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La memoria es el perro más tonto

28/06/2015

La memoria es el perro más tonto. Le tiras un palo y te trae cualquier cosa.

Ray Loriga

Subía a aquel desván, el “sobrado” en las tierras castellanas de mi infancia, esperando siempre encontrar un tesoro entre sus trastos polvorientos.

En aquella cómoda antigua, de cajones desvencijados, había papeles, revistas antiguas, postales, fotografías de personas desconocidas que me miraban desde sus ojos vivos como si quisieran entablar conversación con la niña curiosa que perturbaba su reposo de años.

Mi abuela nunca me regañaba y permitía, con aquella paciencia sabia que la caracterizaba, que buceara en sus recuerdos sin descanso.

En una caja, perfectamente ordenadas, encontré una colección de postales que hablaban de un tren, de una muchacha rubia y hermosa y de una historia triste escrita por un autor que entonces desconocía, Ramón de Campoamor.

Ya no las conservo, ni sé de su paradero, pero Internet siempre te permite el milagro de encontrar los recuerdos en alguna de sus páginas.

Me llamaron la atención los dibujos primero, pero más tarde comprobé que los versos que los acompañaban se correspondían con las ilustraciones, y no eran sólo postales al uso sino un largo poema narrativo. Aunque estaban preparadas en el reverso para ser enviadas por correo.

No tardé mucho en leer aquella historia entera. Y ahora recuerdo que me paraba muchas veces a mirar la cara de aquella muchacha triste y hermosa a la que cobijaba un ángel.

El poema se titulaba El tren expreso. El tren era entonces para mí el recuerdo de mi primer viaje, a la temprana edad de tres años, con mis padres a Valencia.

Fue el primer contacto con el mar, con las naranjas en los barcos atracados en el puerto, con la playa de arena fina. Un recuerdo imborrable que llevo siempre asociado al larguísimo viaje en tren que me pasé dormitando en el regazo de mi madre.

Y en aquellas postales se hablaba también de un tren que para mí era el camino al mar, a lo desconocido y a la belleza de una tierra tan diferente de la mía.

Poco podía sospechar que sería mi tierra de acogida años después.

Estos días he encontrado los recuerdos de infancia del poeta García Montero. En ellos cuenta que el poema de Campoamor era el favorito de su padre. No lo leía en postales sino en un viejo libro de poemas, y sus recuerdos coinciden con los míos:

Aquel poema, con planteamiento, nudo y desenlace, tuvo para mí la fuerza de una novela de aventuras, que no ocurría en ninguna isla, ni siquiera en un tren, sino en los paisajes interiores de unos seres humanos. La poesía tiene mucho de novela radical de aventuras, deseos y pensamientos sucedidos en la intimidad. Cansado de que en cada lectura muriese ella, tan rubia, tan hermosa, escribí un final distinto para El tren expreso, con un amor lleno de felicidad. Fueron los primeros versos que escribí, con apenas 10 años. Había aprendido que la literatura es un ajuste de cuentas, un modo de situarse ante la costumbre de las ilusiones fracasadas.

Yo no escribí ningún poema. Sólo repasaba las postales, una y otra vez, hasta llegar al triste final. Y aquel tren humeante me parecía el camino a un final trágico y tan diferente de mi experiencia que sentía una especie de culpa ante la desgracia ajena.

Aquel tren era para Campoamor un enemigo de la paz idílica de la naturaleza. Un instrumento diabólico que rompía la armonía de las aldeas con su ruido infernal y sus humeante máquina invasora:

¡Calor de fragua a un lado; al otro frío!

¡Lamentos de la máquina, espantosos,

que agregan el terror y el desvarío

a todos estos limbos misteriosos!…

¡Las rocas, que parecen esqueletos!…

¡Las nubes, con entrañas abrasadas!…

¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!…

No conocía todavía la grandilocuente retórica heredada del Romanticismo y aplicada al miedo a la modernidad que desplegaba el autor.

Aquellos versos tenían para mí más de historia novelesca que de retrato sociológico.

El tren permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y las conversaciones. Y la relación entre un autor y un lector se parece mucho a la complicidad de dos extraños sentados en el mismo vagón.

dice García Montero.

Esa era mi relación con los protagonistas del poema.

Porque he sentido la misma impresión que describe Campoamor siempre que viajo en tren. Un medio que me atrae de modo irremisible desde mi infancia. Trenes y estaciones que recorrí de la mano de mi padre tantas veces…

Las cosas que miramos

se vuelven hacia atrás en el instante

que nosotros pasamos,

y conforme va el tren hacia adelante,

parece que desandan lo que andamos;

y a sus puestos volviéndose, huyen

y huyen en raudo movimiento

los postes del telégrafo clavados

en fila a los costados del camino…

Supongo que mi abuela guardaba aquel poema por el homenaje que a Zamora y a sus mantas se hace en él. Ella era una mujer amante de su tierra y, en su centenario, -porque llegó a los 106 años de vida- nos regaló a todos sus nietos una manta zamorana en miniatura como recuerdo. Manta que reproduce los colores de la bandera  de Zamora y de su historia.

Y creyendo invadidos por el hielo

aquellos pies tan lindos,

desdoblando mi manta zamorana,

que tenía más borlas verde y grana

que todos los cerezos y los guindos

que en Zamora se crían,

cual si fuese una madre cuidadosa,

con la cabeza ya vertiginosa,

le tapé aquellos pies, que bien podrían

ocultarse en el cáliz de una rosa.

La bandera de la ciudad de Zamora, conocida como la «Seña Bermeja», se compone de ocho tiras rojas,

que representan las ocho victorias obtenidas por Viriato sobre diversos pretores y cónsules romanos, y una banda verde esmeralda. Banda que Fernando V de Castilla colgaba sobre su hombro y que colocó coronando la Seña Bermeja, en recompensa y reconocimiento de los auxilios prestados en la batalla de Toro.

Los versos llenos de ripios de Campoamor eran entonces mis primeros pasos por una poesía narrativa que sólo tenía de poético el nombre y las sílabas contadas. Además de las rimas disonantes.

Es curioso que no recordara este poema cuando estudiaba la escasa calidad literaria de su autor. Tampoco, cuando explicaba a mis alumnos que sus humoradas servían como regalo escrito en los abanicos de algunas de sus amigas.

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira

todo es según el color

del cristal con que se mira.

Aquel mundo, entre lo romántico y lo costumbrista, era la lectura preferida de las mujeres que, como mi abuela, sin apenas formación literaria, eran lectoras empedernidas que como decía Cervantes, “leían hasta los papeles que encontraban en el suelo”.

Siempre he pensado que mi afición lectora vino de su mano. Desde los cuentos troquelados, hermosísimos, que compraba a unas monjas viajeras que llamaban a nuestra puerta, hasta los hallazgos impagables de aquel “sobrado” en el que encontré tesoros que he ido guardando en los archivos de mi memoria y han vuelto a mí, como en un milagro, años después.

Hoy, los viajes en tren han perdido un poco el halo romántico de las conversaciones entre compañeros de viaje. El móvil aísla a los viajeros y, a la vez, los hace partícipes involuntarios de las intimidades del vecino.

Algunas veces, pocas, alguna mujer mayor se sienta a nuestro lado y nos cuenta la causa de su viaje, la enfermedad que la obliga a viajar a la ciudad para una revisión médica. Nos habla del tiempo, de cómo ha cambiado todo, de sus nietos y de sus estudios…

Y entonces vuelve la magia del tren que tan bien describen las palabras de García Montero

Los viajes en tren son propicios a las conversaciones, crean la intimidad movediza de las historias de amor o de los conjurados que se ponen de acuerdo por unas horas para ajustarle las cuentas a las precariedades de la vida. Eso repiten las narraciones y los versos del tren.

Yo también, como él, debo mucho de lo que he escrito y leído a mis viajes en tren.

No sé por qué, en él encuentro la dosis justa de soledad y de compañía que me permite reflexionar, contemplar, escuchar la vida que pasa a mi alrededor mientras me escondo tras un libro, un bolígrafo o un cuaderno.

Porque la literatura puede seguir más allá de la muerte, como la triste y hermosa carta que llega a las manos del protagonista de El tren expreso, un año después, en la cita con la hermosa desconocida

«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,

cuenta os dará de la memoria mía.

Aquel fantasma soy que, por gustaros,

jugó a estar viva a vuestro lado un día.

Cuando lleve esta carta a vuestro oído

el eco de mi amor y mis dolores,

el cuerpo en que mi espíritu ha vivido

ya durmiendo estará bajo unas flores.

Pero la vida sigue inexorable. Y la literatura nos consuela de la muerte, como también nos consuela de la vida y nos ayuda a soportarla, a entenderla y a vivirla.

El perro tonto de la memoria me ha traído este día un recuerdo imborrable que guardaba en los archivos del cerebro entre postales, trenes, días de infancia y poemas románticos.

No ha sido cualquier cosa.

4 comentarios leave one →
  1. nowhere near permalink
    20/07/2015 15:29

    Maravilloso viaje en este: “viejo tren de los recuerdos”.

    Me gusta

    • 20/07/2015 17:21

      Me alegra saber que le ha interesado mi viaje. Gracias y bienvenido.

      Escribir es recordar, pero leer también es recordar. (François Mauriac)

      Me gusta

      • nowhere near permalink
        21/07/2015 11:25

        Gracias. Me siento más cómodo tuteándote, si no te importa.Una cita muy certera la de Mauriac.
        ” No vemos las cosas como son, sino como somos”
        – Krishnamurti-

        Me gusta

        • 21/07/2015 13:05

          En absoluto me importa. Yo también me siento más cómoda tuteándote, después de que tú lo hagas.

          Gracias por la cita. Muy acertada, también.

          Un saludo.

          Me gusta

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