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El ébola como síntoma

16/10/2014

 

Al escuchar las incalificables acusaciones del Consejero de Sanidad madrileño, ofendiendo gravemente a una persona que se debate entre la vida y la muerte, recordé las palabras de un cronista colombiano, Alberto Salcedo Ramos:

Una palabra bien dicha desarma al enemigo, acerca al que se encuentra lejos, apaga incendios alevosos. En cambio, cuando pronuncias una palabra altanera los ríos se salen de madre, los mares se enfurecen y hasta el problema más simple adquiere de repente la fuerza suficiente para destruirte.

Los cargos públicos, como los seres humanos, se miden por su respuesta en momentos difíciles, y los nuestros no sólo no han dado la talla sino que han perdido hasta la dignidad.

Una cadena increíble de errores nos ha llevado a una situación kafkiana en la que la Ministra de Sanidad ha sido retirada por su manifiesta incompetencia, el presidente Rajoy ha quedado en evidencia porque no se atreve ni a comparecer. Cuando lo hace, sus palabras balbuceantes no son las de un gobernante que dé confianza, sino las de un ser asustado que no es capaz ni de tranquilizar al país que gobierna.

Pero lo peor no es la desorganización, la incompetencia, las mentiras, los silencios, las ausencias. Lo peor es que esto sólo es la consecuencia de una década de desmantelamiento sistemático de la ejemplar Sanidad Pública madrileña que, como ocurrió con la valenciana, se ha vendido al mejor postor. Nuestra salud se ha convertido en un negocio lucrativo para buitres especuladores que nos ven como clientes y no como pacientes.

En 2003 Esperanza Aguirre puso en marcha esta infamia. Llamó cínicamente “plan de modernización” a lo que era pura privatización. La consecuencia fue que el Hospital Carlos III, pionero en medicina tropical y referente en enfermedades infecciosas como el ébola, fue desmantelado. No era importante, según la Sra. condesa-presidenta, atender estas enfermedades. Al fin, debió de pensar, curar gentes del tercer mundo no es rentable.

Sus consejeros de Sanidad, Juan José Güemes y Manuel Lamela están imputados por prevaricación y cohecho por su gestión en la primera época de privatización. Y Manuel Lamela gestiona hoy un hospital que él mismo privatizó.

La ejemplar “marea blanca” madrileña logró parar otras catástrofes, pero no el cierre del Carlos III que ahora se reabre de urgencia y acoge, en condiciones precarias según técnicos europeos, a una enferma muy grave y a otros posibles infectados.

Aguirre sale ahora a ofender de nuevo a los sanitarios a los que despreciaba e insultaba, alabando la ejemplar Sanidad que ella desmanteló. Sus palabras sólo muestran maldad y falta de ética. Las privatizaciones y recortes de ayer son la causa de las infamias de hoy. Es a ella a quien hay que pedir responsabilidades.

Además, este gobierno ha demostrado que no sólo no sabe gestionar situaciones de crisis sino que sólo le importan sus votos. Como sea, aun a costa de lo que sea.

 No han dudado en hacer culpable a la víctima, no han cesado de insultar al médico que denunció las deficiencias y que ha corrido riesgo de infectarse. Ha tenido que ingresarse él mismo y no piden perdón por los errores. Nadie dimite ni nadie les cesa. Son irresponsables.

Esta situación de desconcierto, alarma, errores, silencios y mentiras recuerda otra gestiones nefastas del Partido Popular como el Prestige o el 11-M. No aprenden.

Pero la sociedad es madura y no soporta que la engañen.

Nuestro país sabe más de democracia que sus gobernantes y no tolera ya que durante una larga semana hayamos estado sin respuestas, sin protección, sin Presidente, sin Ministra.

Sus protocolos incumplían las recomendaciones de la OMS. La repatriación de misioneros fue una decisión política, no sanitaria, tomada en 24 horas y sin garantías para nadie. El personal sanitario lo denunció y nadie escuchaba su clamor. Ni los jueces.

Esta sociedad tiene mucho aguante, pero la cuerda se rompe si se estira demasiado, y han traspasado ya el límite con creces. Hemos despertado.

Han dañado ante el mundo el prestigio de nuestra Sanidad y de nuestros profesionales. Han dañado la confianza, si es que quedaba alguna, en su gestión de gobierno.

El ébola es un virus agresivo y mortal en muchos casos pero, tratado adecuadamente, puede curarse. Y así lo deseo fervientemente, desde aquí, para la enferma.

El esperpento cruel que lo ha rodeado ha sido sólo un síntoma de la grave enfermedad que aqueja a nuestro gobierno. Una enfermedad que se llama irresponsabilidad e impotencia para solucionar problemas y hacernos la vida más fácil.

Son incapaces y deberían reconocerlo por salud democrática.

 Imagen 1: Marcus Schinwald

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