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El nuevo

27/09/2013

***

Los hechos son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.

Juan Carlos Onetti

El curso había comenzado cuando llegó. Eran esos días raros en los que la nostalgia del verano va dando paso a la ilusión de la mochila nueva y el reencuentro con los amigos.

Entró asustado. Perdido en aquella clase extraña, llena de ojos curiosos y sonrisas burlonas.

Apenas podía contener las lágrimas. Estaba incómodo y tenía miedo.

El mismo miedo que aquella mañana había acabado con sus sueños de repente. Todo quedó atrás en un segundo. Sus amigos, su casa, su perro, su vida entera.

Un día, su padre lo despertó más temprano que de costumbre. “Omar, tenemos que irnos”. Sólo pudo coger su balón y sus deportivas favoritas.

Su madre era juez y la habían obligado a dejar su trabajo y cubrirse con un velo. Su padre escribía en un periódico que denunciaba la  intolerancia de los violentos.

Después el ruido, los gritos, los uniformes, el avión…Otro país, otra lengua…Y aquella tristeza que crecía en los ojos de su madre.

“Es un compañero nuevo. Viene de muy lejos. No conoce nuestra lengua”. La voz de la profesora les pareció diferente, más cálida y cercana. “Debéis ayudarlo. Ha sido todo muy difícil para él”.

Como todos los años, aquellos días finales de septiembre eran diferentes. Los libros nuevos apenas se abrían. Los profesores daban normas sobre los cuadernos, lecturas, exámenes. Todo tenía un aire de provisionalidad expectante y hasta el sol de otoño se resistía a perder el brillo del verano.

Ahora que la sorpresa por el alumno nuevo había dado paso a la rutina, Omar se esforzaba por comprender lo que sería su vida. No entendía por qué, a medida que acababa el mes, se encendía en los ojos de los niños el brillo que precede a las vacaciones de verano. Era como si el curso, apenas empezado, fuera ya a terminar.

Aquella lengua extraña llegaba, rápida y nerviosa, a sus oídos en boca de sus compañeros. Sus ojos atentos seguían manos y labios intentando descifrar las palabras. Pero se le resistían. Era duro.

 Sólo David, un afable muchacho, moreno e inquieto, parecía diferente. Siempre encontraba sus ojos al sentirse perdido, y su sonrisa hacía que aquellos sonidos extraños se volvieran amables y cercanos.

Aquel día, Omar estaba contento. Había logrado entender la explicación de la profesora sobre los días de vacaciones que se avecinaban. Pero sentía que algo se le escapaba.

Las mochilas estaban cerradas. Sus compañeros volvían cada segundo la vista a las ventanas. Parecían temer algo y apenas podían permanecer sentados. Pero se daban codazos y reían alegres.

Un sonido agresivo y violento de tambores que se acercaban rompió la tensa espera. Y se desató el caos.

No supo bien cuándo se refugió bajo la mesa. Tampoco, cómo la clase se quedó vacía de repente. Sólo oía gritos y  en su mente revivió el pánico de tantas noches en vela, las carreras, los uniformes, el tenso silencio.

“¿Estás bien?”. La sonrisa de David lo llamaba desde arriba. Su mano tendida logró devolverle el sosiego.

No comprendió todas sus palabras, pero sí la carcajada de su amigo tras explicarle sus temores. “Pero, si es el Tío de la Porra. ¡Vamos, empieza la Feria!”.

Y aquella mano lo guió por calles engalanadas tras un estruendo colorista y extraño en el que se diluyó su pánico.

Los recuerdos aún le hacían daño, pero en su mano notaba la cálida presión de la mano de su amigo. Ya no tenía miedo.

Imágenes: Fotografía1 de Álex Oltra

Nota. Este relato se publicó en el Especial de Fiestas de la revista Safor Guía en 2006

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