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Son seres humanos, migrantes como nuestros hijos

13/02/2014

Los movimientos migratorios no son nuevos. Todos somos migrantes. Si hubiera habido una Eva, sería negra.

Ahora, África nos necesita, tras haber sido expoliada.

Ha sufrido como nadie las consecuencias de la globalidad liberal que permite la libre circulación de capitales y reprime hasta la muerte a las personas. Están ahí, a un paso del paraíso que apenas vislumbran a través de las pantallas del televisor. Sufren hambre y sed a las puertas de Europa. Nuestra crisis es riqueza para su miseria.

No hay valla, cuchillas, ejército o frontera que pueda detener su desesperación. Hasta la muerte les parece mejor que sus vidas. Como demuestra más de una decena de personas ahogadas recientemente en Ceuta.

No podemos mirar a otro lado y pretender vivir a la sombra de la miseria del Sur. Incluso a sus expensas.

De modo malévolo se ha identificado la inmigración, fruto de la injusticia, con la invasión de seres molestos que vienen a perturbar nuestra paz de nuevos ricos.

Se pretende explicar lamentables hechos delictivos por la cultura del delincuente y eso es falso y peligroso. Nadie es honrado o criminal por su origen. La identidad es un punto de partida no un destino.

Políticos, como el alcalde de esta ciudad, dicen entorpecer el legal empadronamiento de personas migrantes para prevenir la delincuencia. Crean agitación y rechazo y fomentan un discurso populista que ya ha dado frutos perversos en Europa. La ultraderecha sube y amenaza la convivencia con blindajes peligrosos, como ha ocurrido en Suiza.

Parecen pensar más en las elecciones que en los seres humanos. Parecen pensar más en la identidad del dinero que en las personas. Quizá porque el dinero es su dios y su religión.

Sólo mediante la integración social podemos abordar esta realidad  imparable. La convivencia propicia el diálogo y el aprendizaje mutuo. Y este pacto de ciudadanía se hace desde la vida cotidiana: escuela, trabajo, barrio o bibliotecas públicas, como demostró el caso ejemplar de Gandia. Que fue un modelo de integración social y cultural reconocido. Una herencia recibida impagable, que agoniza porque no le interesa al actual gobierno.

Las migraciones, afirma el economista Galbraith, benefician al país de acogida. Nuestras sociedades envejecidas reciben savia nueva.

Además, garantizan nuestras pensiones, ahora que, en una acción suicida, nuestros gobernantes expulsan a nuestros jóvenes  del país y nos dejan sin futuro.

Hoy, nuestros hijos son ya migrantes en busca de otra vida mejor. Y darán savia nueva a otros países de acogida.

España ha sido y es país de emigrantes. Ahora mismo los españoles que emigran superan a los  inmigrantes que nos llegan.

¿Querríamos para nuestros hijos la incomprensión, el acoso y el desprecio? ¿Soportaríamos que los marginaran por ser diferentes? ¿Qué no les permitieran vivir?

El contacto entre culturas enriquece. Si se reduce la identidad a una sola pertenencia -raza, religión o país- se instala en las personas una actitud sectaria, intolerante, dominadora y a veces suicida.

En la Alemania de comienzos de los años 30 el sufragio universal, ejercido en un clima de crisis social aguda y de propaganda racista, llevó a la abolición de la democracia. Cuando ésta volvió, había millones de muertos. En democracia, lo sagrado son los valores y los derechos humanos, no las mayorías absolutas.

Como dice Amin Maalouf:

Sería desolador que un pueblo, cualquiera, venerara más su historia que su futuro. Un futuro que se construirá con profundas trasformaciones.

Se trata de perder recelos, conocer nuevas culturas y evitar guetos que fomenten el aislamiento. Y eso no se logra con declaraciones incendiarias y acusaciones injustas.

Tampoco con acoso policial.

Podemos elegir entre el enriquecimiento económico y cultural de la acogida o el enfrentamiento y el odio al diferente.

La elección pondrá a prueba nuestra generosidad y también nuestros prejuicios.

Será la prueba de fuego y la demostración de que el “humanismo cristiano” y “la preocupación por el débil” de los que presume el gobierno de esta ciudad no es sólo pura palabrería, crueldad y egoísmo.

En hermosas palabras de Manuel Rivas:

Todos soltamos un hilo, como los gusanos de seda, si se entrecruza con otros, puede hacer un hermoso tapiz, una tela inolvidable.

Imagen 1: Andrés García Ibáñez: Turba I. Serie La masa, 2005

Imagen 2: Pinturas realizadas sin pinceles y directamente con las manos por Paolo Troilo.

Imagen 3: Nacho Puerto. Manos. Transiciones, 2012

2 comentarios leave one →
  1. 13/02/2014 19:14

    ¿No empadronar a inmigrantes para prevenir la delincuencia? No lo entiendo, ¿son inmigrantes los imputados que se sientan en la bancada del gobierno valenciano del PP, los directivos de las cajas de ahorro saqueadas, los Gürtelindos, los Barcenas, los Emarsanos, y toda esa recua de impresentables chorizos que nos han robado a manos llenas?
    ¿Cómo se te ocurre pedir solidaridad a quienes solo piensan en su propio estado del bienestar, a costa de la miseria de sus conciudadanos?, ¿educación, cultura? Sin comentarios. Y, en cuanto al humanismo cristiano, podemos preguntar a los ministros del Opus, obsesionados con prohibir a las mujeres que hagan lo que consideren oportuno con su cuerpo y ajenos al dolor y las necesidades de todos. O a la jerarquía religiosa, que todavía no ha dicho ni media palabra en relación al drama de miles de personas que se dejan la piel a tiras intentando atravesar una valla, o mueren ahogados a cien metros de una playa que no pueden alcanzar por los disparos de la guardia civil. ¡Qué espanto!

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