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No era eso

08/11/2015

Pero la vida ya te empuja

como un aullido interminable.

J. A. Goytisolo

Era una referencia imprescindible. Un buen día, aparecían a lo lejos las luces de colores y el círculo impresionante de la noria que veía desde su ventana.

Como las lluvias, el otoño y el comienzo de las clases, llegaba la Feria. Y abría un paréntesis de alegría en el recién iniciado curso.

Había ahorrado durante todo el verano para poder ir a las atracciones  con sus amigos.

Era la primera vez que iría solo. Y eso suponía que su niñez quedaba atrás.

Por fin podría subir a aquellos enormes monstruos que arrancaban gritos de pánico a gentes despavoridas, amarradas a ellos con cinturones de seguridad imposibles.

Podría incluso elegir la más peligrosa para presumir después ante su familia.

Sin embargo, tenía miedo. Un miedo difuso que permanecía agazapado en sus tripas y que no parecía querer disiparse.

Nunca había querido volar alto. Tampoco sentía interés por los riesgos.

No le gustaba sufrir de modo gratuito y tampoco entendía muy bien ese afán de demostrar no sé qué, con el “más peligroso todavía”,  que parecía ser el lema de las atracciones nuevas cada año.

En el fondo de su alma preadolescente aún añoraba los caballos de tiovivo, los coches de campana y hasta el algodón de azúcar.

Pero la vida lo empujaba y todos le repetían que ya no era un niño. Y él guardaba su miedo y sus sueños celosamente en secreto.

La vida y los mayores ahora dictaban que tocaba esa góndola giratoria de más de veinte metros de altura. Pero él no lo entendía y tampoco entendía que ese monstruo, suspendido en el vacío, marcara el final de su niñez.

Se levantó con un sabor metálico en la boca. Había quedado con sus amigos, en el final del paseo. Y apenas le quedaba una hora.

Desayunó rápido y se despidió de su madre. Escuchó distraído sus recomendaciones de siempre y salió a la calle con la sensación de que toda su vida dependía de su actitud ese día.

Llegó tan puntual que tuvo que esperarlos. No le importó.

Después, las bromas de siempre, los empujones, el gentío.

A lo lejos, la música estridente, las luces veladas por el sol, el ruido…

Su estómago era una bola dura que casi le hacía daño. Apenas escuchaba las voces de sus amigos y casi los pierde entre el gentío.

Ahí estaba. Enorme, amenazadora, girando a casi noventa kilómetros por hora. A una altura imposible.

No supo bien cómo sacó su billete, ni cómo se vio sentado entre la gente. Amarrado al monstruo con correas resistentes, se sintió morir de pronto.

No quería seguir, pero tampoco tuvo fuerzas para negarse.

Todo empezó a girar, y su vista se nubló de pronto. Nunca había soportado las alturas.

Así que ser mayor era eso. Dejarse llevar por el miedo, sin ver la realidad que giraba a velocidad de vértigo.

Tampoco fue muy consciente del final de su tortura. Tan siquiera sintió alivio.

Sus amigos gritaban, reían, se empujaban entre ellos, pero sus voces le llegaban lejanas. Un zumbido persistente en sus oídos las velaba. Tenía ganas de vomitar.

Se sobrepuso poco a poco y los siguió a duras penas. “Estás raro. No habrás pasado miedo, ¿verdad?

“¡Qué va! Sólo es el desayuno. Creo que me ha sentado mal.”

En casa, esperaban sentados ya a la mesa. Su madre lo miraba de un modo extraño.

Se refugió en el plato y comió deprisa, deseando terminar para encerrarse en su habitación.

“Así que hoy, por fin, has ido solo a la Feria” dijo su padre con orgullo.

“Sí. Y me he montado en la góndola giratoria. Veinte metros de alto.”

De reojo, vio de nuevo la extraña mirada en los ojos de su madre. Pero prefirió quedarse con el orgullo que leyó en los de su padre.

” Ya estás hecho todo un hombre”.

En su habitación, solo, maldijo su cobardía y aquella suficiencia distante que siempre veía en la mirada de su padre.

Así que era eso ser “todo un hombre”.

En su mente, se mezclaban de modo incomprensible los caballitos de tiovivo y la extraña mirada en los ojos de su madre.

No supo explicarse bien por qué, pero no se sintió aliviado. Ni orgulloso.

En su interior sólo notaba una profunda tristeza.

Imagen 3: Fotografia de Chema Madoz

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