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Sistemas injustos y revoluciones democráticas

12/02/2015

Vivimos tiempos convulsos. El suelo parece moverse bajo nuestros pies y es necesario mantener la calma más que nunca.

Calma para no ser arrastrados por la ola de manipulación, la maquinaria electoralista y los vídeos de la vergüenza que pretenden darnos las gracias por aguantar haber sido engañados, despreciados y ninguneados.

Hace unos días, se celebró la siniestra cumbre económica de Davos en Suiza. País que acoge corruptos, narcos y defraudadores en nombre del dinero.

Hasta ahora hablaban de economía. Trazaban las líneas de nuestro futuro al margen de nuestros votos en nuestras democracias formales.

Este año han decidido dar un paso más. Se trata de buscar el modo de dirigir nuestro voto, de decirnos quién nos conviene según sus intereses y de construir relatos que hagan más soportable la injusta desigualdad.

Al igual que Rajoy en su infame vídeo, nos dan las gracias por sufrir sus desmanes y nos iluminan sobre el líder que servirá mejor a sus intereses.

No cuentan con que esta crisis-estafa nos ha hecho clarividentes, más intransigentes y selectivos. Las lentes del dolor y la injusticia han corregido la conformidad y la resignación. Vemos claro quién ha vivido a nuestra costa y muy por encima de nuestras posibilidades.

Los 4.000 evasores españoles de la lista Falciani, los corruptos que han saqueado este país, las empresas que tributan en el extranjero, los patriotas que no pagan sus impuestos y el Gobierno que mira a otro lado y sólo persigue al pequeño ahorrador. Este país lo sostienen los asalariados y los funcionarios.

Mientras el dinero español volaba, los ciudadanos sufríamos recortes intolerables en educación, sanidad y servicios sociales y seguíamos cumpliendo nuestro deber tributario.

En vez de perseguir a grandes defraudadores, al gobierno del Partido Popular no le ha temblado el pulso para vender vivienda social a fondos buitre con las personas dentro.

No ha pestañeado cuando los han desahuciado con niños de meses. Miran a otro lado ante los suicidios y el desgarro de ciudadanos desesperados.

No se avergüenzan al hablar de recuperación, cuando el paro alcanza en esta Comunidad Valenciana a más de medio millón de personas y los jóvenes vuelven con sus padres por no poder pagarse una casa. Dos millones de familias tienen a todos sus miembros en paro.

Casi trece millones de personas son pobres en España. Casi dos millones son valencianos. Por encima de la media nacional.

Cuando hablan de empleo, ocultan que más de un 90 % del mismo es precario, temporal -de días e incluso horas- y esclavo. No dicen que esas personas no lograrán cotizar para alcanzar una pensión digna.

Mientras, el Partido Popular blinda a sus altos cargos, apuntala a sus afines nombrados a dedo y les prepara un futuro halagüeño tras la previsible derrota.

La austeridad, que nos venden como un valor, no es más que el equivalente económico de la limpieza étnica según la socióloga Saskia Sassen. Sobran los pobres, los que no consumen, “los nadie” en palabras de Galeano. Hay que eliminarlos porque son la basura del sistema. Un sistema al que ellos han alimentado antes con su trabajo y sus impuestos.

Los que defienden este sistema injusto y desigual, el capitalismo financiero depredador, creen que todo está permitido. Y no es verdad.

Han tensado tanto la cuerda que ya se ha roto.

Lo retrata muy bien el filósofo Slavoj Žižek:

Las rebeliones no estallan cuando las cosas están mal, sino cuando la gente tiene la sensación de que sus expectativas no se cumplen.

El peligro no está, como repiten incansables desde el Gobierno, en los que piden más democracia y denuncian abusos. No es peligroso exigir una revolución democrática.

Simone Weil lo expresó claramente:

Ser revolucionario es ayudar a aliviar el peso que nos aplasta, rehusar las mentiras que  justifican la humillación y contribuir a dar a los de abajo el sentimiento de que ellos también tienen valor.

Los verdaderos antisistema son los que desde una visión egoísta e injusta se niegan a cambiar sus privilegios porque, como buenos conservadores, pretenden mantener lo que tienen.

Son los que se resisten a abrir camino a nuevos horizontes que sólo piden defender la dignidad y dar voz a quien no la tiene.

Deberían entender, de una vez por todas, que no estamos dispuestos a tragar más dolor, que es imparable el cambio y que cerrar los ojos a una indignación creciente y a una desilusión palpable no sólo es suicida, sino muy poco inteligente.

Imagen 4: fotografía nocturna y pintura de luz de David Gilliver

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