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La casa

03/08/2015

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Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

J. L. Borges

 

Paseó la oscura mirada distraída por la sala de espera. Estaba nerviosa. Las diferencias con su madre se iban acentuando con el tiempo. Como siempre, desde que era niña, se refugiaba en el cálido recuerdo de su abuela cuyo rostro se había ido perdiendo entre las nieblas del recuerdo. Además, el dentista la aterrorizaba. Cogió la revista para distraer sus pensamientos más que por un interés concreto. Hojeó sus páginas y se detuvo en las ofertas inmobiliarias.

De pronto la vio. Era la casa propiedad de sus tíos en el pueblo. Una casona recia y clásica, de dos pisos. Algo deteriorada, pero aún atractiva.

“No sabía que estuviera en venta”, se dijo. Recordó angustiada los pleitos familiares en los que se había visto envuelta sin quererlo. Los problemas de herencia, las conversaciones en voz baja, los secretos.

Nunca quiso saber la verdad porque intuía algo siniestro y no le gustaban los problemas. Sólo echaba de menos a su abuela a la que la unía un sólido lazo a pesar del tiempo transcurrido. ¡Cómo había desaparecido de su vida!

Su nombre resonó en la sala y se levantó rápida. La revista quedó abierta sobre el asiento floreado.

Daniel había decidido ir ese día al dentista porque había empezado a notar una molestia persistente en la boca. También estaba harto de visitar inmobiliarias. “Era lo que me faltaba”, pensó, “tengo sólo una semana para encontrar casa. María llega el lunes y le prometí que no habría problemas. Bastante tiene con el nuevo trabajo. La verdad es que está cansada y no puedo fallarle”. La huida de la gran ciudad los había dejado exhaustos.

Sólo había un asiento libre. Cogió la revista que le impedía sentarse y la miró distraído. Casi dio un salto. Aquella casa era perfecta. Un regalo. ¿Dónde había estado hasta ahora? ¿Cómo no la había visto?

Le dijo a la enfermera que volvería al día siguiente y voló a llamar al dueño. Quedaron en verse esa misma mañana.

Una mujer todavía joven, seria y nerviosa, se la enseñó sin ganas, casi con fastidio. “Me urge venderla. El precio es negociable. Los muebles van incluidos”.

El trato se cerró al día siguiente. A Daniel le pareció notar un cierto alivio en la dueña al firmar los documentos.

Cuando María llegó, la miró correr alocada por las habitaciones del piso alto, abrir ventanas, grifos, armarios… Sentarse en las mecedoras del patio bajo y gritar llena de alegría que hasta las plantas estaban cuidadas. Que era su sueño. “¿Cómo la has conseguido?”

***

Se levantaron temprano. Daniel debía solucionar asuntos en la ciudad y María decidió colocar sus cosas. Las cajas del traslado llegarían al día siguiente y sus maletas esperaban en el vestíbulo.

La encontró al abrir el cajón del armario para empezar a ordenar su ropa. La fotografía estaba allí como olvidada, pero parecía viva.

En ella, una mujer mayor, todavía hermosa, estaba sentada en una de las mecedoras del patio, entre las mismas plantas que ahora se veían desde el balcón. Su expresión era extraña. Transmitía una rara determinación llena de tristeza. Lo que más la atrajo fue la fuerza de sus ojos: grandes, negros, profundos… Parecían buscar a alguien al otro lado.

Le dio la vuelta buscando un nombre, una fecha… Algo que le permitiera encontrar a su propietario. Sólo vio una frase enigmática que despertó aún más su curiosidad.

La dejó sobre la mesita y siguió trabajando, pero no podía dejar de pensar en la misteriosa mujer. “Mañana llamaré a la dueña”.

 ***

El timbre la sobresaltó. No conocía aún su sonido. Bajó las escaleras corriendo y abrió la puerta.

El corazón le dio un salto cuando los ojos de la mujer de la fotografía la miraron desde un rostro joven, diferente, pero con un cierto aire familiar.

“Perdone, pero me he enterado de que han comprado la casa. Era de mis tíos y apenas la recuerdo de cuando era niña.

“Líos de familia. Mi abuela murió y nunca había sabido qué ocurrió en realidad. Ayer, tras ver el anuncio de la venta,  me atreví por fin a enfrentarme a mi madre. Me lo contó todo”.

Entraron hasta el patio y se sentaron en las mecedoras entre la fresca humedad de las macetas.

María escuchó fascinada la historia de una mujer de ojos negros y profundos que se atrevió a desafiar a su familia. Que rompió prejuicios y vivió su vida, aun a riesgo de perder a una de sus hijas.

“Precisamente mi madre, que era su favorita, fue la más intransigente. Nunca le perdonó que viviera libre tras la muerte de mi abuelo”.

La joven hablaba lentamente mientras se mecía en la silla y parecía tomar posesión de lo que la rodeaba.

“Siempre recuerdo a mi abuela meciéndome en sus brazos. Era mi refugio. Y lo que más me duele es que no logro ya recomponer sus rasgos, porque en mi familia hicieron desaparecer todos sus retratos. La casa siempre fue una fuente de problemas, cuando no de pleitos. Hace años que no puedo entrar en ella. Mi tía, al quedarse viuda debe haberse sentido aliviada con la venta. Han tenido ustedes suerte. Es una casa preciosa”.

 “Espere. Quiero que vea algo”. María se levantó presurosa y volvió con la fotografía en la mano. “Creo que le gustará tenerla. Apareció en el fondo de un cajón. Es como si la hubiera estado esperando”.

Tras leer en el reverso las enigmáticas palabras, sonrió con ternura y leyó en voz alta: Sólo una cosa no hay: es el olvido. Luego, miró agradecida a María. “Borges era su autor favorito.  Siempre he creído en las casualidades y en la fuerza del destino. Mi madre me lo ha reprochado a menudo.

“Anoche,  me confesó que también esto lo heredé de mi abuela”.

 La tensa expresión de la joven se había dulcificado de pronto.

“No sabe cómo necesitaba encontrar esta mirada”.

 Publicado en el libro La Safor. Una mirada particular

Imagen1: fotografía de Chema Madoz

 

2 comentarios leave one →
  1. ¿Anónimo? permalink
    25/09/2011 22:49

    Me encantan esas historias que no se pueden terminar, las que tienen un final borroso, emborronado por los ojos que se inundan. Dos relatos seguidos: La cartera y La casa. Ostras…

    Ayer un exprofesor (eso de tener que decir ex es terrible) con el que estaba hablando por teléfono en su programa de radio dijo que la imagen de la abuela aparece mucho en mis cuentos (me he dado cuenta de que es cierto, no me había fijado). Tal vez sea por eso. O porque mi abuelo era un cielo, lo recordarás de pocas veces pero creo que lo sabes. Pero me han conmovido. Especialmente estos dos. Gracias.

    Por cierto, un blog magnífico. ¡No puede una irse diez días a jugar a estar loca con un grupo de jóvenes soñadores! Intentaré engancharme, pero es usted muy rápida, no sé si podre.

    Un beso terrible

    Me gusta

    • 26/09/2011 10:00

      Gracias a ti por ser una lectora sensible e inteligente. También en mis relatos los abuelos son una parte importante. Y, sí, al tuyo lo recuerdo con mucho cariño.
      Un beso fuerte.
      P. D. Lo de ex en un profesor no creo que quepa. Sobre todo si se creía su trabajo. Sólo se cambia de medio…

      Me gusta

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