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La tragedia de las personas refugiadas. La historia se repite

17/10/2015

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Un jueves como tantos de este otoño como otros, un grupo de personas acude al Palau Ducal de Gandia para reflexionar sobre la tragedia de las personas refugiadas.

Las convoca un grupo de gente, que nació en las redes sociales y que prepara una fiesta solidaria con objeto de ayudar a las familias de refugiados que llegarán a la ciudad. Su nombre #RefugiatsBenvingutsGandia

No son una ONG, ni un partido, ni una administración. Sólo gente que busca a más gente para ayudar a otra gente. La gente del sí, como la define una de sus componentes. Sí son un equipo, sí son un movimiento ciudadano.

La sala está abarrotada. En la mesa se sientan un historiador, un reportero de guerra de la desaparecida RTVV, un periodista que coordina los flujos de refugiados en frontera y dos personas refugiadas: Emir, bosnio afincado en la ciudad hace 24 años y Tatiana, ucraniana que apenas lleva en ella un mes.

Modera otro periodista local que ha tratado el tema, tras la conmoción producida por la triste foto del niño Aylan.

El moderador insiste, en su introducción, en clarificar conceptos como migrante y refugiado. Porque hay declaraciones interesadas que estigmatizan a los perseguidos y manipulan los miedos para ocultar que las personas que huyen de guerras están protegidas por leyes internacionales. Tienen derecho a pedir asilo y a gozar de él.

La ignorancia se cura con información y sin ésta no somos libres para opinar ni para juzgar.

Las palabras del historiador dibujan el desconcierto de un mundo sin rumbo. Inciden en la rapidez de los cambios de una sociedad líquida en palabras de Baumann, en el miedo como arma de sumisión, en las manipulaciones interesadas y en la creación de enemigos por parte del poder para que sirvan de chivo expiatorio.

Reclama acción frente a la resignación y diseña el mapa actual de las desigualdades atendiendo a sus raíces. Porque el presente no se comprende sin entender el pasado.

El mundo del siglo XXI está dividido en dos bloques irreconciliables, que ya no se llaman Oriente comunista y Occidente capitalista, sino Norte rico y Sur pobre. Y la sima entre ambos se ahonda cada día.

Siria es hoy un síntoma más de la enfermedad global de un mundo injusto en el que unos mueren de colesterol mientras otros lo hacen de hambre.

¿Hasta cuándo?

Y su pregunta se queda latiendo entre los muros de la hermosa Sala de la Armería del Palau Ducal.

El reportero de guerra desgrana, a continuación, sus recuerdos del conflicto de los Balcanes en los años 90.

Hace un emotivo retrato de la angustia, de los miedos, de las incertidumbres de un jovencísimo periodista en medio de un cruel conflicto.

Habla de víctimas reales, de heridas que sangran y duelen, de gentes como nosotros que mueren. De sentimientos, deseos y vidas rotas por la guerra.

En la pantalla se proyectan escenas de bombardeos, el sonido de las sirenas encoge el corazón de los asistentes. Nos traslada al pueblo de Petrinja, en Croacia. Es septiembre de 1991, y una estremecedora escena muestra las contradicciones de la guerra: suena música de Strauss, un vals a todo volumen, en medio de una pausa de la batalla. Música para conjurar el miedo a la muerte, mientras la cámara recorre un pueblo en ruinas, impactos de balas, destrucción, soldados que bailan…

Un documento impagable:

https://drive.google.com/file/d/0B1x7O1e-AOcZT3RqeS1nazZHZmM/view?pli=1

Y recuerdo, entonces, los versos de Miguel Hernández en la Guerra Civil española :

Cantando espero a la muerte

que hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

“Esto está ocurriendo ahora en cualquier pueblo de Siria”, nos advierte. “Y no es una película, es real. Y hay muertos. Muchos. A apenas dos horas de avión de esta sala”.

Más tarde, el periodista de apoyo en frontera nos explica la labor de Cruz Roja con los refugiados.

Hay que canalizar flujos de personas, evitar muertes de enfermos, dar apoyo a personas agotadas, curar sus heridas que no son sólo físicas, acompañarlos, atender la complicada logística de los campos de refugiados.

Seres humanos arrancados de su tierra. Varados en medio de la nada. Niños que crecen sin conocer más casa que una tienda de campaña. Condenados a huir, a esperar, a caminar sin saber dónde y cómo acabará su camino.

Entre policías, documentos en otra lengua, fronteras que se cierran. Policías que los tratan como números, no como seres humanos.

Sentados junto a los ponentes, están un hombre aún joven, que atiende con gesto atento y serio las exposiciones, y una mujer rubia que se esfuerza por comprender lo que escucha y calma sus nervios pasando las cuentas de un rosario hindú.

El hombre se llama Emir y tiene 45 años.

Recuerda cómo, cuando era un joven de 21 años, una noche cualquiera, su pueblo fue invadido y todo terminó para él y para su familia. Fueron separados y él encerrado en un campo de concentración donde recibió palizas, pasó hambre y vio morir a sus amigos. Cuenta, con voz rota, horrores inenarrables que presenció y que aún le llenan los ojos de lágrimas. Un rosario de crueldades y penalidades inimaginable.

Nada hay comparable a sentirte arrancado de tu tierra y de los tuyos y ser lanzado al vacío del horror. La esperanza de llegar a otro país no palía la incertidumbre del futuro, el dolor de los recuerdos.

Él tuvo la suerte de llegar a esta ciudad y encontrar voces amigas, una red de apoyo, un ayuntamiento que tejió redes de inserción. Que le dio a él y a sus compañeros cobijo y una vida nueva. Agradece una y mil veces poder tener trabajo, la nacionalidad española y una familia.

Tatiana es mucho más joven y huyó con su hijo de Ucrania. Sustituye a Irina que no ha podido asistir por razones de trabajo.

En su frágil castellano logró transmitirnos todo el dolor de la huida, la separación de los suyos, el miedo.

Era duro salir de su país pero no podía seguir allí. Estaba en peligro.

El pequeño, de apenas nueve años, miraba la sala a través de su tablet y escuchaba, serio, los testimonios.

De pronto, levantó su dedo y contó el bombardeo de su escuela. Su voz nítida, en un perfecto castellano, recorrió como un latigazo la sala. ¿Cómo puede asimilar un niño ese horror?

Y ya habían pasado más de dos horas. Y nadie se movía de las sillas. Y empezaron las preguntas. Porque la gente quiere saber más, desea conocer, y siempre pide información.

Se les preguntó si querían volver, y quiero quedarme con las palabras de Emir.

“Aquella guerra sólo sirvió para llenar los cementerios. No puedo volver a mi pueblo porque me duelen demasiado las preguntas de las madres de mis amigos muertos. Me duele el recuerdo de tantos cadáveres torturados” dijo acariciando el libro en el que está su pesadilla. Libro en el que aparecen las fotos de cientos de muertos y las imágenes de su siniestro campo de concentración.

“Hay muchos, demasiados muertos”, sentenció.

Y Tatiana asintió tras escucharlo:

“¿Para qué voy a volver? Mi pueblo ya no existe. Sólo quiero reunirme con mi familia.”

Más de dos horas duras, muy duras, en las que el alma se encogía con cada testimonio.

¿Qué serán días, meses, años de guerra, angustia, terror, persecución y horror para las personas civiles que sufren esta tragedia?

Y vuelvo a recordar a Miguel Hernández

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Que esta reflexión de una tarde de otoño no sea sólo un día, unas horas, una foto, un momento de sentimiento compartido.

Que sea una conciencia solidaria sostenida en el tiempo. Una conciencia clara de que todos los seres humanos tienen derecho a ser felices, a vivir sus vidas de manera plena, a soñar, a tener paz, a tener futuro.

Nadie tiene derecho a romper su esperanza, a arrebatarles su tierra, a arrojarlos al vacío de la desesperanza.

Nadie tiene derecho a negarles lo que es suyo: el asilo.

Cita40b

Porque no se trata sólo de humanidad, es la ley internacional la que los ampara.

Hay que cumplirla. Y, si no lo hacen nuestros gobernantes, tendremos que exigírselo cada día. Es urgente.

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