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Viaje triste de lluvia y amapolas blancas

09/11/2013

“Tienes que leerlo. No puedes dejar de hacerlo”.

Su voz me llegó apremiante una noche de vinos, en plena primavera. Era un conocido, una de esas personas que te sorprenden por conocer tus gustos sin que el contacto haya sido demasiado frecuente.

Ya salíamos del bar y retrocedí pidiendo que me diera el nombre del autor y el título. Por fin encontramos papel y bolígrafo y la nota quedó en mi bolso.

Al llegar a casa la puse en mi mesa. Las ocupaciones me desviaron de ella durante algún tiempo, pero siempre el nombre del autor y el título sugerente me llamaban, al sentarme a trabajar.

Tiempo después, en la biblioteca, pregunté por el libro y no estaba disponible. Me prometieron, como siempre eficientes, que un mensaje de móvil llegaría en cuanto pudiera conseguirlo.

Y, cuando lo tuve en mis manos, comprobé que era una novela breve. Apenas 100 páginas.

Nada me dijo la foto de portada, dos jóvenes felices y sonrientes. Más tarde comprendería por qué.

Tampoco conocía al autor y decidí leer la novela sin averiguar nada más. Estaba intrigada por aquella recomendación tan apremiante. Quería saber por qué aquel conocido estaba tan seguro de que me gustaría.

La leí de un tirón. Y al llegar a l final, me ocurrió lo que sólo me sucede con algunos libros. Volver a la primera página y releer otra vez lo leído. Lo necesitaba.

Y aún volví sobre algunos capítulos y releí, tres o cuatro veces más, lo leído.

El relato se ilumina en la página final, adquiere una luz nueva, y detalles que pasaban desapercibidos se hacen esenciales, encajan como las piezas de un puzle.

Es la historia de una amistad. Una historia de sueños, de rebeldía, de libros, de viajes, de búsquedas, de desencuentros. Pero nada que ver con la foto comercial de la portada. Una portada que traiciona el contenido.

Una frase de Leopardi  condensa la melancolía de su final desencantado:

La felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla.

Porque el relato es la certeza de que buscamos imposibles, de que corremos tras sueños irrealizables.

De que , como dice Camus:

Los hombres mueren y no son felices

No hay nombres, no hay espacios definidos. Porque el recuerdo desdibuja la realidad y todo transcurre como a cámara lenta. Años despues de los hechos, entre una niebla que desprende la memoria brumosa del protagonista y vela los recuerdos.

Todo parece verse desde la distancia, como si el autor temiera acercarse demasiado al dolor, a la decepción, a la vida desnuda.

Y la literatura envuelve la realidad. El protagonista colecciona frases literarias sobre la lluvia como si coleccionara momentos. Una lluvia monótona en Machado. La lluvia en gris cansado del Juan Ramón impresionista y lánguido…

Lluvia cerrada por el fin de un triste sueño en Lorca.

Leve lluvia del Rubén modernista… Lluvia, siempre la lluvia.

El relato es un soneto en prosa de catorce capítulos. Uno por cada verso.  Como los sonetos que el enigmático amigo del protagonista, un muchacho misterioso como su enigmática inicial H., componía para sus compañeros.

El autor, Gonzalo Hidalgo Bayal, fue definido por Rafael Sánchez Ferlosio en su dedicatoria de Glosas castellanas como:

Jardinero de la lengua castellana que al cultivar un campo de amapolas blancas hizo extinguirse las rojas amapolas , para que al fin pudieran florecer las amapolas rojas.

Y el título magnífico, Campo de amapolas blancas, el libro entero, los personajes, su viaje triste, sus estaciones lentas, sus desalientos, su camino a ninguna parte, quedan resumidos en un final perfecto, en un verso cierre de soneto como sólo un clásico puede componer.

En un jardín de palabras que sólo puede cultivar un experto jardinero:

A mí me quedan los eslabones del tiempo en la memoria; la espinela, los tribunos de la plebe, la náusea, ay, infelice, Butch Cassidy and the Sundance Kid, das Ewigweibliche, la mansarda de Les Halles, Charlie Parker, Lucy in the Sky wiht Diamonds, el sueño de la script, una sonrisa triste y bondadosa y la persistencia plural de la lluvia, la lluvia que se esconde en las palabras y los libros, la lluvia que azota la ciudad y las ventanas, la lluvia que cae sobre el olvido y la ceniza. Por mi parte, he contemplado campos de fresas, de trigo, de algodón, oigo a veces el sonido compacto de Strawberry Fields Forever, he sabido de campos de batalla, magnéticos y santos, pero, por más que miro a los lados de la carretera cuando viajo en coche por tierras de murgaños, aún no he encontrado campos de amapolas blancas.

Ahora sí sé que aquel consejo apremiante era certero. Ahora sé que debía leer ese relato. Hacía tiempo que una novela contemporánea no me llegaba tan dentro.

Quizá otra noche pueda agradecerle a aquel conocido que me llevara a ella.

Y ya le agradezco que me hiciera conocer a su autor. Un novelista capaz de escribir un hermoso, triste y lluvioso soneto en prosa. Un libro que se queda anclado en el recuerdo. Un clásico.

Imagen: fotografía de Chema Madoz

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