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Recuperar las palabras

19/02/2016

 

 

 

La situación, tras semanas de negociaciones, espantadas, ofrecimientos trampa y declaraciones cruzadas es alentadora, pero también  difícil y frágil.

Están tan manchadas las palabras, se ha destrozado tanto el lenguaje y se han usado tan cruelmente los significados, que la mentira, el disfraz, la demonización y el insulto han dañado gravemente nuestro único instrumento de comunicación: la lengua. Hemos usado la palabra en vano y ese es el pecado que habremos de purgar en adelante.

Políticos y periodistas han mancillado un terreno sagrado y han desterrado la ironía, la argumentación y el juego dialéctico sustituyéndolos por la agresión y el espectáculo mediocre. Los políticos, por tácticas partidistas hacen teatro y juegan con nuestro futuro. Los periodistas, por prisa en lograr exclusivas o por sumisión al poder que los sostiene, enredan, especulan, aportan ruido en vez de informar.

Es hora ya de poner fin a este desatino que puede romper el delicado cristal de la esperanza. Todavía estamos a tiempo tras los últimos terribles meses.

El honor, dicen los japoneses, no reside en tomar la decisión correcta, sino en asumir las consecuencias de la incorrecta.

No es hora de reivindicaciones partidistas, sino de unión sin fisuras. Tampoco de reclamar botines en forma de sillones, sino de ser generosos. Un pacto será un bien de todos y para todos. El hoy es el resultado del ayer de muchos, teñido de recortes, de cesiones intolerables al dinero, de olvido de los débiles  y de errores, pero hay que superarlo para encarar el futuro. Comenzar un camino nuevo en el que el bien común sea la guía. Y para eso hay que hablar, pactar, ceder… Y hacerlo con palabras limpias, sin ases en la manga.

La dificultad radica en que “el rencor cubrió con su agua turbia las palabras”. Nos envenenó con la rígida firmeza en el error y la polémica interesada. “Imaginar un mundo puro parece ahora imposible”, como se quejaba el poeta.

Pero aún es posible sacudir el polvo del miedo y abrir las ventanas a la esperanza.

Quizá se debería callar un tiempo para permitir la negociación en calma, para dejar paso a los hechos evitando las especulaciones interesadas. Para impedir la intoxicación hasta del aire que respiramos.

El silencio, quizá, limpiaría los odios. Ayudaría a recuperar la razón por encima de las razones de las partes.

Mañana, dice el poeta Ángel González, es un mar hondo que hay que cruzar a nado.

Y tanto ruido ya cansa.

Nada es aún definitivo y el futuro se ha de hacer cada día con optimismo, pero también con sentido de la responsabilidad, desterrando las viejas mentiras y mimando las palabras.

Hay políticos que muestran gestos adustos, que son reflejo de su nerviosismo y de su miedo. Están aterrados frente a la posibilidad de que un pacto democrático los deje fuera del poder absoluto que han ejercido estos años. No dudan en agitar el fantasma del desastre, de la catástrofe. O ellos o el caos. Que significa en realidad: o mi sillón o nada.

Allá ellos. Las dudas y recelos de estos refractarios a la esperanza no tienen derecho a ensombrecernos esta posible primavera. La ciudadanía madura sabrá reclamarles su responsabilidad.

Como se la reclamará también a quienes, pudiendo hacer posible que no siga en el poder un gobierno corrupto, nos lleven a nuevas elecciones por su intransigencia y por un tacticismo intolerable que sólo persigue su interés. Quizá es significativo de su miedo a gobernar y a asumir responsabilidades. Porque es posible el cambio, y sólo de ellos depende, tras las elecciones últimas, un giro valiente a la izquierda.

La misión de D. Quijote es hoy clamar en el desierto, decía Unamuno. Pero el desierto oye, aunque no lo hagan las personas y un día se convertirá en una selva sonora y dará un cedro de paz gigantesco que cobijará a las personas de bien.

Como D. Quijote, mientras ellos pierden un tiempo precioso, seguiremos clamando por el diálogo, el acuerdo y la responsabilidad. Porque urge. Porque nos jugamos mucho.

 

Imagen 1: Collage digital de Danai Gkoni

Imágenes 2 y 3: Deborath Scott,  Balance, 2010; Magician, 2010

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