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Azucenas entre el fango. Día internacional de la Erradicación de la Pobreza.

17/10/2013

Un lejano diciembre de hace 65 años, nació la Declaración de Derechos Humanos. Hoy, sigue sin cumplirse ese hermoso sueño heredero de la Ilustración. Las personas no son libres ni iguales en dignidad y derechos.

Ocho millones de seres mueren al año a causa de la pobreza severa, una de las mayores infamias de nuestro avanzado mundo. La mayoría en África, nuestra vecina del sur, la gran olvidada. Hambre y enfermedades, como sida y malaria, diezman pueblos en los que sólo hay ancianos y niños sin esperanza.

En palabras de Mayor Zaragoza:

“La pobreza espiritual de los más ricos causa la pobreza material de muchos. Fueron vendidos al peso. Debemos pagar la deuda”.

Pero se mira a otro lado. Se acepta que nacer en el olvidado Sur supone hambre, esclavitud y muerte. El perverso determinismo que afirma que siempre habrá ricos y pobres es sólo una excusa.

Y parece que ya empezamos a sentir las garras de la desigualdad tambien en este Sur de la opulencia.

El año pasado, este mismo día, había menos gente en la manifestación convocada por las ONG en la Plaza Mayor de Gandia que en las tiendas abarrotadas de la calle comercial. Una siniestra metáfora del consumismo, la ceguera neoliberal y el individualismo egoísta que nos aplasta.

Este año, no hay convocados actos para reclamar la erradicación de la pobreza en mi ciudad. Nadie parece querer ver que también muchos de nuestros vecinos pasan hambre, que malviven con ayudas de ONG, que esconden su necesidad. Porque la pobreza mancha y avergüenza.

Las desigualdades han aumentado brutalmente en un año. Los ricos son más ricos, los pobres más pobres y más abundantes.  Ya somos uno de los países más desiguales de Europa. Casi tres millones de personas son pobres en España.

Pero nuestros  gobernantes parecen sordos y ciegos ante el dolor de la ciudadanía. La caridad pretende sustituir a la justicia.

Se fotografían sonrientes anunciando migajas de beneficencia, mientras dilapidan dinero público en oscuros negocios. Ni siquiera sus sonrisas logran ocultar su desvergüenza.

Incluso han eliminado el mísero 0,7% de ayuda al desarrollo. Su demagogia no tiene límites a la hora de señalar quiénes son los pobres. Y la cruel y “rentable” xenofobia se añade a la injusticia.

Bastaría con cumplir los Objetivos del Milenio, que hoy agonizan, o desviar el dinero que invertimos en Defensa y armamento a la ayuda al desarrollo. Países como los EE UU dedican 100 dólares a las armas por cada 6 centavos de ayuda a países pobres.

Tampoco el crecimiento económico en el primer mundo lleva consigo la igualdad. Y los destellos que había se han apagado con esta crisis terrible y demoledora. Crisis que ha provocado la codicia de unos pocos y que está empobreciendo a la mayoría. Está acabando con los derechos.

Hay cada vez más pobres a nuestro lado. Son exponente del abandono de las políticas sociales.

Los recortes afectan a los débiles, dependientes, desprotegidos… Y ahora también, olvidados.

Cuando esto ocurre, las crueles leyes del mercado sustituyen a los valores universales. Hacen esclavos en nombre de la libertad de comercio.

Se pone en manos privadas la lucha contra la pobreza. Los voluntarios cubren carencias en una labor  encomiable, pero no pueden ni deben sustituir al Estado. Lavar las conciencias con caridad no es el camino. La igualdad es cuestión de justicia social no de compasión.

Dice Gustavo Gutiérrez, creador de la Teología de la Liberación:

“Pobre, en sentido evangélico, es el considerado insignificante, sea por falta de dinero, por el color de la piel, por ignorancia, o simplemente por ser mujer”

Valores laicos y evangélicos coinciden, como no podía ser de otro modo, mal que le pese a cierta jerarquía eclesiástica. Porque la justicia sólo tiene un camino: dar a los abandonados la oportunidad de ser personas.

 Sin embargo,algunos obispos condenan todavía hoy la Ilustración. Deberían meditar sobre lo que dijo el novelista Arguedas al sacerdote Gutiérrez:

”De ese Dios del que me habla yo nunca he sido ateo”.

Quizá ellos, la jerarquía que ataca a los teólogos de la liberación, hablan de otro dios más cercano al César. El dios dinero.

Al pobre sólo le queda cantar su pena, como dice maravillosamente Agustín García Calvo:

Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio;
canta el pobre, la pena canta;
no canta el rico.

Y para conjurar la tristeza, la injusticia y el olvido nada mejor que el poema entero, musicado y cantado por Amancio Prada.

Una delicia para un tema desgarrador. Porque eso hacen la buena literatura y la buena música.

Logran encontrar azucenas ente el fango.

Sólo de lo negado canta el hombre,
sólo de lo perdido,
sólo de la añoranza,
siempre de lo mismo.

Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.

Y desde entonces sólo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede:
su jaula es él mismo.

Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio;
canta el pobre, la pena canta;
no canta el rico.

Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro,
de verdes ojos fríos.

Y así es como canta el hombre,
por su niño antiguo,
y la boca sin pan y sin besos
y el cielo vacío:

siempre de la añoranza, de lo negado,
de lo perdido;
siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.


Fotografía: AP/GTRESONLINE

Actualización, 17/10/2014:

Tampoco este año en Gandia ha habido actos que recuerden que la pobreza no sólo no se erradica sino que se extiende.

África sigue olvidada. Mueren miles de personas, ahora por un ébola cruel que nunca se consideró necesario investigar para curarlo porque sólo afectaba a ellos, a los olvidados del tercer mundo.

En España la pobreza crece y afecta a niños, ancianos y familias de una clase media devastada.

Mientras, descubrimos horrorizados que los banqueros se gastaban nuestro dinero en caprichos, que han gastado por encima de nuestras posibilidades y han negado la ayuda a países necesitados.

Un año más en el que las desigualdades se han incrementado. Crece el número de millonarios y la pobreza aumenta.

Un año más de infamia, un año menos de justicia y solidaridad.

Una pena y una vergüenza.

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