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No es sólo humanidad, es justicia

23/04/2015

El domingo pasado 800 personas murieron ahogadas en el Mediterráneo. Otras 100 más el lunes. Ya van casi 2.000 este año. Diez veces más que en 2014.

Personas que encuentran la muerte en el camino desesperado a otra vida en la que sólo quieren ser “seres humanos”, según sus palabras.

Duele comprobar cómo nos hemos acostumbrado a esta tragedia y escuchamos las noticias como inevitables. Pero no lo son.

No se trata tan sólo de humanidad, caridad o piedad, se trata de justicia.

La mayoría de los que se juegan la vida huyen de guerras, estados fallidos, persecuciones políticas. Son muertos en vida que tienen derecho a ser refugiados según las normas de Naciones Unidas que ya ha reprochado a Europa su falta de compasión por darles la espalda.

La migración forzada no tiene sólo causas económicas sino también políticas. Los migrantes refugiados, los sin casa, los sin tierra son tratados como desperdicios del sistema. Ningún continente ha sufrido como África las consecuencias de la globalidad liberal.

Y ninguna valla, ejército ni frontera podrá detener su desesperación. Hasta la muerte les parece mejor que sus vidas.

Por mucho que el Ministro de exteriores español lo niegue, Europa tiene la obligación jurídica de atender caso por caso a las personas que llegan a ella y si no lo hace vulnera la ley. Quien no socorre a un náufrago es un delincuente.

Tampoco acierta el Ministro de Interior cuando insiste, perversamente, en hablar de efecto llamada. Sabe bien que es un “efecto desigualdad” el que empuja a las personas desesperadas hasta a morir ante la falta de futuro.

Resulta curioso que ambos ministros se digan fervientes católicos y hagan gala de su humanismo cristiano mientras niegan socorro a los más necesitados. Cuando no ordenan disparar balas de goma, como en Tarajal y los devuelven ilegalmente,después.

Tras la desgracia de Lampedusa, se organizó Mare Nostrum, un sistema de ayuda ejemplar que rescató a casi 80.000 personas del mar. Detuvo a más de 200 traficantes de personas y palió tanta tragedia. Pero España, entre otros, protestó por su coste y se sustituyó por otro, Frontex, en el que no había ayuda, sólo vigilancia de fronteras. Puro control de naves sin experiencia en salvamento.

Amnistía Internacional advirtió hace meses de que se perderían muchas vidas. Pero parece que hay vidas de segunda y el dinero no está para salvarlas. El mezquino ahorro de una minucia, comparada con las inyecciones a los bancos, ha costado muchas muertes.

Cuando la Unión Europea recibió el Premio Nobel de la Paz, su presidente dijo:

Todos compartimos el mismo planeta. Todos somos parte de una sola humanidad. Tenemos una responsabilidad especial sobre millones de personas que viven en una situación de necesidad.

Pura palabrería, porque nunca Europa ha tenido la valentía de afrontar el asunto de manera global. Ha sido mezquina y egoísta y nunca se ha sentido responsable. Porque es cuestión de pobres. Los más pobres de la Tierra.

No podemos mirar a otro lado y pretender ser prósperos a la sombra de la miseria del Sur.

Estos días recordaba a los exiliados que fueron acogidos en México tras la Guerra Civil española por el presidente Cárdenas. Las personas que cruzaron a pie los Pirineos, los emigrantes económicos del franquismo. Y pensaba cómo pueden olvidar los países su historia.

Y también, las lúcidas palabras de John Berger en su libro, Un séptimo hombre, sobre la migración internacional tras la Segunda Guerra Mundial:

Este sistema despoja al individuo de futuro -nadie piensa ya en él- y lo obliga a ignorar el pasado como algo prescindible que puede ser tirado como una hoja de afeitar usada.

Mientras se subvencionan economías del primer mundo, el tercero agoniza, expoliado y abandonado a su suerte. La Unión Europea es incapaz de abordar con coraje esta situación.

Europa pasó de la devastación a convertirse en una de las economías más fuertes del mundo. La España franquista prosperó, entre otras injusticias, gracias a la emigración en los años oscuros de la posguerra. No podemos poner vallas ahora, mirar a otro lado y olvidar lo que fuimos.

La mejor valla sería un plan efectivo de desarrollo que permitiera a estas gentes vivir en su país en condiciones dignas. Nunca vendrían.

Porque nadie quiere ser arrancado de su tierra.

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