Skip to content

La cartera

19/10/2013


Y yo te amo desde lejos.

Antonio Gamoneda

Estaba sentado, como cada tarde, en su banco favorito. Intentaba distraer sus pensamientos siguiendo las locas evoluciones de las hojas movidas por el viento.

El sol jugaba con las sombras, y su luz se movía inquieta, como si persiguiera los colores de las baldosas del Paseo.

Había llegado a la ciudad hacía unos años. Aún añoraba el color de los campos y la vida en el pueblo. Pero, tras la muerte de su mujer, allí le dolían demasiado los recuerdos.

Al llegar, vivió unos años con su hija. Todavía lo necesitaban para cuidar del nieto. Primero en casa y luego para acercarlo al colegio. Siempre estaba ahí para echar una mano cuando el trabajo los tenía demasiado ocupados a los dos.

Ese pequeño, al que vio nacer, era su vida. Siente todavía su mano en la suya cuando paseaban. Eran cómplices y amigos. Reían juntos, jugaban, le contaba historias. Sobre todo le gustaban las adivinanzas.

La felicidad se desbordaba los días de la Feria.

Lo veía saludar desde el caballo del tiovivo, gritar más tarde desde los coches de choque o la noria, saborear goloso los dulces que le compraba. “No se lo digas a mamá, abuelo”.

Cada mes, guardaba de su escasa pensión aquella pequeña cantidad. Con mimo, la metía en una cartera desgastada y esperaba.

Las fiestas llegaban con el otoño. La ciudad se despertaba del sopor del verano y volvían las gentes a las calles tras la huida a la playa en los meses de calor.

Abuelo y nieto vivían todo el año para esas fechas. “¿Cuánto llevamos recogido ya, abuelo?”

Era un modo de sentirse útil. “A veces sólo parece uno un trasto viejo”.

Comprendía que se fueran a trabajar. Aquel chalet que soñaban era muy caro. Pero la soledad pesaba cada vez más.

Sin embargo, los días de la Feria lo compensaban con creces. Sentía latir la pequeña mano de su nieto en la suya y el brillo de sus ojos lo llenaba de alegría. ¡Ellos dos solos!

“Abuelo, este año me monto dos veces”. Y él contaba una y otra vez, alarmado, la escasa cantidad de dinero que parecía disminuir cada otoño.

Desde que se mudaron al chalet apenas lo ha visto. Ahora es un joven desconcertado que se avergüenza de su abuelo. Aunque piensa que es ley de vida, no puede dejar de sentir una punzada en el estómago.

Acaricia la vieja cartera en su bolsillo. Fue un regalo de su mujer. Celebraban su aniversario.

Este año, como siempre, ha vuelto a separar una pequeña cantidad cada mes. Y le hace daño pensar que seguirá otra vez intacta tras las fiestas. La siente inútil, muerta.

Ya no lo necesitan. Y vuelve a recordar el pueblo. Los bailes. La romería…

Allí la conoció. Allí se enamoraron. Luego, los hijos, el tiempo veloz. La muerte a traición. La soledad.

El sol ha desaparecido. Ya no hay juegos de luz sobre el pavimento. Todo parece volverse gris de repente.

Levanta la vista y lo ve venir entre la gente. Su nieto. Le cuesta reconocer en ese joven desgarbado y nervioso a su pequeño. Su andar sigue siendo el mismo.

Ahora el móvil atrae toda su atención. Lo hace chocar continuamente con la gente. Se le ve enfadado.

Aporrea el teclado con dedos veloces y parece descargar su rabia en el minúsculo aparato que es ya una prolongación de sí mismo.

***

Sintió la mirada de su abuelo unos metros antes de cruzarse con él. Pensó hacerse el loco. ¡Qué mala pata!

Desde que se fue a la Residencia no había vuelto a verlo. Nunca tenía ganas, ni tiempo. Le pareció más pequeño, más débil. Lo recordaba alto y fuerte.

Pero no pudo evitar, como otras veces, que sus miradas se cruzaran.

Y, en sus ojos, vio de repente el tiovivo, la noria, las golosinas. Su complicidad de tantas veces. Los dos solos.

***

No sabe bien cómo se ve, de nuevo, caminando junto a su niño. Ahora es una torre larguirucha e inquieta a su lado. A lo lejos, las luces de la Feria.

El contacto de la mano de su nieto es el mismo. Pero ahora no sabe quién protege a quién.

Con la otra mano, acaricia en el bolsillo la vieja cartera desgastada. Le parece que late de nuevo. Está viva.

 Este relato se publicó en el especial de Feria de la revista Safor Guia en 2007

2 comentarios leave one →
  1. ana r permalink
    03/11/2013 19:13

    Qué buenos recuerdos me vienen a la cabeza. La mano siempre abierta de esos abuelos que nunca te fallan y cuando envejecen buscan la tuya. ¡Ojalá no se fueran nunca!
    Precioso relato, saludos.

    Me gusta

    • 03/11/2013 19:54

      Se van, pero se quedan con nosotros en el recuerdo. Y ahí siguen… “amándonos desde lejos”, como dice el precioso verso de Gamoneda. Gracias por tus palabras.
      Un saludo

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: