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Complicidad

02/08/2015

Me parece que la mañana (…)

ha entrado suavemente en mi vida

A. Gamoneda.

Siempre la veía sentarse sola, después del desayuno, con un libro en la mano. Era una anciana menuda y enérgica que no aparentaba los ochenta años que tenía.

Todavía recordaba su llegada a la residencia. Fue un invierno frío como pocos y las calles estaban blancas tras una nevada persistente. Paula observaba la calle desde la sala de enfermeras y sentía la misma nostalgia que otras veces. Otro año más. La Navidad. Los recuerdos…

Vio, a través de la ventana, el coche de lujo del que bajó un hombre maduro y elegante. Una mujer, con paso firme para su edad, caminaba a su lado. No se miraban. Era como si no quisieran que sus ojos se encontrasen.

Antes de llegar a la puerta, la anciana levantó la vista y su mirada se cruzó con la de Paula a través del cristal. Fue un segundo, pero no puede olvidarlo.

Todo sucedió después según el protocolo habitual. Tras el papeleo, dejó instalada a la mujer en su habitación. Al salir, no logró evitar observarla de reojo. Parecía serena, pero su labio inferior temblaba de modo imperceptible.

Se acercó a ella, tras observarla durante meses, un día de verano en el que la vio leyendo en el patio. “¡Qué casualidad! Estamos leyendo el mismo libro”.

Desde ese día, las conversaciones se hicieron cotidianas y encontró en esa mujer el apoyo que andaba buscando desde niña.

Su madre había muerto cuando ella apenas tenía ocho años. Aquella noche la despertó la voz alarmada de su padre hablando por teléfono. Al día siguiente, la llevaron a casa de sus tíos. Era Navidad y alguien le explicó que mamá estaba en el cielo.

Desde entonces, cuando la dejaban en la cama, se levantaba y hablaba con su madre a través de las estrellas que veía brillar en la oscuridad. Después, empezó a emborronar papeles con historias en las que le contaba sus miedos, sus sueños… ¡Cuánto la echaba de menos!

Decidió hacerse enfermera. Se sentía bien ayudando a los demás. Pero nunca abandonó la costumbre de escribir. Era como seguir hablando con su madre.

El trabajo en la residencia era cansado. Demasiado sufrimiento. Demasiada soledad.

Procuraba no implicarse demasiado en los afectos. Era una especie de defensa. No quería sufrir de nuevo al perder algo querido.

Pero aquella anciana era diferente. Se sentía atraída por sus ojos vivos,  su interés por la lectura, su palabra fácil, su experiencia. Cuando la escuchaba, sentía que el vacío que le dejó la muerte de su madre aquella Nochebuena se iba llenando poco a poco.

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Se llamaba Elena. Le contó que había dado clases de Literatura en los Estados Unidos. El exilio tras la guerra. La muerte de su marido. “Mi hijo, el que me acompañaba el primer día, creció en el exilio. No entiende que quiera volver a este país que nos hizo sufrir tanto. Tampoco que quiera vivir sola cuando puedo seguir en su casa. Aún no ha comprendido que la soledad no es mala si se elige” .

Tardó tiempo en atreverse a enseñarle sus papeles. Paula escribía por entonces una historia en la que iba trenzando los recuerdos de su madre viva.

“Aquí hay un buen relato. Puedo ayudarte a corregirlo si quieres”.

Siguieron días frenéticos en los que juntas discutían palabras, inventaban nombres, hacían volar la imaginación. La biblioteca de la residencia las vio robar horas al sueño en conversaciones interminables. Vibrar de emoción cada día con la corrección del manuscrito.

Paula se atrevió a enviar la novela a aquel concurso porque quería agradecer a Elena su ayuda. Soñaba con poder dedicarle el premio. Nunca la hubiera escrito sin ella. Había hecho desaparecer todas sus dudas.

Sintió alivio cuando envió el original. Y, después, en parte por la inseguridad que aún la acompañaba, en parte por miedo a fracasar, olvidó hasta la fecha del fallo del jurado.

La carta la sorprendió en los días frenéticos previos a la Navidad. El personal de la residencia intentaba paliar la soledad de los residentes sin familia.

Tuvo que leerla varias veces. Era como entrar la primera en la meta tras una dura carrera. Después, corrió hasta la habitación de Elena.

“¿Querrás acompañarme a recoger el premio?”

Aquel día, sola ante el atril, frente a la sala llena de caras expectantes, sólo veía a aquella anciana menuda y elegante de pelo blanco.

Buscó sus ojos vivos. Y su mirada cómplice le dio fuerzas para iniciar unas palabras de agradecimiento.

Imagen 1: fotogafía de Chema Madoz

Imagen 2: La Lettera. Gianni Strino 

 

2 comentarios leave one →
  1. nowhere near permalink
    02/08/2015 11:57

    Muy bello. La complicidad de la casualidad y de la causalidad.

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    • 02/08/2015 17:12

      Muchas gracias. La realidad es caótica e imprevisible y la literatura intenta darle un orden. Creo,como afirma Fresán de Paul Auster, en un orden secreto de las cosas, en una trama en la que toda existencia puede llegar a ser una buena historia si se lee con cuidado y sin prejuicios. Quizá escribimos para entendernos mejor y entender también el mundo. Mundo que está lleno de casualidades que son, en realidad, causalidades.

      Me gusta

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