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Tendrá que ser la ciudadanía

06/06/2016

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PETROS GIANNAKOURIS/AP

Moira (Lesbos) campo militar donde miles de refugiados esperan su expulsión

 

El infame acuerdo de la Unión Europea con Turquía sólo ha traído más dolor, como ya imaginábamos , y avisaban los expertos.

Las muertes no cesan en el Mediterráneo, más de 2.500 personas han muerto ahogadas en lo que va de año. Y sólo son las muertes certificadas sin contar los desaparecidos.

A la ilegalidad del pacto de la vergüenza, que ya han denunciado jueces griegos, se une la infamia de las represiones por parte de la policía macedonia de seres indefensos con gases lacrimógenos.

La desinformación, el abandono al que se somete a estos seres humanos produce tensiones, y la desesperación hace que se rebelen contra una situación que saben injusta.

La respuesta europea a la tragedia no es la legalidad ni la dotación de medios que permitan agilizar trámites y concederles el visado al que tienen derecho. Es la represión pura y dura.

@asociacionAyre

Parece que, como decía Ernesto Sábato:

La dignidad de la vida humana no estaba prevista en los planes de globalización.

Como no lo está, tampoco, cumplir la Declaración de Derechos Humanos, ni la Convención de Ginebra, ni la Declaración de Derechos del Niño. Todos ellos firmados por los países de la Unión Europea e incumplidos por ellos mismos de modo vergonzoso.

Se ha denunciado que más de 10.000 niños malviven solos. En peligro de caer en manos de mafias económicas y de trata de personas.

Se han abierto nuevas rutas, que son más peligrosas tras el cierre de fronteras en Grecia. Los refugiados huyen de la muerte y Europa les pone delante un muro, como afirma el Alto Comisionado de Naciones Unidas.

Si las aguas del Mediterráneo son la tumba de miles de refugiados y migrantes, su tormento sigue en los campos militarizados donde los niños nacen en cajas de cartón.

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La mal llamada “crisis de los refugiados” está demostrando la descomposición moral, jurídica y política de Europa.

¿Cómo nos recordarán dentro de unos años? ¿Qué pensarán de quienes los hacinaron en campos y los dejaron morir sin aplicarles las propias leyes firmadas por Europa?

¿Nos podrán perdonar?

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MILOS BICANSKI (GETTY IMAGES)

Agentes de la policía griega acompañan a un grupo de migrantes antes de ser devueltos a Turquía, desde la isla griega de Lesbos, el 4 de abril de 2016.

Quizá puedan darnos una pista las duras palabras de Primo Levi, un químico italiano de origen judío sefardí, que relató su día a día en el campo de Auswichtz.

Si esto es un hombre

Ustedes que viven seguros
en sus tibias casas,
Que encuentran al volver a la noche
la comida caliente y rostros amigables

Consideren si esto es un hombre:
trabaja en el fango,
no conoce paz,
lucha por medio pan,
muere por un sí o por un no.
Consideren si esto es una mujer:
sin pelo y sin nombre,
sin fuerza ya para recordar,
vacíos los ojos y frío el regazo,
como una rana de invierno.

Piensen que esto ocurrió.
Les encomiendo estas palabras.
Tallénlas en el corazón,
en casa o caminado por la calle,
acostándose, levantándose.
Repítanlas a sus hijos.

Si no, que sus casas se derrumben,
que la enfermedad los paralice,
que los hijos les vuelvan la cara.

Al menos, que esta infamia no se haga en nuestro nombre. No queremos ser cómplices de esta vergüenza. Porque es necesaria una respuesta común y solidaria que devuelva la dignidad a este viejo continente y atienda los derechos de las personas.

La ciudadanía debe recordárselo cada día  a sus gobernantes sordos y ciegos. Debe negar su apoyo en las urnas a quienes incumplen las leyes y cierran los ojos a la tragedia humanitaria más grave desde la segunda Guerra Mundial.

Tenía razón Eduardo Galeano, cuando reclamaba un nuevo artículo que añadir a la Declaración de Derechos Humanos, el derecho de soñar:

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

Al fin, decía Galeano, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

Y me permito añadir, y también lo que hacemos para cambiar las cosas.

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OZAN KOSE (AFP)

Activistas alemanes protestan en el puerto turco en Izmir, el 4 de abril de 2016.

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