, que ha madurado, evolucionado, arriesgado, innovado.

Su estilo es tan cuidado que ni se nota, nunca la escritura oscurece la trama. Nunca la retórica impide la magia de la comunicación.

Esa transparencia se agradece, porque demuestra que es un narrador puro, de los que atrapan con la palabra sin artificio, con los sentimientos desnudos sin red, porque como nos dice, si se ven los hilos de la trama, la historia se cae.

En sus novelas eso no ocurre nunca. Seducen desde la primera página y envuelven al lector en una atmósfera cálida y cercana en la que se encuentra, se asombra, sufre, duda y se identifica con personajes vivos de carne y hueso, no con clichés literarios. Perdedores que sobreviven a pesar de todo, incluso transgrediendo sus ideales. Personajes conflictivos a los que nunca se condena porque siempre guardan un destello de luz en su oscura conducta. Que se redimen por el amor o por la culpa.

La ternura del autor y su compasión por ellos es infinita y contagia al lector. No hay juicios, ni maniqueísmo, ni condenas. Sólo comprensión por el ser humano. Un ser contradictorio, capaz de lo peor y de lo mejor, sorprendente y poliédrico como la vida misma.

Leer sus libros es experimentar, como dice Grossman, una aclaración interior, una comprensión lúcida de nuestra singularidad porque su literatura nos une al destino de otros seres humanos. Y en ellos nos reconocemos.

La actividad de nuestro autor no se para en la novela, el cuento o el reportaje porque también es guionista cinematográfico. Adaptó al cine su novela Carreteras Secundarias y este guión y el de Las 13 rosas fueron finalistas de los Goya. Es coautor con Trueba del guión de la película de animación Chico y Rita. Y ha hecho adaptaciones para el teatro.

También ha sido articulista y crítico literario en periódicos como ABC y El País y ahora lo es en La Vanguardia.

Es un placer y un privilegio tener hoy aquí a un escritor como Ignacio Martínez de Pisón.

Un hombre que decidió un día, en los años 80 del siglo pasado, dedicarse sólo a escribir y que para suerte de todos sus lectores lo ha conseguido.

 No sé si hoy, en 2016, el joven Martínez de Pisón lo habría logrado.

Quizá, para nuestra desgracia como lectores y también como personas, fuera uno de esos talentos desperdiciados, uno de esos jóvenes exiliados sobreviviendo como camarero en Londres.

Este texto fue leído el 18 de abril de 2016, en la conferencia inaugural de la Setmana del Llibre organizada por  Biblioteques Gandia .

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