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Antonio Machado no querría volver de su exilio

20/02/2014

Última foto del poeta

Un 22 de febrero de hace 75 años, murió en el exilio francés el poeta Antonio Machado.

Había pasado la frontera a pie, del brazo de su madre enferma, con frío en el alma y en el cuerpo. Empujado por la intolerancia de quienes no soportaban la disidencia.

Así lo recuerda su hermano José:

La guerra nos había matado el sueño a todos. El alba nos iba a encontrar más viejos que cuando llegamos. El frío del amanecer se sentía hasta en la médula de los huesos.

Murió apenas un mes después de su llegada.

Días antes, había entregado un pequeño joyero a su casera, diciéndole:

Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella.

Su tumba sigue en el precioso pueblo mediterráneo de Collioure. Siempre tiene flores frescas y un buzón donde sus admiradores le dejan sus palabras.

Hoy, Machado sigue en su exilio, y dudo mucho que quisiera volver a esta España.

La Valencia que conoció como capital de la República, y en la que pasó quince meses, ya no es la misma.

Su alcaldesa niega a dos ancianos de 80 y 90 años exhumar los restos de su padre para rendirle un último homenaje y limpiar su memoria. Se ha perdido todo sentimiento de humanidad y compasión.

La ciudad  abierta que acogió el Congreso Internacional de Escritores en el que el poeta disertó sobre la defensa y la difusión de la cultura, cierra teatros, deja hundirse museos de referencia, persigue a los intelectuales críticos.

La España “de cerrado y sacristía” de sus poemas vuelve o quizá nunca se fue. Sigue adorando los toros y la religión más fanática.

A él, que siempre defendió la libertad de cátedra, no le gustaría ver cómo una Ley de Educación retrógrada nos devuelve a las nieblas del autoritarismo, a la imposición, a la falta de pensamiento libre, a la segregación por sexo, al clasismo.

Lloraría al ver partir al exilio a la España nueva, la del “cincel y la maza”. La de la investigación y el pensamiento. Las generaciones de jóvenes cultos que nuestros gobernantes desprecian.

Al hombre bueno y dialogante, le espantaría ver cómo se insulta por pensar diferente, cómo se sigue embistiendo al contrario, cómo se ahoga la libertad de expresión, cómo se compran voluntades y cómo se miente sin recato. Él siempre defendió la honestidad y la coherencia. La sensatez, la concordia y la lucha de ideas, nunca de personas.

Al cristiano agnóstico, que “buscaba a Dios entre la niebla” y lo encontraba en el prójimo cercano, le espantarían las imágenes desoladoras de personas migrantes muertas en la playa por el único delito de querer una vida mejor.

Y clamaría contra ministros y directores de las fuerzas del orden que lo justifican.

Porque, como decía:

Nadie debe disponer de la vida de las personas, nadie debe utilizar al prójimo hasta quitarle su dignidad.

Él, que proclamó la fatal necesidad de destruir la cultura del fascismo, volvería a verlo en símbolos y actitudes intolerantes. Vería crecer el fantasma de la ultraderecha  y el silencio de tanta gente buena que peca por omisión.

Siempre repetía:

Si algún día tenéis que tomar parte en la lucha, no dudéis nunca en hacerlo en el partido del débil.

Le dolería en el alma comprobar que la democracia que soñó se ahoga en las aguas de una crisis provocada por la ambición del dinero.

Él, que estaba seguro de que los problemas sociales son en realidad problemas políticos, sufriría viendo cómo se degrada el noble arte del bien común y corruptos sin escrúpulos usan la política para su provecho.

No creo que este gran hombre, este poeta inmenso, símbolo de la mejor España, la más decente y libre quisiera volver a ella.

Desde su tumba francesa se siente la brisa del mar. El mismo mar que quiso ir a ver en vísperas de su muerte. Ante el que se sentó, con el sombrero entre las manos pensativo, un mediodía con sol.

Collioure

Quizá recordaba otro sol más cálido. El de su infancia sevillana, en el patio con limonero que encerraba sus sueños infantiles.

En su chaqueta, se encontró un papel con su último verso:

Estos días azules y este sol de la infancia.

No. El poeta no querría volver a este país triste. A este país de niebla.

Como dejó escrito en su despedida a Valencia:

Sólo la tierra en que se muere es nuestra.

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