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Desasosiego

29/02/2016

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.

GABRIEL CELAYA

El libro la llamaba desde los estantes. Había pasado mucho tiempo y ahí seguía.

Con las huellas del lápiz marcadas en sus páginas.  Vistas, leídas, releídas, acariciadas, dobladas una y otra vez.

Con las palabras, que habían golpeado su alma al leerlas, subrayadas. Resaltadas con rabia, con asombro, con miedo a veces…

Vivo, desde hace meses en una continua sensación de incompatibilidad profunda con las criaturas que me rodean…

confesaba el autor a un amigo en una carta.

El libro de Fernando Pessoa solía salir de su descanso y llamar su atención en épocas de desasosiego, rompiendo su silencio desde su refugio callado. En su lomo, la palabra inquietante parecía reflejar lo que tantas veces somos incapaces de expresar. Lo que sólo se siente, lo que anda por dentro de nosotros. Lo que se mueve por las ocultas galerías, como cantaba el poeta.

O quizá era al revés.  Y era su alma la que gritaba, y el libro quien respondía.

Es igual, ahí estaba, fiel y paciente como siempre. Sin pedir nada, dándolo todo, hasta la integridad de sus páginas ajadas por el uso.

Me pierdo si me encuentro, dudo si opino, no tengo si obtuve. Como si me pasease, duermo, pero estoy despierto. Como si durmiese, despierto, y no me pertenezco. La vida, al final es, en sí misma, un gran insomnio, y hay un aletargamiento lúcido en todo cuanto pensamos y hacemos.

Paradojas vitales que se acercan al misterio de lo que supone la existencia.

Una existencia agridulce, contradictoria, desasosegante. Pero siempre en marcha detrás de la belleza. Persiguiéndola en la literatura, si no es posible en la vida.

Ya que no podemos extraer belleza de la vida, busquemos al menos extraer belleza de no poder extraer belleza de la vida. Hagamos de nuestro fracaso una victoria, algo positivo y erguido…

(…)

Como todo soñador, siempre he sentido que mi oficio era crear (…) crear me ha coincidido siempre con soñar.

Soñar, crear, vivir, dudar, quizá sólo sea cuestión de perspectiva. Y también de no perder nunca la capacidad de levantarse.

La vida es la duda entre una exclamación y una interrogación.

El tiempo amarillea ya en las páginas del libro fiel, pero su mensaje permanece. Inmune al paso de los días.

Las palabras suenan ahora diferentes y remueven sentimientos nuevos.

Y volvió a recordar a Borges. Aquella cita que tantas veces usó en clase, ante la indiferencia de unos y la mirada atenta de otros:

Hay quien no puede imaginar un mundo sin pájaros… Yo no puedo imaginar un mundo sin libros.

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