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El hombre que siempre se negó a vestir frac

23/04/2014

El pasado jueves, murió Gabriel García Márquez.

Como un personaje de sus relatos, se fue en silencio a las 12 de un mediodía de primavera, un día antes de que la tierra temblara en México.

Era una muerte anunciada. La de un hombre de 87 años, enfermo y vital a la vez, que saludaba cada cumpleaños con una rosa amarilla en la solapa.

Porque “mientras haya flores amarillas, no tendré miedo a la muerte”, decía.

Nunca conocí al hombre, pero me atrapó el escritor un día ya lejano en que escuché uno de sus textos en la voz de un profesor.Era un raro docente, poeta y profesor de instituto, que llenaba de luz y savia nueva las rancias aulas históricas de la universidad de Salamanca.

Tuve la suerte de asistir a sus clases de Literatura Hispanoamericana, y su voz lenta y grave me abrió las puertas de un universo nuevo poblado por autores que hablaban mi misma lengua, pero que la enriquecían con términos hermosos, con una luz especial que la hacía más grande, más sensual, más rica.

Mi profesor no hablaba de datos, ni de fechas, ni de títulos. Se limitaba a leer un fragmento, y la clase callaba, atrapada por la hermosura de las palabras y la perfección del relato. Después devorábamos la obra.

Aún conservo el ejemplar de Cien años de soledad de la Editorial Sudamericana de Buenos Aires. Es la decimoquinta edición en dos años y guarda el entrañable sello de importación que los libros lucían en aquel tiempo.

Está ajado, amarillento, usado, como corresponde a un libro querido y manoseado, anotado, releído y admirado. Aún vuelvo a sentir al hojearlo la misma emoción que sentí cuando lo leía por primera vez.

Después, leí con impaciencia, toda su obra anterior. Seguí sus publicaciones posteriores sin sentirme nunca defraudada y, ya como profesora, siempre he disfrutado intentando explicar su narrativa cautivadora, hechizante, apenas sin diálogo.

La cadencia de su prosa tiene la fuerza de los narradores ancestrales, la magia que atrapa sin remedio la atención, que te lleva de la mano por mundos reales, tan reales que parecen inventados.

Porque sólo García Márquez es capaz de contar una historia empezando por el desenlace, sin perder ni una gota de la intriga narrativa. Sólo él es capaz de iniciar sus relatos con esa rara perfección que impide dejar de leer durante horas. Sólo él es capaz de terminarlos dejando al lector con un pie en el vacío, tras haber transitado un mundo en el que se mezclan lo inaudito con lo real y cotidiano.

Suena tras sus palabras la voz de la abuela de Aracataca, de la mujer que relata con normalidad lo extraordinario. Que atrapa imágenes visuales que describen un mundo exuberante. Que interpreta los signos del presente y anticipa el futuro. La mujer que contaba las cosas más atroces sin conmoverse.

Matriarcas que dominan el hogar y aportan sensatez al varón.

Las mujeres sostienen el mundo en vilo para que no se desbarate, mientras los hombres tratan de empujar la historia

repetía Gabo.

Como Mercedes Barcha, su sostén, su guía, su sensatez y su equilibrio siempre. La que logró sacar adelante su casa y su familia sin dinero mientras él escribía Cien años de soledad.

La que le traía los folios y la que envió el manuscrito a la Editorial Sudamericana sin haberlo leído siquiera. Hasta ahí llegaba su confianza.

García Márquez siempre escribió para conjurar la soledad:

Escribo para que mis amigos me quieran

decía siguiendo a Lorca.

La maldición de los Buendía deriva de su falta de amor, de su soledad que es lo contrario de la solidaridad. El desastre de Macondo viene de cada uno tirando por su cuenta.

Siempre consideró que la literatura tenía una función subversiva.

No conozco ninguna buena literatura que sirva para ensalzar valores establecidos.

Y predicó con el ejemplo. Nunca escribió un libro en el que no ensanchara el mundo. Nunca dejó de sorprendernos. De hacernos pensar.

“Lo malo de la muerte es que es para siempre”, decía. Pero se equivocaba porque él ya es eterno. Nos quedan sus palabras, sus crónicas periodísticas impecables, sus novelas, sus cuentos.

Hoy, como cada año en primavera, se celebra el Día del Libro. Un día dedicado a la cultura escrita, a las palabras que nos permiten ordenarnos y ordenar el mundo.

En un tiempo en el que el economicismo desprecia los valores culturales en aras del precio material de las cosas, leer de nuevo o descubrir a García Márquez será el mejor homenaje al escritor. Al mago que nos regaló un mundo diferente y a la vez tan parecido al nuestro que ya lo hemos hecho parte de nosotros.

Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra

Porque todo es irrepetible desde siempre y para siempre.

García Márquez sólo hay uno. Y está en sus libros.

4 comentarios leave one →
  1. ana r permalink
    24/04/2014 9:33

    Hace unos meses compré “Crónica de una muerte anunciada” por un euro y cada vez que lo veo me pregunto cómo pudieron vender una joya por tan mísera cantidad. Sus libros no son para leerlos una vez, hay que releerlos, disfrutar de cada línea y exclamar a cada minuto: pero qué bien escribe este hombre.
    Gracias por recordarlo con tus siempre acertadas palabras.
    Saludos.

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    • 24/04/2014 12:47

      Seguro que él se sentiría recompensado con tus palabras. Sus lectores lo salvaban de la soledad.

      El valor no tiene nada que ver con el precio. Sus libros deberían subvencionarse por salud mental e intelectual.

      Saludos, Ana.

      Me gusta

  2. Leire permalink
    25/04/2014 13:53

    “¿Y tu madre no te ha matado?” fue lo que me dijo esa profesora de lengua (vasca) que sería capaz de vivir entre frases de literatura suramericana. Estoy segura de que mi madre no me “mataría” por algo así. Aunque también estoy segura de que era una respuesta comprensible. Acababa de decirle que no me había gustado Cien años de soledad, que podían haber sido treinta.

    No sé en qué punto de la vida no numerable (en el sentido tanto matemático como literario del término) de una mujer fuerte y capaz no conseguimos juntarnos Márquez y yo en la misma casa, en aquella casa de locos. No conseguí leer un libro. Fuimos yo y un montón de frases durante 500 páginas. Yo y ese nudo en la tripa que no conseguí entender.

    Sé que leo con las tripas, y que no he apendido a leer con la cabeza. La literatura siempre será inconmesurable, y nada se puede demostrar. Sé que leía con las tripas aquel segundo de bachillerato en que Crónica de una muerte anunciada consiguió apasionarme, emocionarme hasta el punto de convertirse en el mayor apoyo en medio de aquella locura sin sentido. Con cada frase supe que eso era hacer literatura, ese juego que un hombre, al otro lado del mundo, en otra época, se traía con mis expresiones faciales y mis emociones.

    Puede que a veces con las tripas no sea suficiente. Puede que algún día consiga entrar en esa casa perdida en el bosque de las metáforas.

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    • 29/04/2014 8:54

      Dos cosas.

      Los libros son como los amigos, los eliges tú y los invitas a tu casa o no lo haces, siempre con libertad. Con independencia de lo que otros hagan.

      Las profesoras no deberían mezclar la lectura con los castigos y mucho menos con la familia… ;-)

      No sé si entrarás algún día en esa casa de metáforas y de locos. Quizá no te invitaron en el momento adecuado para visitarla. Pero estoy segura de que eres y serás una gran lectora.

      García Márquez habría entendido tu respuesta.

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