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Renacimiento

25/11/2013

 

Me erijo voz
desde el silencio

Soy

mujer

de nueva cuenta.

Guisela López

Esperaba el timbre del teléfono. Cuando sonó, lo abandonó sobre la mesa, salió de casa y cerró la puerta tras de sí.

Sonreía levemente. En un segundo, con esa puerta, creyó cerrar toda una vida.

“Recuerda”, le había dicho él, “llamaré para que salgas a tiempo. No lo olvides. La recepción oficial es muy importante para mí. Tienes que acompañarme”.

Se había casado muy joven. Era el chico del que se enamoró en el instituto.

Todo parecía escrito desde hacía siglos para que se encontrasen. Los días y los sentimientos se acomodaron sin dificultad y, sin darse cuenta, se encontró casada con él.

Es verdad que, a veces, cuando lo miraba, creía ver a un extraño. Que no reconocía sus frecuentes cambios de humor, ni sus rencores sordos, persistentes. No es nada, se decía.

Y el tiempo y la costumbre terminaron por convencerla de que era así.

Él nunca había querido tener hijos. “Así tendrás más tiempo para mí”, repetía.

Y ella se conformaba. Al fin y al cabo, él siempre acababa por tener razón.

Los primeros años viajaron mucho. Los cambios y la novedad dieron a su vida un tono de novela que ella confundió con la felicidad.

Poco a poco, los negocios florecieron. Con el éxito y el dinero, él pensó que había llegado a su meta.

“Ahora ya lo tienes todo”, le insistía.

 Y ella olvidaba o no sentía los desprecios, las palabras desagradables, la soledad, la nada en la que vivía. Eran pequeñas percepciones: una mirada humillante, un insulto, un silencio, un reproche más allá de lo usual…

Un día, oía sin escuchar, como casi siempre, el sonido monocorde del televisor.  Y algo atrajo su atención. De pronto, todas las intuiciones perdidas en su mente tejieron una idea tan terrible como clara. Era su vida.

Aquellos expertos parecían haber penetrado en su alma.

Iban desgranando sus quejas nunca expresadas, sus inseguridades, sus miedos…

Iban poniendo nombre a su vida cercenada, a su falta de libertad, a su jaula de oro.

Nada cambió en apariencia, pero dentro de ella se abría paso otra vez aquel yo perdido en la adolescente enamorada.

No fue fácil. Nunca  lo es renacer del dolor y  la sumisión. Volver de la nada.

Por qué decidió romper con todo en Navidad nunca lo supo. Quizá por la tenue angustia que se colaba en su alma al contemplar las primeras luces de colores y escuchar los machacones villancicos.

Quizá por esa felicidad impuesta siempre en esas fechas. Quizá porque era tiempo de balance…

No sentía odio, ni pena. Tampoco rencor. Estrenaba vida.

Atrás, dejó el vacío y un dolor difuso que impregnaba todo el pasado en común con su verdugo. Nada más.

Dentro, aún se oía el timbre persistente del teléfono.

En la calle, luces, adornos y música la estremecieron.

No le parecieron nuevos. Llevaban dentro todo el peso de la nostalgia antigua.

Apoyó en esa tristeza sus pasos, firmemente, y empezó a caminar.

Imagen: Fotografía de Chema Madoz

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