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Un final de esperanza para una historia infame

09/07/2015

Aquel 3 de julio fue lunes, y el papa llegaba unos días después. El descarrilamiento de un tren de la línea 1 de Metrovalencia causó la muerte de 43 personas y dejó 47 heridos. El más grave accidente de metro ocurrido en nuestro país.

Nueve años después, en las Cortes valencianas, con un nuevo gobierno, se ha pedido perdón a las víctimas por parte de todos los partidos. Todos menos el Partido Popular que ha gobernado estos nueve años.

En medio, una historia de infamia y vergüenza. Para escribir en los anales de la crueldad.

Rita Barberá era la alcaldesa de una ciudad herida aquella mañana de verano. E intentó ocultar la tragedia para no ensuciar la visita del papa. Una visita que costó cara a los valencianos, no sólo económicamente.

Ella, la que ha ninguneado a los familiares con soberbia cruel, también se ha ido de la alcaldía por la puerta de atrás.

Duele recordar cómo se cerró una investigación parlamentaria amañada en la que se ocultó datos, se aleccionó a los comparecientes, se sobornó a los fieles y se amenazó a los disidentes.

Una jueza cerró después la investigación judicial, en la que se negó a escuchar todo testimonio discrepante. Fue en Fallas, días antes de las elecciones autonómicas para no perjudicar al partido responsable. Nada importaba el dolor de familias enteras.

La misma jueza la reabrió tras la mayoría absoluta del Partido Popular, para cerrarla de nuevo de modo exculpatorio. Se trataba, al parecer, de enterrar la memoria del desastre cuanto antes. Y sin responsables. Toda la culpa, al conductor muerto que no puede defenderse.

Pero no todos aceptaron la infamia. Una periodista del diario Levante, Laura Ballester, continuó investigando, mediando, ayudando a la verdad a salir a flote, escribiendo, apoyando a las víctimas. Demostró que se puede ser comprometido y honesto hasta en situaciones extremas de manipulación. Y luchó por la dignidad de su oficio dando voz a los silenciados y esquivando las presiones del poder. Un ejemplo para los periodistas lacayos de Canal 9 que aceptaron sumisos la orden de ignorar la tragedia. Y para tantos otros.

Pero la verdad se escondía entre las líneas del periódico. Y apenas unas cuantas personas acompañaban en la Plaza de la Virgen a los familiares, cada día 3 de demasiados meses. Nueve largos años.

La mayoría de los valencianos parecíamos anestesiados.

Un programa de televisión de ámbito nacional consiguió lo que parecía imposible: que la sociedad valenciana se viera de una vez en el espejo. Su altavoz desveló nuevos datos estremecedores. Como que Cotino presionó e intentó sobornar a las víctimas.

Supimos que la tragedia pudo haberse evitado con un gasto ridículo en balizas de 3.000 euros. Que se intentó comprar el silencio de familiares con chantajes viles, casi mafiosos. Que desaparecieron pruebas.

Que se mintió respecto a accidentes previos, que se prohibió decir en la televisión pública la palabra “tragedia”, que nos engañaron una vez más, que ofendieron el dolor de las familias. Familias que cinco meses después del accidente seguían recibiendo restos de seres queridos mientras el gobierno valenciano vendía en la televisión de todos una rápida identificación.

El expresidente Camps ni tuvo la decencia de recibirlos,  y Alberto Fabra, su sucesor, los engañó. Hasta 19 veces se intentó abrir una investigación que el PP rechazó, usando su mayoría absolutista más que absoluta.

Por fin los causantes de la infamia han desaparecido del gobierno. El pueblo valenciano ha marcado la puerta de salida a los seres indignos que compraron el silencio, que pusieron su cargo por encima de sus ciudadanos. Que primaron el dinero y los eventos que pagaban las mismas familias a las que ofendían cada día.

El nuevo gobierno valenciano ha devuelto a las víctimas la esperanza en la justicia. Les ha devuelto la posibilidad de reparar su dolor. En las Cortes valencianas se ha escuchado por fin la palabra “perdón” en boca de los gobernantes.

Pero no habría sido posible sin una periodista valiente y honesta que luchó contra el olvido, que saltó vallas de censura, porque sabía que la obligación de un buen periodista es incomodar al poder y dar voz a los silenciados.

Porque la valía se demuestra en situaciones difíciles. Y es entonces cuando las personas como ella son gigantes, frente a la pequeñez y la miseria de quienes usan el poder para callarlas.

Y tampoco lo habría sido, sin esos familiares que han mantenido su dignidad contra la prepotencia y la crueldad de unos gobernantes que deberían haberlos servido, apoyado y paliado su dolor y que, por el contrario, se convirtieron en sus verdugos.

Hoy, todos los valencianos somos un poco más dignos. Y los días 3 de cada mes una plaza, vacía ya de dolor, nos lo recordará. Hoy hace inexplicablemente alegría porque se ha cumplido con el duelo.

Porque nuestros gobernantes están al servicio ciudadano y sufren con nosotros. Porque se han abierto puertas y ventanas.

Y el aire fresco corre, al fin, por los despachos oficiales, limpiando el rastro infame de la crueldad.

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