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Resistencia y esperanza

12/02/2016

 

 

“Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje”.

Yevgueni Yevtushenko

Repasó la prensa, como todos los días. Seguían los silencios, los ruidos distorsionantes, las manipulaciones, los falsos significados, las palabras privatizadas, las medias verdades peores que mentiras.

Buscó un oasis entre tanta infamia. Había algún destello de esperanza en proyectos periodísticos que ofrecían calidad. Proyectos valientes que navegaban, apenas sin aire en las velas, empujados por el viento de las pequeñas ayudas de los lectores comprometidos.

Pensó en tanto talento desperdiciado, en tanta explotación intolerable, en “empresarios” que esclavizan a sus trabajadores, en profesionales obligados al paro, empujados a sobrevivir casi con limosnas por su trabajo. Atrapados en la tela de araña de un neoliberalismo cruel que dicta las leyes de un mercado esclavista.

Recordó quejas de amigos, situaciones extremas de periodistas obligados a transgredir sus principios. A elegir entre la ética y la supervivencia.

Los vio saliendo a otros países, desesperados, agobiados, arrancados de su tierra. Los vio arrastrar su desaliento, cuando era imposible el cambio. Cuando aguantar la injusticia era el pan de cada día…

Notó que le faltaba el aire, pero volvió la vista a la estantería y se encontró el libro de Sábato. La resistencia, era su título. Está ajado, manoseado, acariciado, usado una y mil veces, como ocurre con los libros que se aman. Y en sus páginas, encontró las palabras que nombran esta infección letal que se extiende sin remedio y que arrasa la vergüenza, la decencia y la honradez:

¿Han notado que la gente ya no tiene vergüenza y, entonces, sucede que entremezclados con gente de bien uno se puede encontrar, con amplia sonrisa, a cualquier sujeto acusado de las peores corrupciones, como si nada? En otro tiempo su familia se hubiera enclaustrado, pero ahora todo es lo mismo y algunos programas de televisión lo solicitan y lo tratan como a un señor.

Y, mientras leía, repasaba mentalmente fotos recientes de políticos y políticas ufanos, orgullosos, prepotentes, paseando su descaro por platós de televisión, arrancando aplausos a un público dirigido por el realizador de turno. Recordaba programas que se visten de falsa progresía, y cadenas que presumen de libertad en manos de imperios empresariales al servicio de un poder que los sostiene… Programas y cadenas que hacen más daño si cabe, al convertir la política en un circo; las argumentaciones, en falsos debates sin argumentos; la batalla dialéctica, en esperpento. Y todo, bajo la engañosa patente de progresismo.

Escuchó a los corruptos dar lecciones de moral sin complejos, sin decencia, sin vergüenza. No hay nada como tener la moral supeditada al cinismo. 

Y pensó que, si nos cruzamos de brazos, seremos cómplices. “No podemos resignarnos”, sigue diciendo Sábato:

No debemos ser asesores de la corrupción. ¿Cómo vamos a poder educar a nuestros niños si en esta confusión ya no se sabe si la gente es conocida por héroe o por criminal? ¿Cuantos escándalos hemos presenciado y todo sigue igual, y nadie -con dinero- va preso? ¿Hasta dónde vamos a llegar?

Y , a medida que leía sus palabras, el aire volvía a sus pulmones, volvía  a respirar.

Porque uno no se atreve a respirar, a pensar, a resistir, cuando está solo. Pero sí puede hacerlo, si lo hace con los otros. Juntos somos más fuertes.

Cerró el libro y decidió salir a la plaza con los demás, a unir el latido de su corazón al de miles de corazones, como cantaba el poeta Aleixandre:

Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.

(…)

Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

Una vez más, la palabra había sanado su alma. Una vez más, comprobó que la literatura consuela del duro oficio de vivir.

La vergüenza seguía ausente, el periodismo cautivo, la honradez desaparecida, la esperanza escondida, las mentiras libres. Y los silencios ahogaban los gritos de rebeldía.

Pero sabía ya que es posible resistir y que es posible la esperanza. Se lo había recordado un brillante físico llamado Ernesto Sábato que lo dejó todo por la literatura. Un hombre comprometido que dedicó sus últimos años a denunciar las atrocidades de la dictadura argentina. Un ser humano que se hizo fuerte en su debilidad porque siempre lo guió la solidaridad y la justicia.

Imágenes: fotografías de Chema Madoz

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