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La fuerza de los sueños. Mandela y los Derechos Humanos

14/12/2013

El mundo entero despide esta semana a Nelson Mandela. Un hombre que cumplió con creces el hermoso deseo expresado por Álvaro Mutis:

Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos.

Hay personas que desprenden una fuerza especial. Que poseen una integridad personal que neutraliza la miseria humana, la hipocresía y el cinismo que nos rodean con mayor frecuencia de la deseada.

Y él es uno de ellos. Cuando las noticias son duras como es habitual en estos meses, la esperanza en el ser humano flaquea, el miedo a lo peor crece, y el alma se encoge agazapada ante tanta indecencia, necesitamos personas que en tiempos oscuros nos enseñen a caminar en la oscuridad.

Personas que poseen una fuerza sobrehumana para superar lo imposible. Que nunca se doblegan y que dejan huella imborrable incluso en sus verdugos. Que tienen una especie de luz.

Se forjó en una prisión de veintiocho largos años. Invicto, como el poema que leía todas las mañanas. Y lo salvó el perdón, porque el odio mata y el perdón revitaliza. Fue siempre el capitán de su alma y el dueño de su destino, y nos deja un legado ejemplar que manchan estos días muchos de los que lo alaban en público y con sus actos rompen el sueño del noble Madiba. El de un mundo igual y en paz.

El mismo que soñaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos que el miércoles pasado cumplió 65 años.

Un acuerdo histórico que pretendía aportar algo de sensatez al mundo del siglo XX, empeñado en un suicidio colectivo, orquestado por las orgías de sangre y dolor de las dos guerras mundiales.

Sus treinta artículos, concisos y certeros, deberían hoy servir de base a los programas de todos los políticos del mundo. Por el contrario se silencian, cuando no se vulneran sistemáticamente.

 Parece haber desaparecido la justicia como simple “derecho a existir” del ser humano. La libertad, la igualdad o los derechos civiles son palabras tan repetidas como vacías de significado.

 Una flagrante hipocresía social permite desigualdades reales que amenazan con convertirse en abismos de la mano de la globalización injusta del capital.

El actual sistema económico es injusto y ‘mata’, afirmó el papa Francisco en un documento difundido recientemente, en el que describe al capitalismo sin límites como “una nueva tiranía invisible”.

Los poderes políticos son meros servidores del poder económico que amenaza con regir el mundo, poniendo en peligro hasta los valores democráticos. Ya lo dijo Montoro. Mandan los mercados y nos sacrificarán a ellos.

 La esclavitud de niños y mujeres, los encarcelados por sus ideas o pueblos exterminados por guerras injustas, hambrunas o epidemias son su más terrible manifestación, pero no la única.

 También nuestras democracias formales, pero no reales, padecen un severo déficit humanitario.

 Las mujeres siguen muriendo a manos de los que no aceptan su plena libertad.

 Miles de jóvenes trabajan en condiciones de esclavitud atrapados en las redes de empresas sin escrúpulos. Los empleos por horas se venden como contratos, y el trabajo deja de ser un derecho. Y aún piden trabajar más y cobrar menos.

 El derecho a una vivienda digna se ve amenazado por la especulación corrupta y salvaje amparada en la indiferencia, cuando no en la alianza, de los poderes públicos. Se salva a los bancos con nuestro dinero y ellos dejan en la calle a familias indefensas a las que se engañó hasta con el precio del Euribor.

El derecho a la libertad de opinión e información languidece en medios de comunicación manipulados por el poder político y económico. Se cierran canales públicos y se subvencionan los privados afines al poder como ha ocurrido con Canal9 y Gandia TV. No hay democracia sin transparencia, sin información veraz.

Bolsas de pobreza alarmante crecen cada día casi a la misma velocidad que los beneficios de los poderosos. La desigualdad se multiplica y con ella la injusticia.

 Educación y sanidad públicas se desmantelan y venden al mejor postor cerrando la puerta al motor del desarrollo y lesionando gravemente el derecho al conocimiento y a la salud.

 En palabras de Mandela:

La educación es el gran motor del desarrollo personal. A través de la educación la hija de un campesino puede convertirse en  médica, el hijo de un minero puede convertirse en el jefe de la mina, o el hijo de trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación. La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.

Tras volver a encontrarme con sus palabras, pienso que no todo está perdido. Que el otoño es la puerta de un nuevo invierno que abrirá paso a la primavera.

Que se pueden superar todas las dificultades. Y, lo que es más importante, que la dignidad, la solidaridad y la esperanza de las personas no pueden ser doblegadas.

Porque las contrariedades nos hacen fuertes. Nos hacen humanos.

Se trata solo de mantener viva la llama de los sueños.

Y luchar por ellos. Sin resignarse nunca a perderlos.

Imagen1: Johannes Kahrs Untitled (nr Auslöschung), 2003

Imagen 2: Martin Klimas.

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