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L’aire absent. La madurez de un poeta

02/12/2015

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Decía recientemente un filósofo y guionista que las alas, que a los primeros pájaros  sólo les servían para protegerse del frío, luego les sirvieron para volar.

He recordado estas palabras al leer  L’aire absent, segundo poemario de José Manuel Prieto.

Su primer libro, L’ univers sense precipici, era una capa protectora del dolor y de la vida que empujaba. Este segundo es un libro de madurez y de vida con todo lo que ello conlleva de contradicción y unión de contrarios, de superación y de camino abierto.

De la promesa de poeta, a la certeza de que lo es. De la intuición de que aquello no era una casualidad, sino resultado de un don innato unido al trabajo duro del oficio de escribir, a la consolidación de una voz sólida y personal que ha echado a volar con aquellas alas que lo protegían del dolor del desamor.

Sus alas hoy son fuertes y le permiten despegar para contemplar desde arriba lo que fue su pasado. Para construir, sin nostalgias que lo lastren desde el presente, un futuro difícil pero esperanzador a pesar de todo.

Siempre me ha intrigado el porqué de la poesía. Es un género especial, el más cercano al sentimiento, el más arriesgado para el escritor, y también el más generoso. Porque abre las puertas a un alma que se ofrece entera y ayuda a otras a encontrar el camino de palabras que no siempre se tiene a mano.

Un novelista es bueno, si es capaz de contar una buena historia. Un poeta es bueno, si es capaz de nombrar el sentimiento. De hacerlo carne y sangre, de ponerlo sobre la mesa. Y eso es muy difícil. Pero José Manuel tiene ese raro don.

La poesía es un género minoritario, como todo lo importante, que no se vende a la mercadotecnia ni soporta ventas millonarias porque es

el único ángel vivo sobre la tierra, incontaminado y fuera de negocio

en palabras de José Luis Merino.

La poesía no es fácil. Como decía Lorca,

no quiere adeptos sino amantes. Pone ramas de zarzamora y erizos de cristal para que se hieran por su amor las manos que la buscan.

Y es que no es fácil enfrentarse a los universales del sentimiento, como los llamaba Machado: el dolor, la pérdida, la desesperanza, el amor o la muerte. Sólo los valientes son capaces de mirarlos a la cara, de frente. La poesía no salva, pero lo parece. Puede ordenar el sufrimiento y crear la sensación de consuelo. Todo dolor puede soportarse si hacemos una historia de él.

Y José Manuel Prieto construye sus poemarios como una historia. Un relato con introducción, nudo y desenlace en el que lo que sucede cala hondo, porque procede de lo hondo del alma.

Lo hizo en su primer libro y lo hace en este. Pero nada es igual en ambos.

El primero, era una historia de amor y desamor al estilo de los poetas de cancionero.

El protagonista se agarraba a las palabras para tejer un escudo protector con la sintaxis de los sentimientos. Construía un universo propio lleno de dudas pero abierto al futuro y dejaba en el aire una promesa de esperanza.

En este segundo, los viernes lentos de promesa se transforman en lunes de comienzo, los tatuajes de pasados dolorosos se conjuran con recuerdos de infancia que sirven para entender el mundo y para entenderse. Las palabras bucean en el pasado con ansias de crear un futuro.

El primero era un libro de aprendizaje vital, este es un libro maduro en el que el dolor ya no aturde, sino que se afronta. En el que el pasado ya no duele, sino que enseña. En el que la pérdida es un hito en el camino, no una frontera. En el que la nostalgia es un impulso, más que una rémora.

Hasta hay un prólogo clarificador y guía de lo que el lector encontrará en sus páginas. Un precioso poema en el que el poeta hace toda una declaración de principios: Era somni.

El poeta quiere entender, quiere aceptar los sueños de infancia sin perder la ilusión, al comprender lo que son los sueños. Sin perder el anhelo de construir con ellos un ser nuevo. El que es ahora. Porque madurar es eso: memoria de futuro hecha de aceptaciones de pasado.

El libro está dedicado a sus figuras protectoras femeninas. Y a quienes le ayudan a respirar cuando el aire falta. Cuando está ausente.

Las citas de poetas que lo encabezan nos dan pistas de por dónde irá el sentimiento. Desde el apoyo en el pasado que traslucen los versos de García Montero a las ganas de futuro de Martí i Pol, pasando por el canto a la esperanza de Machado:

Hoy es siempre todavía.

El joven poeta es capaz, ahora, de vivir con las preguntas. No gasta energías en buscar respuestas. Acepta dudas, regresos, avances y contradicciones como parte de la experiencia. Y está preparado para tejer un traje propio de palabras y afrontar el futuro sin nostalgias.

En la primera parte del poemario: La calor forastera, vuelve a sus tópicos poéticos: el tren, los viajes, el camino del recuerdo. Ese adversario y amigo a la vez del yo, y que siempre va con él como decía Machado. Sigue utilizando el vocabulario de lucha, de guerra contra la desesperanza y contra la nostalgia. Intentando comprender los ataques de la vida.

Están las cicatrices del combate, la memoria viva de los sentimientos, los abismos que siguen ahí agazapados, las primaveras amenazadas de invierno.

Pero también está la línea del recuerdo de la infancia que empieza a dibujar un paisaje nuevo. Paisaje que se teje frente al mar en largas tardes de verano. Al amparo de la literatura y de la esperanza. Viernes de libros protectores que ayudan a soportar la soledad.

Los destellos de luz del recuerdo dibujan el vestido floreado de la madre, las pérdidas, la herida de las ausencias…

Y esa luz es el hilo con el que tejerá un tiempo nuevo. Porque se crece a golpes de vida, y la vida no suele ponerlo fácil.

La tela aún es frágil y la rompe a veces el desgarro del recuerdo. El vacío, la resaca de afectos amenazan la reconstrucción. Pero el poeta sabe que siempre es bueno comenzar de nuevo. Y sigue llenando libretas de palabras en los andenes cotidianos, mientras la vida y las gentes siguen a su alrededor.

La frescura inocente del primer libro se convierte aquí en reflexión. El vocabulario se enriquece, se amplían los poemas y los versos se alargan y marcan el ritmo de la lucha interna. Parecen avanzar ahora a golpe de madurez. Y la reflexión obliga al poema largo, como obliga a violentar el lenguaje con paradojas audaces. Porque hay que unir contrarios para seguir avanzando. Cielos y abismos, nostalgias y esperanzas. Las palabras se ajustan al sentimiento en un vocabulario cuidado, culto, preciso.

En la segunda parte: Els dilluns per als dubtes, el poeta ya está preparado para abordar el viaje a la infancia con el bagaje necesario. Ese lugar donde fuimos felices contra todos los naufragios.

Me gusta especialmente esa vuelta a Marxuquera en los tres hermosos poemas titulados en inglés. Al jardín de atrás de una vida que se fue y que sin embargo perdura. Una vida reaprendida desde la madurez, entendida desde el paso del tiempo. Protectora y maestra del presente desde el pasado.

Bergsson, escritor islandés, traductor de Borges y Cervantes escribió un hermoso libro emocionante sobre la magia de la niñez.

En él hay referencias a sensaciones encontradas de una edad mágica y cruel. Referencias que están en la memoria de todos. Una infancia que nos abandona pronto y que nos acompaña siempre. Porque nos deja solos ante la vida adulta. Aunque siempre se mantenga en nuestra memoria.

La memoria de José Manuel está en el baúl de los juguetes, en el miedo a las tormentas y al ruido de la pólvora, en las figuras de los abuelos, en las fiestas, en las noches de luna, en las canciones, en las bicis, en las fotos del recuerdo.

Es un viaje sentimental precioso en el que todos nos sentimos retratados, porque no hay patria más personal y perdurable que la de la infancia. Son poemas largos, narrativos y a la vez líricos. Poemas de introspección en los que se baraja el presente y el pasado con una rara perfección y se analiza el hoy a la luz reveladora del ayer aceptado. Los monstruos infantiles y los de la vida adulta se mezclan y se vencen como se vence al tiempo que pasa inexorable y lento. La vida era entonces un traje limpio que no hacía daño.

No hay nostalgia, si acaso nostalgia de lo que está por construir con las raíces del ayer y la sabiduría de hoy.

Decía Saramago que vamos siempre con el niño que fuimos. Somos la suma de los tiempos que vivimos. La mayor parte de nuestras vivencias se relacionan con lo que sentimos en la infancia. Y José Manuel lo tiene muy claro.

El poeta se dispone ahora a afrontar el desenlace. Nadie dijo que vivir fuera fácil y nos dejan solos en medio del camino. Sin brújula ni señales que nos guíen.

El título de la tercera parte ya es una metáfora de lo que espera: La lenta agonía del peixos fora de aigua  conecta con el título del libro: L’aire absent.

Hay que seguir tejiendo el traje nuevo, hay que crear un universo propio tras el aprendizaje. Hay que aceptar que nada es fácil. Que nos faltará hasta el aire, pero que es posible viajar en los trenes de la esperanza. Trenes que llevan al lugar soñado en compañía de gentes que también sueñan. El poeta vuelve, como en el primer libro, a salir al mundo desde su ensimismamiento.

Porque hay que luchar contra la desmemoria, hay que aceptar el pasado y comprenderlo para construir el futuro.

No hay que temer al tiempo, ni a los recuerdos. La vida se aprende viviendo como se hace camino al andar, decía Machado. Nadie puede enseñárnosla.

Esta última parte es toda una declaración de intenciones. Declaración de no resignarse, de no parar nunca, de apartar la desesperanza y de pintar de colores el gris del desaliento.

El yo se abre al nosotros. Las respuestas esperan ser descubiertas. El tiempo, el campo de batalla y la espera, el arma de guerra. El amor, maestro y verdugo de su primer poemario, será el mejor aliado en la construcción del mundo nuevo. Un mundo tejido de paz, de fuerza y de sueños. Porque los héroes también existen.

Dice el poeta Carlos Marzal que el mejor antídoto contra las crisis y la pasividad es la poesía. Y Cervantes afirmaba que un año abundante en poesía suele serlo también en hambre. Si eso es así, podemos afirmar que vivimos tiempos en los que la poesía es más que necesaria. Para conjurar el hambre y la pasividad.

Porque el poeta no es un ángel que vive fuera del mundo. Es una persona empeñada en entender el mundo y entenderse. Y también en transformarlo a martillazos de palabras como pedía Brecht, aunque se deje la piel en el intento.

Los escritores pueden militar de muchas maneras, incluso presentándose en listas como es el caso. Porque comprometerse es transformar la realidad, sea con poesía o con política que también es un arte. Sólo si se hace bien, claro. Un arte vetado a los mediocres y arribistas.

El poeta no sólo tiene que soñar, también tiene que observar. Y para observar hay que pensar. Y para pensar hay que conocer y conocerse. Y si no gusta lo que se conoce, transformarlo.

La poesía inmuniza contra la decepción. Puede consolarnos de las averías de la historia en general y de nuestra historia en particular.

Permite corregir los desvaríos de la memoria, repararlos para que sirvan de apoyo en el desánimo, en palabras del poeta Caballero Bonald.

Y todo eso y más lo ha hecho José Manuel en su libro. Un libro de presente. Sin nostalgia, con madurez y valentía.

La joven promesa de L’univers sense precipici  es hoy una voz firme que se defiende como nadie en un mundo difícil al que ya no teme. Puede estar ausente el aire, pero el oficio de poeta no es para cobardes. Un poeta de verdad es un buscador incansable que se juega la piel en cada verso.

Sabe bien que es hora de caminar sin pausa. Que nadie nos dará las respuestas. Sabe bien que madurar es aprender a convivir con el dolor y superarlo. Que construir un mundo es lento y difícil pero que vale la pena.

Hay personas valientes que se comprometen y personas pacatas que se evaden. José Manuel es de las primeras.

Y no sólo en el terreno poético.

Este texto se leyó en la presentación del libro, L’aire absent, en Gandia, el 19 de noviembre de 2015

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