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El olvido es robarle las llaves a la historia

28/06/2016

 

 

No es fácil presentar a un autor como Benjamín Prado. Es tan polifacético, tan prolífico y tan conocido, en España y fuera de ella, que podría parecer escaso o superfluo lo que de él dijera. Pero lo intentaremos.

Empezó a publicar poesía a los 25 años, pero su relación con la literatura se remonta a sus tiempos de estudiante adolescente. Un profesor, atento a sus capacidades literarias, le recomendó leer al Lorca de Poeta en Nueva York y al Alberti de Sobre los ángeles. Otro alumno hubiera desistido con obras tan difíciles, pero él no sólo las entendió, sino que las asimiló e hizo suyas para siempre.

La casualidad que, como dice Paul Auster, forma parte de la realidad  hizo que se encontrara con Rafael Alberti en un bar, que éste lo invitara, y que se fraguara una amistad literario-viajera de trece años que recogió en un libro de memorias de título precioso: A la sombra del ángel. Porque, si algo caracteriza a Prado, es su especial relación con títulos largos, originales, precisos, sugerentes y poéticos como el que hoy da título a su conferencia.

Prado es un poeta riguroso, trabajador de la palabra, con una base cultural sólida que le viene de sus lecturas exhaustivas. Porque, como decía Borges, se jacta no de lo que ha escrito sino de lo que ha leído. Un poeta musical que siempre trabaja con música y que empezó a escribir, confiesa, escuchando a Bob Dylan.

En 9 años, publicó cuatro poemarios en los que demostró tener ya voz propia. Una voz fraguada en el entrenamiento de escribir y en el oficio de leer. Porque siempre repite que la gimnasia de la literatura es la lectura. Palabras que suscribo.

Y su entrenamiento tuvo su recompensa. Su libro de poemas, Cobijo contra la tormenta, ganó el prestigioso premio Hiperión en 1995.

En los años 90, también se inicia en la narrativa con una obra que lo incluye en la generación de jóvenes novelistas urbanos. Raro, es su primera obra narrativa. La única de título corto, curiosamente. Es un libro a medio camino entre el relato corto y la novela, entre la música y la poesía. Y con él, inicia una etapa de cinco años de narrativa casi en exclusiva. Explora temas, formas, estructuras, géneros y logra también el Premio Andalucía de novela con la titulada Sólo el fuego.

La búsqueda de una voz propia, ahora como narrador, parece decantarse por la de la mirada a lo que lo rodea, a la realidad frente al intimismo. Y por la novela negra, de espías y aventuras en el género. De la metaficción del joven que escribía para sí mismo se abre a escribir para todo el mundo de la realidad que todos compartimos. Y se imponen temas como la huida, la memoria, el exilio y la nostalgia.

En Mala gente que camina explora el siniestro tema de los niños robados en el franquismo, en Operación Gladio las sombras de la no tan inmaculada Transición. Y en Ajuste de cuentas, la última hasta hoy, se adentra en la España del pelotazo, la corrupción y el descenso a los infiernos de muchos. Una novela política y comprometida envuelta en una trama de aventuras.

Benjamín Prado crea un alter ego como protagonista de sus relatos, Juan Urbano, homenaje al Juan Panadero de su admirado Alberti. Un profesor y escritor al modo de los investigadores de novela negra. Un perdedor con alma, que juega a ser cínico. Víctima de una realidad que lo zarandea sin piedad y de una moral que lo empuja al altruismo. Un personaje que define con acierto la situación que vivimos como una novela de Dickens escrita por Kafka.

Prado tiene el proyecto ambicioso de hacer una serie de diez novelas con Juan Urbano como protagonista. Una por cada mandamiento. Ya lleva tres. Todos esperamos que lo cumpla para entender un poco más el presente y el pasado que lo determinó.

Y es que la novela, decía Balzac y repite Vargas Llosa, es la historia privada de los países. Algo que señaló también Unamuno y a lo que llamó intrahistoria. La historia de las gentes sin historia, la de la vida diaria frente a la de los titulares de periódico. La de los que sufren la historia que otros hacen.

No crean que acaba aquí la obra de Benjamín Prado. Con el nuevo milenio, comienza a escribir ensayo. 7 formas de decir manzana es un delicioso libro sobre la poesía que recomiendo a profesores y a aprendices de poeta. Los nombres de Antígona un emocionante y hermoso retrato de cinco escritoras que logró el premio de ensayo Ortega y Gasset.

En Romper una canción recoge su experiencia como letrista con Sabina del disco Vinagre y rosas

Puede parecer que en estos años ha olvidado la poesía. Pero no, también hay en el nuevo milenio cuatro antologías, dos libros nuevos y más premios. Recibe el Internacional Ciudad de Melilla a una colección de poesía y también el Premio Generación del 27, en 2005,  por  Marea humana.

Y aún tiene tiempo para explorar el aforismo. Género a medio camino entre poesía y filosofía y al que dedica tres libros, en los tres  últimos años: Pura lógica, Doble fondo, Más que palabras… En los que sigue demostrando su pericia para los títulos.

En ellos trata temas diversos como literatura, política, o los universales del sentimiento de Machado. Porque el aforismo lo admite todo, siempre que sea inteligente y huya de los tópicos.

También se inicia en el relato corto. En 2003 escribió Jamás saldré vivo de este mundo. Un curioso libro coral con artistas invitados, al modo de las estrellas de rock, como Marsé, Javier Marías o Almudena Grandes y en el que se incluye el titulado Las banderas son para los idiotas, muy pertinente hoy. La vida y sus paradojas imprevisibles es el núcleo de todos los relatos.

El segundo libro de relato corto lo publica, en un más difícil todavía, a la vez que su última novela e incluye en él lo que no puede narrar Juan Urbano en Ajuste de Cuentas. Es una catarsis de las contradicciones internas del autor personaje y una manera de desfogarse de las ataduras del relato largo. Se titula gráficamente, como no podía ser menos, Qué escondes en la mano.

Pero no hemos terminado. Ya les advertí de que era prolífico e imprevisible, a la par de trabajador incansable.

Ha dirigido durante cinco años la prestigiosa revista Cuadernos Hispanoamericanos y fue apartado de ella en 2012 por motivos políticos, vestidos de las excusas de siempre.

Ha colaborado con músicos como Coque Malla y Joaquín Sabina o con el grupo Pereza, porque siempre, creo, añora la música y el escenario donde canta, lee, habla y toca la guitarra o la armónica. Siempre a medio camino entre concierto y recital.

Ha sido también articulista de Diario 16 y El País y ahora lo es de Infolibre. Colabora en el programa La Ventana de la cadena SER con Carlos Francino, donde hace una excelente labor de animador a la lectura y a la escritura, y no olvida su relación con la música.

Es un activo usuario de las redes sociales, Facebook, Twitter, y también tiene un blog…

Supongo que olvido muchas cosas porque como él dice, las personas que leen no tienen límites. Y él lee mucho.

Ya hemos tenido el placer de escucharlo leyendo poesía en dos ediciones del Poefesta olivense y me consta que tiene seguidoras incondicionales en la radio.

Hoy, tiene la amabilidad de acompañarnos para hablarnos de relatos, de historias de libertad de expresión y de límites de la palabra en este I Memorial Marcel·lí Pérez dedicado precisamente a eso: a rescatar la memoria de las garras de quienes no quieren que se cuente. De aquellos que amordazan la libertad porque la temen.

Porque, como dice Benjamín Prado en uno de sus versos:

“El olvido es robarle las llaves a la historia”

Y esta ciudad quiere, en lo posible, que se abran puertas y ventanas del pasado para entender el presente y reparar tanto olvido injusto de aquellos que lucharon por la libertad de expresión y por la dignidad del ser humano. De aquellos que dieron su vida por la libertad, la justicia y los derechos humanos. Aquellos que, con su lucha, permitieron que hoy seamos un poco más libres.

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Este texto fue leído, en las jornadas dedicadas en Gandia al I Memorial Marcel·lí Pérez, el 19 de enero de 2016.

 

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