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Cuando es la luz del alba

22/07/2015

 

Estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí.

Ángel González

 

 

 

 

No sé muy bien por qué te escribo. Nunca había sentido la necesidad de poner en un papel lo que siento. Tampoco sé de dónde sale esta angustia que me llena el alma hasta llegar a ahogarme casi.

No ha ocurrido nada nuevo. La rutina es la dueña de mi vida. Y me lleva y me trae como hoja al viento.

Quizá ocurre porque nunca dejo que mi pensamiento fluya. Me da miedo. Es más fácil dejarse llevar por el tiempo. Suavemente. Sin pensar en nada.

¡Cuánto tiempo ya! Porque tres años son muchos, si no puedes ver a los que quieres. Demasiados, para intentar no olvidar los ojos de mis niños. Tan pequeños. Tan lejos.

Esta tarde húmeda y fría se me ha metido en el corazón y amenaza con romperlo.

Yo no quería esto. Por eso espantaba el pensamiento. Pero ha sido más fuerte que yo. Y aquí está. Ya no hay remedio.

Creí que era más valiente. El mundo me parecía pequeño cuando decidí dar el salto a este país lejano.

Era joven y tenía ilusiones. Todo iba a cambiar para nosotros. Tenía prisa, porque la vida es corta, y no deja muchas veces que se cumplan los sueños.

Por eso, no lo pensé cuando Elena me llamó. “Hay trabajo. Y dinero. Yo te ayudaré. Vente”

No podía imaginar lo caro que me saldría perseguir mi sueño.

Y no puedo quejarme. Ahora tengo trabajo, como, duermo… Sobrevivo. Pero sufro por ello. A veces pienso que no quiero pensar para no verlo. Para no ver la realidad que me rodea.

Sólo soy feliz cuando os envío el dinero. Cuando me decís que la casa se va construyendo. Que tú la levantas cada día. Que mis niños ya no dormirán en el suelo. Que también ellos ayudan lo que pueden… Que se han hecho mayores sin saberlo.

Pero necesito veros. No puedo más con esta ausencia que me mata. Con esta culpa que arrastro cada día.

Vuelven los recuerdos y amenazan con hacer estallar mi alma. Y, a veces, pienso para qué una casa grande cuando no puedo teneros, ni a ti, ni a mis pequeños.

Sólo se lo digo al papel. No temas. Tengo que seguir aquí. Os lo debo… Y también a ella. A Elena. Que se me fue de repente. Y eso me atormentará siempre, porque su ausencia ha permitido que yo cumpliera mi sueño.

Pero, hay días en que es duro este silencio. Comprendo que no debo quejarme. Pero añoro tu voz, tu sonrisa… Añoro ver crecer a mis pequeños… Y me rebelo.

Sólo quiero dejar de escuchar este silencio. Este terrible silencio.

Porque, en mi cabeza, cuando ahogo los recuerdos y el pensamiento, sólo escucho el silencio. El mismo silencio de  Elena aquella noche triste. El que me espera cada día en este cuarto… Su cuarto.

Y siento el mismo frío que sentí en su cara pálida… Cuando la besé tras reconocerla en aquel frío depósito.

Y yo lo intento. Pero no puedo. Te juro que lo intento. No quiero ni puedo pensar. Me hace daño.

Esta humedad me está enmoheciendo el alma.  Siempre tengo frío en el alma y en el cuerpo. Añoro nuestro sol, nuestro calor, el viento seco…

Y vuelvo a pensar en cosas locas.  Pienso que vuelo a veros sin necesidad de pagar un avión que no puedo.

Que ya soy libre.

Que lo dejo todo.

Que somos felices otra vez los cuatro juntos. Que Elena llama por Navidad para reírnos juntas. Que no ha pasado nada. Que ella no ha muerto.

Somos felices durmiendo en el suelo… Sin casa. Juntos.

Abro la ventana y entra un aire húmedo y frío. Os siento cerca…

Sé que me perdonarás. Porque no puedo más. Hoy, cuando es la luz del alba, siento que ya no soporto más este silencio.

A veces la nostalgia atrae más que la propia vida. En este papel está todo mi afecto. Vuelo a veros.

 

Miró el folio arrugado por las lágrimas y sintió una tristeza honda. Hacía años que era policía. Había visto casi de todo, o eso creía. Pensaba que tenía una coraza protectora y que nada podría ya afectarla.

Pero su corazón se había ido encogiendo a medida que leía las palabras, borrosas por las lágrimas, que aquella mujer había escrito. Encontraron el papel entre sus brazos. Como si estuviera abrazada a él.

Levantó la vista y vio parpadear las luces de la ambulancia. El sonido de la sirena ahogó por un momento el ruido de las voces que sonaban cerca.

Escucho cómo alguien de su equipo preguntaba por la mujer a sus compañeras de piso.

“Apenas hablaba con nosotras. Era amiga de Elena, que murió en un accidente. Vive aquí desde entonces, porque ocupó su lugar en el almacén. Antes no trabajaba. Había llegado buscando una vida mejor para los suyos. Últimamente se la veía triste. Apenas comía para enviarlo todo a su familia.

“Hoy, nos extrañó que no saliera del cuarto. Era muy puntual y nunca faltaba al trabajo. No respondió a nuestras llamadas.

“Por eso llamamos a la policía. Además, la puerta del cuarto estaba cerrada por dentro”.

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