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El hombre que nunca dejó de soñar

16/04/2015

 

eduardo-galeano-2013

El pasado lunes, Eduardo Galeano emprendió su último viaje.

Nunca dejó de caminar con la vista puesta en el horizonte de la utopía porque para eso sirve el horizonte inalcanzable, para caminar.

No nos dejará nunca su voz lenta y cadenciosa. Y sus palabras, hermosas como pocas y llenas de tanta verdad, seguirán enseñándonos el camino de la justicia y de los Derechos Humanos que siempre fueron su meta y su guía.

Palabras incómodas para el poder, porque apuntaban a la verdad. Palabras llenas de poesía que caminaban a ras de suelo, con los pobres, los desprotegidos y los olvidados del mundo.

Siempre citaba los versos de Blas de Otero, también perseguido como él por la dictadura:

No dejan ver lo que escribo porque escribo lo que veo.

Veía más que los demás y sabía decirlo como nadie. Porque soñar es tener los pies en el suelo. Ser utópico es realizar lo imposible, y llamar a las cosas por su nombre es el camino verdadero.

Por eso denunció este mundo al revés en el que “el capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado”. O en el que el “oportunismo” se llama “pragmatismo”.

En el que el código moral “no condena la injusticia sino el fracaso”. Un mundo en el que “quien no tiene no es”. Donde “la publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe”.

Su definición de este mundo cruel fue profética, como hemos comprobado en carne propia:

Se llama plan de ajuste a la ejecución de un país endeudado, cuando la tecnocracia internacional decide liquidarlo.

Siempre se rebeló contra el conformismo de los resignados. Contra el pensamiento único de los neoliberales:

Este mundo es igualador y desigual: igualador en las ideas y costumbres que impone y desigual en las oportunidades que brinda.

Y no hay justicia posible sin igualdad.

Su profunda humanidad le hacía rebelarse contra los abusos y denunciaba incansable la pobreza. Una pobreza que ya parece que ni nos indigna.

 Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece. La pobreza puede merecer lástima, en todo caso, pero ya no provoca indignación.

Porque el neoliberalismo nos ha aislado:

Nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa. Nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y amigos cibernéticos.

Hay seres humanos invisibles, olvidados y explotados a los que llamó certeramente “los nadies”.

Sueñan los nadies con salir de pobres (…) Los hijos de nadie, los dueños de nada. Que no son seres humanos sino recursos humanos. Que no tienen cara sino brazos. Que no tienen nombre sino número (…)

Porque nos han enseñado a ver como normal un mundo injusto

 El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo. En su escuela, son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación.

Pero Galeano se empeñó en volverlo del derecho. Porque “no hay desaliento que no busque su aliento, ni escuela que no encuentre su contraescuela”.

Y la prueba de que lo ha logrado es que estos días sus hermosas y sabias palabras han llenado las redes, los periódicos y las televisiones del mundo. Su voz ha resonado más fuerte que nunca y su enseñanza crece.

Porque él tuvo el acierto de añadir un nuevo artículo a la lista de los Derechos Humanos:

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible.

Y somos muchos los que estamos dispuestos a ejercerlo más allá de conformismo, la manipulación y el silencio.

Gracias y buen viaje, maestro.

 

   

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