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Menos democracia y más espectáculo. Todo vale por el poder

27/02/2014

Ayer, el presidente Rajoy hizo más honda la profunda fosa que separa a políticos y ciudadanos.

Su discurso retrató un país imaginario, lejos de la realidad, inventado por sus asesores para taparla.

Su tono monocorde y distante de gestor frío, que lee lo que le escriben -sea lo que sea-, estaba muy lejos del sentimiento. Del dolor de un país herido, aplastado por una crisis persistente que ha carcomido los derechos y el bienestar de la mayoría.

Dolía escuchar a quien debe pilotar esta nave rota hablando de optimismo y recuperación a seis millones de parados que deberán esperar, según el Banco Central Europeo y otros organismos internacionales, toda una década para encontrar empleo. Quizá pensaba en las empresas del Ibex y en los grandes defraudadores que no sólo se recuperan, sino que han disparado sus ganancias a costa de  precarizar empleo y evadir capitales.

No parecía pensar en los cuatro millones de pobres energéticos que no pueden calentar su casa, sino en las grandes eléctricas que con su complicidad suben el recibo de la luz y contratan a sus altos cargos. El futuro esperanzador es de ellos, no de las familias que no llegan a fin de mes. Ni de los investigadores exiliados, ni de los jóvenes que emigran porque no tienen ni presente ni futuro.

Y sus diputados, como autómatas programados, aplaudían la representación en un ejercicio obsceno. Ajenos a una población indignada, ajenos a las “mareas”, al sufrimiento de cada día. Quizá pensaban en privilegios intocables, en  sobresueldos, en la puerta giratoria que premiará su fidelidad sin fisuras al jefe supremo. O en listas electorales.

No hay palabras para definir su cinismo, al oírle hablar de preocupación por los débiles. Los mismos que se manifiestan en silla de ruedas porque no pueden pagar su tratamiento, agonizan en pasillos de urgencias, deben dejar la carrera por no poder pagarla. Los padres ya eligen a cuál de sus hijos podrán dar estudios. Como en otros tiempos.

En el discurso del máximo dirigente de este país no hubo ni política, ni verdad,ni sentimiento. La política estuvo ausente porque nada se dijo de los problemas reales, del bien común, de medidas efectivas que ayuden al 99%, de sanidad, de educación, servicios sociales, del aborto, de los 15 muertos en Ceuta.

Sólo hubo partidismo que impone que ahora toca optimismo. Por decreto.

No hubo verdad porque las verdades a medias son peor que mentiras y los datos fríos escondían la realidad caliente y dolorosa de las personas. No hubo sentimiento porque fue de hielo.

Sólo hubo un espectáculo penoso que ahonda aún más en la desafección de la imprescindible política, porque desprestigiarla les conviene. Así ellos la manejarán sin nosotros en su provecho.

Confieso que hubiera querido que, al final de su discurso hubiera aparecido una frase mágica, como ocurrió en el programa de Évole:

Nos hubiera gustado contar la verdadera historia del país. Pero no es posible. Si lo hiciéramos perderíamos las elecciones, y ganarlas es más importante para nosotros que el bienestar de ustedes.

Al menos, él reconoció la farsa.

Así como la aventura de Évole puede pasar factura al periodismo al confundir información e invento, la farsa del discurso de Rajoy repetido, irreal, inventado ha pasado y pasa factura a la credibilidad de un presidente sin iniciativa, previsible, “como Dios manda”, con un concepto del poder predemocrático. Para quien el pueblo no cuenta.

La mayoría silenciosa puede entender que la engañan con facilidad porque la experiencia es la mejor maestra. Y hoy seguirán las facturas sobre la mesa. El embargo en marcha, las urgencias colapsadas, los hijos desesperados y los abuelos sin poder pagar sus medicinas.

Y el peor fin de esta historia triste es que la más dañada será la débil democracia, la noble política y el bienestar de todos.

El inepto timonel y sus oficiales seguirán a salvo en su burbuja, ajenos al desastre, con su chaleco salvavidas puesto. Presumiendo de haber doblado el Cabo de Hornos cuando no han salido del puerto. Un alarde suicida de optimismo falso y burdas mentiras que les pasará factura.

Mientras asistimos impotentes a la función de desprestigio de la política, vemos desaparecer verdad, dignidad y decencia.

 Vemos cómo se consume el futuro que dejamos a nuestros hijos en forma de deuda inasumible, escombros y facturas pendientes que ellos habrán de pagar.

Menos democracia y más espectáculo. Todo sea por la audiencia. Todo vale por el poder.

Imagen: Pintura de Pablo Montealegre. Sin título- espaldas 2011

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