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Pensar para actuar

19/02/2015

 

La complejidad del mundo en que vivimos nos exige responder a la pregunta del filósofo Kant. La segunda de las tres que, a su juicio, contienen todo el interés de la razón:

¿Que debo hacer?

No basta con informarse, sino que es necesario pensar y actuar.

Pensar es establecer relaciones lógicas entre sucesos para darles sentido. Se trata de analizar lo que nos dicen, lo que vemos, para ser libres y decidir sin que lo hagan por nosotros.

Supone esfuerzo, iniciativa y también riesgo de equivocarse. Quizá por eso es más cómodo no hacerlo y dejarse llevar por la corriente de los demás. La cultura moderna parece consistir en mirar, tragar datos sin comprobarlos y callar.

Nunca como ahora hemos tenido tanta posibilidad de actuar, pero nunca hemos estado tan silenciosos y apáticos. Hay una corriente de desánimo peligrosa que sólo es producto del terror al futuro y de la falta de pensamiento. Nos dominan porque no nos resistimos. Y maniatar el pensamiento es ya una forma de dominio.

Para pensar no son necesarios títulos, ni estudios especiales. Sólo se necesita tener proyectos y pasión por la verdad y el ser humano. Pero vivimos en una sociedad en la que ya no nos reconocemos como individuos.

Aislados no podemos definirnos. La mayoría ya no se identifica más que con lo que posee. Un espejismo que nos hace conservadores de las migajas que nos dejan los poderosos.

Ante esto caben dos posturas. Una, el desánimo estéril y conformista que nos hará caer en las garras de los que acosan la solidaridad y el bien común.

Otra, el pensamiento libre y la búsqueda de salidas para impedirlo.

Debemos buscar hechos y datos, no fiarnos de palabras vacías y manipulaciones fabricadas. Debemos exigir propuestas, no sólo descalificaciones del contrario. Demandar diálogo frente al áspero enfrentamiento.

Debemos ejercer siempre la acción crítica, pero pensada para no caer en maximalismos peligrosos. Tendemos a leer periódicos que confirman nuestras ideas, a hablar sólo con quien piensa como nosotros y nos negamos a escuchar al diferente.

Así, sólo hacemos crecer la rabia y nuestros propios demonios. La tolerancia activa exige reconocer al otro.

Diálogo significa aceptar tesis contrarias, ceder, valorar y ser responsable. Calibrar qué es más útil: el ejercicio de complacencia inactiva o el trabajo duro y callado de acercar posturas.

Es la eterna lucha entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. A veces, la responsabilidad duele en el alma idealista. Todos sabemos que la utopía se transforma al tocar la realidad, pero que es estéril si no se hace real.

Como decía el poeta, en estos momentos dramáticos, puede haber llegado la hora de dejar las azucenas para buscar juntos el bien común. Es difícil la pureza en un mundo malo y don Quijote, sin ilusiones, muere desencantado en su cama.

Pensar nos mantendrá vivos y activos. Responsables.

Empeñados en hacer realidad las utopías.

 

 

Imagen: fotografía de Chema Madoz

 

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