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Necesidad de la política

07/03/2014

Estamos a punto de entrar en una campaña electoral y ya se han dado signos de la guerra sin cuartel que se avecina.

Consignas, carteles y promesas electoralistas nos perseguirán sin compasión. Pretenderán confundirnos, porque cuanto más turbulento es el pensamiento más difícil es decidir. Costará mantener la cordura y el sosiego necesarios para ser libres y juzgar lo que veamos y oigamos. Pero se impone hacerlo y distinguir las voces de los ecos. Se tiene la sensación de que algunos prometen el siniestro mundo feliz de Huxley a cambio de nuestra indiferencia.

En primer lugar no debemos  confundir la política con los políticos.

La política es la manera más civilizada de enfrentarnos a los desacuerdos de la vida social y evitar conflictos que impidan la convivencia. Es el camino de la concordia y la voluntad de vivir juntos y no contra el otro. Por eso debemos desconfiar de los que dicen no hacer política. Son dogmáticos y no creen en la fuerza de la razón como modo de solventar conflictos. Prefieren la razón de la fuerza y de la imposición. Sin discrepancias.

Es cierto que algunos, que viven de la política y no para ella, la han convertido en trinchera sectaria y han carcomido sus bases hasta poner en peligro la democracia. Su política sin entrañas, “de malas tripas” en palabras de Antonio Machado, divide a la sociedad y envenena nuestra convivencia.

Su demagogia y sectarismo pueden acabar por cansarnos. Pero no son todos. Por sus hechos los conoceremos, no por sus palabras.

Porque, como decía Walter Benjamin:

El lenguaje no sólo refleja la realidad, sino que también la modifica.

Y también nos privatizan las palabras.

Con la ayuda de sus medios mercenarios parecen seguir sin complejos la máxima:

Procura que tu adversario nunca tenga razón. Y, si la tiene, lo amordazas.

En segundo lugar, el perverso pensamiento neoconservador pretende acabar con la política por la vía del desprestigio y el desencanto.

Provocar hastío y abstención es una maniobra calculada de los que quieren seguir manejándonos. Así seguirán usando las instituciones en su provecho, retorciendo la democracia hasta el límite. Con las manos libres para aprovecharse de ella.

La  tarea política no es sólo responsabilidad de unos pocos elegidos que la ejercen de manera más o menos acertada, sino de todos.

Los procedimientos democráticos son un bien mejorable, pero absolutamente necesario si no queremos caer en regímenes totalitarios, que son su única alternativa conocida.

Los ciudadanos somos responsables de la conservación y perfección de este bien y no debemos callar cuando lo sentimos amenazado como ahora.

No es ético callar, aunque sea cómodo. El silencio ha sido con frecuencia cómplice de los mayores horrores de la humanidad. Las palabras no dichas pueden equivaler a omisiones culpables, que contribuyen al interés de unos pocos.

Como afirmaba Max Aub:

           Los que teniendo voz callan, no son personas.

Pensar, razonar y criticar también es hacer política del bien común. Buscar la mejor manera de vivir juntos en la diferencia. Tender puentes, no cavar trincheras.

Eso supone sosiego. Capacidad de escuchar, atender y entender razones. El disparate llega hoy a descalificar al contrario, sin argumentos, antes de oírlo.

Si no responden ciertos políticos, es la hora de la política ciudadana. Su fuerza radica en la resistencia a la manipulación y en la participación. No sólo a la hora de votar.

La democracia no es un punto de llegada sino de partida, afirma Saramago.

Si queremos progreso y convivencia, huyamos de los que practican el enfrentamiento, sin importarles la censura y la mentira repetida.

Si no queremos volver a tiempos oscuros, no escuchemos a los que pretenden apartarnos de la política para hacerla por nosotros.

Contra la crispación, la sensatez ciudadana. Contra mentiras que desprecian nuestra inteligencia, información. Contra la indiferencia, participación. Contra el miedo, valentía.

Ya lo decía Antonio Machado:

           Ser bueno es ser valiente.

El poder de las personas se basa en su lucidez e independencia. Podemos y debemos decidir con nuestra voz y con nuestro voto. Siempre vigilantes y activos para reclamar lo que es nuestro.

No dejemos que sigan poniendo sus sucias manos sobre la noble política.

No permitamos que ahoguen la palabra, la discrepancia y la crítica.

Imagen 1: Karin Davie Night Ways, nº.6, 2006, gouache sobre papel con ojales y luces LED programadas.

Imagen 2: Andrés García Ibáñez. La especie superflua.

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