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La cuesta empinada del recuerdo

12/08/2013

Balborraz

Para volver a ser dichoso, era

solamente preciso el puro acierto

de recordar…Buscábamos

dentro del corazón nuestro recuerdo

Luis Rosales

Rebuscar entre nuestros papeles no es lo mismo que entrar en un archivo impoluto del ordenador. Pero se le parece mucho.

De repente, aparece aquel documento que guardaste un día. Te llamó la atención, te dijo algo. No ha amarilleado como el papel de prensa que almacenas en archivos ordenados por temas. Surge limpio, desafiante, presto, obediente. Como un milagro.

Intentas recordar cuándo lo hiciste tuyo. Pero no importa el momento, sólo el interés.

Esta vez tiene un premio adicional. Una imagen de una calle de tu ciudad natal. Una cuesta entrañable que recorriste tantas veces.

Cuando eras niña, de la mano de tu padre. Aquel hombre afable y culto que te hacía recorrer las ruinas, explicándote historias hermosas de duelos medievales. El hombre que llenó tu infancia de relatos de reyes castellanos, de traidores que salvaban la ciudad, de duelos y justas medievales. De Campos de la Verdad en los que los caballeros apelaban al Dios justiciero para dirimir sus diferencias.

Bajabas en las mañanas frescas del verano castellano, agarrada de su mano, la cuesta empinada que llevaba al río. La ropa ondulaba en los balcones al ritmo del viento. Olía a jabón natural, a encurtidos, a comidas tempranas que se hacían al fuego lentamente.

Y escuchabas su voz grave. Siempre contaba historias. Siempre sabía generar la intriga de lo que esperaba. Siempre era exacto en la expresión, ameno, curioso.

Y tras el paseo por los puentes y los barrios bajos, volvías otra vez a subir la cuesta empinada. Hacía ahora más calor. Algunas ropas ya no estaban. Había más gente en las tiendas. Persistía el aroma de comida. Y ya sentías en el estómago la llamada del hambre.

Él seguía relatando historias. Alguna vez llevabas de la mano una caña recogida de la orilla del río. También alguna mancha en el vestido. Sentarse en la ribera tiene esas cosas. Y hablabais de que mamá se enfadaría…

Despues, llegó el colegio.  Y una de tus mejores amigas vivía en esa cuesta. Ibas mucho a su casa. La del mirador de madera desde el que se divisaba la curva final, antes del río.

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Era el tiempo de las novelas, las lecturas de verano. Las conversaciones largas.  Cumbres borrascosas, Al este del Edén…Las hermanas Brönte, Steinbeck… El intercambio de libros y secretos.

La época de las colecciones de programas de películas, de contraste entre la pequeña ciudad medieval y los mundos lejanos de Inglaterra o Estados Unidos.

Más tarde, te fuiste alejando de la cuesta empinada. Las oposiciones, la nueva ciudad de trabajo. A veces, en vacaciones, llamabas a tu amiga y volvías a recuperar el color de la luz de la tarde en su mirador de madera.

Pero ya no erais las mismas. Ni tampoco la vista desde el balcón. No había ropa, habían desaparecido algunas tiendas…

Después, era tu hijo mayor el que caminaba de la mano del abuelo y bajaba la empinada cuesta. Tú, detrás, los mirabas. Y escuchabas la voz grave que seguía desgranando historias. Y reconocías en los ojos del niño la emoción que sentías al escucharlas.

Más tarde, la fatalidad se llevó la voz que desgranaba historias. Un duro golpe para el incansable relator. Una de las malas pasadas de la vida. Una dura enfermedad lo dejó mudo. Sin posibilidad de compartir sus palabras.

Ya no pudo recorrer la cuesta empinada con tu hijo pequeño. Aunque, con la voz aprendida seguía desgranando palabras. Y, cuando el cansancio lo vencía, era el lápiz sobre el papel el que hablaba.

Volviste a recorrer Balborraz, que así se llama la cuesta, dando la mano a tus hijos.

Ahora, eras tú la que contaba historias. El abuelo ya no estaba.

Alguna vez, la has bajado sola. Has sentido que sigue igual y diferente. Se ha llenado de historias que perduran. Has recuperado tu infancia en sus balcones.

Y, un día, la encontraste en una página cualquiera de internet. Alguien la había puesto ahí. Y la guardaste.

Aquel día no podías escribir nada. Se te agolparon los recuerdos en la garganta y amenazaban ahogarte.

Ahora, pasado un tiempo, la has vuelto a encontrar y esta mañana de agosto has tenido fuerzas para ordenar los pensamientos.

Porque, quizá es eso lo que hacemos cuando escribimos. Ordenar el mundo. El de dentro y, si es posible, también el de fuera.

Buscar, dentro del corazón, nuestros recuerdos para ser felices, como dice el poeta.

14 comentarios leave one →
  1. Miru permalink
    12/08/2013 17:04

    Tal vez se nos está olvidando la importancia de los relatos (más o menos ficticios).

    Los niños están siempre dispuestos a escuchar, pero el mundo cada vez les cuenta menos. Menos cuestas y ropa tendida, menos olor a comida y calor de fuego (no botones ni vitrocerámicas ni calefacciones inteligentes; fuego, hogar), menos pueblo y menos historia. Ahora todo lo cuenta la misma pantalla omnipotente que con un solo botón pasa de hacer reír a un niño a hacer chillar a un adulto. Tal vez se nos está olvidando la importancia de vivir.

    gràcies

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  2. carmen permalink
    12/08/2013 17:37

    !Qué entrañable y bonito Mari! Un beso

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  3. 12/08/2013 17:39

    Gracias, mil gracias…

    Me gusta

    • 13/08/2013 8:57

      “El pasado es un libro, nuestro libro, nuestra autobiografía hecha novela” (J.Fowles) Y relatarlo es una obligación para que las vidas de los nuestros no se pierdan en el olvido. Recordarlas es hacerlas eternas.

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  4. Daniel permalink
    12/08/2013 19:45

    Escuché esos relatos una única vez, en un viaje a Zamora, con una voz esculpida por el bisturí, pero todavía recuerdo que mis hermanas y yo nos acercábamos tanto como podíamos para no perder ni por un momento el hilo del relato. Lo he recordado muchas veces.

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    • 13/08/2013 8:46

      Gracias, Daniel. Ese recuerdo llena una época difícil en la que el relator luchaba contra el silencio. Compruebo que salía vencedor.

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  5. 12/08/2013 23:14

    Muy bonito, muy tierno. Besos.

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  6. Juan permalink
    07/03/2014 18:07

    ANTES

    Aún recuerdo aquellas tardes de estío

    en que los hábitos de los ojos se posaban.

    Solos,

    el mar, tú y yo.

    Huérfanas de hastío

    centelleantes las noches corrían.

    Poco después,

    al nacer del día,

    ¡todo tan joven!

    La piel en los rostros,

    las tempranas sonrisas,

    el celeste lienzo encendido

    tras formas de vapores,

    ¡hasta el mismo mar parecía otro!

    El mundo era entonces,

    nuestro por completo,

    patio privado de todo mal,

    el mejor de los mundos posibles,

    aventura continua y feliz final,

    viajar sin cuidado ni equipaje..

    Qué diferente el aquí del antes..

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    • 08/03/2014 11:27

      ” Qué diferente el aquí del antes…”

      Pero el recuerdo nos permite el milagro de volver a vivir los momentos. Caminar por las “galerías del alma” en busca de los sueños.

      Tarde tranquila, casi
      con placidez de alma (…)
      para ser joven (…) para
      tener algunas alegrías… lejos.
      y poder dulcemente recordarlas.
      ANTONIO MACHADO

      Gracias por tus versos.

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  7. Juan permalink
    10/03/2014 12:03

    Gracias a ti por este que es tu particular “david contra goliat” en forma de blog…no te desanimes nunca!

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