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La historia terrible de una ejecución injusta

09/12/2015

 

Hace sólo unos días se cumplieron 40 años de la muerte del dictador Franco. Un personaje que provocó la Guerra Civil con su levantamiento contra la República y que no sólo causó miles de muertos en guerra, sino que estableció un régimen de terror y exterminio en la posguerra.

Franco decidió borrar toda huella de sus crímenes y obligó a las familias de los vencidos y fusilados a ocultar su tragedia.

Lo hizo con una labor sistemática de desaparición de documentos, de personas y también de memoria. El silencio era la pena impuesta a los familiares supervivientes de los asesinados.

Las familias soportaron 40 años de dictadura sin derechos, marcados de por vida por ser leales a sus ideas y condenados a un luto interior que prohibía toda manifestación externa de duelo por sus seres queridos. Y aún hoy se ven apartados y ofendidos por pedir justicia.

Fueron años de crímenes de una posguerra revanchista e ilegal que se saltó todas las leyes internacionales con el beneplácito de los países llamados democráticos. Una represión salvaje contra inocentes.

Los últimos meses de 1936 y los primeros de 1940 fueron años de auténtico genocidio. Ya no había guerra, había sólo exterminio del vencido. Sin garantías legales, sin defensa, sin posibilidad de hablar siquiera.

Mataban a los padres, separaban a las madres de sus hijos, porque psiquiatras como Vallejo-Nájera pensaban que lo que él llamaba “el gen rojo” había que exterminarlo desde la infancia.

Se ensañaron con el pueblo desvalido dejándolo exhausto, sin moral. Familias destruidas, centenares de miles de huérfanos, un país destrozado por la guerra, intelectuales e investigadores exiliados y un hambre permanente no sólo de libertad sino también de comida, en palabras del profesor Vicente Gabarda.

Todo era ilegal, irregular, caótico con tal de exterminar a los que eran acusados por la dictadura de rebelión militar. Cuando los únicos reos de conspiración militar, los únicos golpistas fueron Franco y sus seguidores que se levantaron contra el Gobierno legítimo de la República, provocaron una guerra civil y la ganaron ayudados por los fascismos de Italia y Alemania.

No se conformaron con eso. Había que exterminar a todos los que no pensaran como ellos, como decía Mola. Y los que no fueron fusilados fueron sometidos a un lavado de cerebro brutal para exterminarles la memoria y someterlos al silencio impuesto.

Hubo miles de fusilados anónimos, pero leer la historia en primera persona de uno de ellos llega hondo. Y este libro es el relato estremecedor de la injusticia que llevó a la muerte a un hombre inocente. Injusticia, vista desde el presente, 60 años después, por una hija sometida al olvido injusto, a la amputación del recuerdo de su padre, a la tortura de no saber algo a lo que tenía derecho.

Dice el novelista Paul Auster que el azar forma parte de la realidad y el azar es el causante principal de que hoy estemos aquí presentando el libro de Maruja Altabert.

Un día de hace varios meses, llegó a mi blog el mensaje de un desconocido. Me había visto hablar de un libro sobre el magisterio y había pensado que me interesaría saber de su padre. Un maestro republicano fusilado en el año 40 cuya historia había recuperado su hermana mayor y había editado la Universidad de Valencia.

A partir de ese día nos hemos visto, hemos hablado largamente de sus recuerdos y me he encontrado con una historia individual que es igual a la de otras muchas historias olvidadas que deberíamos recuperar.

Proceso a un maestro republicano es un diálogo apasionante entre el pasado y el presente.

Es la historia de una victoria. La victoria de la honestidad de un padre y del tesón de una hija. La de la verdad frente a la infamia, la de la memoria frente al olvido.

Porque hoy, gracias a la Ley de Memoria Histórica aprobada por un gobierno socialista, Vicente Altabert  Calatayud está plenamente rehabilitado y el Ministerio de Justicia ha reconocido que su condena fue ilegal e injusta.

Resolución Ministerio de Justicia

Como dice la frase de Whitman que encabeza el libro:

Oirás toda voz por ti mismo y serás tú quien la filtre con tu ser.

La hija habla por su padre para tantas hijas con padres fusilados injustamente.

Mari Cruz Altabert señala en el prólogo el proceso de elaboración de su obra y afirma :

La gente corriente pasamos por lo que nos toca vivir sin pararnos a pensar que pueda ser historia.

La Historia con mayúscula está hecha de historias de gente corriente y su memoria teje el hilo de los acontecimientos. Pero necesita un bastidor que la sostenga. Ese bastidor es la investigación rigurosa de los historiadores. Porque la memoria sola no basta, porque nos traiciona a veces, y muestra distorsionada la realidad que vivimos.

Por eso es tan interesante el método de la autora. Primero aporta los documentos, después los contrasta con sus recuerdos, señala contradicciones, ordena fechas, descubre equivocaciones o manipulaciones y ofrece al lector un fresco completo que construye con las piezas de un puzle que monta con una pericia admirable.

Ella misma confiesa que se siente detective buceando en los archivos, revisando carpetas, leyendo procesos.

La ayuda inestimable le viene primero de Carmen Agulló, investigadora incansable y rigurosa que fue la primera persona que le mostró datos que desconocía de su padre y la animó a investigar en su historia. También de Vicente Gabarda que la recibe en su despacho y le ofrece su ayuda y la de su libro sobre los fusilamientos en el País Valenciano y la del profesor Sanz que prologa la obra.

No falta un juez togado, joven y sensible que la ayuda a recuperar la carpeta del proceso de su padre. Y que la anima siempre a seguir.

Mari Cruz no se desanima nunca, no admite un no por respuesta y acude a congresos sobre la Guerra Civil, a clases de la Nau Gran, a todo lo que pueda ayudarla a caminar por la senda de la recuperación de la historia de su familia que también es la historia de la posguerra.

La vemos descubrir documentos inéditos con la letra pulcra y ordenada de su padre, leer aterrada los atestados y acusaciones de un juicio sumarísimo e irregular que le descubren la figura corrupta, asesina e irreconocible en la que habían convertido a su honrado padre las acusaciones falsas.

La vemos copiar a mano, letra a letra, el proceso pues no pudo hacer fotocopias.

Y aquí hay que señalar que su hermano, Antonio Altabert, representó un papel importantísimo en la edición del libro. Sin su labor de orfebre para recuperar los escritos de las notas de cárcel no habría sido posible. Y lo hizo en condiciones penosas usando medios electrónicos que domina a la perfección. Una labor callada, pero imprescindible.

Mari Cruz no habla en esta primera parte. Su silencio literario deja que el lector conozca primero la mentira de los acusadores para después reivindicar el honor del falsamente acusado. La historia terrible de una ejecución injusta.

 

IMG_0317Deja, después, que sea él mismo quien se defienda en un largo alegato que nunca llegó a su destino, La defensa imposible. En él “bebe su voz” a través de su añorada y pulcra letra, nos dice la hija emocionada. Sabe, por este escrito, de su dignidad y de su alto concepto del honor y empieza a intercalar recuerdos de su infancia al hilo de las palabras de su padre. La hermosa y triste despedida en el andén, los recuerdos de Benirredrà, los viajes a Aranjuez y a Alzira. Hasta que llegamos al fusilamiento y al silencio. No hay aquí recuerdos porque se guardan para el final del libro.

La autora transcribe después 29 fragmentos escritos en papel higiénico que conforman una especie de baraja y que su padre escribe días antes de morir, agotado, pero entero en su deseo de justicia. En ellos, repasa su vida y busca una salida que ya sabe imposible.

Están acompañados de notas emotivas de la hija que revive desde sus recuerdos los lugares citados por el padre, las personas buscadas desesperadamente como avales, los testigos traidores. Sus palabras añaden un color costumbrista y sentimental al tono documental del condenado.

Nadie lo defendió, todos callaron en aquel silencio impuesto que acabó con tantos inocentes. Si acaso alguno aprovechó para vengar ciertas rencillas.

Hasta hay una larga carta dirigida a Franco por el condenado a muerte, en la desesperación final.

Vicente Altabert era un maestro activo y comprometido. Defensor de la Escuela Nueva, heredera de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y de las técnicas de Freinet. Amante de la pedagogía alejada del memorismo, partidario de las salidas de la escuela para conocer el entorno. Comprometido en Jornadas de Magisterio y conferenciante en congresos pedagógicos.

Firme defensor de las escuelas rurales y de la implicación de la familia en la enseñanza. Luchador incansable por la prohibición del trabajo infantil que impedía asistir a la escuela.

Hay un largo apartado de documentos que lo prueban en el libro y que muestran el hombre culto, estudioso y comprometido en la normalidad republicana, reverso de la figura distorsionada que aparece en las perversas palabras de los acusadores de Falange y de los guardias civiles que le arrancaron confesiones a palos.

Ya en la parte final del libro, aparecen los escritos desde la cárcel.Carta 10

Están divididos en dos capítulos.

El primero, titulado Tras la cortina escrita, recoge las cartas enviadas desde el campo de concentración de Matagorda y la cárcel de Albaida.

En ellas rastreamos primero al militar Altabert confiado en la ley que cree que lo protege, en los vencedores que se dicen magnánimos y que lo engañan, en su proceder intachable que le impide temer nada. Un militar íntegro que se convierte luego en un hombre decepcionado y perplejo que sufre palizas inhumanas, obligado a confesar a palos, vapuleado, lanzado a la muerte por una maquinaria infernal. La apisonadora, como la llama Mari Cruz.

El segundo capítulo, Las mensajeras libres, recoge las notas que salían de la cárcel, escondidas en la ropa sucia, desde la celda 72 de la Modelo de Valencia. Papeles como alas de mariposa que volaban ocultas hacia sus seres queridos.

Hojas que nos muestran a un padre que piensa en su familia y envía cariñosas postales a sus hijos, sortijas hechas de fichas de dominó para su madre y esposa, pendentifs

Un preso que agoniza desesperado porque no recibe noticias de testigos que lo apoyen, que oculta las penurias de su cautiverio, que pide ropa, comida, calzado… Porque pasa hambre, frío y calor. Y sobre todo, soledad.

La hija sigue intercalando sus recuerdos que matizan o corrigen las palabras del padre, aporta citas de historiadores sobre la vida en la cárcel, critica los abandonos de los falsos amigos, pero los perdona como también hizo su padre.

Por ella sabemos que sus hermanos pequeños fueron a un Asilo, que pasaron necesidades, que vivían con sus abuelos o sus tíos, que no tenían dinero, que se lo ocultaban a su padre, que hacían lo que podían, pero el tiempo pasaba y nadie salía en su defensa.

La autora ya se atreve a juzgar con dureza lo que entonces no comprendía. Tiene ya el conocimiento necesario para hacerlo. Porque sin información no hay posibilidad de entender o de juzgar. Y se duele de que “la vida de un rojo valía entonces menos que la de una cucaracha”. Recuerda al abuelo que acudía diariamente a misa de seis, mientras el resto del día murmuraba improperios contra la injusticia que le había quitado a su hijo.

Puede ya criticar que la Iglesia prohibiera a sus sacerdotes avalar y abogar por los presos del franquismo. Y así entender que quizá hasta los amigos tuvieron las manos atadas para ayudar su padre.

Recuerda a una madre enferma que ni podía ganarse la vida fregando y a un padre ausente al que no conocería si no fuera por estas notas recuperadas. Notas que tuvo que buscar, porque antes de su investigación nadie se las había enseñado.

Por esa rabia interna de desconocer su historia, a la que tenía derecho, escribió el libro. Para rescatar la memoria y dejar testimonio de futuro.

Puede ya entender las prisas de su padre y cómo ellas quizá jugaron en su contra, los fusilamientos masivos, el luto de aquellos días de silencio.

Es a la vez aquella niña que cose costurones de ropa vieja y la mujer adulta que cose costurones en las cicatrices de la vida.

La vida está hecha de costurones,

nos dice.

Y termina con una hermosa e impactante reconstrucción desde el recuerdo de las horas terribles tras el fusilamiento de su padre.

Este libro demuestra que superar exige conocer y asumir. Que no se puede pasar página con las heridas abiertas y el olvido impuesto. En España no se ha cumplido con el duelo. Y eso es necesario para reparar el vacío. Asumir es necesario para superar. Es lo que hace Mari Cruz Altabert. Conocer, entender, asumir y superar para seguir adelante.

Ella recupera la dignidad de un padre, la honestidad de un maestro ejemplar, la lucha de un hombre valiente e íntegro. Un ser individual que puede ser símbolo de otros muchos.

Porque lo que sucedió fue terrible, y todavía hoy no se ha sabido ver o no se ha querido saber que aún no ha sido reparado.

Esta generación, que ya no debe tener miedo, les debe reconocimiento a estas personas por dignidad y por justicia.

En palabras de Almudena Grandes:

Aquellos a los que se nos falseó la historia y se nos hurtó conocer la verdad de un Golpe convertido en Cruzada somos nietos biológicos o adoptados de los que murieron por defender la legalidad.

 

Este texto se leyó en la presentación del libro, Proceso a un maestro republicano, el 26 de noviembre de 2015, en Gandia.

3 comentarios leave one →
  1. Arantxa permalink
    09/12/2015 12:35

    Sólo leer esta presentación me ha puesto la piel.de gallina. Acabó de encontrar el.regalo de navidad para Pep. ?sabes si esta ya a la venta en librerías habituales?. Un beso

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    • 09/12/2015 17:09

      Hola, Arantxa. El libro lo editó la Universidad de Valencia y en su tienda está a la venta. En cualquier otra librería supongo que te lo pedirán sin problemas.

      Sé por Pep que todo va genial. Me alegro muchísimo.

      Un abrazo y felices fiestas.

      Me gusta

  2. arantxa permalink
    09/12/2015 23:50

    Gracias, me pongo a la búsqueda. Un abrazo y feliz navidad igualmente¡¡¡¡

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