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La memoria duele

02/12/2014

 

 

 

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Alfons Cervera es un escritor atípico. Apartado de los circuitos mediáticos. Fiel a sus ideas y fiel a su estilo inconfundible. Un poeta siempre, sea en novela o en artículos de periódico. Un hombre que llama a las cosas por su nombre y que no teme hablar de izquierda ni de clases sociales. Que no se esconde nunca y que aún mantiene la sana virtud de indignarse ante la injusticia.

Es un escritor paciente, sin prisas, sin encargos editoriales. Lleva su propio ritmo y no le importa posponer nueve años un libro como este, Todo lejos, hasta que encuentra la voz narrativa adecuada para que la crónica se convierta en literatura. En literatura de la buena.

Porque las novelas no son lo que cuentan, sino el modo en que lo cuentan. Y este libro encuentra su camino en una narración coral en la que diez voces narran una misma historia desde lugares, tiempos y perspectivas diferentes.

La novela camina lenta pero ágilmente, en ondas concéntricas que se expanden, se complementan, se entrecruzan y llegan a un lector que debe ser activo para interpretar frases y para entender silencios. Para ser cómplice de miedos, de culpas, de recuerdos rotos, de verdades y de mentiras.

La historia estaba ahí para que el autor la inventara con las reglas de la ficción. Sólo hay una premisa imprescindible, no traicionar la realidad.

La piedra en el estanque de la aparentemente plácida vida de un pueblo valenciano, cayó una tarde de julio de 1971.

Nada volvió a ser igual en Los Yesares, el Macondo particular de Alfons Cervera, que aquí es Vilamarxant y no su Gestalgar natal. El pueblo es un personaje más, quizá el más presente en el libro. Incluso en su ausencia.

Esa piedra es una historia real que se envolvió en el silencio acusador, en el miedo, en la acusación injusta, en la niebla del recuerdo.

No en vano las citas que abren el libro nos hablan de penumbra, de oscuridad, de dudas.

Porque no es lo mismo vivir que contar lo sucedido.

La memoria y la historia son dos gemelas que se desconocen como si las juntara el desprecio y no lo que tienen en común.

Borramos de la cabeza lo que no nos gusta.

dicen las voces.

Y a pesar de todo y quizá por eso, Alfons Cervera vuelve siempre a la memoria en sus novelas. Una memoria que duele y que deja heridas abiertas, como abierto es el final de este libro.

Hace falta ser muy valiente para explorar el territorio inhóspito de los recuerdos. Contra el tiempo, contra los sueños rotos, contra el miedo, contra la ilusión del regreso, contra la decepción. Porque nadie regresa a ningún sitio. Nunca.

Y el autor afronta el camino armado de su prosa poética, que funciona al ritmo de las oleadas del recuerdo.

Las voces nos hablan, le hablan al autor con frases lapidarias, recurrentes, lentas, que se amplían en círculos que se entrelazan.  Que se cortan, se completan, se contradicen, se encadenan. Van, vienen, vuelven y envuelven al lector en una niebla blanca. Como la que precede al silencio en el que se refugian muchas de ellas.

Algunas veces reprochan al autor su interés, otras preguntan y se preguntan, dudan, reflexionan, huyen de los recuerdos, describen el dolor de la tortura, el sabor del miedo, de la vergüenza. Hablan de fracasos y de revoluciones rotas.

Unas voces afrontan la realidad, otras se refugian en la lectura o en la felicidad perdida. Incluso dejan escapar su rabia. Y lo que llega al lector es una mezcla densa de sentimientos que debe depurar, organizar, recomponer y asimilar.

Los hechos se cuentan fragmentados. Porque nada es una pieza única. Ni el tiempo.

Recordamos para comprender. Porque el pasado no sirve si no ayuda a entender lo que nos pasa.

Voces de víctimas, voces de testigos y también voces de verdugos.

Como la del guardia civil, Ramírez. Estremece su dureza, su orgullo del Cuerpo y del uniforme, su falta de recuerdos, su defensa del orden sin fisuras. Su vida, vacía ahora ante la televisión. El orden ante todo. Muertes y golpes como ley de vida. Normales.

Y para poder a entender la tragedia, como en las buenas películas, hay también una  banda sonora que ayuda a fijar el tiempo y los recuerdos. Desde los Beatles a los Rolling, pasando por Los Gritos y Bruno Lomas, el rockero de Xàtiva.

La música del grupo Los Taburos suena, un domingo de verano, en una terraza de baile antes de que caigan como un rayo sobre la pequeña comunidad, una redada, detenciones, torturas y una muerte que rompe vidas, ilusiones y deseos.

Una muerte que está ahí sin estar,  pero que lo impregna todo y que es la muerte de un joven fantasma que ya ni existe en la Babelia de Google. Un fantasma trágico del tiempo y el olvido.

Todo empieza y termina aquella tarde de 1971 que describe la voz de Ginio, uno de los miembros de Los Taburos:

Pienso que nuestra vida no salió nunca de aquel domingo.

Todo un pueblo se erigió en juez y verdugo de los que pretendían romper con la perpetuación intolerable del franquismo.

Y, tras escuchar las voces de aquellos soñadores que sólo querían que el mundo no fuera un atraco, quedan las preguntas:

¿Dónde van los sueños cuando fracasan?

¿Qué ocurrió en aquella redada?

¿Qué pasó en aquella higuera al lado del río?

¿Dónde queda la verdad?

¿Quién devuelve las vidas rotas?

¿Por qué nunca se habló de ello?

¿Por qué el miedo es tan poderoso como para destruirnos?

Alguien dijo que la buena literatura es la que te deja un nudo en el estómago. Esta novela lo deja y también deja mucha rabia.

Rabia por una democracia aún imperfecta, por un franquismo tan largo, vigente en tantas cosas y sin castigo, por la complacencia con los verdugos que pasean aún ante sus víctimas.

Por la desigualdad que permanece y crece cada día, porque siguen las mentiras, los embudos de la memoria, las torturas, los neofascismos.

Porque se nos vende la inmaculada Transición, porque el franquismo es un desconocido para los más jóvenes… Y por tantas otras cosas que aparecen en el libro.

Cosas que a las voces, al autor y a muchos más no nos gustan nada. Pero nada.

Muchas gracias a Alfons Cervera por hacer literatura lo real. Por salvarlo de las nieblas del recuerdo y hacerlo eterno. Porque como dice la voz de la hija de uno de los protagonistas:

El silencio es también una forma del daño.

Afirma Semprún en una cita del epílogo del libro:

Las novelas no son la vida auténtica. Son mucho más.

En este caso, la novela es la reparación de una injusticia. Alfons Cervera ha roto la ley del silencio. Y, contra las reticencias de los propios personajes, ha hecho justicia reparando un olvido que hizo daño entonces y que hace daño ahora.

Porque es de justicia no hacer caso nunca al cínico guardia Ramírez y a todos lo que él representa y revivir a los fantasmas que fueron sepultados por un injusto olvido. Aunque duela.

 Nota. Este texto  fue leído en la presentación del libro de Alfons Cervera en Gandia, el día 1 de diciembre de 2014.

4 comentarios leave one →
  1. José Ferrandis Peiró permalink
    10/12/2014 9:28

    Me lo apunto, Agustina. Lástima no haberme enterado de la presentación de la semana pasada. Pero, en cuanto pueda, le echo los dos ojos. Según cuentas, pinta muy bien. Gracias!

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    • 10/12/2014 10:02

      No te arrepentirás. Un muy buen ejercicio de literatura que nos enseña mucho sobre la vida, la memoria y los fantasmas del olvido. Para reflexionar sobre el presente a través de un pasado que nunca se ha ido.

      Me gusta

  2. José Ferrandis Peiró permalink
    10/12/2014 10:36

    Ese tipo de novelas es mi preferido. A ver si a comienzos de año puedo hacerme con él :) Por cierto, te recomiendo Un millón de gotas, de Víctor del Árbol. Magnífica novela!

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